Ghostface
La música está demasiado fuerte.
El aire caliente dentro del auto se mezcla perfectamente con tu perfume y el cigarrillo que terminaste hace un momento.
Hace demasiado frío y solo puedo mirar por la ventana, pensando que debería haberme quedado leyendo, sumergida en ese mundo que me tiene completamente fuera de mí, soñando despierta con el deseo obsesivo de convertirme en la presa de un hombre y una máscara.
No sé adónde estamos yendo. Guardas demasiado silencio y, de vez en cuando, sonríes sin mirarme.
Conozco a la perfección esa sonrisa. La he visto miles de veces. Es una amenaza dulce. Aparece siempre de costado, casi a destiempo, y deja ver tus colmillos un segundo antes de que mi mente registre que algo cambió en el aire. Es la sonrisa que me hace pensar que no debería ser legal sonreír así.
La memoricé sin permiso. A veces la espero entre una frase y otra porque, cuando no aparece, siento que algo me falta. Transforma una frase tonta en algo que se queda grabado más tiempo del que debería dentro de mí.
Es peligrosa. Promete dos cosas a la vez: ternura y filo.
Te miro sabiendo, sin poder evitarlo, que daría demasiado solo por verla aparecer una vez más.
Regreso la mirada al vacío de la oscuridad, dejándome llevar por ese mundo que dejé escondido en nuestro cuarto, porque no eres lo único que me obsesiona. Hay más, siempre más. Está la delicia de esperar ese momento de repetición sabiendo exactamente cómo va a ser.
Detienes el auto y, por un momento, mi cuerpo no entiende la quietud. El motor ya no vibra bajo mis pies, el aire caliente deja de salir por las rejillas y el frío empieza a filtrarse despacio, pero yo sigo ahí, con la mirada perdida en la oscuridad, sin darme cuenta de que ya no nos movemos.
Pasas tu cuerpo sobre el mío, sin tocarme. Siento el perfume de tu cuello, ese que conozco demasiado bien. Abres la puerta sin decir nada y ahí está nuevamente esa sonrisa.
No entiendo qué está pasando.
El aire caliente del auto se escapa demasiado rápido. Vuelvo a mirar la oscuridad y los árboles tienen un aire siniestro bajo la luz azulada de la luna.
Siento que te mueves en el asiento mientras aún miro en silencio algo mucho más lejano de donde estoy realmente.
Un sonido distorsionado me trae de lleno a la realidad, al auto, a tu lado. Pero algo no cierra. Tu voz suena distinta, como si viniera de más lejos de lo que debería, como si el aire entre nosotros se hubiera espesado de golpe.
Suspiro. Tomo la puerta para cerrarla y giro la cabeza hacia ti con la queja ya en la boca. Tus bromas, a veces, son demasiado molestas.
Pero la queja se queda muerta en mi garganta.
Entonces te veo.
Una máscara cubre tu rostro y me miras a través de esas cuencas vacías donde, detrás, están tus ojos.
Al fin lo hiciste.
Al fin lo viste.
Me escuchaste, y ahora eso lo cambia todo.
No era suficiente ser mi principal obsesión. Debías ganar más terreno, metiéndote en mi mente, en los libros sucios, en ese lugar donde todavía no habías llegado.
-Corre, pequeña ratoncita...
Supe que estabas sonriendo a pesar de no verte el rostro, a pesar de oír tu voz distorsionada por el modulador.
Te devolví la sonrisa antes de salir rápidamente bajo el manto de la noche, azotando la puerta del auto con demasiada fuerza.
Estoy lista para huir, pero al cerrarla detrás de mí algo me detiene. Me quedo mirándote a través del vidrio empañado, sin poder moverme, como si una parte de mí necesitara comprobar que esto es real antes de permitirme escapar.
Abres la puerta del auto sin apartar los ojos de mí, despacio, sin prisa, sabiendo perfectamente que tengo todo el tiempo del mundo para correr y ninguna intención real de usarlo.
En ese preciso instante comienzo a correr.
Nunca pensé sentirlo realmente en el cuerpo. En mi mente era de otra forma, tenía otro sabor. Las letras de los libros de amor retorcido dejan de ser un sueño con cada paso que doy en la oscuridad tratando de huir de ti.
Miro hacia atrás, con la certeza de que cumples tu parte, cazándome en silencio. Distingo la máscara en la noche y vuelvo a sonreír antes de mirar nuevamente hacia ese lugar lejano donde no quiero llegar.
El corazón late demasiado rápido. Las piernas me arden. El aire se me corta en el pecho. Pero algo dentro de mí vuelve a perderse en la fantasía que me regalas.
Entonces siento tus manos atrapándome finalmente en el aire.
Nuestra respiración agitada solo provoca que tu risa sea mucho más profunda y adictiva, intoxicante... deliciosamente mía.
Me giras con fuerza para verme de frente. Por un segundo solo existe eso: tu respiración chocando contra la mía, el silencio espeso entre los dos, la máscara tan cerca que podría tocarla con solo estirar la mano.
La máscara se ladea apenas hacia un costado, observándome más allá.
-¿Cuál es tu película de terror preferida? -preguntas, ya sin el modulador de voz.
El juego no terminó.
Acaba de comenzar.








