Capítulo 1
Alessandro Livingstone ha subido una foto.
Reviso de reojo la bandeja de notificaciones —oculto el dispositivo en el bolsillo de mi bata como si escondiera droga cuando noto a la señorita Burvich acercarse—, estoy en el laboratorio, está prohibido o podríamos contaminar nuestras muestras.
Está de viaje por Tokio.
Por accidente con el brazo tiro un matraz de cuello largo lleno de Naoh. No es complicado hacer otro, pero el tema de las pipetas es mejor saltarlo, Maes casi se ahoga por sorber, su lengua se puso roja y tuvo que ir a la enfermería.
—¿Todo bien? —pregunta Jolie, mi mejor amiga llegando a rescatarme con un trapo.
—El amor de mi vida me envió una foto.
—¿De cual de todos hablamos?
—Mi futuro esposo.
—La pregunta sigue siendo la misma —agrega Isabella desde otra mesa.
Las tres reímos.
Pido permiso para ir al baño y entonces si, puedo ver mejor la publicación.
¿Hace cuanto que activé la campana de notificaciones para ver primero las publicaciones de Alessandro Livingstone? Cuando era niña intentaba dejar pasar unos minutos para que mis likes no le parecieran muy intensos entre los primeros miles o dejaba comentarios con; “Oh, has subido una nueva foto, ¿lo haces a menudo?” marcando todo mi desinterés, para dejarle claro que no había visto la foto que había subido el día anterior a las cuatro de la tarde con su tío Hugo y su perro Oreo, a quienes claramente no nos había presentado, pero su fandom éramos mejores que el FBI.
Ya sé, ya sé.
¿Cómo imaginar que el mundo no es tan pequeño cuando aún no lo he recorrido?








