PRÓLOGO
Ver a Draven en ese estado -destruido, despojado de esa arrogancia que solía alimentar mi odio- debió ser el triunfo definitivo. Debí saborearlo. Pero, al verlo, solo hallé un vacío inmenso.
Caminaba por el salón del trono bajo el estruendo de los aplausos y la mirada satisfecha del emperador Leander. Lo había logrado: el príncipe ilegítimo estaba de rodillas, derrotado. Sin embargo, mientras me acercaba para reclamar mi victoria ante el hijo de Kaelith, unas voces entre la multitud me detuvieron en seco:
-Ver a ese hijo de perra así es un espectáculo -dijo uno de ellos.
-Deberían entregárselo a los guerreros como juguete; que su cara bonita sirva para algo más que para conspirar -añadió otro entre carcajadas-. Es un bastardo que aspiró demasiado alto. Se merece esto y más.
No debió importarme. Por los dioses, no debía. Pero mi mano se movió por instinto, o quizás por una cordura que se fracturaba en ese instante. Para cuando fui consciente de la realidad, mi espada estaba hundida en el estómago del primer sujeto. El calor de su sangre me salpicó la piel. Los gritos de horror inundaron el salón, pero mi mente ya estaba en otro lugar. La cabeza del segundo soldado rodó por el suelo antes de que pudiera completar su risa.
-¡Sylas! -el grito de alguien retumbó, pero mi atención estaba clavada en él. En los ojos de Draven.
Estaban vacíos. Sin rastro de vida, como si su alma hubiera sido arrancada años atrás. Mi corazón no sintió la victoria; sentí el abismo. Yo había sido el arquitecto de esa destrucción, y al verlo así, comprendí que yo también lo había perdido todo.
-¡Es una traición! -rugió alguien-. ¡Esos eran soldados de Su Majestad Leander!
-Traición... -repetí, dejando que la amargura me consumiera-. Es verdad. Él me traicionó y yo lo traicioné a él. El círculo está cerrado.
-¡Atrápenlo! -La voz de Leander cortó el aire.
Las cadenas mágicas se cerraron sobre mis muñecas, quemando la piel. El emperador me miró con una calma aterradora, como si el caos que acababa de desatar fuera un simple trámite.
-El príncipe Draven es acusado de alta traición. Sus crímenes en contra del reino y su gente serán castigados como lo demanda la ley. Su castigo será el Juicio de la Sangre.








