Prólogo
17:56 Times Square - Nueva York
La lente del helicóptero de la prensa temblaba, desenfocando por momentos la carnicería en el asfalto. La icónica avenida parecía una zona de guerra. En el centro de un cráter de escombros y restos de metal retorcido, la figura roja y azul ya no brillaba. El traje de Spiderman era un mosaico de jirones empapados en rojo carmesí. Peter Parker, alias Spiderman, respiraba fuego en sus pulmones. Su lente izquierda estaba destrozada, revelando un ojo inyectado en sangre que apenas parpadeaba.Mientras tanto, en frente suyo estaba el Doctor Connors, alias Lagarto: una masa de escamas, garras largas y furia ciega que lanzó otro poderoso rugido cargando hacia el arácnido. Peter no lo esquivó esta vez. No le quedaban fuerzas para la elegancia ni los chistes malos. Recibió el impacto de frente, lanzando un gancho que levantó la barbilla de la criatura, y de inmediato sintió su brazo derecho y sus costillas astillarse. El Lagarto sacudió su cabeza y trató de morderlo de nuevo, pero con un grito que nació desde lo más profundo de su linaje totémico, Spiderman sujetó la mandíbula del monstruo.
CRACK
El sonido fue captado por los micrófonos ambientales. Un estallido seco. La mandíbula que un segundo antes buscaba el hombro y el cuello de Spiderman ahora colgaba inútil. Connors se desplomó, muerto antes de tocar el suelo. Mientras tanto, el héroe retrocedió dos pasos; su cuerpo cedió con la pesadez del plomo y cayó de espaldas. El cielo de Nueva York, cubierto de humo negro, fue lo último que vio con claridad.Unos segundos después se escuchó el zumbido de un Quinjet de SHIELD que aterrizó de forma errática, levantando una nube de polvo y ceniza. La rampa ni siquiera terminó de bajar cuando dos médicos de combate saltaron con la camilla y, detrás de ellos, salió Bobbi cojeando, pero con la mirada clavada en su compañero gravemente herido. El silencio en el lugar era antinatural. Los buitres de la prensa sobrevolaban a baja altura, grabando cada detalle hasta que los médicos derraparon junto a Peter. Uno colocó su oído en la boca, luego en el pecho, y tomó los signos vitales del cuello, detectando de inmediato que eran alarmantemente débiles.
—¡Hay poco pulso!¡Iniciando RCP! — gritó el primero, rasgando el traje y jadeando al ver que mostraba severos hematomas y arañazos que habrían matado a un humano normal. — ¡Cargando desfibrilador! ¡Despeja, Will!
¡BUM! El cuerpo de Spiderman se arqueó violentamente. Nada.
—¡Otra vez!¡Carga a trescientos sesenta! ¡DESPEJA! —Bobbi llegó a su lado, cayendo de rodillas.
—Peter... Peter... no, no, no... Mírame, idiota. Mírame, por favor —sollozó con sus manos temblorosas buscando la de Peter. Estaba tibia.
—¡Una última vez! ¡Despejen! —nuevamente el cuerpo de Peter se arqueó y nada. El jefe médico negó con la cabeza tras el tercer intento. El monitor, un dispositivo portátil conectado al pecho de Spider-Man, emitía un pitido constante, lineal, infinito.
— Lo perdimos, Agente Morse. Se ha ido.
—¡QUÍTATE! —Bobbi empujó al médico con una fuerza inhumana que nacía de la desesperación y la adrenalina, lanzándolo contra los restos del Lagarto. Comenzó a presionar el pecho de Peter, ignorando que sus propios puntos de sutura se abrían—. ¡RESPIRA, CARAJO! ¡TE DIJE QUE RESPIRARAS, PARKER!Pero el cuerpo de Peter ya no respondía.
La luz del gran cachorro de la Red de la Vida se había apagado. Bobbi se derrumbó sobre él, abrazando su cuerpo tibio y ocultando el rostro en un pecho que ya no latía, rompiendo en un llanto desgarrador que fue escuchado por millones de personas a través de las pantallas.A miles de kilómetros del caos de Nueva York, en la aparente calma de la embajada estadounidense de Berlín, otra mujer era la viva imagen de la eficiencia. Sin embargo, sin previo aviso, la mujer castaña vestida con traje de negocios —que en realidad era una experimentada agente de la CIA— sufrió un quiebre absoluto. Sus ojos, siempre inexpresivos y calculadores, se abrieron de golpe, despojados de toda astucia y llenos de un vacío aterrador, fijos en un punto invisible del espacio. No la golpeó el clima frío alemán o la calefacción, sino un escalofrío devastador y un dolor agónico: un hilo espiritual invisible acababa de tensarse en su alma hasta casi romperse.
Perdió el equilibrio de inmediato. Mientras caía, la mirada de acero de la agente se disolvió en un parpadeo violento y descontrolado; sus pupilas se contrajeron al mínimo, reflejando el pánico de una mente que, por primera vez en su vida, no entendía qué estaba sintiendo. Intentó aferrarse a la pared con desesperación, pero sus dedos solo rasparon la superficie antes de desplomarse de lleno contra el suelo, donde su cuerpo comenzó a convulsionar con brutalidad. Al instante, la pulcra oficina de la embajada estalló en un caos absoluto. El personal y sus compañeros de la agencia corrieron hacia ella en un remolino de gritos y pasos apresurados. Pero cuando el primer compañero llegó a su lado, lo que lo congeló no fue el temblor de su cuerpo, sino sus ojos: la mirada de la espía estaba completamente fija en el techo, inyectada en sangre, sosteniendo el peso de una agonía que no pertenecía a ese edificio, ni a Berlín, ni a este mundo.
Continuará








