Prólogo
La casa de Yuki y Pierre respiraba calma, bañada por la luz suave que se colaba a través de sus ventanales altos. En las paredes vivían sus recuerdos: Yuki en el paddock, concentrado y brillante; la ya famosa foto de Pierre vestido de astronauta; y, en el centro de todo, como un pequeño sol, la imagen de su hija Hanna.
La mañana llegó despacio.
Yuki abrió la puerta del cuarto con cuidado, casi en silencio, y se acercó a la cuna. La pequeña, de apenas seis meses, comenzó a moverse entre las sábanas. Sus ojitos rasgados se abrieron poco a poco… y en cuanto lo vio, su carita se iluminó en una sonrisa pura.
Ese gesto le desarmó el pecho.
—Buenos días, mi pequeña estrella—susurró, inclinándose hacia ella.
Hanna respondió con un suave balbuceo, estirando sus manitas como si quisiera alcanzarlo, como si supiera que ahí estaba su lugar seguro.
Yuki no pudo evitar reír bajito.
—¿Dormiste bien? ¿Sí? —preguntó, aunque la respuesta ya brillaba en esos ojitos atentos que no se despegaban de él.
La cargó con cuidado, apoyándola contra su pecho. Hanna acomodó su cabecita justo bajo su barbilla, como si ese fuera su lugar en el mundo… su punto exacto de equilibrio.
Desde la puerta, una voz somnolienta pero cálida apareció:
—¿Ya empezaron sin mí?
Pierre, con el cabello ligeramente despeinado y una camiseta arrugada, se apoyó en el marco, observando la escena con una sonrisa.
Yuki giró un poco, enseñándole a Hanna.
—Mira quién vino a saludarte... papá osito.
La bebé parpadeó, como procesando la nueva figura… y luego, como si apretara un botón invisible, sonrió otra vez.
Pierre se llevó una mano al pecho, fingiendo dramatismo.
—Listo, ya tuve un buen día.
Se acercó despacio, besó la frente de Hanna y luego la boca de Yuki.
Hanna empezó a balbucear, formando pequeñas burbujas de saliva que estallaban con diminutos sonidos, como si estuviera inventando su propio idioma. Sus manitas se agitaban en el aire, torpes y decididas, buscando algo… o a alguien.
Yuki la sostuvo con cuidado, acercándola un poco más a su pecho, mientras Pierre se inclinaba a su lado. Ambos la observaban en silencio, como si cualquier palabra pudiera romper ese instante frágil y perfecto.
Había algo en esa escena que no necesitaba explicación.
Sus miradas se cruzaron por un segundo, cargadas de todo lo que no siempre sabían decir en voz alta. Porque en ese pequeño ser que ahora reía sin motivo aparente, habían encontrado algo inmenso.
Adoptar a Hanna no solo había cambiado sus vidas… las había reescrito por completo.
Y en ese momento, con la luz de la mañana abrazándolos y el suave sonido de su hija llenando el aire, ambos lo supieron con una certeza absoluta:
había sido la mejor decisión de sus vidas.
Pierre observó a Yuki en silencio, con esa calma que solo aparece cuando el corazón está lleno. Lo veía sostener a Hanna con una ternura casi instintiva, como si siempre hubiera sabido cómo ser padre… como si ese papel hubiera estado esperándolo toda la vida.
Una sonrisa leve se dibujó en sus labios.
Se sentía profundamente afortunado de tenerlo. No era solo amor lo que había entre ellos, era algo más firme, más hondo… algo que había crecido con los años, resistiendo todo, encontrando siempre el camino de regreso.
Y entonces, como un eco suave del pasado, recordó aquella promesa que había hecho desde niño.
Amarlo siempre.
No importaba el tiempo, ni los cambios, ni las tormentas que pudieran llegar. En ese instante, viendo a Yuki con su hija en brazos y la luz de la mañana envolviéndolos, Pierre lo supo con total claridad:
esa promesa no pesaba… se sentía como hogar. ✨
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Continuación de la promesa del osezno y el cerezo 🌸🐻
Abril 💜




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