Tal vez estén llorando mis pensamientos
Mis lagrimas son perlas que caen al mar
Y el eco adormecido de este lamento
Hace que esté presente en mi soñar.
Observo la cápsula en la palma de mi mano. Tiene 2 colores. La mitad azul y la otra mitad gris. Con un movimiento rápido del brazo la llevo a mi boca, para arrojarla al fondo de la garganta. La apuro con el último trago de café que queda en la taza. Espero que esta ocasión no me provoque acidez.
Llevo ya 3 meses tomando, la que llamó “pastilla de la antioscuridad”. 40 miligramos después del primer alimento de la mañana. Hoy también me siento mejor. Bueno, la tristeza no desaparece por completo; pero, está muy diluida. Es bastante soportable.
Los pensamientos atormentantes y repetitivos, que llegaban por ráfagas, casi han desaparecido. La ansiedad sempiterna en mi mente está adormecida. Sí, ahora casi siempre estoy somnoliento; pero, ya no duele tanto existir. Incluso he vuelto a escuchar mis viejas listas de reproducción. Casi puedo sentir de nuevo la música.
Tomo las llaves y salgo de casa. Cierro la puerta con llave. Camino hacia la calle, pero regreso para ver si he cerrado bien la puerta. Abro y cierro de nueva cuenta. Otra vez a la calle. Me vuelve a asaltar el pensamiento de si he cerrado bien. Me contengo y decido no regresar.
Creo que necesito más café. Paso por el minisúper y busco descafeinado. No hay. Tendré que tomarlo regular. ¿Y la acidez? ¡Qué importa! Realmente Necesito el café. En la caja está una adolescente regordeta, que deja ver su evidente vientre por la rendija entre su blusa y pantalón. A su lado, tiene una pequeña bocina que dispara los acordes de lo que parece ser K pop.
Digo buenos días en voz alta, mientras le extiendo un billete. No me contesta. Ni siquiera me mira cuando toma el dinero. Arroja el cambio en monedas sobre el mostrador. Tomo las monedas y me despido con un ¡Gracias! Ni siquiera levanta la mirada. Sigue ignorándome mientras se saca un celular de la bolsa trasera del pantalón. Al encender la pantalla su rostro se ilumina y sonríe.
En otro tiempo esta actitud me habría afectado mucho. Me habría preguntado mil veces por qué hay gente que no quiere mirarme siquiera. Me hubiera martirizado acusándome de imbécil por llegar a comprar ese café. Hubiera decidido no volver a ese negocio nunca más. O por lo menos, hasta que pasara el tiempo suficiente para que ya no trabajara ahí esa cajera. Ahora no me importa.
Vuelvo al trabajo. Vuelvo a la seguridad de diseñar instalaciones eléctricas. Estas no te juzgan ni te evitan el saludo. Es más, no necesitas saludarles. Son confiables si conoces las normas. Ellas siguen las reglas y cumplen lo que tiene que hacer. Solo te fallan, si tú faltas a las reglas. En fin, solo es un día más. Del mismo color de siempre.
*******
Despierto por la mañana sin escuchar la alarma. Casi amanece y al pie de mi cama, del lado izquierdo, está sentado un hombre en traje color negro con delgadas líneas grises. Mira a lo lejos a través de la ventana. Lleva lo que parece ser un pequeño sombrero de copa con alas similares a las de un bombín. El tipo es casi albino, alto, enjuto, lleno de arrugas por toda la cara... como Tommy Lee Jones.
Se voltea hacia mí y veo que lleva unos lentes redondos, desproporcionadamente pequeños para su cara. Los desliza hacia la punta de su nariz con una mano enguantada y veo sus grandes ojos sin brillo. Son totalmente negros, sin un atisbo de blanco de la esclerótica. Sonríe y deja ver varias hileras superpuestas de dientes blancos, delgados y agudos; como los de un tiburón.
No tengo miedo. Más bien extrañeza. Me saluda por mi nombre. Buenos días, le respondo. Gira su rostro como el de un cachorro curioso y lo acerca a mi cara, sin dejar de sonreír. Me pregunta si sé porque esté él ahí y le respondo que no. Se endereza de nuevo, sonriendo siempre y se frota la nuca. Su brazo tiene dos articulaciones. Tiene dos codos. Me pregunto si también tendrá 2 rodillas en cada pierna.
Tengo las rodillas que imagines. Me dice. Soy Ansiedad y soy todo tuyo.
Al ver mi gesto de interrogación, suelta un carcajada profunda y oscura. Tú me creaste y ahora no me dejas salir. Por eso estoy aquí. Me dice. - Por la mañana, tu pastilla pierde su luz y es apenas cuando más poder tengo. Necesito que la dejes de tomar para fortalecerme. Necesito que me dejes vivir.
Lo miro con incredulidad y algo de desconfianza.
- Si lo sé: te doy miedo. Porque soy tu miedo. ¿O no? Pero, hagamos un trato. Déjame salir de nuevo. Te juro que ni sabrás que estoy aquí. A cambio te daré la tranquilidad que necesites. Dentro y fuera de ti. ¿Qué me dices? Inténtalo solo por hoy y te daré una prueba de lo que puedo hacer por ti.
El silencio es mi respuesta.
-¡Mataría por una oportunidad, ¿sabes?! Solo por hoy... Solo por hoy.
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Ahora sí despierto con el sonido de la alarma. Me baño. Preparo el desayuno. Se acabo el café. Olvido tomar mi pastilla. ¿Fue a propósito?
Salgo a la calle y solo cierro la puerta con llave una vez. No tengo ni el deseo ni la preocupación por no haber cerrado. Voy al minisúper. Espero que hoy si haya descafeinado.
En la puerta del negocio de conveniencia hay un par de policías que me impiden la entrada. Ha habido un accidente me explican. La cajera murió electrocutada. Hoy está cerrado. Nadie puede entrar.
Efectivamente, nadie puede entrar porque yo lo deje salir.
Yo cumplí mi parte del trato y veo que Ansiedad cumplió la suya.
(-¡Mataría por una oportunidad, ¿sabes?!)
Sonrío.
Ahora, realmente, nada importa.








