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¡Que Viva mi Desgracia!

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Summary

¿Hasta dónde llegarías para lograr tu máxima fantasía? Si alguna vez tuviste un sueño verdaderamente imposible, seguro te identificarás con Javo y su historia...

Genre
Scifi
Author
SearchVela
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

No esperaba su llamada después de tantos años.

La última vez que lo vi fue en la ceremonia de graduación de bachillerato. Pequeño, delgado, tímido; vestido impecablemente, como buen ratón de biblioteca.

Meses antes, durante un campamento de verano en la playa, lo sorprendí sentado en un rincón llorando.

—¿Por qué lloras? —Le pregunté con todo el desenfado que te da ser de la misma edad y saber que la adolescencia apesta.

—¡Es que extraño a mis papás!

—¿Extrañas a tus papas? ¡Debes ser el único! Todos estamos felices de estar lejos de los nuestros. Pero bueno, ¡cada quien sus perversiones ja ja ja ja…!

¡No te creas! ¡Ven! Deja de chillar y vamos por César y Andrés. Atraparemos cangrejitos para ponerlos en la cama del monitor del cuarto…

En otra ocasión, Alejandro y Gerardo lo habían acorralado en el salón de clases vacío. Lo estaban acosando, burlándose de su tamaño y color de piel. Sus ojos brillaban a tope a punto de reventar en lágrimas.

—¿Vas a llorar cara de “mojón” asoleado?— Le decía Alejandro burlón agarrándolo por el cuello de la camiseta

Llegamos sin que ninguno de ellos se diera cuenta. Justo antes de que todo se volviera físico

—¿Que te hace Memo, Alejandro? —Pregunté con ironía— ¿Te está acosando?… Y tu Memo ¿Por qué lo molestas? ¿Por qué eres tan cruel y sádico con Alejandro? ¿Qué te ha hecho?

—¡¡A ti que te valga!! —Rugió Alejandro enfadado y desconcertados por haber sido sorprendido “in fraganti”.

—¡Pues no me vale y hasta te podría ir peor!… —contesté en voz baja y arrastrando las palabras con una falsa sonrisa.

A mi lado Cesar y Andrés ya estaban preparados para cualquier respuesta violenta. Al verse superados en número, los acosadores se quedaron callados. Alejandro soltó bruscamente a Memo y finalmente, con mirada iracunda, él y Gerardo salieron del salón atravesando entre nosotros en silencio.

Ahora el teléfono sonaba con un numero desconocido brillando en la pantalla.

—¿Hola?

—¡Hola Javo! ¿Cómo andas? Soy Memo, de la prepa, ¿me recuerdas?

—¡Claro que sí, Memo! Aunque fue hace mucho tiempo.

Charlamos de nimiedades y recordamos algunos momentos del bachillerato, hasta que por fin Memo me habló directamente. Me dijo que él podría cumplir mi deseo si le hacía un favor.

—¿Mi deseo?

—Sí, aquello de lo que tanto hablabas cuando estábamos en la prepa…

—¿Te refieres a…?

—¡Sí! ¿Te imaginas?

—¡Es imposible! ¿¡Esto es una broma!?

—No, no lo es.

—¿Y, cómo conseguiste mi teléfono?

—Eso es lo de menos; por favor confía en mí. Te veo a las 5 de la tarde en el café del centro comercial a donde íbamos, ¿lo recuerdas?

—Sí, lo recuerdo.

—Te veré ahí.

*******

Desde niño estuve obsesionado con la películas del cine de oro mexicano especialmente con “Los Gavilanes”, “La Oveja Negra”, “Los 3 Huastecos” y la inigualable: “Pepe el Toro”. Sumergirte en ese mundo era lo máximo. La vida en esas escenas carecía de color, pero era menos sombría y mas optimista; donde, al final, el bien siempre prosperaba y los malos recibían su castigo.

Hoy tal vez no me identifiques entre los buenos de esas historias; porque, como puedes ver, odio la injusticia y en muchas ocasiones he usado la violencia para revertirla. Incluso hasta sus últimas consecuencias. Por eso algunos me ubican como un tipo de exterminador. ¿Que si esta vida me gusta? ¡Pues no!, pero como Pedro diría: “¡Qué Viva mi Desgracia!”.

*******

Cuando llegue al café, Memo ya estaba ahí. Pequeño, delgado, impecablemente vestido pero esta vez muy seguro de si mismo.

Después de un apretado abrazo y un firme apretón de manos, le disparé a quemarropa:

—¿Qué favor quieres que te haga?

—Mira no quiero asustarte, es algo que probablemente te lleve a la cárcel. Pero no será mayor problema. Saldrás de ahí en muy poco tiempo, a una feliz y renovada vida. Borrón y cuenta nueva; es parte del trato.

—¡¿De qué hablas Willis!? -pregunté sonriendo incrédulo y curioso.

Cuando me contó su plan me pareció tan disparatado, que pensé que algo estaba mal en su cabeza. Me habló de sociedades ocultas, avances tecnológicos secretos y un millón de temas que parecían sacados de un cuento de Julio Verne. Todo esto para darme el contexto de mi próxima misión.

En resumen, quería deshacerse de nuestro viejo amigo Alejandro, aquel matoncillo de la “Prepa”. Y no por las viejas rencillas, esto era felizmente casual. Al parecer, nuestro excompañero siguió con sus costumbres intimidatorias para llegar a la cima de la política nacional, lo que lo convertía en el próximo candidato presidencial del partido en el poder.

Esto no le convenía a la gente que representaba Memo y mucho menos a la gente en general, por lo que coincidí con él, en virtud de las circunstancias, de que Alejandro era una ficha totalmente descartable.

Ademas me mostró evidencia de cómo seguía acosando y atacando a gente que se interponía entre el y su carrera hacia el poder. Eso sin mencionar las golpizas que le daba a su mujer y los resultados del maltrato físico y psicológico que ya manifestaban públicamente sus hijos.

Encontrarme con el virtual presidente de la república no fue difícil. Previamente, Memo le mandó un par de fotos donde Alejandro aparecía en una especie de ritual satánico. La imagen lo registraba bañado en la sangre de un animal, aparentemente sacrificado en el rito.

Las fotos no eran falsas.

Memo lo amenazo con hacer publicas las gráficas y arruinar su carrera política si no accedía a un encuentro conmigo (evidentemente haciéndose pasar por mí). Alejandro accedió a verme en su casa un viernes por la noche. Él sabía que aquello era una trampa y contábamos con ello.

Me colé en su casa en un exclusivo barrio residencial de la ciudad. En total me deshice de 3 escoltas y un par de soldados asignados a su seguridad. Es fácil cuando cuentas con los químicos adecuados y el equipo técnico de vanguardia que manejaba la gente de Memo.

Cuando llegue a su lujosa sala, Alejandro estaba de pie esperándome. Llevaba puesta solo una bata roja de seda y unos calzoncillos negros de la misma tela, que le colgaban bajo una inmensa barriga acostumbrada a los excesos. Tenía un vaso alto lleno de whisky hasta la mitad en la mano izquierda y, en la otra, lo que parecía ser un “churro” de mariguana enrollado en papel color café.

—¿Sabías que tengo cámaras rodeando toda mi casa y la manzana entera? ¡Ví todo el numerito que armaste para entrar hasta aquí! —me dijo señalando un panel de pantallas sobre la pared—. ¡En solo 3 minutos estarás rodeado por todas las policías de la ciudad, el estado y también las federales! No hay escapatoria. ¡Así que, dime, a qué diablos vienes!

—¡Es una muestra de lo que hago!

—¿Qué?

—¡Quiero trabajar para ti!

—¡Ja ja ja ja ja ja ja! —estalló en una obscena carcajada, escupiendo finas y espesas lineas de saliva por las comisuras de la boca—. ¡Tu no me sirves para nada! Conozco tu fama de sicario de poca monta. ¡Pude acabar contigo desde que llegaron las fotos! Pero quería saber que quería mi viejo compañero de estudios. ¿Creíste que no te recordaba? ¡Ahora que no están tus camaradas para respaldarte no eres tan valiente! ¿Verdad? ¿No será que te acobardaste y ahora que estás perdido, quieres escaparte por la fácil? ¡No señor! ¡Así no se juega conmigo! Entonces, me dices por las buenas, quién te dio las fotos y te prometo una muerte rápida. Te mueres aquí con una bala entre ceja y ceja o en la cárcel torturado por mis buenos amigos; al final, quieras o no, me dirás lo que necesito saber. Tú eliges.


Le di la espalda sabiendo que me mostraba vulnerable y como si me fuera indiferente le dije: —Te manda saludar Memo.

—¿Memo?

Giré sobre mis talones para verlo de nuevo de frente. —Sí, Memo, el flaco de la “prepa”; al que molestabas siempre.

Vi en sus pequeños ojos como rebuscaba en su memoria y luego apareció un brillo maligno en ellos. —¡Ahh ja ja ja ja ja! ¡Sí, “el tepocate”! Casi lo había olvidado. ¡Cómo me divertí con ese cara de mierda!

Pensar en sus viejas andanzas lo distrajo lo suficiente para que yo pudiera sacar un bastón retráctil que llevaba escondido. Fue un movimiento tan rápido que no se dio cuenta de que golpeé su rodilla, hasta que oyó el crujir de su rotula izquierda al romperse.

—¡Hijo de perra! ¡Te vas a arrepentir! —Se llevó la mano a la espalda seguramente para sacar un arma oculta en su bata; pero, antes de que lo pensara siquiera, yo ya había asestado un golpe contra su muñeca. Le rompí también el cubito y el radio de la mano derecha, de un solo golpe.

El tipo cayo de costado sobre la pierna rota fracturándose por completo la pierna. Alejandro aullaba como animal atrapado, amenazando con matarme a mi y a toda mi familia. Fueron sus últimas palabras, justo antes de la estocada y antes de que la sangre que salía de su cuello lo ahogara.

Rápidamente dibujé un pentagrama con sal que llevaba conmigo, también un par de runas con su sangre y puse el cuerpo sobre ellas. Arrojé encima las fotos comprometedoras y justo antes de que los uniformados entraran y me capturarán por la fuerza, salí con las manos en alto y me entregué.

No sirvió de mucho, pues como el mismo Alejandro me había advertido: mucha de su gente en las fuerzas policiacas estaba ansiosa por sacarme a golpes, la razón de la muerte de su jefe. Y sí, recibí una buena tunda esa noche. Les confesé que ambos éramos parte de una secta satánica y que el había roto su pacto con el culto, por lo que merecía una muerte ritual. Al principio hubo mucho recelo, pero al verificar la autenticidad de las fotos aceptaron usar esa versión para los reporteros.

El día que me presentaron a los medios, Memo apareció como mi abogado y aprovechó la ocasión para dejarme (de contrabando) una “petaquilla” de licor. Con un par de tragos te sentirás mejor y experimentarás la liberación -me dijo al oído-. Solo sigue las instrucciones que están en la etiqueta. Es tinta invisible; en 2 horas aparecerán las letras como por arte de magia. Además, esto nos vendrá muy bien con el personaje que te has creado.

Exactamente a las 120 minutos aparecieron claramente las instrucciones:

“Abre la botella a las 11:30 P.M.

Del interior saldrán un par de esferas metálicas.

Despójate de todo tipo de prenda

Toma la esfera roja en la mano derecha y la negra en la izquierda.A las 12:00 A.M. debes estar tendido sobre tu catre sin tocar nada metálico y con los brazos descansando en tus costados.

No olvides decorar la escena para que parezca un rito satánico”.

Hice unas figuras geométricas al centro de mis celda con la sal que había acumulado previamente, (ya sabes, para seguir con la trama). Un par de minutos antes de la medianoche, completamente desnudo, esperaba acostado sobre el catre. Apretando fuertemente en mis manos el par de esferas metálicas. Estaban muy pesadas para su volumen, pero la temperatura en su superficie era reconfortante.

Exactamente a las 12:00 horas sentí una ligera vibración en las esferas. Luego, estas aumentaron su temperatura un par de grados. Sentí como de las esferas salía una descarga de energía y como si cayera un relámpago fulminante sobre mí. Ya en ese momento solo percibía que el calor tibio de las esferas me envolvía por completo y que la vibración era general en todo mi cuerpo. Sentí como un estruendo que sacudía todo a mi alrededor, que me dejó atontado por unos segundos. Tanto, que al principio ni siquiera me di cuenta de que ya no estaba en mi camastro de la celda.

Las esferas en mis puños cerrados se habían convertido en un fino polvo plateado que se escapó de entre mis dedos, tan pronto como abrí las manos. Un vientecillo se lo llevó y desapareció como si jamás hubieran existido el par de globos metálicos. Tenía mucho frío. Me enderecé solo para darme cuenta que estaba recostado en un terreno al aire libre, en medio de un despoblado. Ya no estaba en la celda de la cárcel y era de día.

A mi derecha una voz me advirtió. —No trates de levantarte. Tu cuerpo aún esta aturdido por el viaje. Respira profundamente durante unos segundos e incorpórate lentamente. Aquí tengo ya tu ropa.

La ropa me quedaba justo a la medida pero era bastante mas rígida y gruesa que la de hoy en día. Sentía muy flojos los calcetines. Los zapatos, además de tener la horma muy dura, eran bastante pesados. Pero la cereza del pastel, sin duda lo fue el sombrero. —Aquí todos lo usan —me dijo. Y pues, a la tierra que fueres…

Tal como Memo lo prometió, el contacto también me entregó las llaves de un auto y de varios inmuebles. Un maletín con la factura del auto y un fajo de escrituras a mi nombre, un juego de identificaciones, mucho dinero en efectivo, un par de cartillas bancarias con cifras de seis ceros en cada una y una más registrada en el extranjero, en dólares… ¡muchos dólares!

Me dirigí a la residencia que ahora es mi hogar. Acondicionada con mueblería costosa y de muy buen gusto. Tiene un incipiente estilo “art decó” en los detalles y electrodomésticos de la casa, pero con un colorido bastante estridente para mi gusto. En fin, eso se puede arreglar.

Lo que no podía faltar (y eso fue de gran importancia desde nuestro trato inicial) es que debía contar con una sala de música, equipada con el mejor tocadiscos de la época, las mejores bocinas, además de una discoteca en discos de vinilo con todos los éxitos de la época.

Al principio, adaptarme a la época no fue tan difícil, solo basta con que te acostumbres a que las frutas son más pequeñas, los artículos de importación son muy escasos y no hay suavizantes efectivos para la ropa.

La gente es más bajita, tiene un poco más sobrepeso en promedio y aparenta más edad que la que tiene. No he conocido hasta ahora personas esbeltas o tonificadas como en nuestra época, quizá los toreros y las baletistas, pero no sé. Lo que sí es cierto, es que la gente parece feliz sin importar su aspecto.

La comida es más salada y picante que en nuestro tiempo; sin embargo, sabe deliciosa. Se come más grasoso, pero los sabores son más exquisitos. He redescubierto el pollo y las carnes, pues aquí son más jugosos y tiernos. Gracias a Dios que no soy vegetariano. ¡Ahh y la “coca cola”! Eso es punto y aparte. Nunca probé una bebida tan dulcemente adictiva. Quizá sea por el azúcar de caña que tiene, pero ahora no puedo dejar de tomarla.

Hoy es el día que saldará por completo nuestra deuda. El evento que añoré toda mi vida y al que nunca creí que fuera posible asistir, está por comenzar. Desde joven, en casa de mis padres, veía sus películas y memorizaba sus parlamentos y canciones de tanto escucharlas. Llegué incluso a pensar que conocía a ese hombre o que era parte de mi familia. Y ahora estoy a minutos de verlo, en vivo y a todo color… y de escuchar su voz, ¡en persona!

Estoy en la primera fila del auditorio de la ‘’W’’. El recinto está atiborrado, hasta hay gente llenando los pasillos. Lástima que aún no está prohibido fumar en lugares públicos, porque esto parece un garito de juego, de tanto humo de cigarro.

Un murmullo crece y, de pronto, el locutor se acerca al micrófono. Todos guardan silencio.

Al fondo se adivina la silueta de una persona que lleva un sombrero de charro colgando de su mano derecha. Da un paso y una de las luces le ilumina la cara. Sonríe al público con genuino entusiasmo y le guiña el ojo a las damas. El público se rinde ante él con carcajadas y sonrisas al unísono.

—¡Damas y caballeros sean todos ustedes bienvenidos a una presentación más del ídolo del pueblo! Con ustedes y sin más preámbulo: ¡Pedro Infante!

Aplausos ensordecedores.





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