O1
Superstars — Swaetie, TWICE
You can hop up in my car
You know who you are
I got friends who wanna party and they look like superstars
Play our favorite song and you can watch us go bizarre
Tacones rosados, curvas suaves y un traje pequeño que no dejaba nada a la imaginación. Jimin giraba en el tubo, la luz rosada hacía brillar las lentejuelas de su antifaz, con una peluca rosada y una sonrisa coqueta giraba sin trastrabillar. Los tacones apenas tocaban el suelo, sus piernas tonificadas con un agarre firme en el tubo se alzaban al compás de la música.
Una noche más de trabajo y esa noche como siempre, llamaba la atención de la clientela. Porque Jimin se destacaba, sin necesidad de mayor insinuación, todos lo querían, pero solo podían mirar esa aura suave y casi infantil que calentaba al contrastar con el espectáculo que estaba dando.
Una ternura hecha perdición.
Y Jimin los odiaba, pero ahí estaba, como el mejor de la noche.
Sonrió una vez más, la piruleta en su boca había teñido sus labios de un rojo cereza, sus manos pequeñas se alzaban con la piruleta entre los dedos y una sonrisa engañosa hizo destellar al cliente más insano en aquel lugar.
Terminó su presentación de rodillas en el escenario, con la piruleta entre los labios y recibiendo una lluvia de billetes que no se apresuró a recoger. Porque Jimin no se rebajaba a eso, al menos no más de lo que ya lo hacía. Y bailar en un antro ya era caer bajo. Aunque sus escusas eran válidas.
Bajó del escenario no sin antes lanzar un beso al público y al adentrarse a los vestidores dejó salir una sonrisa infantil. Los tacones resonaban en el porcelanato negro, los pasillos oscuros daban paso a las salas privadas, pero Jimin tenía otro destino en mente. Los vestidores.
—Eres increíble MiMi—Seokjin le esperaba de brazos cruzados, con una sonrisa suficiente que le sacó una risita pequeña, a su lado el encargado de la seguridad asentía ante sus palabras.
—Se me da bien—contestó el peli rosa con un encogimiento de hombros mientras se quitaba el antifaz.
Su lugar le esperaba imperturbable, bajo un espejo de luces blancas dos cabezas de unicel se presentaban junto a su maquillaje.
—Ten, lo que te corresponde, lo hiciste bien esta noche—dijo Seokjin entregándole un sobre con lo recaudado, pero antes de que el menor lo recibiera lo alejó, su mirada se suavizó y Jimin bufó—. Cariño, recuerda que cuando quieras puedes dejar de venir
Jimin desvió la mirada, de pronto el aire del vestidor se sentía frío, los dedos se le helaron y la piel se le enchinó.
—Seokjin tiene razón bebé, no será problema para nosotros—dijo ahora el hombre de seguridad.
Las palabras cargadas de preocupación calaban mucho más hondo de lo que quería, pero no podía dejarlo, no aún, no podía. Era lo único que tenía.
Con mayor compostura y con la mirada no propia de alguien de su edad alzó la vista y por el espejo respondió.
—Seokjin, Namjoon, saben que necesito el trabajo—habló quitándose la peluca y colocándola sobre la cabeza de unicel—. Pero necesito el dinero...
Los mayores suspiraron y luego de mirarse entre sí observaron en silencio como Jimin arreglaba su cabellera negra. Seokjin suspiró rendido, Namjoon a su lado posó una mano en su cintura logrando que este se recargara en su cuerpo.
—Lo se cariño, entiendo...—contestó Seokjin resignado—. Solo dime si quieres tomarte un descanso —fue lo último que dijo.
Seokjin y Namjoon se marcharon, el sobre quedó en el tocador y al verlo Jimin sintió que pesaba más que de costumbre, la respiración le tembló cuando un recuerdo lejano le azotó, pero se recompuso lo más rápido que pudo.
La música del club se escuchaba amortiguada, una de las luces del tocador pestañeo y Jimin volvió a verse tal como era en el espejo.
El reflejo de un niño lo recibió, con mejillas rellenitas, labios rosados y unos ojos almendrados bajo unas pestañas largas y lisas. Su cabello negro caía con el corte de siempre, el escolar. Y la vestimenta rosada, con vuelos lo hacían sentirse fuera de lugar, se la quitó con movimientos lentos, demasiado cansado para apresurarse. Aunque el cansancio no era solo físico, sino que iba más allá.
Trató de no prestarle atención a sus pensamientos y suspiró terminando de quitarse la última prenda, el pequeño short de lycra dejó al descubierto la ropa interior que solo ocupaba para estas ocasiones, una braga blanca de encaje cubría su intimidad, sus piernas lampiñas brillaron bajo la luz del tocador.
Llevaba trabajando en el club desde el décimo grado, desde que todo había empeorado en su vida. Pero trataba de verle el lado bueno, tenía dinero, podía pagar la renta, la academia y además de suplir sus necesidades básicas podía mantener su caja de ahorros con el dinero para la universidad.
Es solo pasajero, se dijo el primer día. Solo quiero una vida normal, se dijo años atrás cuando todo se había ido al carajo.
Guardó la ropa en su mochila y se colocó la ropa de siempre, esa que no lo hacía destacar, esa que tenía hacía más de un año acompañándolo. Los pantalones anchos cubrieron sus piernas, la playera ancha ocultó su delgado y curvilíneo cuerpo, y el gorro de lana terminó por opacar lo que la peluca horas antes realzaba.
Sonrió a su reflejo, sintiéndose más cómodo, pero no menos inquieto que antes. No era un trabajo muy bien visto, ni siquiera para alguien como él y con aún dieciocho años, pero la paga era buena y el dueño se preocupaba por él.
Seokjin era el mejor empleador que hubiese conocido, dueño del club junto a Namjoon un hombre corpulento que lo veía casi como un hermano pequeño. Jimin los quería y creía firmemente que eran lo mejor que le había podido pasar en el último tiempo. Mientras Seokjin se encargaba de sus números, y una lista cerrada para bailes privados como una regla de nada de contacto físico, Namjoon se encargaba de cuidarle, de evitar que los borrachos sobrepasaran el límite e hicieran algo que no debían.
Y aunque la presión era constante, podía manejarlo, entre la preparatoria, la academia y el club, su vida meticulosamente estructurada no flaqueaba en ningún aspecto, porque, aunque estuviera metido en el bajo mundo para subsistir Jimin no dejaba de ser el promedio número uno de su clase.
Mientras de noche era el número uno en el escenario en el día era el número uno de su clase en la preparatoria Mirang. Y en un país donde nadie creía que ambos mundos pudiesen siquiera toparse, Jimin sabía que había más como él. Pero eso era un secreto.
Porque algo lo diferenciaba del resto. Y era que Jimin tenía un sueño, el deseo por una vida ordinaria, un trabajo luego de ir a la universidad y de ser posible un futuro en donde pudiese salir de corea para siempre.
Y aunque este último se veía desdibujado no perdía la esperanza.
Era simple, ahorrar, terminar la preparatoria, dar el CSAT y entrar a una universidad con beca completa gracias a su rendimiento. Y si no alcanzaba beca, al menos tenía sus ahorros para costearse la universidad.
Inspiró tembloroso cuando el frío de la calle azotó su cuerpo, la noche estaba oscura, pero aún había locales comerciales abiertos. Y aunque su corazón latía tembloroso en su pecho su mirada resuelta lo hizo avanzar por la avenida.
—Solo un año más, uno más y todo se acaba...








