La llamada de la tormenta
La lluvia caía sin descanso sobre el bosque de Black Hollow.
No era una tormenta cualquiera. Las gotas golpeaban las copas de los árboles con una fuerza antinatural, mientras el viento hacía crujir los troncos centenarios como si el propio bosque tratara de advertir a quienes se atrevieran a cruzarlo. Entre la espesa niebla apenas podía distinguirse el antiguo camino de piedra que conducía hasta el castillo Draven, una fortaleza de torres negras erigida sobre un acantilado desde hacía más de dos mil años.
Los habitantes de los pueblos cercanos evitaban acercarse al bosque cuando caía la noche. Circulaban historias sobre criaturas que caminaban entre la niebla, sombras que observaban desde los árboles y viajeros que desaparecían sin dejar rastro. Para la mayoría eran solo leyendas.
Pero las leyendas suelen esconder una parte de verdad.
En lo alto de la torre principal, un hombre contemplaba la tormenta desde un enorme ventanal.
Lord Kaelen Draven permanecía inmóvil, con las manos apoyadas sobre la piedra fría. Su cabello negro, ligeramente ondulado, rozaba sus hombros y el reflejo de los relámpagos iluminaba unos ojos de un intenso color ámbar.
Aparentaba veintiocho años.
En realidad, había visto caer imperios, nacer reinos y morir generaciones enteras.
Era uno de los últimos vampiros ancestrales.
Y también el protector de Black Hollow.
Durante siglos había aprendido a convivir con la inmortalidad. Había visto cómo los humanos cambiaban el mundo una y otra vez, mientras él permanecía igual, condenado a cargar con recuerdos que nadie más conservaba.
Sin embargo, aquella noche era diferente.
Podía sentirlo.
Algo había despertado.
El aire estaba impregnado de una energía antigua que no percibía desde hacía siglos.
Un golpe seco resonó en la ventana.
Un enorme cuervo negro había aterrizado sobre el alféizar.
El ave no parecía asustada por la tormenta. Permanecía inmóvil, observándolo fijamente con unos ojos rojos que brillaban bajo la lluvia.
Kaelen abrió la ventana.
El cuervo extendió una de sus patas.
Atado a ella había un pequeño pergamino sellado con cera negra.
El sello mostraba un símbolo que Kaelen reconoció de inmediato.
Un eclipse atravesado por una espada.
Su expresión cambió.
Rompió el sello y desplegó lentamente el mensaje.
Solo contenía una frase.
«El Rey Blanco ha despertado.»
Durante unos segundos no ocurrió nada.
Después, Kaelen cerró los ojos.
Había esperado ese momento durante siglos.
La leyenda del Rey Blanco era conocida por todos los vampiros. Algunos lo consideraban un mito; otros, el primer cazador de su especie. Según los relatos más antiguos, ningún vampiro había sobrevivido jamás a un enfrentamiento con él.
Si realmente había regresado...
La paz había terminado.
La puerta del observatorio se abrió con suavidad.
—Sabía que encontraría aquí.
La voz pertenecía a Lady Nyx Draven.
Su hermana avanzó hasta colocarse a su lado. Su largo cabello negro, atravesado por reflejos púrpura, caía sobre un abrigo oscuro bordado con delicados símbolos plateados. Sus ojos violetas parecían iluminar la estancia con una luz sobrenatural.
Nyx no necesitó preguntar qué ocurría.
Percibía la magia que recorría el castillo igual que otros percibían el calor de una llama.
—La tormenta no es natural —dijo en voz baja.
Kaelen le entregó el pergamino.
Ella leyó el mensaje y permaneció en silencio.
—Entonces era cierto...
—Sí.
Nyx levantó la vista hacia la luna, apenas visible entre las nubes.
—Creía que solo era una historia para asustar a los jóvenes vampiros.
Kaelen negó lentamente.
—Algunas historias sobreviven porque nadie quiere recordar que ocurrieron de verdad.
Un nuevo relámpago iluminó el bosque.
Durante un instante, ambos distinguieron una figura inmóvil entre los árboles.
Alta.
Cubierta por un manto blanco.
Cuando el trueno retumbó, la figura había desaparecido.
Nyx frunció el ceño.
—¿Lo has visto?
Kaelen asintió sin apartar la mirada del bosque.
—No ha venido a observarnos.
Ha venido a asegurarse de que recibíamos el mensaje.
En ese mismo instante, un rugido profundo emergió desde las entrañas de Black Hollow.
No provenía del bosque.
Ni del castillo.
Parecía surgir de las profundidades de la tierra.
Las paredes de la fortaleza temblaron.
El fuego de las antorchas se apagó al mismo tiempo.
Y, por primera vez en siglos, Kaelen sintió algo que creía haber olvidado.
Miedo.
Porque comprendió que el despertar del Rey Blanco no era el principio de la historia.
Era la advertencia de que algo mucho más antiguo acababa de abrir los ojos bajo Black Hollow.
Continuará…








