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En un mundo donde los roles estaban marcados desde el nacimiento, ser Omega no era solo una condición biológica, era una etiqueta que dictaba cómo vivir, cómo hablar, cómo existir. Y ser un Omega de la familia Sano significaba todavía más: significaba perfección.
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Desde que tenía memoria, Manjiro había aprendido a moverse como una pieza de porcelana. Cada gesto ensayado frente al espejo, cada palabra escogida, cada saludo exacto. Su madre repetía sin descanso que los Sano no podían mostrar grietas, que debían ser ejemplo. Y él obedecía.
Caminar con la espalda recta. Sonreír con suavidad, nunca demasiado. Hablar con tono bajo, jamás alterarse. Vestir con ropa pulcra, de preferencia delicada. "Un Sano no se despeina, no se arruga, no contradice", decían sus padres. Y aunque sus hermanos parecían adaptarse sin demasiada resistencia, para Mikey -como lo llamaban en casa- la obediencia era una jaula invisible que lo sofocaba día a día.
Se decía a sí mismo que estaba acostumbrado. Que era normal. Que al menos así nadie lo miraba mal. Y quizá lo creyó, hasta esa mañana en que su vida se cruzó con alguien que no encajaba en nada de ese molde.
El tintinear de copas y el murmullo constante de conversaciones llenaban el gran salón. Las lámparas de cristal iluminaban con un brillo impecable los vestidos, los trajes, las sonrisas ensayadas. Todo estaba en orden, todo era perfecto.
Y yo también debía serlo.
Mi falda blanca no tenía una sola arruga, los zapatos brillaban como espejos, y el suéter azul marino estaba en su lugar, como mamá lo había preparado. Tenía el cabello peinado de manera prolija, las uñas cortas y limpias, y en mis labios se dibujaba la sonrisa exacta que me habían enseñado frente al espejo desde que aprendí a caminar.
Un Sano debía ser ejemplo.
Un Omega debía ser perfecto.
Y yo era ambas cosas.
Respiré hondo y mantuve mi postura, sosteniendo la taza de té con la precisión que exigía el protocolo. Mis hermanos se encontraban en distintos puntos del salón, todos igual de bien presentados, igual de inalcanzables. Parecíamos piezas de colección exhibidas con orgullo.
Lo odiaba.
Pero jamás lo diría.
Fue entonces cuando lo noté. Una figura alta, con cabello platinado recogido en una coleta, caminaba entre la multitud sin prisa, sin cuidado de encajar. Su uniforme estaba desajustado, los botones a medio abrochar, la corbata floja, y sin embargo... todos parecían darle espacio.
Se detuvo frente a mí.
-Un gusto, soy Ken Ryuguji.
Alcé la vista. Su voz no tenía la arrogancia de los demás Alfas ni la condescendencia que tanto detestaba. Me habló como si yo fuera alguien, no algo.
-Manjiro Sano -respondí con el mismo guion de siempre.
Pero mis dedos temblaron apenas. Y lo supe: él lo había notado.
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POV. Draken
El ambiente olía a perfumes caros y a falsedad. Siempre lo mismo: Alfas compitiendo por quién tenía la sonrisa más arrogante, y Omegas caminando como si fueran porcelana a punto de quebrarse.
Yo no encajaba ahí.
Ni quería.
Me llamaban Mr. Delincuente. Y tal vez lo era, porque en esos lugares me sentía como un intruso.
Iba a largarme cuando lo vi.
Un rubio pequeño, demasiado bien vestido para su edad, demasiado perfecto. Sus movimientos eran calculados, exactos. Una muñeca. Pero sus ojos... estaban vacíos.
Me acerqué.
-Un gusto, soy Ken Ryuguji.
Él respondió con la sonrisa de manual que debía usar. Pero sus dedos temblaron, un segundo apenas.
No era perfecto.
Y eso me dio ganas de quedarme.
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Los días pasaron y llegó el inició de clases en la Universidad. Los pasillos de la Universidad eran un caos. Todos iban a su ritmo, riendo, corriendo, sin importarles nada. Todos menos yo.
Caminaba con mis cuadernos ordenados y la ropa impecable. Como debía ser.
Y entonces lo vi otra vez: Ken Ryuguji, riendo con sus amigos, desordenado como siempre. No parecía un estudiante, parecía un problema... De todas las personas con las que me pude haber encontrado aquí... ¿Él? Un Alfa al que parecía valerle un pepino la elegancia y la gracia. Nada en el era "perfecto"...
Se acercó.
-Vaya... si no es el "Omega perfecto".
Fruncí el ceño.
-Manjiro Sano.
-Ya sé tu nombre. Solo quería ver si también aquí hablas como un manual de etiqueta.
Lo odiaba. Odiaba que tuviera razón, ¿A él en que debería afectarle? En nada.
El timbre sonó, dando el comienzo a las clases.
En el salón de clases, mi apellido pesaba más que mi presencia.
"Un Sano nunca baja la cabeza."
"Un Omega debe ser impecable."
"Un Omega debe ser perfecto."
"Un Sano jamás debe dejar ver sus imperfecciones."
Yo era ambas cosas, y todos lo sabían.
El aula estaba iluminada por los ventanales altos. El murmullo de los alumnos se apagó apenas el profesor entró con su carpeta bajo el brazo. Como era costumbre, los ojos de todos se desviaron hacia la fila delantera, donde Manjiro Sano se sentaba con postura impecable, manos entrelazadas sobre el pupitre, uniforme sin una arruga.
-Un verdadero ejemplo para todos -comentó el profesor con una sonrisa orgullosa, sin molestarse siquiera en disimular la preferencia.
Algunos alumnos rodaron los ojos, otros asentían como si se tratara de una verdad indiscutible. Mikey sonrió apenas, inclinando la cabeza con ese gesto suave que dominaba a la perfección. Ni demasiado orgulloso, ni demasiado humilde: la medida justa que esperaba la gente de un Sano.
-Señor Sano, ¿podría leer el fragmento? -pidió el profesor, y el rubio se levantó con calma.
Su voz fue clara, modulada, con la entonación precisa. Nada se le escapaba. Cuando terminó, el aula entera estalló en aplausos tibios, más costumbre que entusiasmo.
-Impecable, como siempre. Un orgullo para esta institución -alabó el profesor.
Mikey bajó la vista, murmurando un "gracias" casi inaudible. Sentía el peso de todas esas miradas, del pedestal en que lo habían colocado desde antes de entender siquiera qué significaba ser un Omega.
Desde el fondo, alguien no aplaudía. Ken Ryuguji estaba recostado en su asiento, brazos cruzados, observando con una expresión difícil de leer. No era desprecio, no era burla, pero tampoco admiración. Era... atención. Una atención que incomodaba más que cualquier aplauso.
Cuando la clase terminó y los alumnos comenzaron a salir, Draken no se movió de inmediato. Esperó, midiendo los gestos calculados del rubio mientras guardaba sus cosas con la misma delicadeza mecánica de siempre. Y pensó en voz alta, lo suficientemente fuerte como para que llegara a sus oídos:
-Todos compran la máscara... pero está vacía.
Mikey se giró apenas, confundido.
-¿Disculpa?
Draken se levantó de golpe, la silla arrastrándose contra el suelo. Caminó hacia él con paso firme, sin titubeos.
-Digo que finges muy bien, pero no engañas a todos.
El Omega abrió los labios, sorprendido. Una réplica automática subió a su lengua:
-No finjo nada.
La mirada del Alfa se clavó en él, intensa, como si lo atravesara de lado a lado.
-Mientes mal.
El corazón de Mikey dio un brinco extraño. No podía recordar la última vez que alguien lo había contradicho de esa forma. Siempre lo trataban con suavidad, con cuidado excesivo, como si fuera cristal. Ese Alfa, en cambio, hablaba sin rodeos. Y lo que era peor: parecía verlo.
Incapaz de sostener más tiempo esa mirada, Mikey bajó la vista y recogió con rapidez los últimos papeles de su pupitre.
-Disculpa, debo irme.
-Claro. Corre a tu jaula de oro -replicó Draken en voz baja, pero lo suficientemente clara para que el rubio lo escuchara antes de salir por la puerta.
Ese comentario lo siguió retumbando durante todo el camino de regreso a casa.
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La mansión Sano siempre imponía silencio. Era tan amplia, tan impecable, que incluso los pasos se escuchaban como un recordatorio constante de lo que se esperaba de él. Mikey entró despacio, dejando los zapatos en el sitio exacto -como se le había enseñado desde niño- y alzó la voz con educación:
-Ya llegué.
-Manjiro. -Su madre apareció en el recibidor, elegante como siempre, con una sonrisa fría que jamás perdía. Lo observó de arriba abajo, como si buscara una falla en la manera en que se presentaba-. Tu corbata está ligeramente torcida.
Él bajó la mirada de inmediato y la acomodó con precisión.
-Perdón, madre.
Su padre apareció después, serio, imponente, con el aura de quien jamás admitía errores.
-No hay lugar para descuidos, hijo. Eres un Sano. La perfección no admite grietas.
Mikey asintió, manteniendo el rostro sereno.
-Sí, padre.
La madre se acercó un poco más, alzando su mentón con suavidad, aunque la presión de sus dedos fue firme, casi cortante.
-Sonríe. -La orden fue simple, y él obedeció. Una sonrisa impecable, de manual, la que todos en el colegio conocían-. Muy bien. Así debe verte el mundo.
Lo soltó y caminó hacia el salón, esperando que él la siguiera. Mikey lo hizo, como siempre. La rutina era exacta: se sentaba erguido, respondía preguntas con cortesía, relataba su día como si fuera un informe sin emociones.
-¿Las clases? -preguntó el padre.
-Bien, padre. Los profesores están satisfechos con mi desempeño.
-Como debe ser. -El hombre bebió un sorbo de vino, sin apartar la vista de él-. No olvides que no solo representas tu nombre. Representas lo que todos deben aspirar a ser.
El rubio apretó las manos sobre sus rodillas.
-Sí, señor.
Su madre se acomodó junto a él, con un gesto estudiado, la voz melosa pero cargada de exigencia.
-Recuerda siempre que un Omega perfecto no alza la voz, no se altera, no muestra debilidad. La perfección se pule día a día, Manjiro. Y tú naciste para ello.
Mikey tragó saliva, obligando a que la sonrisa se mantuviera en su rostro.
-Lo entiendo, madre.
Por dentro, sin embargo, la presión era como un hierro candente. Cada palabra, cada gesto, lo recordaba: no era dueño de sí mismo, era un molde que debía encajar a la fuerza.
Cuando finalmente subió a su habitación, cerró la puerta con cuidado -jamás podía hacerlo con brusquedad- y se dejó caer en la cama. Sus ojos miraron el techo en blanco, la sonrisa ya borrada, el rostro sin vida.
-"Vacío por dentro..." -susurró, recordando las palabras de Draken.
Y por primera vez en mucho tiempo, aceptó en silencio que aquel Alfa había visto algo que ni sus padres podían tolerar: la grieta que, a pesar de todo, seguía latiendo en él.
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El martes por la mañana, la escuela estaba bañada por esa rutina predecible que tanto agradaba a los profesores. Los pasillos relucían, el murmullo de estudiantes se mezclaba con los pasos rápidos y el eco de campanas. Entre todos, la figura de Manjiro Sano destacaba como si el tiempo se detuviera a su alrededor.
Entró al aula con el uniforme impecable, la corbata perfectamente alineada y los zapatos pulidos al brillo exacto. Su postura erguida, su andar elegante y la leve sonrisa en su rostro eran tan calculados que parecía un retrato viviente del ideal.
-¡Ah, Sano-kun! -exclamó el profesor al verlo entrar-. Como siempre, puntual y presentable. Es un ejemplo para todos ustedes.
Algunos alumnos suspiraron resignados. Mikey inclinó la cabeza con suavidad, el gesto educado que había practicado miles de veces.
-Gracias, sensei.
Se sentó en su lugar, desplegando el cuaderno con movimientos pausados, sin mostrar prisa ni descuido. Cada letra que escribía parecía salida de una caligrafía de manual; cada palabra que pronunciaba en clase sonaba serena, clara, impecable.
-Correcto, Sano-kun, excelente respuesta. -El profesor sonrió satisfecho, como siempre.
Para cualquiera, Manjiro era el Omega ideal: refinado, atento, pulido hasta el último detalle. Nadie podía encontrar un error en él. Nadie, excepto Draken.
El Alfa lo observaba desde su asiento, recargado hacia atrás, con la chaqueta mal puesta y el cabello recogido de cualquier forma. Para todos los demás, Mikey brillaba. Para él, esa perfección era demasiado brillante... y demasiado hueca.
-"Mira esa sonrisa... ni siquiera le llega a los ojos." -pensó Draken, apretando los dientes.
Durante el descanso, varios compañeros se acercaron a Mikey con preguntas, algunos por deber, otros por simple admiración.
-Sano-kun, ¿podrías ayudarme con la tarea de matemáticas?
-¡Tu exposición fue perfecta! ¿Podrías darme consejos?
-¿De dónde sacas tanta disciplina?
Mikey respondió a todos con paciencia, con palabras medidas y tono suave.
-Claro, será un placer.
-No es nada, solo hay que esforzarse.
-La constancia es importante, pero todos pueden lograrlo.
Cada frase era como una línea ensayada, dicha con esa calidez artificial que sus padres le habían impuesto.
Draken se acercó despacio, cruzándose de brazos. Lo miró en silencio hasta que las voces se disiparon y quedaron solo ellos.
-Tsk... Deberías cobrar por dar clases de perfección.
Mikey lo miró, la sonrisa aún en su rostro.
-¿Lo dices en serio o te burlas de mí?
-Un poco de las dos. -Draken arqueó una ceja, estudiándolo con detenimiento-. No sé cómo lo aguantas, de verdad.
Mikey bajó la mirada hacia su cuaderno.
-No es cuestión de aguantar, es lo que soy.
Pero sus ojos, apenas por un instante, dejaron ver algo distinto: un destello de cansancio, de vacío, de alguien atrapado en un papel que no había elegido. Y Draken lo notó. Lo notó con la certeza de que detrás de esa sonrisa pulida había un grito ahogado.
-"Lo odias... pero no puedes decirlo." -pensó el Alfa, apretando los puños en el bolsillo de su pantalón.
La campana volvió a sonar y todos regresaron a sus asientos. Mikey retomó su papel de perfección absoluta, respondiendo a las preguntas, escuchando atento, escribiendo impecable.
Para los profesores, era un Sano. El apellido de la perfección.
Para Draken, en cambio, era un chico con una mirada rota que pedía ayuda en silencio.
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El timbre final sonó, y con él los murmullos de estudiantes ansiosos por huir del aula. El profesor, sin embargo, levantó la voz con la calma de quien sabe que nadie se escapa hasta que él lo diga.
-Antes de que se vayan, necesito anunciar las parejas para el proyecto trimestral.
Un coro de quejas recorrió el salón. Nadie quería trabajos en equipo, y mucho menos si la suerte lo unía a alguien con quien no tenían química. Draken suspiró, ladeando la cabeza con fastidio. "Ojalá me toque alguien que al menos no me moleste", pensó.
El profesor comenzó a leer la lista de nombres. Los alumnos iban reaccionando con risas, protestas o resignación. Hasta que, de pronto:
-Ryuguji Ken... y Sano Manjiro.
El salón quedó en un silencio breve, seguido de un murmullo curioso. Algunos giraron a ver a Draken, otros a Mikey. Eran polos opuestos, y todos lo sabían: el Alfa delincuente de aura intimidante y el Omega perfecto, pulido como un diamante.
Draken arqueó una ceja y chasqueó la lengua.
-Tsk, qué suerte la mía...
Mikey, en cambio, mantuvo la misma sonrisa educada de siempre. Se levantó y caminó hacia él con pasos seguros, como si la situación no lo afectara en absoluto.
-Un gusto trabajar contigo, Ryuguji-kun. -Su voz fue suave, modulada, impecable.
Draken lo miró de arriba abajo, con una media sonrisa cargada de ironía.
-No me digas "kun". Suena raro en tu boca.
-¿Raro? -Mikey ladeó un poco la cabeza, sin perder su serenidad.
-Sí. -El Alfa se inclinó un poco hacia él, bajando la voz-. Como si no estuvieras hablando en serio.
Por un segundo, los ojos de Mikey titilaron, pero la máscara volvió enseguida.
-Entonces... ¿Draken?
-Eso suena mejor. -El moreno se recostó en su asiento, cruzando los brazos-. Al menos no parece que estés fingiendo tanto.
El profesor continuó con la lista, ignorando la tensión que se había creado en esa esquina del salón. Mikey tomó asiento junto a Draken, abriendo su cuaderno con calma.
-¿Te molesta mucho trabajar conmigo?
-No, no me molesta. -Draken giró la vista hacia la ventana-. Solo que me pregunto si sabrás trabajar de verdad o si todo lo que haces es fingir que sabes.
El Omega no respondió de inmediato. Lo miró de reojo, con esa calma que parecía infinita, y dijo apenas:
-Pruébame.
Draken lo miró entonces, sorprendido por la respuesta inesperada. Y por primera vez, notó que detrás de esa sonrisa perfecta había algo más. No sabía qué era aún, pero lo intrigaba.
Cuando la clase terminó, Mikey guardó sus cosas y se levantó.
-Podemos empezar mañana después de clases.
-¿Dónde? -preguntó Draken, aunque ya intuía la respuesta.
El rubio bajó un poco la mirada.
-A mi casa.
Draken frunció el ceño.
-¿No prefieres que sea en la mía?
Mikey negó con suavidad, pero su tono dejó claro que no había lugar a discusión.
-Mis padres no permitirían que yo fuera a la tuya.
El Alfa guardó silencio un momento, observando esa expresión impecable, esa calma tan medida que dolía. Finalmente asintió.
-Está bien. A tu mansión, entonces.
Y mientras lo veía marcharse, recto y elegante como siempre, Draken no pudo evitar pensar:
-"Este tipo... está lleno de grietas. Solo que nadie más se da cuenta."
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La tarde siguiente, Draken caminaba hacia la dirección que Mikey le había dado. No era difícil ubicarla: la mansión Sano era famosa, una construcción elegante y fría que sobresalía incluso en un barrio de ricos. El hierro de las rejas brillaba como si acabaran de pulirlo, y el jardín estaba tan perfectamente recortado que parecía una maqueta.
El Alfa soltó un silbido bajo.
-Vaya... entonces este es tu mundo, Mikey.
El guardia en la entrada lo detuvo de inmediato, mirándolo de arriba abajo con desconfianza.
-¿Nombre?
-Ryuguji Ken. -Draken se metió las manos en los bolsillos con naturalidad-. Estoy aquí para un trabajo escolar con Manjiro Sano.
El hombre pareció dudar, pero en cuanto Mikey apareció en la puerta principal, todo cambió. El rubio, impecable en su uniforme aún, levantó la mano con un gesto elegante.
-Déjalo pasar. Es mi compañero.
El guardia inclinó la cabeza y abrió la reja. Draken avanzó, sintiendo las miradas clavadas en su espalda. No estaba acostumbrado a ese tipo de lugares; le parecían sofocantes. Todo demasiado pulcro, demasiado perfecto.
-Bienvenido, Draken. -Mikey sonrió, con ese aire calmado que parecía inquebrantable.
-Esto parece un museo. -El Alfa lo soltó sin rodeos, mirando los mármoles relucientes y las paredes blancas.
-Eso dicen. -La respuesta de Mikey fue tranquila, pero sus ojos evitaron los de él un segundo de más.
Al entrar, Draken sintió el peso del ambiente. Los cuadros familiares colgaban en orden simétrico, las alfombras estaban tan limpias que dudaba pisarlas. Una criada pasó por el pasillo, inclinando la cabeza con un "bienvenido" automático antes de desaparecer.
-¿Siempre es así de... frío aquí? -preguntó Draken mientras subían las escaleras.
Mikey lo miró de reojo.
-Es orden, no frialdad. Eso dicen mis padres.
Llegaron a la habitación de Mikey. Al abrir la puerta, Draken se sorprendió: esperaba un espacio rebosante de color o rebeldía oculta, pero no. Era igual de impoluto que el resto de la casa. Cada libro alineado, cada objeto en su lugar, la cama perfectamente hecha.
-¿Tú también eres así de maniático o te obligan? -soltó Draken, caminando por la habitación.
Mikey cerró la puerta con cuidado y se encogió de hombros.
-Un Sano debe ser impecable.
-Tsk. -Draken se tiró en la silla frente al escritorio, sacando su cuaderno-. Parece agotador.
Mikey se sentó frente a él, desplegando el material del trabajo con calma.
-Uno se acostumbra.
El Alfa lo observó en silencio unos segundos. En su tono había resignación, no convicción. Y en sus ojos, ese vacío que lo perseguía desde que lo había conocido.
Trabajaron un rato en silencio, intercambiando ideas, aunque Draken se dio cuenta de algo: Mikey siempre medía sus palabras, nunca levantaba la voz, y cada gesto parecía ensayado. Como si hubiera alguien vigilándolo incluso en su propia habitación.
En un momento, Draken dejó el lápiz sobre la mesa y se reclinó en la silla.
-Oye... ¿no te cansas de ser tan perfecto?
Mikey alzó la vista, sorprendido por la franqueza. La sonrisa que llevaba puesta titubeó un instante, como si se agrietara.
-La perfección no cansa. La perfección se mantiene.
Pero Draken lo vio. Lo vio en ese leve temblor en sus dedos, en la forma en que sus ojos parecían pedir otra cosa.
-Ya... pero tus ojos dicen lo contrario.
Mikey bajó la mirada de inmediato, volviendo al cuaderno.
-Sigamos con el trabajo.
Draken apretó los labios. No insistió, pero supo que acababa de tocar una herida que Mikey no se atrevía a mostrar.
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Habían pasado casi dos horas entre apuntes, correcciones y algunas discusiones menores sobre el proyecto. Draken, a su manera, se sorprendía de que Mikey supiera tanto y hablara con tanta claridad cuando se trataba de los temas de clase. Pero también notaba lo mismo de siempre: esa forma de no titubear nunca, de no dejar escapar emociones más allá de la cortesía.
Cuando por fin terminaron la primera parte, Draken se estiró en la silla, bostezando.
-Listo por hoy, ¿no? Mi cabeza ya va a explotar con tanto número y tanto dato.
Mikey cerró el cuaderno con cuidado.
-Está bien. Continuamos mañana.
Draken asintió y se levantó, recogiendo sus cosas.
-Bueno... entonces me voy.
El rubio también se puso de pie, con la misma calma de siempre, y lo acompañó hacia la puerta. En el pasillo principal, las luces cálidas iluminaban los rostros de varios retratos familiares. Y justo en la entrada, los padres de Mikey esperaban.
-Manjiro. -La voz de su madre sonó suave, pero cortante, como una seda afilada-. ¿Quién es este joven?
Mikey no perdió la compostura. Dio un paso al frente, inclinando ligeramente la cabeza.
-Mi compañero de proyecto, Ryuguji Ken.
Los ojos de la mujer recorrieron a Draken con evidente desaprobación. Su padre, detrás de ella, mantenía un gesto implacable, con los brazos cruzados.
-Un... compañero, dices. -El tono estaba cargado de duda.
Draken no se inmutó. Levantó una mano en señal de saludo.
-Encantado.
-Hmph. -El padre lo observó un segundo más antes de volver la mirada a su hijo-. No olvides que un Sano debe elegir con cuidado las compañías que lo rodean.
-Lo sé, padre. -Mikey respondió sin titubear, aunque su voz sonaba casi mecánica.
La madre lo miró fijamente, como examinando cada rasgo de su rostro. Finalmente asintió.
-Está bien. Pero recuerda que incluso en un trabajo escolar, tu comportamiento debe ser ejemplar. No hay espacio para errores, ¿entendido?
-Sí, madre.
Draken observó la escena en silencio, apretando la mandíbula. Había algo sofocante en la forma en que hablaban, como si Mikey no fuera un hijo, sino un objeto que debían mantener brillante.
Al llegar a la entrada, Mikey le abrió la puerta con una sonrisa pulida.
-Gracias por venir, Draken.
El Alfa lo miró a los ojos. Por un instante, creyó ver el esfuerzo que le costaba mantener esa expresión.
-Nos vemos mañana, Mikey.
Salió, pero apenas unos pasos más allá, recordó que había dejado su sudadera en la habitación. Giró sobre sus talones y volvió hacia la puerta, con intención de entrar otra vez.
Justo entonces escuchó voces.
-Manjiro, tu postura. -Era la voz de la madre.
-Sí, madre.
-Y sonríe. Siempre. Esa sonrisa es tu marca.
Draken se quedó paralizado en la sombra de la entrada. Alcanzó a ver cómo la mujer sujetaba el mentón de Mikey, obligándolo a sonreír más. Y lo que vino después le encendió la sangre: un movimiento seco, la palma de la mujer chocando contra la mejilla del rubio.
Mikey no reaccionó más que bajando la cabeza. Con los ojos húmedos, murmuró:
-Lo siento... lo siento mucho, madre. Prometo hacerlo mejor.
Draken apretó los puños, un impulso casi lo hizo irrumpir en la sala, pero se contuvo. Si entraba, si decía algo, sabía que solo empeoraría la situación para Mikey. Respiró hondo, dándose media vuelta.
-"Joder... ¿cómo puede vivir así?" -pensó, con rabia contenida mientras se alejaba.
Detrás de él, la mansión volvía a cerrarse sobre Manjiro como una jaula de oro, y Draken solo pudo marcharse con la imagen clavada en la mente: la de un chico perfecto por fuera, que se rompía en silencio por dentro.
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La mañana siguiente, Draken entró al aula con el ceño fruncido. No había dormido bien. Cada vez que cerraba los ojos, volvía a ver la escena: la mano de aquella mujer chocando contra la mejilla de Mikey, la voz suave pero cruel, la sonrisa forzada en un rostro que apenas contenía lágrimas.
Se dejó caer en su asiento con un suspiro pesado, cruzando los brazos tras la nuca. Pero cuando alzó la vista, allí estaba él.
Manjiro Sano.
El mismo chico que había visto quebrarse en la entrada de su casa... ahora estaba sentado impecable, con la corbata perfectamente alineada y la sonrisa serena que todos admiraban.
-Buenos días, Sano-kun. -lo saludó un profesor que pasaba-. Como siempre, un ejemplo.
-Buenos días, sensei. -respondió Mikey con esa voz suave, clara, como si no hubiera pasado nada.
Draken apretó la mandíbula.
-"¿Cómo diablos puede hacer eso? ¿Cómo puede borrar todo lo de ayer como si no existiera?"
La clase comenzó. Mikey participaba con respuestas exactas, explicaba a otros compañeros con paciencia, recibía elogios con humildad. Era la misma perfección de siempre. Pero Draken ya no podía verlo como antes. No después de saber lo que escondía esa máscara.
Durante un descanso, Mikey se acercó a su mesa con el cuaderno en la mano.
-¿Continuamos el proyecto hoy después de clases?
Draken lo miró fijamente. Había un leve enrojecimiento en la mejilla de Mikey, apenas visible si uno no lo buscaba. Nadie más en el salón lo notaba. Pero él sí.
-Claro. -respondió, más serio de lo normal.
Mikey ladeó un poco la cabeza.
-¿Sucede algo?
-No. -Draken desvió la mirada hacia la ventana, intentando sonar casual, pero por dentro hervía-. Solo estoy cansado.
Mikey no insistió. Sonrió y regresó a su lugar, desplegando sus cosas como si nada.
Draken lo siguió con la mirada. Vio cómo charlaba con otros, cómo ayudaba, cómo mantenía ese aire de calma inquebrantable. Y lo único que podía pensar era:
-"Te obligan a vivir así... y aún así sonríes. Mierda, Mikey."
Ese día, por primera vez, Draken no vio al "Omega perfecto" que todos idolatraban. Vio a un chico que sobrevivía fingiendo, y supo que ya no podría apartar la vista de él.
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La tarde cayó rápido, y otra vez Draken se encontró frente a las rejas negras de la mansión Sano. El guardia ya lo reconocía, aunque lo miraba con la misma desconfianza que la primera vez. No dijo nada, solo lo dejó pasar cuando Mikey apareció en la puerta.
-Bienvenido de nuevo. -dijo el rubio, con esa sonrisa impecable.
Draken lo observó un segundo más de lo normal, recordando la bofetada de la noche anterior. Apretó los dientes y entró sin responder.
El interior seguía igual de frío, igual de perfecto. Todo estaba colocado como si fuera una exhibición, no un hogar. Al subir las escaleras, Draken soltó un bufido.
-¿Siempre limpian hasta que todo brille como espejo?
-El orden es importante. -Mikey contestó sin detenerse.
-¿El orden o la obsesión? -replicó Draken con ironía.
Mikey no respondió. Solo abrió la puerta de su habitación y lo dejó pasar. Como la vez anterior, todo estaba en su lugar, hasta el aire parecía medido.
Se sentaron frente al escritorio, desplegando los papeles del proyecto. Mikey comenzó a anotar con calma, pero Draken lo interrumpió apoyando el codo sobre la mesa, inclinándose hacia él.
-Oye, Mikey... ¿nunca te da ganas de mandar todo esto a la mierda?
El rubio lo miró sorprendido.
-¿De qué hablas?
-De esto. -Draken señaló con la mano el cuarto, las paredes, el cuaderno perfectamente ordenado-. De estar siempre recto, siempre sonriendo, siempre diciendo lo correcto.
Mikey sostuvo la mirada unos segundos antes de bajar los ojos al cuaderno.
-Un Sano no se rebela. Un Sano es ejemplo.
Draken chasqueó la lengua.
-Eso no lo digo yo, lo dicen tus viejos. Yo te estoy preguntando a ti.
Por un instante, Mikey se quedó en silencio. Sus dedos temblaron apenas, aunque pronto retomó la calma, escribiendo en la hoja como si nada.
-No tiene sentido pensarlo.
Draken lo observó, molesto, pero también intrigado. Se inclinó más cerca, hasta que el rubio se tensó por la proximidad.
-Tsk, sabía que eras un muñeco. Siempre con la misma sonrisa de escaparate.
Esa vez, Mikey lo miró fijamente, y algo distinto brilló en sus ojos.
-No soy un muñeco.
Su voz fue baja, casi un susurro, pero cargada de una fuerza que Draken no había escuchado antes. El Alfa sonrió apenas, satisfecho.
-Ah, ahí estás. -murmuró, recostándose en la silla otra vez-. Sabía que había alguien detrás de esa máscara.
Mikey lo observó unos segundos más antes de apartar la mirada, volviendo al cuaderno.
-Sigamos con el trabajo.
Draken no insistió, pero en su interior algo se encendió. Había logrado ver un destello de la verdad, una chispa de rebeldía que Mikey escondía bajo capas de perfección.
Y decidió, en silencio, que quería ver más.
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La mañana en la preparatoria Sano era como siempre: estudiantes pulcros, uniformes perfectamente alineados, y profesores que saludaban a Mikey con sonrisas exageradas.
-Buenos días, Sano-kun, excelente ensayo el de ayer. -dijo uno de los docentes apenas entró al salón.
-Gracias, profesor. -respondió Mikey con una leve inclinación, la misma perfección que todos esperaban.
Draken, sentado al fondo, rodó los ojos. Apretaba el lápiz entre los dedos mientras veía cómo todos parecían mirar al rubio como si fuera de cristal.
Cuando la clase terminó, Mikey salió al pasillo con la misma calma educada, respondiendo a cada saludo con una sonrisa impecable. Y fue ahí cuando Draken decidió moverse. Caminó directo hacia él, ignorando las miradas, y le dio un golpecito en la frente con el dedo índice.
-Te estás pasando de falso otra vez. -murmuró lo bastante fuerte para que algunos escucharan.
Mikey lo miró sorprendido, con ese brillo contenido en los ojos, pero antes de poder responder, varios estudiantes comenzaron a murmurar.
-¿Draken le habla así... al Sano?
-¿Desde cuándo están tan cerca?
El rubio parpadeó, nervioso. Esa cercanía era peligrosa. Pero Draken no retrocedió, al contrario, inclinó la cabeza hacia él con una sonrisa ladina.
-Vamos, acompáñame al comedor. Hoy no te escapas.
Mikey frunció los labios, dudando.
-Draken... todos nos miran.
-Que miren. -respondió el Alfa sin inmutarse-. No pienso comer solo, y tú tampoco deberías.
La frase lo golpeó más fuerte de lo que quería admitir. Siempre había almorzado en silencio, rodeado de expectativa, pero nunca de compañía real.
Se dejó guiar por Draken hasta una mesa en la esquina del comedor. La tensión se palpaba: todos cuchicheaban, incapaces de creer que alguien pudiera tratar al "perfecto Sano" con tanta naturalidad.
Draken abrió su bandeja y, sin dudar, tomó un trozo de pan del plato de Mikey.
-Oye... -protestó el rubio en voz baja, más sorprendido que molesto.
-¿Qué? ¿No ibas a comértelo igual? -Draken se encogió de hombros, dándole una mordida.
Y fue entonces cuando Mikey lo miró con esos ojos oscuros, donde la máscara perfecta comenzaba a resquebrajarse. Era una mirada de confusión, de incomodidad, pero también... de alivio.
Los murmullos crecieron, los profesores miraban con disimulo, y Mikey supo que aquello era un error. O al menos, así debía verlo.
Pero no se levantó. No lo detuvo. Solo bajó la vista, permitiendo que Draken siguiera rompiendo, poco a poco, la imagen perfecta que todos esperaban de él.
○○○
Los pasillos de la escuela se habían vuelto un hervidero de rumores desde aquel almuerzo. Nadie podía dejar de hablar del hecho de que Manjiro Sano había compartido mesa con Ken Ryuguji, y lo peor: que se habían visto... cercanos.
-¿Lo viste? Draken le quitó comida a Sano.
-¡Y Mikey no dijo nada!
-¿Qué clase de Alfa se cree para actuar así?
Las palabras corrían como fuego en pólvora. Mikey lo escuchaba todo, aunque nunca lo demostraba. Caminaba con la misma elegancia, la espalda recta, la sonrisa impecable. Pero por dentro, cada susurro lo apretaba más fuerte que el cinturón de perfección con el que sus padres lo ataban.
Ese día, uno de sus profesores lo llamó a la sala de maestros.
-Sano-kun, -dijo con tono paternal, ofreciéndole té-, eres un ejemplo para tus compañeros. Debes tener cuidado con quién te relacionas. No querríamos que tu reputación se viera comprometida.
Mikey inclinó la cabeza, sereno.
-Entiendo, sensei. -respondió, sin levantar la vista.
Pero justo en ese instante, Draken pasó frente a la puerta abierta, su silueta imponente y su andar despreocupado. Mikey alzó los ojos y lo miró... solo un segundo. Un segundo donde esa máscara perfecta se tambaleó.
El profesor siguió la dirección de su mirada y frunció el ceño.
-Ese chico... Ryuguji-kun, ¿no? Ten cuidado. Alfas así solo traen problemas.
Mikey apretó los dedos contra la taza de té, pero su sonrisa no se movió ni un milímetro.
-Lo tendré en cuenta.
Al salir, se encontró de lleno con Draken esperándolo recargado contra la pared.
-¿Ya acabaste con tu club de fans? -preguntó con esa sonrisa torcida.
-Draken... -Mikey bajó la voz, mirando alrededor-, no deberías...
-¿No debería qué? ¿Hablarte? -dio un paso hacia él, inclinándose lo suficiente como para que la diferencia de altura lo envolviera-. ¿O no debería hacerte olvidar, aunque sea un rato, toda esta mierda de perfección que te ponen encima?
Mikey sintió un vuelco en el estómago. Era peligroso. Demasiado peligroso.
-No entiendes... -susurró apenas.
-Entiendo más de lo que crees. -Draken lo miró con intensidad, como si pudiera ver a través de cada grieta que intentaba tapar-. Y voy a seguir aquí, aunque no quieras admitirlo.
En ese momento, una voz cortante interrumpió.
-Manjiro.
Ambos giraron. En la entrada del pasillo estaba su madre, impecable, con esa aura sofocante de elegancia y autoridad. Los ojos de la mujer se posaron primero en su hijo, y luego en Draken, con un brillo gélido de desaprobación.
-Tenemos que hablar. Ahora. -dijo, sin dar espacio a réplicas.
Mikey tragó saliva, bajó la cabeza y caminó hacia ella, obediente, como siempre. Pero antes de irse, sus ojos se desviaron un instante hacia Draken, llenos de una súplica muda.
Draken, con el ceño fruncido, no necesitó más. Supo que la batalla apenas empezaba.
○○○
El eco de los tacones de su madre resonaba por los pasillos vacíos de la escuela. Mikey caminaba detrás de ella, con la cabeza gacha, las manos juntas frente al cuerpo, obediente como siempre. Esa imagen que ella tanto había moldeado.
Cuando llegaron a la sala privada que la familia Sano usaba en la escuela -un espacio elegante, demasiado opulento para un simple instituto-, la mujer cerró la puerta y se giró hacia él.
-¿Qué significa esto, Manjiro? -su tono era bajo, contenido, pero tan filoso como un cuchillo.
Mikey parpadeó lentamente.
-¿A qué se refiere, madre?
-No te hagas el inocente. -dio un paso hacia él, clavando sus ojos grises en los suyos-. Te vi con ese Alfa. Ese... delincuente. Todos hablan de ustedes. ¿Sabes lo que eso significa para nuestra familia?
Mikey apretó los labios, tragando saliva. El reflejo de su crianza lo empujaba a inclinar la cabeza y pedir perdón, pero las palabras de Draken seguían sonando en su mente: "Voy a seguir aquí, aunque no quieras admitirlo".
-Él es... mi compañero de proyecto. -respondió con voz suave.
Su madre chasqueó la lengua.
-No seas ingenuo. Ese tipo no es como nosotros. No tiene clase, no tiene futuro. ¿Cómo crees que te verán si continúas a su lado? Un Sano debe estar por encima, siempre. Debes ser un Omega perfecto.
"Un Omega perfecto." Las palabras cayeron como piedras. Mikey bajó los ojos, pero esta vez no respondió enseguida.
La mujer se acercó aún más, tomando su rostro con frialdad.
-No toleraré que arruines lo que hemos construido. Tú serás la imagen de esta familia, aunque tengas que sacrificar todo lo demás. ¿Entiendes?
Las lágrimas le ardían en los ojos, pero no las dejó caer. Por un instante, se quedó en silencio, luchando contra su propia obediencia. Y entonces, apenas en un susurro, escapó de sus labios:
-Yo ya no quiero ser un Omega perfecto.
El aire se congeló. Su madre lo miró con los ojos muy abiertos, como si hubiera escuchado una blasfemia. Y sin pensarlo, la palma de su mano chocó contra la mejilla del rubio.
-¡Cállate! -su voz resonó con furia contenida-. No vuelvas a decir algo tan vergonzoso.
Mikey apretó los dientes, con lágrimas acumulándose.
-Lo siento... -murmuró, una y otra vez, mientras se inclinaba en disculpas forzadas-. Lo siento, madre... lo siento...
Detrás de la puerta, alguien había presenciado lo suficiente. Draken, que había seguido a Mikey en silencio, se quedó inmóvil. Apretó los puños con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Quiso entrar, arrancar a Mikey de ahí, pero al ver cómo el rubio se disculpaba una y otra vez, quebrado, entendió que irrumpir solo lo dañaría más.
Con el pecho ardiendo de rabia, dio un paso atrás y se marchó.
Pero en su mente quedó grabada la imagen de Mikey, temblando, pidiendo perdón por un pecado que no era tal: el simple deseo de ser él mismo.
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Draken no fue a casa esa noche de inmediato. Caminó sin rumbo por las calles, encendiendo un cigarro tras otro, pero ninguno le calmaba el fuego en el pecho.
Las imágenes lo perseguían: la voz fría de esa mujer, la bofetada, el rubio con lágrimas que no se atrevía a derramar.
-Mierda... -gruñó, golpeando la pared de un callejón con el puño.
Desde que conoció a Mikey, había algo que lo intrigaba en esa mirada vacía bajo la máscara perfecta. Pero ahora... ahora entendía que no era intriga, sino rabia. Rabia por ver a alguien tan quebrado, encerrado en un molde que lo asfixiaba.
Al día siguiente, Draken llegó temprano a la escuela, más temprano que nunca. Sabía que Mikey estaría allí; el chico siempre era puntual, siempre el primero en ocupar su sitio.
Y no se equivocó.
El rubio estaba sentado en su pupitre, los dedos entrelazados sobre el escritorio, la espalda recta, la mirada tranquila. Nadie diría que la noche anterior había sido golpeado por su propia madre. Nadie, excepto Draken, que lo veía todo.
Se acercó sin pedir permiso y dejó caer una sudadera negra sobre su mesa.
-Olvidaste esto. -dijo con un tono neutro, casi rudo.
Mikey levantó la mirada, sorprendido. Tocó la tela con cuidado, reconociendo que era de Draken.
-Ah... pensé que te la habías llevado.
-No. -Draken se encogió de hombros y luego lo miró fijo-. ¿Estás bien?
Mikey se tensó.
-Claro.
-No me mientas. -Draken bajó la voz, inclinándose sobre él.
El corazón de Mikey se agitó con fuerza. Miró alrededor, asegurándose de que nadie los escuchara, y sonrió como siempre, con esa perfección intocable.
-Estoy bien, Draken. No te preocupes.
El Alfa apretó los dientes. Quiso gritarle que dejara de actuar, que lo odiaba verlo fingir. Pero en vez de eso, se inclinó más, tan cerca que susurró contra su oído:
-Te voy a sacar de esa jaula, aunque no quieras admitir que estás dentro.
Mikey se quedó helado. Sus ojos se abrieron un poco, y por primera vez en mucho tiempo, su máscara se agrietó lo suficiente para que la vulnerabilidad se asomara.
Antes de que pudiera responder, el timbre sonó y los alumnos comenzaron a llenar el aula. Mikey recuperó su postura impecable, guardando esa frase en lo más profundo de su pecho, como si fuera un secreto ardiente.
Draken, mientras tanto, ya había tomado una decisión: no volvería a quedarse quieto.
La familia Sano podía ser poderosa, los profesores podían idolatrar la perfección... pero él no estaba dispuesto a ver cómo destruían lo poco de libertad que Mikey aún tenía...