El Tejido De Las Moiras by Einar369 at Inkitt
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EL TEJIDO DE LAS MOIRAS

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Summary

En las cuevas del monte Parnaso, una joven ciega es entregada a las Moiras. Allí descubre la verdad: no son diosas, sino guardianas de un telar místico que teje el destino de la humanidad mediante geometría sagrada. Elyra aprenderá a ver los hilos invisibles… y decidirá cortarlos. Entre rituales de sangre, placer prohibido y sacrificios, se convertirá en la hereje que liberará al mundo del determinismo. Pero la libertad tiene un precio: caos, guerras y la pesada carga de elegir. Una historia visceral, erótica y oscura sobre el mayor sacrilegio posible: ser libre.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

PARTE 1 Cap 1

Parte I Capítulo 1

La carreta crujía como huesos viejos sobre el sendero pedregoso que ascendía hacia las fauces del Parnaso. El aire olía a pino húmedo, tierra removida y el aliento salobre del mar lejano que se adivinaba al oeste. Elara iba sentada en el fondo, las muñecas atadas con cuerda áspera que le mordía la piel. Sus ojos, dos globos lechosos y vacíos desde el día en que nació, no veían la luz agonizante del atardecer, pero percibía el frío que se intensificaba con cada metro ganado hacia la montaña. El velo negro que cubría su rostro le rozaba los labios agrietados.

—Allí la dejarán —gruñó el carretero a su acompañante, un soldado de voz ronca y aliento a vino barato—. Las sacerdotisas del templo olvidado se encargan de las que nadie quiere. Ciegas, deformes, bastardas… o las que ven demasiado.

Elara no respondió. Había aprendido hacía años que las palabras solo servían para que los demás se sintieran menos culpables. Su padre, un mercader de Corinto arruinado por deudas de juego, la había vendido como ofrenda a cambio de que los dioses —o quienquiera que escuchara— perdonaran sus pecados. “Las Moiras te esperan”, le había dicho antes de cerrar la puerta de la carreta. No se despidió.

El camino se volvió más estrecho. Las ruedas golpeaban raíces retorcidas que parecían dedos emergiendo de la tierra. El viento traía un rumor extraño: no era solo el susurro de las hojas, sino un zumbido bajo, como si miles de hilos vibraran al unísono en la distancia. Elara inclinó la cabeza, intentando captar mejor aquel sonido. Le hormigueaba la nuca. Algo dentro de ella, un instinto más antiguo que su ceguera, se removió.

Cuando la carreta se detuvo, el soldado la bajó sin delicadeza. Sus sandalias se hundieron en tierra fría y húmeda. El olor a incienso rancio y piedra antigua le inundó las fosas nasales.

—Bienvenida al vientre del Parnaso —dijo una voz femenina, baja y afilada como obsidiana—. Soy Laquesis, guardiana de la Primera Hilandera.

Elara sintió una mano firme tomarla del brazo. Los dedos eran delgados pero fuertes, callosos en las yemas. La arrastraron hacia adelante. El suelo descendió abruptamente; estaban entrando en una cueva. El aire se volvió denso, cargado de humedad y un leve aroma metálico, como sangre vieja mezclada con aceite sagrado. Las voces de las otras mujeres se entretejían en murmullos que parecían seguir un patrón, un ritmo que no era casual.

Laquesis la guió por pasillos estrechos donde el eco de sus pasos se multiplicaba. De vez en cuando, Elara rozaba con los dedos las paredes: no eran simples roca, sino surcadas por surcos profundos y regulares, como si alguien hubiera tejido la piedra misma. En algunos puntos, las hendiduras emitían un calor sutil, casi vivo.

—Quítale el velo —ordenó otra voz, más joven y suave.

El tejido negro cayó. Elara parpadeó por instinto, aunque sus ojos no percibieran más que niebla eterna. Sintió que varias presencias la rodeaban. Una de ellas se acercó tanto que pudo oler su piel: hierbas amargas, sudor limpio y algo más… un dulzor profundo, como miel quemada.

—Elara de Corinto —dijo la voz suave—. Hija de nadie. Ciega desde el útero. Los oráculos menores te rechazaron tres veces. Pero nosotras no rechazamos a las que el Telar elige.

Un dedo frío le tocó la frente, luego descendió por el puente de la nariz hasta los labios. Elara se estremeció.

—¿Qué es este lugar? —preguntó, con la voz más firme de lo que esperaba.

—Aquí no se hacen preguntas —respondió Laodicea—. Aquí se escucha el Tejido.

La llevaron a una cámara más amplia. El suelo era liso, pulido por siglos de pies descalzos. En el centro, un rumor grave y constante llenaba el espacio: madera crujiendo, hilos tensándose, mecanismos girando con lentitud inexorable. Elara sintió el sonido en los huesos, como si el aire mismo estuviera tejido.

La desvistieron y le lanzaron agua, unas manos firmes frotaban su cuerpo como si debieran sacar algo que se hallaba mas allá de la superficie aparente. Luego la volvieron a vestir con una túnica marrón claro.

La empujaron a arrodillarse. Sus rodillas golpearon piedra fría. Entonces lo sintió: un pulso. No en sus oídos, sino dentro de su mente. Miles de hilos invisibles que se extendían más allá de las paredes de la cueva, cruzando valles, ciudades, mares. Algunos eran gruesos y dorados, otros finos y negros, algunos rotos, otros anudados con furia. Y en el centro de todo, un gran telar que no era solo madera y lana.

—Extiende las manos —susurró la voz suave.

Elara obedeció. Sus palmas tocaron algo que no era hilo común. Era más denso, más vivo. Cada hebra vibraba con emociones, destinos, muertes y nacimientos. Un torrente de imágenes la invadió aunque sus ojos siguieran ciegos: un rey ahogándose en su propia sangre, una reina pariendo un niño con tres ojos, una ciudad en llamas mientras sus habitantes bailaban en éxtasis sangriento.

Se le escapó un gemido. El dolor era físico, como si le arrancaran nervios de la columna.

—Tranquila —dijo la voz suave, más cerca ahora. Un cuerpo se arrodilló frente a ella. Manos cálidas cubrieron las suyas, guiándolas con delicadeza sobre el telar—. Yo soy Selene. Tercera Hilandera. Respira conmigo. Siente el ritmo. No luches contra él.

El contacto fue eléctrico. La piel de Selene era suave pero marcada por pequeñas cicatrices en los antebrazos, como si hubiera cortado y recosido su propia carne. Su aliento olía a laurel y a algo más íntimo, femenino. Elara sintió que su corazón se aceleraba. Nunca había estado tan cerca de otra persona sin que el asco o el miedo dominaran.

—Los hilos… —murmuró Elara—. Están vivos.

—Sí —respondió Selene, y por primera vez había un matiz de tristeza en su voz—. Y nosotros los mantenemos vivos. Cada linaje real, cada guerra, cada plaga. Todo está codificado aquí. La geometría sagrada del cosmos exige orden. Sin el Telar, el mundo se deshilacha.

Esa noche, después de que le cortaran las ataduras y le dieran una túnica áspera de lana negra, Elara yacía en una celda estrecha excavada en la roca. No había puerta, solo una cortina de hilos entrecruzados que vibraban cuando alguien se acercaba. El cuerpo le dolía por el esfuerzo mental. Pero no era solo dolor. Había euforia. Por primera vez en su vida, veía. No con los ojos, sino con algo más profundo.

Pasos ligeros. La cortina se movió.

Selene entró. Llevaba una lámpara de aceite cuya luz proyectaba sombras danzantes en las paredes. Era más alta de lo que Elara había imaginado, esbelta, con cabello negro que caía como una cascada hasta la cintura y ojos de un gris tormentoso que parecían contener todos los hilos que tocaba. Sus labios eran llenos, casi crueles en su perfección. La túnica se ceñía a sus pechos pequeños y firmes, revelando la curva de sus caderas cuando se movía.

—No deberías estar aquí —susurró Elara.

—Ni tú —respondió Selene. Se sentó al borde del camastro de paja—. Pero el Telar te eligió. Llevo tres años como Hilandera y nunca había sentido un tirón tan fuerte hacia una iniciada.

Sus dedos rozaron el dorso de la mano de Elara. El contacto fue deliberado. Elara contuvo la respiración. El calor subió por su brazo, se concentró en su vientre. Nunca había conocido deseo. Los hombres de Corinto solo le provocaban repulsión. Pero Selene… Selene era diferente. Era parte del Tejido.

—¿Qué ocurre si alguien corta un hilo? —preguntó Elara en voz baja.

Selene se tensó. Su mano se retiró un instante.

—Catástrofe. Liberación momentánea para algunos… y cadenas peores para otros. Las Moiras no somos diosas. Somos custodias. El universo es un código. Hackearlo tiene precio.

Se inclinó más cerca. Sus labios casi rozaron la oreja de Elara.

—Pero a veces… el precio vale la pena.

El beso llegó sin aviso. No fue suave. Fue hambre contenida durante años de silencio y deber. La boca de Selene sabía a sangre y laurel. Sus manos bajaron por los hombros de Elara, deslizaron la túnica y expusieron su piel pálida. Los pechos de Elara, pequeños y sensibles, reaccionaron al frío y al tacto. Selene los tomó con reverencia, rozando los pezones con los pulgares hasta que Elara gimió contra su boca.

No hubo palabras. Solo cuerpos. Selene se despojó de su túnica, revelando un cuerpo marcado por antiguos rituales: líneas geométricas tatuadas en tinta plateada que brillaban débilmente en la penumbra. Sus muslos eran fuertes, su sexo ya húmedo cuando guió la mano de Elara hacia él. Se movieron juntas, torpes al principio, desesperadas después. Elara descubrió el sabor de Selene cuando bajó la cabeza entre sus piernas, lamiendo con torpeza pero con devoción. Los gemidos de Selene eran bajos, controlados, como si incluso en el placer temiera despertar al Telar.

Cuando alcanzaron el clímax, fue casi doloroso. Un orgasmo que las dejó temblando, entrelazadas, sudorosas, con los hilos invisibles vibrando furiosamente alrededor de la celda.

Selene se quedó dormida con la cabeza sobre el pecho de Elara. Pero Elara no durmió. Escuchaba. Los hilos le hablaban ahora con más claridad. Veía —sentía— el linaje de un rey tirano en Tebas, destinado a masacrar a su propio pueblo. Veía una plaga que devoraría Atenas si el Telar lo decretaba. Y veía algo más: una grieta. Una posibilidad de corte.

Al amanecer, Laquesis las encontró. Su rostro era una máscara de furia contenida.

—Selene. Has roto el voto de aislamiento. Y tú, ciega… ya estás escuchando demasiado, empiezo a creer que solo traerás caos.

Por las noches Elara y Selene se veían a escondidas, se besaban apasionadamente como si el hecho de que su relación fuera clandestina las animaba aun mas. Pero no era que estaba prohibido el contacto entre mujeres, lo que Laquesis cuidaba era que ese contacto se volviera nocivo y se interrumpieran los deberes para con la orden de las Moiras y por ende para con el destino de la humanidad.

Hasta que fue mas que evidente y Laquesis las volvió a encontrar.

Las separaron. Elara fue llevada a la Cámara del Telar Principal.

Allí, por primera vez, “vio” la máquina completa. Un enorme artefacto de madera negra, bronce y huesos humanos pulidos, con hilos que brillaban en colores imposibles. Decenas de mujeres trabajaban en él, sus manos moviéndose en patrones geométricos perfectos. El aire estaba cargado de energía; el suelo vibraba.

Laquesis la obligó a colocar las manos sobre un hilo especialmente grueso y negro.

—Este es el destino de la casa de los Atridas. Mañana tejeremos su ruina. Toca. Aprende. Y acepta.

Elara tocó. El horror la invadió: niños devorados, madres violadas, ciudades enteras quemadas. Pero también vio la alternativa. Si cortaba ese hilo… libertad. Caos. Posibilidad.

Sus dedos temblaron sobre el hilo.

Selene apareció en el umbral de la cámara, escoltada por dos guardias antiguos de armaduras oxidadas pero cargadas de runas. Sus ojos grises suplicaban en silencio.

—Elara —susurró—. No lo hagas. Todavía no.

Pero Elara ya había sentido el tirón. El deseo de libertad era más fuerte que el miedo.

Sus dedos se cerraron alrededor del hilo negro.

Y tiró.

El Telar entero aulló.

Un sonido como mil almas desgarradas llenó la cueva. Los hilos se soltaron, serpenteando como víboras. Una onda de energía invisible estalló, lanzando a las Hilanderas contra las paredes. Laquesis gritó cuando un hilo le atravesó el pecho, clavándola a la roca.

Selene corrió hacia Elara, sangrando por la nariz.

—¡Tenemos que huir! ¡Ahora!

Los guardias antiguos ya se movían, desenvainando espadas cuya hoja brillaba con la misma geometría sagrada. Fuera de la cueva, el Parnaso mismo tembló. En la distancia, muy lejos, se oyó el primer grito de una ciudad que despertaba a un destino que ya no estaba escrito.

Elara tomó la mano de Selene. Juntas, corrieron hacia los pasillos oscuros mientras el mundo comenzaba a deshilacharse a su alrededor.

El primer hilo estaba cortado.

Y las consecuencias apenas empezaban.

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