Chapter
Jimin siempre había odiado sus pies.
Desde niño, las burlas fueron una constante. "¡Mira, patitas de muñeca!", "¿Seguro que no son de bebé?". Sus pies eran pequeños, delicados, con dedos cortos y gorditos que parecían más de porcelana que de un adulto.
Para él, eran una fuente de vergüenza, una parte infantil y ridícula de su cuerpo.
En la intimidad, esa vergüenza se convertía en una regla inquebrantable: nunca, bajo ninguna circunstancia, se quitaba las medias. Ya fueran calcetines gruesos en invierno o medias finas de encaje en verano, sus pies siempre estaban cubiertos.
Sus parejas anteriores lo habían aceptado con una risa incómoda o un comentario desagradable, reforzando su complejo.
Hasta que llegó Jungkook.
Jungkook no era como los otros.
Era observador, tranquilo, y tenía una manera de mirarlo que hacía que se sintiera visto, no juzgado.
La primera vez que tuvieron sexo, en la penumbra de su habitación, Jimin se apresuró a mantener sus calcetines puestos, incluso cuando el resto de su ropa voló por los aires.
Él notó el movimiento rápido, la manera en que escondió sus pies bajo las sábanas.
Pero no dijo nada. Solo lo besó más profundo, lo tocó en todas partes menos allí. Y Jimin pensó que, por fin, había encontrado a alguien que no haría de sus pies un problema.
Una noche, después de un par de meses saliendo, estaban en el sofá de Jungkook.
Jimin llevaba unos leggings y unos calcetines cortos y gruesos, cómodos.
Estaban viendo una película, pero las manos de Jungkook habían empezado a vagar bajo su sudadera, acariciando la piel suave de su espalda. Pronto, los besos se volvieron más urgentes, y él lo tumbó sobre los cojines.
Las cosas se calentaron.
La ropa desapareció, dejándolo solo en su camiseta y, por supuesto, en sus calcetines.
Jungkook se colocó entre sus piernas, su boca recorriendo su cuello, sus pechos, su estómago.
Jimin estaba perdido en la sensación, sus manos en su cabello.
Entonces, Jungkook se detuvo. Se sentó sobre sus talones, mirándolo. Su mirada era intensa, pero no de burla. Era de curiosidad. De deseo.
—Jimin —dijo su voz, un poco ronca por la excitación.
—¿Hmm?
—Quítate los calcetines.
Jimin se congeló. El placer que lo envolvía desapareció de golpe, reemplazado por el frío familiar de la vergüenza.
—No —susurró, sacudiendo la cabeza. —No, por favor. No me gusta.
—¿Por qué? —preguntó él, suavemente. No se movió para forzarlo. Solo esperó.
—Son… son feos. Pequeños. Tontos —logró decir, desviando la mirada.
Jungkook se inclinó hacia adelante, apoyando los codos a cada lado de su cabeza. Su rostro estaba a centímetros del de él.
—Nada en ti es feo, Jimin —dijo, y sonó tan convencido que le dio un vuelco el corazón. —Déjame ver. Déjame a mí decidir.
Había algo en su tono, una mezcla de autoridad y ternura, que desarmó sus defensas.
Con el corazón latiendo con fuerza, con los ojos cerrados por la vergüenza, Jimin se dobló y con movimientos torpes, se quitó los calcetines. Los arrojó al suelo como si le quemaran.
Se quedó allí, completamente expuesto, sintiendo el aire frío de la habitación en sus pies.
Esperó la risa, el comentario, el rechazo.
No llegó.
En su lugar, sintió sus manos. Grandes, cálidas, envolviendo completamente su pie derecho. Su pulgar se deslizó por la planta, un roce lento y deliberado.
—Dios mío —exhaló Jungkook, y su voz sonaba admirada, no burlona.
Jimin abrió los ojos.
Jungkook estaba mirando su pie como si fuera la cosa más hermosa del mundo. Su mirada recorría el arco pequeño, los dedos cortos y regordetes, el talón suave.
—Son perfectos —murmuró. Luego, levantó la mirada hacia él. —Pequeños, sí. Delicados. Hermosos.
Antes de que pudiera reaccionar, él levantó su pie y llevó la planta hacia su boca.
Jimin contuvo el aliento.
Él no lo besó. Lo lamió. Una larga, lenta pasada de su lengua, desde el talón hasta la punta de los dedos.
La sensación fue eléctrica, completamente nueva. Un gemido le escapó de los labios.
—Jungkook… —suplicó, pero no sabía qué estaba suplicando. ¿Que parara? ¿Que continuara?
Él no le hizo caso. Se concentró en su pie. Chupó cada dedo, uno por uno, metiéndolos suavemente en su boca.
La calidez, la humedad de su boca, la succión suave. Jimin sintió que una ola de calor intenso bajaba directamente desde su pie hasta su coño. Era increíblemente íntimo, mucho más que cualquier otra cosa que hubieran hecho.
—¿Te gusta? —preguntó Jungkook, su voz vibrante contra su piel.
Jimin solo pudo asentir, sin aliento. Su cuerpo se arqueó contra los cojines del sofá.
Jungkook pasó al otro pie, dándole el mismo tratamiento. Lamía, chupaba, mordisqueaba suavemente el arco.
Jimin estaba temblando, sus manos aferradas a las sábanas. Nunca, en sus fantasías más locas, había imaginado que esto pudiera sentirse así. Que pudiera ser tan excitante.
—Son tan lindos —murmuró él entre un dedo y otro. —Tan suaves. Me vuelven loco.
La excitación en Jimin se notaba, un latido húmedo y urgente en su coño. Jungkook lo notó. Con una sonrisa traviesa en los labios, bajó su pie y se deslizó sobre su cuerpo. Su erección, dura y caliente, se posó contra su muslo.
—Quiero oírte decirlo —dijo, sus ojos oscuros clavados en los de él. —Pregúntamelo.
Jimin tragó saliva. La vergüenza se había transformado en algo más, en un deseo ardiente y vergonzoso.
—¿Te… te gustan mis pies pequeños? —susurró, su voz apenas audible.
—Más alto —ordenó él, rozando la punta de su erección contra su coño húmedo, pero sin entrar.
—¿Te gustan mis pies pequeños? —repitió, un poco más fuerte.
—Dímelo —insistió él, frotándose contra él, haciendo que ambos gimieran.
—¡¿Te gustan mis pies pequeños?! —gritó Jimin, ya sin poder contenerse.
—Me encantan —gruñó Jungkook, y en un movimiento fluido, lo penetró.
Jimin gritó, un sonido largo y agudo de placer puro. Él comenzó a moverse lento pero profundo, manteniendo un ritmo constante que lo hacía enloquecer.
—Sujétalos —jadeó Jimin, perdido en la sensación. —Por favor.
Jungkook, sin dejar de moverse dentro de él, agarró sus dos pies con una mano, apretándolos juntos. Los levantó hacia su cara. Los miró, con los ojos llenos de un deseo, y luego abrió la boca y lamió la planta de ambos a la vez.
La vista fue demasiado para Jimin. Ver sus pies pequeños, siempre escondidos, ahora siendo adorados, cubiertos de saliva brillante, mientras su cuerpo era poseído, fue la combinación más excitante que había experimentado.
—¡Así! —gritó, sus caderas moviéndose al ritmo de las embestidas de él. —¡Dios, así!
A Jungkook le encantaba. Le encantaba verlo perder el control por algo que siempre había odiado.
Se inclinó y chupó sus dedos de los pies mientras aumentaba el ritmo, follándolo más rápido, más duro.
—¿De quién son estos pies lindos? —preguntó, su voz entrecortada por el esfuerzo.
—¡Tuyos! —gritó Jimin, sin dudar. —¡Solo tuyos!
Esa afirmación pareció encenderlo aún más. Soltó sus pies y los colocó sobre sus hombros, doblando a Jimin casi por la mitad. El nuevo ángulo era más profundo, más intenso. Él agarró sus tobillos, sus dedos grandes envolviéndolos por completo, y usó ese agarre para empujarlo contra él con más fuerza con cada embestida.
Jimin ya no podía formar palabras. Gemía, gritaba, un sonido continuo de placer absoluto. Sus pies, colgando sobre los hombros de Jungkook, temblaban con cada sacudida.
Él miraba cómo se movían, cómo sus dedos se curvaban con cada golpe, y eso parecía excitarlo aún más.
—Míralos —le ordenó Jungkook, jadeando. —Míralos mientras te follo. Míralos y dime qué ves.
Jimin, a través de la neblina del placer, bajó la mirada. Vio sus pies pequeños, enrojecidos, brillantes por la saliva de él, balanceándose en el aire al ritmo salvaje de sus cuerpos. Ya no los vio con vergüenza. Los vio como él los veía: deseables, excitantes, suyos.
—¡Los veo… los veo y me excitan! —confesó entre gritos.
Esa fue la gota que colmó el vaso. El orgasmo lo arrasó como un tsunami, haciéndolo arquear la espalda y gritar sin control.
Jungkook lo siguió unos segundos después, con un gruñido ronco, hundiéndose en él hasta el fondo y temblando.
Se derrumbó sobre Jimin, todavía sosteniendo sus pies. Su respiración caliente caía sobre sus tobillos. Poco a poco, bajó sus piernas, masajeando sus pantorrillas con suavidad.
Jimin yacía allí, hecho un lío, sintiendo su corazón latir a toda velocidad.
Jungkook se arrastró para quedar a su lado y lo rodeó con sus brazos.
—Nunca más —dijo, besando su hombro. —Nunca más los escondas de mí.
Jimin, sin fuerzas para hablar, asintió.
Se acurrucó contra su pecho, y por primera vez en su vida, no sintió la necesidad urgente de cubrirse los pies.
Los dejó al descubierto, frescos contra las sábanas, sintiendo el aire sobre su piel.
Al día siguiente, Jimin fue de compras.
No buscó medias gruesas o calcetines largos.
En su lugar, compró medias de red finísimas, casi transparentes.
Y esa noche, cuando Jungkook llegó a su casa, Jimin estaba esperando en la cama, con un conjunto de lencería negra y esas medias.
Jungkook se detuvo en la puerta, su mirada recorriendo su cuerpo lentamente, deteniéndose en sus pies.
—Te compré algo —dijo Jimin, con una sonrisa tímida pero segura. Le mostró un pequeño frasco de aceite de masaje con aroma a lavanda. —Pensé… que tal vez quieras usarlo.
La sonrisa que iluminó el rostro de Jungkook fue la cosa más hermosa que Jimin había visto.
No dijo nada.
Solo se acercó, tomó el frasco, y empezó por por sus pequeños, queridos, y ahora amados pies.
El frasco de aceite de lavanda se convirtió en un ritual.
Cada noche que pasaban juntos, empezaba igual: Jimin, con sus medias de red o, a veces, con nada en los pies, y Jungkook con el aceite tibio entre las palmas de sus manos.
Esa noche, sin embargo, fue diferente.
Jimin había tenido un día terrible.
Un ensayo agotador, un comentario desagradable de una compañera sobre su "cuerpo de niño" que le había recordado todas las viejas burlas.
Llegó a su apartamento sintiéndose pequeño y frágil, justo como odiaba sentirse.
Jungkook lo notó al instante.
Lo vio quitarse los zapatos con un suspiro, casi escondiendo los pies debajo del sofá.
—Ven aquí —dijo, su voz suave pero firme.
Jimin fue, dejándose caer a su lado.
Él no dijo nada sobre su día. Simplemente tomó el frasco de aceite, lo calentó entre sus manos y lo hizo recostarse boca abajo en el sofá.
Empezó por sus hombros tensos, sus dedos fuertes trabajando los nudos con una presión perfecta. Jimin gimió, dejando escapar parte de la tensión.
Luego, sus manos bajaron. Pasaron por su espalda, su cintura, y finalmente llegaron a sus pies. Los tomó con suavidad, pero esta vez no hubo adoración lenta. Había una intensidad distinta. Aplicó el aceite y empezó a masajear la planta de su pie derecho con los pulgares, con una presión profunda, casi posesiva.
—Él te tocó hoy —murmuró Jungkook, su voz un susurro grave en la habitación silenciosa.
Jimin se puso tenso. ¿Cómo lo sabía? —¿Quién?
—El nuevo coreógrafo. El que te ajustó el hombro durante la rutina. —Su pulgar presionó un punto particularmente sensible en el arco. —Te vi en el video que subieron a las redes. Sus manos estuvieron en ti más tiempo del necesario.
Era cierto. El tipo había sido un poco… insistente. Pero a Jimin le había dado vergüenza decir algo.
—No era nada —susurró.
—Para mí sí —dijo Jungkook. Su masaje se volvió más firme, sus manos grandes cubrían completamente sus pies, como si estuviera reclamándolos, limpiando cualquier otro toque. —Tú eres mío. Todo de ti. Y especialmente esto. —Apretó su talón con suavidad. —Nadie más te hace sentir así, ¿verdad? Nadie más te besa aquí, ¿verdad?
La pregunta, cargada de una oscuridad que debería asustarlo, solo hizo que un escalofrío de excitación recorriera su columna. Negó con la cabeza, su cara enterrada en un cojín. —No. Solo tú.
—Dilo más fuerte.
—¡Solo tú! —dijo, su voz un poco ahogada.
Jungkook lo giró entonces, suavemente pero con determinación, hasta que quedó boca arriba. Sus ojos oscuros brillaban con una intensidad que le cortó la respiración. El aceite de lavanda olía fuerte entre ellos.
—Hoy no va a ser suave, Jimin —anunció, su voz baja. —Hoy necesito recordarte quién te cuida. Quién te desea. A quién le perteneces.
Antes de que Jimin pudiera responder, Jungkook agarró sus dos tobillos y abrió sus piernas, colocándoselas sobre sus hombros. La posición era profundamente expuesta, y con sus pies justo al lado de su cara, Jimin sintió un golpe de vergüenza mezclado con un deseo brutal.
Jungkook no se movió para besarlo o tocarlo en ningún otro lugar. Se quedó mirando sus pies, que ahora estaban a centímetros de su boca. Luego, lentamente, inclinó la cabeza y lamió una línea larga y húmeda desde el talón hasta la punta del dedo gordo de su pie izquierdo.
Jimin jadeó. La vista era demasiado. Ver su propio pie, siempre escondido, siendo tratado con tal devoción obscena, mientras él estaba completamente abierto para Jungkook.
—Jungkook… —suplicó, pero su voz sonaba débil, quebrada.
—Cállate —dijo él, su voz era áspera. —Solo mira. Mira lo que le hago a lo que es mío.
Y se lo llevó a la boca. No fue un chupón suave. Fue profundo, húmedo, casi violento en su intensidad. Chupó cada dedo como si quisiera saborearlo, meterlos en su boca hasta el fondo. Los sonidos eran húmedos, fuertes, indecentes.
Jimin gimió, sus manos aferrándose a las sábanas del sofá. El calor se acumulaba en su vientre, pesado y urgente.
Él pasó al otro pie, dándole el mismo tratamiento. Pero esta vez, mientras su boca trabajaba, una de sus manos bajó por su pierna, por su muslo, y encontró su coño, sus dedos todavía resbaladizos con aceite, se deslizaron dentro de él con facilidad.
Jimin gritó, su cuerpo arqueándose del sofá. La combinación era abrumadora: la sensación intensa, casi demasiado, en sus pies, y la penetración firme y experta de sus dedos.
—¿Te gusta? —gruñó Jungkook contra la planta de su pie, sus dedos moviéndose dentro de su coño en un ritmo implacable. —¿Te gusta que sea tan posesivo? ¿Que te marque así?
—¡Sí! —gritó, sin poder contenerse. Sus caderas se empujaban contra su mano, buscando más. —¡Sí, por favor!
Él añadió un dedo, estirándolo. Su boca nunca dejó su pie. Lamía, mordisqueaba el arco, chupaba el talón.
Jimin estaba viendo estrellas, perdido en un torbellino de sensaciones que no sabía que podían existir. La vergüenza se había convertido en combustible, en pura excitación.
—Vas a venirte —ordenó, sus palabras vibrantes contra su piel. —Vas a venirte solo por mis dedos y por mi boca en tus pies. Porque eso es lo que te hace mío.
Fue una orden, y su cuerpo la obedeció. El orgasmo lo golpeó de repente, un estallido silencioso y luego una ola de gritos y temblores que lo sacudieron por completo.
Jungkook lo sostuvo, sus dedos y su boca no paraban, prolongando las sacudidas hasta que Jimin quedó jadeante y exhausto sobre los cojines.
Solo entonces se detuvo.
Bajó sus pies con suavidad, besando cada tobillo. Se deslizó sobre su cuerpo, su erección dura y evidente presionando contra su muslo.
—Aún no he terminado —susurró, sus ojos oscuros brillaban con una luz peligrosa. —Necesito estar dentro de ti. Ahora.
Jimin, todavía tembloroso, solo pudo asentir.
Él lo penetró en un solo movimiento profundo, llenándolo por completo. Jimin gritó, el placer todavía sensible, aumentado por la nueva invasión.
Esta vez, el ritmo no fue lento. Fue desesperado, salvaje. Jungkook lo agarró de las caderas, levantándolo del sofá para encontrar un ángulo más profundo. Sus ojos no se apartaban de su rostro, observando cada gemido, cada lágrima que escapaba de sus ojos.
—Estos pies —jadeó él, el sudor cayendo por su frente. —Esta boca. Este cuerpo. Míos. ¿Entendido?
—¡Tuyos! —gritó Jimin, sus uñas se clavaban en su espalda. —¡Solo tuyos!
La posesión en su voz, la necesidad cruda, lo encendió aún más. Se corrió por segunda vez, un orgasmo más profundo que lo hizo llorar sin control.
Jungkook lo siguió al instante, con un gruñido gutural, se corrió dentro de si coño mientras le mordía en el hombro, marcándolo una vez más.
Se derrumbó sobre él.
La habitación olía a sexo, a sudor y a lavanda.
Pasaron varios minutos antes de que cualquiera pudiera hablar.
Jungkook rodó a un lado, llevándo a Jimin con él, envolviéndolo en sus brazos.
Con un paño suave que tenía a mano, empezó a limpiar el aceite de sus pies con una ternura que contrastaba brutalmente con la intensidad de hace unos momentos.
—Lo siento —murmuró finalmente, su voz ronca. —Fui muy brusco.
Jimin, con la cara contra su pecho, negó con la cabeza. —No. No lo sientas. Lo… lo necesitaba. Necesitaba sentir que… que era tuyo. De verdad.
Jungkook lo apretó con más fuerza. —Siempre lo eres. —Besó la parte superior de su cabeza. —Pero la próxima vez que ese idiota te toque, le rompo la mano.
Jimin sonrió, una sonrisa cansada pero genuina.
Por primera vez en su vida, sus pies, pequeños y regordetes, no le parecían algo que esconder.
Los miró, descansando sobre las piernas de Jungkook, limpios y relajados. Y supo, con una certeza que lo llenó de calma, que nunca más se pondría calcetines en la cama.








