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Algo Vino con Nosotros

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Summary

Todo empezó como cualquier tarde de domingo. Un partido callejero. Bebidas para celebrar la victoria. Esa necesidad absurda de demostrar hombría. Y al final... un reto que nadie debía aceptar. Demostrar que el miedo no existía en ellos. Pero algo los escuchó. Algo respondió. Desde entonces, nada volvió a ser normal. Porque lo que encontraron no se va. No se disipa. No se olvida. Se queda. Incluso cuando cierras los ojos. Porque esa noche no enfrentaron miedo. Tocaron algo más antiguo. Y algo... vino con ellos.

Genre
Horror
Author
legatorojo
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

El Mal Consejero

El horror inició como una tarde cualquiera, para ellos un momento común sería el origen de una decisión irreversible.

El sol todavía quemaba el concreto del parque cuando el balón golpeó por última vez el aro oxidado y cayó limpio dentro de la red deshilachada. El eco metálico del aro vibró como una campana de victoria. Durante unos segundos nadie habló. Luego estallaron.

Habían derrotado a unos desconocidos en un juego callejero de basquetbol, de esos donde las reglas existen solo como sugerencia y la dignidad pesa más que el marcador. No se trataba del premio —unas bebidas pagadas por los perdedores— sino una marca de territorio, debían ser los dueños incuestionables de esa vieja cancha. El juego había sido intenso, casi mítico en la exageración que ya comenzaba a formarse en sus recuerdos. Hubo empujones, faltas no marcadas, codazos disfrazados de defensa. La adrenalina ardía en la sangre. La testosterona flotaba en el aire como un vapor agrio.

Ganaron.

Y los derrotados pagaron.

No solo el costo de las bebidas, sino el precio de la derrota: habían sido superados.

Humberto, el líder identificable del grupo —no porque alguien lo hubiera nombrado, sino porque así funcionaban las jerarquías invisibles del barrio— celebró con los demás. Tenía esa energía que une, que arrastra. Fue él quien se ofreció a ir por las bebidas a la tienda, mientras sus amigos permanecían sentados en las bancas calientes del parque, repasando jugadas, exagerando fintas, convirtiendo lo que había sido un simple enceste en una hazaña legendaria.

Camino a la tienda, Humberto tomó una decisión.

Frente al refrigerador de vidrio empañado vio los refrescos alineados como soldados dóciles. Luego, un poco más abajo, las botellas de viña barata. Hizo cuentas rápidas en su cabeza. Si agregaba unos cincuenta pesos más, habría alcohol para todos.

Un brindis sonaba mejor que solo refrescarse.Una victoria como esa no podía celebrarse con azúcar líquida.Mejor con estimulación etílica.

Regresó con la bolsa colgando de la mano. Al principio hubo división. Algunos fruncieron el ceño; no tan temprano, dijeron. Otros sonrieron con complicidad. Pero el liderazgo no siempre se impone: se contagia. Y al final, todos aceptaron.

Solo era una pequeña bebida de viña para cada uno.

Eso pensaron.

La primera ronda fue tibia. Risas fáciles. Brindis torpes. El sabor áspero del alcohol descendiendo por gargantas poco acostumbradas. Pero algo se abrió por dentro. Un hambre sutil. Una puerta apenas entreabierta.

No fue suficiente.Fueron por más.El parque, que horas antes había sido testigo de una victoria deportiva, ahora era escenario de un bar improvisado. Las bancas eran mesas, el césped alfombra, la noche una cortina que caía lenta y permisiva. Rieron. Hablaron. Primero del juego, luego de otras cosas.

Sus males.Sus pesares.Frustraciones guardadas.

Confesiones que llevaban años enterradas bajo orgullo juvenil, bajo silencio masculino.

El alcohol hizo su trabajo.Convirtió el secreto en catarsis.

Las palabras comenzaron a fluir con una honestidad que sobria nunca hubiera existido.

El sol se hundió por completo.La oscuridad gobernó el parque.

Pero ya no eran un grupo vistoso de amigos celebrando. Eran hombres perdiendo equilibrio. Explorando rincones de sus mentes que normalmente no salían. Un experimento de pasiones reprimidas, retos no cumplidos, inseguridades que ahora buscaban una salida.

Fue ahí donde su historia cambió.

Alexis, el mayor de ellos, casi llegando a los treinta y cinco años, divorciado, con esa sombra permanente de quien alguna vez creyó tenerlo todo bajo control, se inclinó hacia adelante. Su esposa lo había dejado porque cuando bebía se volvía pedante, insoportable, descontrolado. Ahora estaba ahí, con los ojos vidriosos y la voz espesa.

Propuso un reto.

—Vamos todos al cementerio, retemos a los espíritus, comprobemos si son reales —dijo con una voz arrastrada, cada sílaba cargada de alcohol.

El silencio que siguió fue breve.

—¡No!, con esas cosas no se juega… —respondió Enrique.

Enrique era el menor. Vivía solo con su abuela. Sus padres habían muerto cuando él era muy pequeño; no los recordaba. En su infancia, su abuela había llenado su mente de historias de terror: muertos que regresaban a reclamar promesas rotas, entes que castigaban a los que se portaban mal, demonios que probaban la voluntad humana.

Para él, esas cosas no eran juego.

—Ja… no me digas que tienes miedo. No seas niñita. ¿Acaso no tienes valor? —insistió Alexis, ladeando la cabeza, con una sonrisa torcida.

—Ya, ya. Es tarde, vámonos a casa. Dejemos eso para cuando estemos en nuestros cinco, ¿va? —intentó mediar Humberto, buscando cortar la tensión.

Rafael soltó una risa seca.

—Ju ju… ¿y a ti quién te nombró el líder? Cállate la boca.

Rafael siempre había sido el más pequeño del grupo, el que hablaba más fuerte cuando se sentía opacado, el que necesitaba ganar terreno aunque fuera a gritos.

—Yo digo que vayamos a mi cantón —continuó, alzando la voz—. Traigo algo mejor que palabras, que retos para chamacos.

Hizo una pausa, disfrutando la atención.

—Le compré un cohete al Rata.

La frase quedó suspendida apenas un instante, suficiente para que todos entendieran que no estaba bromeando.

—Con eso sí se demuestra quién es hombre y quién no. A ver si al Humberto no termina todo meado.

Humberto lo miró, intentando no reaccionar.

—No es eso, solo que ya no es momento de estos juegos —respondió Humberto, todavía con paciencia.

—No digas tonterías. Tú trajiste las viñas, ahora te chingas. Tienes que cargar con las consecuencias —dijo Alexis, señalándolo con un dedo inestable.

—Si van, yo me rajo. No me incluyan —declaró Enrique, poniéndose de pie.

El joven dio un paso hacia la salida del parque.Pero Alexis se levantó también.Se puso frente a él.

Era el más corpulento. Ancho de hombros. Un muro humano. Incluso tambaleante, imponía.

—Ya, ya, vamos, si con eso ya te callas. Eres insoportable… por eso tu esposa te dejó —dijo Humberto, cediendo con fastidio, queriendo terminar rápido la noche.

—No, no seas tonto. Vámonos —insistió Enrique, la voz quebrándose apenas.

Rafael y Humberto lo tomaron por los brazos.

—Ya, wey, es rápido. Ya ve cómo se pone Alexis. Si no vamos, serán horas y horas. Cortemos de una vez. Solo llegamos y nos vamos. Que sea rapidito —dijo Humberto.

Enrique miró a cada uno.Ninguno estaba sobrio.Ninguno estaba realmente pensando.

Los cuatro avanzaron por las calles de la ciudad. Era domingo. Todo estaba solitario. Las casas cerradas, las luces apagadas, el aire con ese peso extraño de las noches previas al reinicio de la rutina. La ciudad parecía contener la respiración.

No tardaron en llegar.

El cementerio municipal se levantaba como una sombra rectangular al final de la calle. Totalmente oscuro. Las lápidas apenas visibles bajo la luna tenue. Los árboles eran siluetas agitadas por el viento incesante. La fricción de las ramas producía un sonido que parecía un lamento lejano.

—Vámonos ya. Ya vinimos. Esto no está bien —dijo Enrique, casi suplicando.

Fue ignorado.

Alexis avanzó primero. Llegaron a una parte de las rejas donde el tiempo había oxidado el metal. Los barrotes estaban apenas sobrepuestos, sostenidos más por costumbre que por firmeza.

Alexis los tomó.El metal crujió.

Con facilidad, retiró los barrotes. El sonido del hierro raspando resonó en la noche como una advertencia.

Luego, en un movimiento que no parecía posible para su tamaño, su corpulento cuerpo se deslizó por el delgado espacio entre los barrotes.

—Vengan, no sean miedosos —exclamó Alexis, rompiendo el silencio de la noche sin medir volumen ni respeto.

Su voz se expandió por el cementerio como una piedra arrojada a un lago inmóvil. El eco rebotó entre las lápidas, regresó distorsionado, más grave, más lejano.

Los demás cruzaron uno a uno la abertura de los barrotes. Humberto entró primero, con paso firme pero mirada inquieta. Rafael lo siguió, intentando disimular el temblor de sus manos metiéndolas en los bolsillos. Enrique fue el último.

Apenas puso el pie dentro, el aire pareció cambiar.El olor a tierra húmeda se hizo más denso. Más antiguo.Sus espaldas fueron recorridas por un escalofrío fantasmal.

Al ver la primera tumba —una cruz inclinada con flores marchitas a sus pies— un calambre cruzó todo su cuerpo. Sintió que algo helado le recorría la espalda desde la nuca hasta el coxis. Empezó a sudar.

—Vámonos… ya fue suficiente —dijo Enrique, casi en un susurro que parecía romperse antes de terminar la frase.

—No sea llorica. Ya estamos acá. Vayamos al fondo, donde está el ahuehuete. Ahí es donde se juntan las brujas… quizá hasta te consigamos novia —dijo Alexis, soltando una risa burlesca que no encontró eco en nadie.

El grupo avanzó.Paso lento. Expectante.

Solo Alexis, impulsado por el alcohol, caminaba sin precaución, apartando con el pie pequeñas ramas secas, como si desafiara deliberadamente cualquier presencia invisible. Los otros medían cada sonido. El silencio era casi total. Solo el murmullo lejano de algunas aves nocturnas y el canto intermitente de grillos acompañaban su avance. Cada crujido bajo sus zapatos parecía exagerado.

Las tumbas comenzaron a cambiar.

Ya no eran recientes. No había mármol pulido ni flores frescas. Eran viejas. Muy viejas. Algunas parecían de otro siglo. La escritura estaba casi borrada por el tiempo; nombres incompletos, fechas apenas legibles. Las estructuras reflejaban otra arquitectura, otra época en la que el mundo era distinto y el duelo se construía con piedra gruesa y hierro forjado.

Y entonces lo vieron.Al fondo.

El ahuehuete.

Seco.Colosal.

Parecía muerto, pero no vencido. Sus ramas se extendían como garras espectrales intentando atrapar a cualquiera que osara acercarse. El tronco era inmenso, cerca de cuatro metros de diámetro. Y en el centro, un hueco abierto hacia la negrura. Un vacío absoluto.

Oscuridad total.

El viento pasó entre las ramas secas y produjo un sonido hueco, como un suspiro que no pertenecía al aire.

—Es hora… retemos a los espíritus —dijo Alexis, la lengua pesada, el tono deformado por el alcohol.

—¡Ya!, no te pases tampoco —murmuró Humberto, ahora menos seguro.

—Sí… ya venimos, vámonos ya —agregó Rafael, mirando alrededor con creciente incomodidad.

—No, no, no. Hay dos maneras de hacer esto: la rápida o la complicada. Un grito y ya. Nos vamos, ¿va? —propuso Alexis, extendiendo los brazos como si estuviera dirigiendo un ritual absurdo.

Enrique, quebrado por el miedo, con el pecho apretado como si algo invisible lo estuviera comprimiendo, reunió valor para hablar.

—Solo un grito… pero nos vamos en chinga.

Alexis dio un paso adelante.Se plantó frente al ahuehuete.Y gritó.

—¡Espíritus! ¡No sean cobardes! ¡Los invito a mi casa, a jugar, a ver quién es más chingón!

Su voz explotó contra el tronco seco y regresó multiplicada.

El eco no fue limpio.Rebotó, se partió, encontró otras superficies, volvió deformado, como si alguien —o algo— lo estuviera devolviendo.

El sonido viajó por todo el cementerio como una sentencia amplificada, duró más de lo que físicamente era habitual, algo más allá de lo natural.

Luego, silencio.

—Su turno… no sean lloricas —dijo Alexis, con media sonrisa.

Los tres jóvenes se miraron.Duda.Vergüenza.Orgullo.

Finalmente, como si la cobardía fuera peor que el miedo, lo hicieron.

—¡Espíritus, los retamos! ¡Aparezcan ante nosotros! —gritaron los tres al unísono.

El eco volvió.Pero esta vez fue distinto.

No fue solo repetición. Fue como si el eco mismo encontrara otro eco en algún punto invisible del espacio. El sonido rebotó más veces de las esperadas. Más profundo. Más prolongado. Resonó por segundos que parecieron estirarse, dilatarse.

Hasta extinguirse.Silencio.Un silencio espeso.

Se quedaron mirándose. Nadie se movió. Nadie respiró con normalidad. Esperaban que algo ocurriera. Que una lápida se moviera. Que el árbol crujiera. Que el viento cambiara.

Un minuto.Nada.Alexis sonrió primero.

Luego soltó una carcajada que sonó demasiado fuerte para el lugar.

—Ya ven… no pasa nada. Eso no existe. Vámonos.

El grupo se retiró casi de inmediato. Sin comentarios. Sin bromas. Sin celebrar la valentía. Caminaron rápido, más rápido de lo que admitirían después. Cruzaron los barrotes oxidados con urgencia torpe. No miraron atrás.

El cementerio recuperó su silencio.La oscuridad volvió a ser completa.El viento cesó por unos segundos.Todo pareció quedar suspendido.

Hasta que una brisa distinta atravesó el espacio, rozó el ahuehuete seco y provocó un sonido más profundo, más grave, como si el tronco hubiera exhalado.

Y entonces…

En el hueco central del árbol, algo cambió.

Primero, apenas perceptible.Una pequeña luz.Luego dos.

Un par de ojos amarillos.Luminosos.

No reflejaban la luna.Brillaban por sí mismos.

Parpadearon.

Lentos.Observando la dirección por donde los jóvenes se habían ido.

Y poco después…Desaparecieron.La oscuridad volvió a ocuparlo todo.Pero ya no era la misma.

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