Prólogo
ni le pidas piedad a la sombra que flota.
Navarra te vende su cielo de hierro,
sus leyes, sus reyes, sus libros de entierro;
te dice que el fuego del dragón es el rey,
que la espada es la vida y la corona es la ley.
Pero el viento del sur no conoce a tu Dios,
y en las copas del verde se apaga tu voz.
Hay tierras que escupen la sangre del sabio,
donde la arrogancia se pudre en el labio.
Ahí las estrellas no brillan de oro,
ahí cada sombra exige su tributo de plomo.
No vuelan escamas, no manda la seda,
en el reino sin nombre nada te queda.
Caerás de la silla, te ahogará la selva,
y no habrá un solo hombre que a buscarte vuelva.
El jade se bebe la luz de tus ojos,
la piedra devora tus tristes despojos.
¿De qué te sirven tus títulos de guerra,
si el cielo de arriba te aplasta en la tierra?
Tus sombras no bailan si la noche es divina,
tus dagas se quiebran en la misma esquina.
La chica del fuego azul vela su altar,
y los muertos de la selva no saben rezar.
Si cruzas la línea que el sabio no traza,
no busques un bando, ni amor, ni amenaza.
El cazador cae en su propia trampa de red,
las cadenas se doran con la misma sed.
Olvida el juramento que hiciste al volar,
olvida la boca que prometiste amar.
Porque en las ruinas donde el jade no muere,
solo sobrevive... quien a su destino se atreve.
El aire huele a azufre, a lluvia y ceniza,
el final de tu reino avanza de prisa.
Un rey sin su corona, un dragón en el barro,
un alma dividida por el mismo tironazo.
Escucha el chillido que corta el dosel,
despídete del mundo que creíste fiel.
Bienvenido a Vardak, soldado de la nada:
aquí tu propia sombra... morirá traicionada.
Canción de Jade y Sombra, historia tallada en la roca de sangre.