PRÓLOGO: TÉRMINOS, CONDICIONES Y OTRAS MENTIRAS QUE ME CONTÉ A MI MISMA
—Si hay un solo tío sujetando un pez muerto o posando frente al espejo del gimnasio, te juro que tiro el móvil por la ventana.
—No vas a tirar nada porque estás pagando ese móvil a plazos —dijo Can, mi mejor amiga, arrebatándome el aparato de las manos con un movimiento rápido—. Déjame a mí. Tú no tienes ningún criterio, siempre te dejas llevar por el pánico.
—No es pánico, Can. Es… instinto de supervivencia.
Me crucé de brazos hundiéndome un poco más en los cojines del sofá. Can deslizó el dedo por la pantalla, iluminándose la cara con el brillo de la aplicación que acabábamos de instalas hacía exactamente seis minutos. Seis minutos en los que mi nivel de estrés había subido a niveles incompatibles con la salud cardiovascular.
—A ver… —murmuró ella, entrecerrando los ojos—. Vale, mira, la primera foto en una boda… en traje… clásico. Segunda foto… ¡Premio! Espejo del baño, sin camiseta, marcando abdominales y con el flash tapándole media cara.
—Izquierda, dale a la izquierda. Y bloquéale la cuenta… no, mejor, llamemos la policía…
—Descartado —dijo ella, moviendo el pulgar—. Siguiente. Se llama Javi, tiene treinta años. “Emprendedor. Amante del riesgo. Si no te gusta la aventura, ni me hables”
—El riesgo es que probablemente no tenga nómina y la aventura es que vas a tener que pagarle tú las cervezas. Izquierda.
Can soltó una carcajada y bloqueó la pantalla para mirarme. Llevaba el pelo recogido con una pinza que parecía a punto de rendirse y sostenía mi teléfono como si fuera una bomba a punto de explotar.
—Saye, no puedes descartar a todos los que repiren un poco más fuerte. Lo único que vas a conseguir así es quedarte exactamente igual que estabas antes de descargar la aplicación…
—Yo no tengo ningún problema en como estaba, de hecho, estaba perfectamente…
—Llevas meses quejándote de que los hombres con los que te cruzas en la vida real tiene la misma profundidad emocional que un charco. Y cuando te digo que pruebes esto, te pones a buscar excusas.
—No son excusas, es tener filtro de calidad… —murmuré, inclinándome hacia delante y quitándole el móvil—. Si vamos a hacer esto… pienso poner normas. No voy a tener una cita de mierda con un tío que tiene de perfil una foto de él con gafas de sol dentro de una discoteca.
—Bien, pon las reglas —dijo Can, cruzándose de brazos—. Te escucho.
Suspiré, mirando el logotipo de la aplicación en la pantalla. Había cedido. Después de semanas escuchándola hablar de lo fácil que era conocer gente, de lo divertido que resultaba salir un rato, tomar algo, volver a casa… había acabado descargando la aplicación.
Mi experiencia previa con las relacione son era un drama absoluto, pero tampoco era para tirar cohetes. Sabía lo que no quería. Eso lo tenía clarísimo. El problema era que cada vez que pensaba que alguien encajaba en la categoría de “persona funcional”, terminaba demostrándome que me equivocaba.
—Primera regla —empecé, levantando un dedo—. Nada de fotos en grupo donde tenga que jugar a “quién es quién”.
—De acuerdo, es agotados intentar adivinar…
—Segunda —dije, levantando otro dedo—. Si no hay bio, nada. Si no tienes capacidad mental para escribir dos frases sobre ti mismo, no voy a perder el tiempo sacándote las palabras con sacacorchos.
—Me parece justo.
—Tercera: nada de frases de Paulo Coelho, nada de “busco alguien que no sea como las demás”, y por lo que más quieras, nada de “Ceo de mi propia vida”.
Can apoyó la cabeza en el respaldo del sofá, mirándome con diversión.
—¿Te das cuenta de que acabas de eliminar por lo menos al ochenta por cuento de usuarios de esta ciudad?
—Menos trabajo —respondí, desbloqueando la pantalla—. Y la más importante. Si el primer mensaje del tío es un “hola” o un emoticono, no contesto. Si yo me esfuerzo en mirar su perfil y sacar un tema de conversación, él puede hacer lo mismo. No voy a ser yo la que tire del carro desde el minuto uno.
—Estás muy exigente para alguien que tiene una foto en la que sale cortada la mitad de la cara porque no quería que se viera que estabas en un cumpleaños infantil.
—Es una buena foto, Can, salgo favorecida.
—Saye, sales sosteniendo un tenedor amarillo de plástico.
Ignoré el comentario. Abrí mi perfil y lo revisé por cuarta vez. Can me había obligado a subir tres fotos. En la primera salía sonriendo, mirando hacia otro lado, con una chaqueta vaquera. En la segunda, una que me hizo ella misma, aparecía sentada en una terraza. La tercera era la del tenedor de plástico. La bio era escueta, demasiado quizá.
“Me gustan las conversaciones que van a algún sitio y la gente que no llega tarde. No busco mi media naranja, con que seas una persona entera me conformo”.
—Esa biografía es un escudo antimisiles, amiga —comentó Can, leyendo por encima de mi hombro.
—Es un filtro antiestúpidos.
—Lo que tú digas. Venga, vamos a empezar. Es la hora de la verdad.
Volví a la pantalla de inicio. El primer perfil cargó. Un chico sonriente.
—Bien, Carlos, Veintinueve años… —leí en voz alta.
—Tiene buena pinta y mira, sale con un perro. Es un punto a favor.
Deslicé el dedo hacia abajo para ver las otras fotos. En la segunda, Carlos estaba en un barco, sosteniendo un cubata rodeado de seis chicas en bikini.
—Y ser un playboy es un punto en contra —sentencié, deslizando la pantalla hacia la izquierda con un gesto rápido.
—Eres implacable.
—Cállate. Marcos, treinta y dos años…
La primera foto de Marcos era un plano extremo de su cara. Tan extremo que podía contarle los poros de la nariz.
—¿Por qué los hombres no saben hacerse selfies? —pregunté a la nada, fascinada por el ángulo contrapicado que le hacía una papada que probablemente no tenía—. Parece que está intentando enseñarme las amígdalas.
—Izquierda —ordenó Can.
El siguiente fue una llamado Rubén. Dos fotos en el gimnasio, una foto en un coche de alta gama que no parecía suyo, y una bio que decía: “No me gusta perder el tiempo. Busco lealtal”.
—Este lo que busca en un pastor alemán, no una mujer. Siguiente.
Pasamos quince minutos haciendo exactamente lo mismo. Deslizar, juzgar, descartar. Algunos caían por las fotos, otros por la bio, otros simplemente porque tenían algo en la cara que no me terminaba de convencer. Can empezó a perder la paciencia. Se levantó del sofá, fue a la cocina y volvió con una paquete de patatas fritas, abriéndolo con un tirón seco.
—Saye, o empiezas a darle a la derecha, o la aplicación te va a catalogar como un bot y te va a bloquear la cuenta.
—Es que no es culpa mía que el mercado este tan mal… mira este —casi grité, frustrada, mientras giraba el móvil para enseñarle la foto—. “Vivo por y para el pádel”. Can, no puedo salir con un tío que basa su personalidad en un deporte donde l gente grita pegándole a una pelota contra un cristal.
—Vale, este no… pero el anterior, el médico, estaba bien.
—Tenía una foto con la bata puesta enfrente del espejo del hospital. Si estás trabajando, trabaja. No te hagas una foto para una aplicación para ligar. Me da desconfianza médica.
Can se metió un puñado de patatas en la boca y me señaló con el dedo índice, masticando de forma agresiva.
—Tienes miedo.
—Estándares.
—No, miedo. Miedo a darle que sí, que haya match, que el tío sea normal, que quedes con él y que tengas que mantener una interacción humana que dure más de diez minutos sin que puedas escapar al sofá.
—Eso es una tontería, Can, yo me relaciono maravillosamente bie…
—Te relacionas conmigo y con la cajeta del supermercado —me cortó.
—Porque es una señora muy amable.
Rodé los ojos y volví a mirar el teléfono. Quizá Can tenía una pequeña parte de razón. Había un abismo enorme entre la teoría de descargar la dichosa aplicación y la práctica de llegar a un bar, sentarte frente a un completo desconocido y tener que contarle tu vida intentando parecer una persona equilibrada y atractiva.
La sola idea de me daba pereza.
Estaba a punto de bloquear la pantalla y dar la sesión por terminada cuando apareció un perfil nuevo.
Mateo.
Treinta un dos años.
No había gimnasios, ni coches, ni peces muertos.
La primera foto era en blanco y negro. Él aparecía de perfil, mirando un cuadro en lo que parecía una galería de arte o un museo. Llevaba un abrigo largo, el pelo ligeramente despeinado y las manos metidas en los bolsillo. No estaba posando, o al menos no parecía que fuera plenamente consciente de la cámara. Tenía la mandíbula marcada y una expresión de concentración absoluta que me obligó a detener el pulgar en el aire.
—A ver, a ver… —murmuró Can, inclinándose hacia mí, derramando un par de migas de patatas en mi pierna—. Este tiene algo.
Deslicé para ver la segunda foto. Estaba sentado en una mesa de madera. Delante de él había un café a medio terminar y un libro abierto lleno de anotaciones en los márgenes. Llevaba unas gafas de montura de pasta y miraba directamente a la cámara con una media sonrisa, como si quien le estuviera haciendo la foto le acabara de decir algo gracioso.
—Es… —empecé a decir, pero no supe cómo terminar la frase.
—Es guapo, muy guapo —completó Can.
—Tiene pinta de intensito… —susurré, intentando mantener un tono crítico, pero mis ojos seguían clavados en las mangas de su jersey remangado hasta los codos.
Bajé hasta la biografía.
“Si crees que el brutalismo arquitectónico es un error, probablemente discutamos en la primera fila. Si prefieres los libros físicos a los digitales, ya tenemos algo en común. Busco alguien que sepa mantener una conversación y que no se asuste de los silencios. El café va por mi cuenta”.
Me quede mirando el texto. Era una bio ligeramente pretenciosa, sí. El tipo de biografía que escribe alguien que sabe que es inteligente y no tiene problemas en dejarlo caer. Pero no había faltas de ortografía. Había frases completas. No había emojis de bíceos, ni banderas rojas evidentes, ni exigencias absurdas. Solo un tío al que le gusta, al parecer, la arquitectura, los libros y el café.
—Demasiado perfecto —dije, sintiendo una punzada de desconfianza.
—Saye… ¡Por dios! Es un chico perfectamente normal, con gustos normales, que sabe escribir. Dale a la maldita derecha antes de que te arranque los pelos… ¡uno por uno!
—Pero…
—DALE. A. LA DERECHA.
Mire a Can. Miré la pantalla. Mateo, con sus gafas, su libro y su abrigo largo. Repasé mentalmente todas mis reglas y, para mis desgracia, no incumplía ninguna. La foto del libro era un poco cliché, pero no era una selfie en el baño. No pedía “lealtad” como si fuera un capo de la mafia…
Tomé aire.
“Solo un like, seguramente ni lo vea hoy. O a lo mejor no hayni match. A lo mejor ve mi foto del tenedor amarillo y piensa que soy una sociópata…”, pensé.
Moví el pulgar hacia la derecha.
No tardó ni una fracción de segundo cuando la pantalla se iluminó de golpe con un confeti absurdo virtual y la palabra Match brillando en letras gigantes.
Suspiré, mirando la foto del chico con una mezcla a partes iguales de triunfo y pánico.
Mierda.
Ahora tengo que hablarle.








