𝐎𝐁𝐒𝐄𝐒𝐒𝐈𝐎𝐍 𝐩𝐚𝐫𝐭. 𝟏
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Lo primero que Heeseung registró al regresar a la conciencia fue un pitido, proveniente de un monitor cardíaco. Luego, cuando por fin logró abrir los ojos, lo que encontró fue un techo blanco, cegadoramente iluminado por luces fluorescentes que parecían querer perforarle sus pupilas. Parpadeó dos veces, intentando ordenar el caos en su mente. Sin embargo, todo le dolía, especialmente su cabeza. La imagen que tenía era borrosa, como si estuviera mirando a través de un vidrio empañado.
Antes de que pudiera siquiera comenzar a preguntarse dónde se encontraba o qué había pasado, una voz demasiado suave, habló:
—¿Hee? ¿Amor?
El rubio no reconoció esa voz. Intentó girar la cabeza hacia la fuente del sonido, con la intención de poner un rostro a quien lo llamaba con tanta familiaridad, pero su cuello respondió con una punzada tan aguda que le hizo cerrar los ojos y soltar un jadeo de dolor de sus labios resecos.
—Tranquilo, amor —escuchó nuevamente aquella voz.
Lee abrió sus ojos y logró un giro mínimo, lo suficiente para distinguir la silueta de alguien sentado a su lado. Era un chico de cabello negro, atractivo de una manera casi irreal. Su rostro era delgado, con un mentón pequeño pero bien definido, y unas cejas perfectamente delineadas que enmarcaban unos ojos almendrados y oscuros. Su nariz era recta, y sus labios, bien proporcionados, tenían una pequeña cicatriz minúscula sobre el labio superior, casi invisible pero que Heeseung notó. Lo que más le llamó la atención, sin embargo, eran sus mejillas; estaban surcadas por rastros recientes de lágrimas, y su expresión era una mezcla de alivio y felicidad.
—Estás despierto —susurró el chico. Sus manos se cerraron alrededor de la mano derecha de Heeseung con fuerza. Las yemas de sus dedos estaban frías, pero la palma era cálida, y algo en esa textura hizo que el rubio frunciera levemente el ceño; la piel ajena tenía una sensación extraña, como de cortadas con algunas ampollas—. Dijeron que podía pasar bastante tiempo hasta que despertaras. Que el traumatismo... —El chico hizo una pausa, mordiéndose el labio inferior con fuerza. Luego se relamió los labios, nervioso, y soltó un suspiro tembloroso mientras se obligaba a calmarse—. Ya no importa. Estás aquí... Eso es lo único que importa.
Lee quiso hablar. Su lengua se pegó a su paladar reseco, y el único sonido que consiguió emitir fue un gemido ininteligible que pretendía ser la pregunta “¿quién eres?”. El pelinegro soltó una risita baja, que cubrió por unos segundos con su mano libre mientras su pulgar comenzaba a trazar círculos lentos y suaves sobre el dorso de la mano de Heeseung.
—No intentes hablar todavía, bebé —dijo, y el apelativo sonó tan natural en sus labios que dolió—. El médico dijo que tu garganta está irritada por el tubo que te pusieron en la UCI. Estuviste algunos días intubado. Pensé... —Se interrumpió bruscamente, tragando saliva con dificultad. Sus ojos se cerraron un momento, y cuando volvieron a abrirse, Heeseung pudo ver diminutas partículas de humedad brillando entre sus pestañas—. Pensé que te iba a perder.
Las palabras llegaron a Heeseung, pero algo en ellas no encajaba. Intentó hacer memoria en sus propios recuerdos, buscando alguna imagen, sonido o nombre, pero lo único que encontró fue un agujero negro.
Sabía su nombre, al menos eso lo conservaba. Lee Heeseung. También tenía un poco de recuerdos de algunas caras borrosas —sus padres, quizá; y de una chica joven que parecía ser su hermana menor— pero nada más. Sé sentía desorientado y vacío.
—¿...quién... eres...? —logró articular por fin, aunque su voz sonó rota, astillada en las dos únicas palabras que consiguió pronunciar.
El chico curvó sus labios. Pero Heeseung notó algo extraño en aquello; no era del todo franco. Más bien parecía una sonrisa estirada, con un dejo de molestia mal disimulada. Heeseung solo lo miró, esperando que respondiera. La luz del atardecer se filtraba a través de las ventanas del hospital, tiñendo todo de un tono anaranjado y tibio que hacía que aquella sonrisa pareciera genuina, o al menos eso quiso creer, porque la primera alternativa era demasiado inquietante.
—Bebé —inició el pelinegro, y su voz recuperó esa suavidad de antes—. Soy Jake. Tu novio.
Lee sintió cómo sus ojos se abrían por la sorpresa. “¿Novio?” Todo se sentía extraño. No tenía recuerdo alguno sobre contar con pareja. Pensó que tal vez se trataba de una broma, o de una confusión, e intentó mover los labios para decírselo, pero el pelinegro, pareció leerle la mente.
—No es una broma, bebé —dijo, y su tono se volvió firme—. Soy tu novio. Llevamos tres años juntos. Tres años y cuatro meses, si quieres ser exacto.
Las palabras continuaron rebotando dentro de él. Todo eso se suponía que era su realidad, pero no sentía nada al pensarlo. Solo un vacío donde deberían haber estado los recuerdos. Heeseung bajó la mirada hacia sus propias manos, examinándolas como si fueran de otra persona: moretones violáceos decoraban sus nudillos, y una vía intravenosa asomaba en su muñeca izquierda. Luego volvió a mirar a Jake. El chico seguía allí, junto a la cama, y sus dedos no soltaban el brazo de Heeseung. No sentía nada por él. Y eso, de alguna manera que no podía explicar, le pareció profundamente triste.
—¿Qué... —dio un respiró— ... me pasó?
Shim palideció. Fue solo un segundo que su rostro perdió todo el color, pero Heeseung lo distinguió. Luego Jake asintió, mordiéndose el labio inferior con tanta fuerza que por un momento, el rubio temió que fuera a hacerse daño.
—Ibas a recogerme del trabajo. Otro vehículo no te vio y... —se interrumpió a sí mismo un momento—. Pero no pienses en eso ahora, lo importante es que despertaste.
Antes de que Heeseung pudiera procesar aquella información, la puerta de la habitación se abrió. Una enfermera entró con una tableta en la mano, tecleando algo sin levantar la vista. Pero cuando al fin alzó la mirada y lo vio despierto. Se disculpó con una rápida inclinación de cabeza y salió casi corriendo en busca del médico.
El intervalo de espera fue breve. Jake tuvo que soltar el brazo de Heeseung para apartarse unos pasos, justo cuando el médico llegaba acompañado por la misma enfermera. Era un hombre de mediana edad, quien comenzó a revisarlo; le alumbró los ojos con una linterna diminuta, le pidió que siguiera su dedo con la mirada, que apretara sus manos y que empujara sus pies contra la cama. Heeseung obedeció, sintiéndose como un muñeco roto al que estaban probando las articulaciones.
Luego lo abordaron con algunas preguntas; su nombre, su edad, el año actual, el nombre de sus padres y el presidente del país. Heeseung respondió todas sin titubeos. Pero cuando la enfermera, inquirió: “¿Recuerda a la persona que está aquí?”, haciendo una clara mención a Jake.
El silencio se alargó un poco. Los hombros de Jake se tensaron, sus manos se convirtieron en puños a los costados de su cuerpo y su mandíbula se apretó un poco. Lee lo miró y negó levemente con la cabeza.
—Amnesia retrógrada —diagnosticó el médico con tono profesional—. Es común en traumas craneoencefálicos como el suyo. La memoria episódica puede tardar un tiempo en regresar. Sin embargo, ciertas conexiones emocionales suelen recuperarse primero. El cerebro prioriza lo que realmente importa.
El cerebro prioriza lo que realmente importa. Jake rodó los ojos sin que nadie se diera cuenta.
—¿Cuánto? —se atrevió a preguntar, y su voz sonó fría en el aire. Tanto la enfermera como el médico y el propio Heeseung voltearon la mirada hacia él.
—¿Cómo? —inquirió el médico.
—¿Cuánto tiempo va a demorar en recuperar la memoria?
El médico se tomó un momento para responder. Se ajustó las gafas y finalmente soltó un suspiro.
—No puedo darle una fecha concreta. Pueden ser semanas, incluso meses. En algunos casos, ciertos recuerdos nunca regresan. No hay nada seguro en esto, lo siento.
Shim exhaló lentamente por la nariz. Sus puños se apretaron un poco más, pero su rostro se mantuvo sereno y no dejó que se reflejara alguna molestia.
El médico le dedicó unas últimas palabras al rubio —recomendaciones sobre reposo, signos de alarma a los que prestar atención y una cita de seguimiento en una semana— y se despidió con un asentimiento, abandonando la habitación seguido de la enfermera.
Cuando estuvieron solos, el silencio los abordó. Heeseung sintió un escalofrío recorrer su espalda, independiente de la temperatura agradable que mantenía el aire acondicionado. Sentía un frío por el hecho de estar frente a un extraño que debería serlo todo y no era nada.
En su intento por disipar la tensión, por llenar de alguna manera el vacío que se abría entre ambos, Lee cambió la conversación hacia otro terreno.— Mis padres... ¿están...
Jake se acercó a él y tranquilo con una sonrisa nuevamente en su rostro le dijo que su madre y hermana habían salido en la mañana, pero que volverían en la noche, mientras que su padre tuvo que regresar a su trabajo. Heeseung solo asintió y Jake se quedó junto a él.
—Está bien —murmuró Heeseung, y cerró los ojos un momento, agotado.
Shim se quedó junto a él, sin soltarle la mano y acariciando sus mechones rubios. Y aunque Heeseung no podía sentir el amor que supuestamente debía haber allí, no pudo evitar notar que, por alguna razón, aquella presencia desconocida no le resultaba del todo desagradable. No obstante, el sentimiento extraño continuaba.
Por su lado, Jake solo pudo observarlo con devoción. Sin apartar sus ojos y continuar pasando la yema de sus dedos por aquellos mechones, sonriëndose a sí mismo por ser demasiado estúpido pero encantado por aún tener aquel hombre a su lado.
“Eres tan cruel conmigo, Hee”.
En la noche, los padres de Heeseung llegaron finalmente. Jake, quien los había estado esperando, fue el primero en interceptarlos en el pasillo antes de que entraran a la habitación. Con voz baja y pausada, les explicó la situación: Heeseung había despertado, sí, pero no estaba del todo bien. Incluso, sobre la amnesia. En medio de sus palabras, la señora Lee, no pudo evitar abrazarlo y decirle gracias por siempre estar con su hijo.
Posteriormente, la mujer entró a la habitación con paso tembloroso. Cuando vio a su hijo sentado contra la cabecera de la cama, con el rostro magullado y una mirada que la recorría como si fuera una extraña, no pudo contener el sollozo. Se lanzó hacia él y lo abrazó —sin llegar a aplicar mucha fuerza—. El rubio, al principio rígido por la sorpresa, sintió cómo algo en su pecho se desbloqueaba ante aquel calor desconocido pero extrañamente familiar.
Su padre, un hombre alto de mandíbula firme y expresión tranquila, se acercó. No dijo gran cosa, solo le dio una palmada en el hombro, y eso fue suficiente para que Heeseung entendiera que estaba allí. Por su lado, su hermana menor, fue la que más tiempo tardó en acercarse. Se quedó en la puerta, mordiéndose el labio, con los ojos ya enrojecidos antes de que una sola lágrima cayera. Cuando finalmente se decidió a caminar hacia la cama. Tomó la mano de Heeseung entre las suyas y rompió a llorar.
El rubio no recordaba bien cómo era la dinámica con su familia. Pero un sentimiento se instaló en su pecho, indicándole que estaba en el lugar correcto en ese momento.
Fue durante esa visita que sus padres le confirmaron lo que Jake ya le había dicho. Su madre, secándose las mejillas con un pañuelo arrugado, asintió con vehemencia cuando Heeseung preguntó, si era cierto que llevaban tres años juntos.
—Sí, cariño —indicó ella, con una sonrisa curvada en sus finos labios—. Jake es tu novio —confesó con una enorme felicidad—. Él siempre ha sido bueno contigo.
Las palabras de su madre le provocaron una sensación extraña, que aún no entendía del todo. Más lo siguiente que su padre comentó, lo dejó plasmado por unos segundos, porque hasta ese momento Jake no había mencionado aquello. Según por las palabras de su progenitor, ellos vivían juntos en una casa algo alejada de la ciudad, hacia el norte, cerca de un bosque que a Heeseung le encantaba. «Porque a ambos les molestaba el ruido de la ciudad», añadió al final.
Jake, quien estaba recostado contra el marco de la puerta con los brazos cruzados, sonrió ante las palabras de su suegro. Una sonrisa genuina, que iluminó su rostro y lo hizo parecer más joven. Heeseung lo observó desde la cama y sintió una punzada en el pecho.
Porque si todo lo que le decían era verdad —si realmente Jake era su novio, si realmente se amaban y, si realmente habían construido una vida juntos—. Entonces ¿por qué había un presentimiento de que algo andaba mal? No sabía ni siquiera si era real o producto del golpe.
Desde ese momento, los tres días siguientes transcurrieron con calma. O eso sentía Heeseung. Las mañanas comenzaban temprano con la llegada de los fisioterapeutas, que trabajaban con paciencia para recuperar la movilidad de su hombro derecho —el que había resultado dislocado en el impacto— mediante ejercicios lentos y dolorosos que lo dejaban sin aliento. Por las tardes, acudía a pruebas neurológicas: pantallas que mostraban patrones hipnóticos en blanco y negro mientras él debía presionar un botón cada vez que una figura geométrica se repetía; láminas con objetos cotidianos que debía identificar en menos de cinco segundos. Cuando le pidieron que dibujara algo, su mano trazó la forma de una manzana sin ninguna dificultad.
Y el pelinegro estaba allí en cada momento, sin importar la situación. Se sentaba en una esquina durante las sesiones de fisioterapia, con las manos cruzadas sobre las rodillas, observando todo. Durante las pruebas neurológicas, esperaba afuera, pero Heeseung sabía que estaba allí porque al salir siempre lo encontraba en la misma silla de plástico y con el mismo libro en las manos.
Además, existieron ocasiones en dónde se acercaba demasiado. Se sentaba al borde de la cama cuando Heeseung quería espacio. Le acariciaba el cabello cuando Heeseung prefería que no lo tocaran. Le llevaba la comida a la boca cuando Heeseung podía hacerlo solo. Era una presencia constante, sofocante y aunque el rubio no lo confesaba en voz alta, sentía el peso de esa atención muy asfixiante.
Por las mañanas, cuando Heeseung abría los ojos, Jake estaba en la silla junto a la ventana. A veces dormido, con la cabeza apoyada en el borde del colchón y el cuello en un ángulo que debía dolerle, los labios ligeramente entreabiertos y las pestañas proyectando pequeñas sombras sobre sus mejillas. En otras ocasiones, estaba despierto, leyendo un libro cuya portada Heeseung nunca lograba distinguir porque siempre la cubría con los dedos.
Por las noches, cuando las enfermeras apagaban las luces principales y el pasillo quedaba iluminado solo por los monitores de las habitaciones, Jake se levantaba, abría el armario y desplegaba una camilla plegable que colocaba junto a la cama de Heeseung. Antes de dormir, extendía la mano y tocaba los dedos de Heeseung, apenas un roce, solo para sentirlo cerca.
Esa necesidad de contacto, habría sido conmovedora, si Heeseung hubiera recordado amarlo. Si hubiera podido devolverle ese gesto con algún sentimiento que no fuera lástima. Pero en lugar de eso, la presencia de Jake se sentía poco reconfortante.
Aunque, dentro del segundo día Heeseung se duchó con ayuda de Jake, quien no quiso dejarlo solo en ningún momento. En síntesis, fue incómodo al principio, pero no terminó por desagradarle del todo. Su novio lo ayudó a entrar al baño y cerró la puerta tras ellos. El espacio se sintió repentinamente reducido. Heeseung apoyó una mano en el lavabo para mantener el equilibrio mientras Jake abría la ducha y regulaba la temperatura. El sonido del agua golpeando el suelo llenó el pequeño cuarto, y el rubio cerró los ojos un instante.
—Voy a ayudarte a quitarte la bata —anunció Jake, y Heeseung abrió los ojos.
El pelinegro estaba frente a él, con las manos ya alcanzando el cinturón que sujetaba la prenda a su cintura. Heeseung sintió cómo sus músculos se tensaban.
—Puedo... puedo hacerlo yo... solo —dijo, aunque su voz sonó menos segura de lo que quería.
Shim levantó la vista hacia él y, por un momento, sus miradas se encontraron. Los ojos oscuros del pelinegro tenían algo extraño, una intensidad que Heeseung no había visto ni notado hasta ese instante. Había algo más allí, algo que hizo que un escalofrío recorriera su espalda.
—No, bebé —dijo Jake, y su voz sonó cariñosa—. Déjame ayudarte.
Sus dedos tiraron del cinturón deshaciendo el nudo. La bata se abrió, y Heeseung sintió el aire frío del baño golpear su pecho desnudo. Jake tomó los bordes de la tela y comenzó a deslizarla por sus hombros con lentitud.
El rubio bajó la mirada hacia su propio cuerpo. Los moretones en sus costillas habían empezado a tornarse amarillentos en los bordes, señal de que estaban sanando. El vendaje en su hombro derecho cubría la peor parte, pero aun así podía ver la hinchazón que se extendía hasta la mitad de su brazo.
Sin embargo, lo que lo incomodó no fue eso. Fue la forma en que Jake continuaba mirándolo.
El pelinegro tenía los ojos fijos en su torso desnudo, y su expresión había cambiado. La suavidad inicial había dado paso a algo más voraz. Sus labios estaban ligeramente entreabiertos, y sus mejillas habían adquirido un tenue tono rosado.
—Jake —llamó—. ¿Puedes dejarme solo aquí?
La pregunta pareció sacar a Jake de un trance. Parpadeó un par de veces, y esa expresión extraña desapareció de su rostro.
—No —respondió, y su voz recuperó esa dulzura característica, aunque ahora sonaba forzada—. No puedo dejarte solo. Ya lo hablamos.
Heeseung quiso insistir, pero Jake no le dio tiempo. Tomó su mano y lo guió con calma hacia la ducha, ayudándolo a cruzar el borde bajo. El agua ya estaba caliente, y cuando las primeras gotas golpearon la espalda de Heeseung, el rubio no pudo reprimir un gemido.
—¿Está bien la temperatura? —preguntó, aún fuera de la ducha, aunque el agua comenzaba a salpicar sus pantalones.
—Sí —fue lo único que respondió, cerrando los ojos y dejando que el chorro golpeara su nuca y resbalara por su espalda.
Escuchó el sonido de Jake moviéndose, abriendo algo. Luego la cortina de la ducha se descorrió un poco y la mano del pelinegro apareció sosteniendo un jabón.
—Toma.
Heeseung tomó el jabón y comenzó a pasarlo por sus brazos: primero el izquierdo, que se movía con facilidad, y luego el derecho, con mucha más dificultad. El hombro lesionado protestó cuando intentó alcanzar su propia espalda; un tirón agudo lo hizo morderse el labio.
Siguió intentándolo, pero cada movimiento era torpe. El jabón se le resbalaba de los dedos y, cuando lograba sostenerlo, no podía llegar a las zonas que más necesitaba. Su espalda seguía pegajosa, y sus piernas apenas habían recibido un poco de atención. Soltó un suspiro lleno de frustración.
—No puedes con eso —dijo Jake, y su voz sonó muy cerca de él.
Heeseung abrió los ojos y vio que Jake ya no estaba fuera de la ducha. Sino que estaba dentro, el agua golpeando su pecho y resbalando por su abdomen. No lo había oído quitarse la ropa ni había notado el momento en que entró. Pero allí estaba, ocupando el espacio reducido.
—¿Qué haces?
—Ayudarte, bebé —respondió Jake, como si fuera la cosa más natural del mundo.
Extendió la mano y tomó el jabón que el rubio aún sostenía. Sus dedos rozaron los del rubio, y el contacto duró apenas un segundo, pero Heeseung sintió cómo su piel se erizaba. Jake se acomodó frente a él y comenzó a pasar el jabón por el pecho. Sus manos se deslizaban sobre sus omóplatos, descendían por su torso, se detenían en la curva de su cintura. Heeseung se quedó inmóvil, sin saber qué hacer, con sus propias manos colgando a los costados mientras el agua seguía cayendo sobre ambos.
—No tienes que ponerte tan tenso —murmuró cerca de su oreja, y Heeseung pudo sentir su aliento caliente contra su piel—. Relájate, mi amor.
El jabón llegó hasta sus brazos, y las manos de Jake se deslizaron evitando el vendaje del hombro. Heeseung sintió cómo su respiración se volvía irregular.
—Jake...
—Está bien —lo interrumpió, mientras sus manos ascendían ahora por su espalda, acercándose un poco más. Heeseung inclinó la mirada hacia él—. No tienes que preocuparte, mi amor. Nos conocemos bastante bien el uno al otro.
El rubio se ruborizó con esas palabras. No tenía recuerdos de estar cerca de Jake. Y sin embargo, su cuerpo sí parecía recordarlo todo, porque a pesar de la incomodidad, algo en lo más profundo de su ser no rechazaba su cercanía.
Jake terminó de enjabonarle la espalda y los brazos, y luego se arrodilló frente a él para ocuparse de sus piernas. Intentó no parecer demasiado obvio mientras miraba el miembro, así que sus manos subían y bajaban por sus muslos y sus pantorrillas. Heeseung tuvo que apoyar una mano contra la pared para no tambalearse.
Después, se puso de pie de nuevo, y estaban frente a frente, sus rostros a centímetros de distancia. El agua caía entre ellos. Jake tenía el cabello pegado a la frente y las pestañas cubiertas de diminutas gotas que brillaban bajo la luz. Heeseung quiso decir algo, pero las palabras no llegaron a formarse, porque de repente, el pelinegro se puso de puntillas y cerró la distancia entre ellos.
Los labios de Jake apenas rozaron los suyos, un roce que sabía vagamente dulce. Heeseung debería haberse apartado, haber puesto una mano en el pecho de Jake y empujarlo.
En lugar de eso, sintió cómo sus ojos se cerraron y cómo sus propios labios se movían contra los ajenos, respondiendo al beso. Incluso, inclinó ligeramente la cabeza para ajustar el ángulo y sus manos subieron por sí solas para descansar en las caderas del pelinegro.
Jake emitió un pequeño sonido de satisfacción, y Heeseung sintió cómo las manos ajenas soltaban el jabón para subir hasta su cuello. Sus dedos se enredaron en la nuca del rubio, apretando apenas y profundizando el contacto.
El pelinegro se pegó a él, y Heeseung sintió cada centímetro de su cuerpo contra el suyo; el pecho de Jake presionando contra el suyo, sus estómagos rozándose y, sus caderas encontrándose. El agua seguía cayendo sobre ellos, resbalando por sus cuerpos unidos y formando charcos a sus pies.
Heeseung abrió la boca y dejó que Jake entrara, y entonces el beso se volvió más profundo. La lengua del pelinegro exploraba la suya con familiaridad. Fue en medio de ese beso, cuando sus lenguas se enredaban y sus respiraciones se mezclaban, las caderas del pelinegro se elevaron un poco por accidente. El miembro contrario rozó el suyo, provocando una sensación excitante. Lee sintió cómo un gemido se escapaba de su garganta directamente a la boca de Jake, y el pelinegro respondió con un sonido similar. Ambos cortaron el beso al mismo tiempo, separándose apenas lo suficiente para mirarse, con las frentes casi tocándose y el aliento entrecortado.
Los ojos de Jake estaban oscuros, con sus pupilas totalmente destellantes. Tenía los labios hinchados, y una sonrisa comenzó a formarse en ellos. Heeseung, por su parte, sintió cómo sus propios labios se curvaban en una sonrisa mínima.
—Te extrañé —susurró Jake—. Te extrañé tanto, mi amor.
El rubio no respondió. No sabía si lo que sentía en ese momento era real o si era solo su cuerpo respondiendo. Sin embargo, la intensidad del momento lo tenía un poco nublado.
Shim elevó la cabeza para besarlo de nuevo, y Heeseung cerró los ojos, preparándose para sentir otra vez esa calidez. Sabía que aún estaba débil, que su cuerpo magullado no estaba listo para mucho más, pero Jake estaba decidido a encargarse de todo.
—¡Heese! —La voz de Yunah atravesó la puerta cerrada del baño—. ¡Traje tus cosas! ¿Estás bien? ¡La cama está vacía!
Heeseung y Jake se separaron un poco. El rubio abrió los ojos de golpe, y la realidad cayó sobre él; se encontraba desnudo, en una ducha y con un chico que según todos era su novio, pero que él no sentía como tal.
Por su parte, Jake frunció el ceño. Su expresión cambió a un visible fastidio; sus cejas perfectas se juntaron en un ceño que endureció todos sus rasgos. Permaneció inmóvil un segundo, con sus manos aún en el cuello de Heeseung, y el rubio pudo sentir cómo sus dedos se tensaban. Exhaló lentamente por la nariz, y Heeseung vio cómo sus hombros se relajaban gradualmente. El pelinegro se separó de él, no sin antes dejar un beso corto en sus labios.
Desde ese instante, Jake volvió a sentir la misma molestia contra Yunah, una que también había sentido años atrás, cuando la castaña había intentado emparejar a su hermano con una de sus amigas. En aquel entonces, Heeseung había dejado bastante claro que no andaría con ella. Agradeció que aquello nunca sucedió, y ahora Jake sonría para sus adentros, porque tenía a Heeseung con él.
Para el cuarto día, estaban completamente solos nuevamente. Los padres de Heeseung habían tenido que regresar temprano a sus trabajos, prometiendo que volverían en unas horas. Yunah se había quedado esa mañana, pero se fue al mediodía porque tenía clases, y le prometió a su hermano que le traería sus auriculares. Afuera llovía, un aguacero intenso que empañaba los cristales de la ventana y convertía el mundo exterior en una mancha gris.
Jake estaba sentado al borde de la cama, pelando una manzana. El cuchillo giraba alrededor de la fruta en una espiral continua, y la cáscara caía sobre la bandeja de plástico. Heeseung llevaba un rato observándolo en silencio, estudiando sus movimientos. La forma en que sus dedos sostenían el cuchillo con tanta seguridad, lo inquietó un poco. Más, la forma en que sus ojos se entrecerraban cuando la cáscara amenazaba con romperse.
—Cuéntame algo —pidió Heeseung, rompiendo el silencio. Su voz ya casi había recuperado por completo su brillo, aunque a veces seguía rasposa por las mañanas.
Jake no levantó la vista del cuchillo, pero sus dedos dudaron apenas una milésima de segundo antes de continuar. Su mandíbula se tensó apenas un segundo, un microgesto que Heeseung no habría detectado si no hubiera pasado los últimos días estudiando cada pliegue de ese rostro en busca de alguno.
—¿Algo sobre qué?
—Sobre nosotros. Sobre mí o de cómo empezó todo —se atrevió a preguntar, luego de tantas vueltas y pensarlo mucho, porque era algo que necesitaba saber.
Jake no respondió de inmediato. Primero decidió terminar de pelar la manzana con dos giros más del cuchillo, la observó un momento y luego comenzó a cortarla en gajos. Cuando terminó, dejó el cuchillo a un lado, levantó un gajo y lo acercó a los labios de Heeseung.
Lee tomó la manzana. El dulzor estalló en su lengua, jugoso y fresco. Masticó despacio, observando a Jake a través de sus pestañas.— Fue en la universidad —comenzó, y su voz adquirió un tono narrativo, como si hubiera contado esta historia muchas veces antes—. Tú estudiabas ingeniería. Y yo, psicología. Nos encontramos por casualidad en la biblioteca durante la semana de exámenes.
Levantó otro gajo de manzana y lo acercó a los labios de su novio, quien nuevamente lo tomó.
—Había una tormenta de nieve —continuó—. No podías salir de la biblioteca, y yo te ofrecí compartir mi mesa porque todas las demás estaban ocupadas. No dijiste nada al principio. Solo asentiste, te sentaste frente a mí y sacaste unos auriculares enormes. Te pasaste dos horas escuchando música.
Los dedos de Jake jugaban con el borde de la bandeja de plástico, trazando círculos invisibles. Su mirada se había perdido en algún punto más allá de la ventana empañada.
—Tardaste tres horas en decirme tu nombre —dijo, y en sus labios se dibujó una sonrisa pequeña—, y lo pronunciaste tan rápido que casi no te entendí. Eras tímido. Bueno, bebé siempre lo has sido.
Heeseung sintió un cosquilleo extraño al escuchar el apelativo. «Bebé». Cada vez que Jake lo llamaba así, algo en su estómago se contraía. Como si esas dos sílabas llevaran consigo un peso que él no podía sostener.
—¿Y después? —preguntó, aceptando otro gajo de manzana.
—Después nos hicimos amigos. Te encontraba en cualquier lugar, ya sea en la cafetería, en la sala de prácticas de música y en el parque cerca de tu facultad. Comenzamos a estudiar juntos, aunque fueran carreras diferentes. —Jake soltó una risa baja—. Luego, un día, nos volvimos algo más que amigos.
La lluvia golpeó con más fuerza contra la ventana. Jake pareció no notarlo. Estaba absorto en sus recuerdos, en la imagen mental de aquel Heeseung que ya no existía o que al menos no podía recordarse a sí mismo. Sin embargo, estaba muy encantado con su historia.
—Un día te armaste de valor —continuó, y su voz se volvió más suave—. Subimos al techo de mi edificio al atardecer. El cielo se veía hermoso. Tú mirabas el horizonte, y yo te miraba a ti. De repente, te volteaste y me besaste. Dijiste que querías ver el paisaje con alguien especial, y que ese alguien era yo. Fuiste tú quien dio el primer paso, Heeseung. Yo estaba demasiado nervioso y asustado para intentarlo.
Había tanta ternura en esa historia. Tanto cuidado en la forma en que Jake la contaba, eligiendo cada palabra. Debería haber calentado algo en el pecho de Heeseung y también, debería haber encendido una chispa de reconocimiento o una sensación de cariño. Pero no sintió nada. En su lugar, sintió una extraña desconexión, como si aquello solo fuera un invento. Aun así, Heeseung asintió. No quería ser grosero, ni herir el corazón ni eliminar el brillo de amor en los ojos del pelinegro. Así que asintió, y en respuesta, los labios de Jake se curvaron aún más, haciendo que sus mejillas se sonrojaran y sus ojos se achicaran como medias lunas.
No podía negar que aquel chico tenía una hermosa sonrisa y unos ojitos encantadores.
Y así, el alta médica llegó al quinto día. Los moretones de su rostro habían bajado, las cicatrices casi no se notaban y las costillas como su hombro apenas le dolían. El médico consideró que podía recuperarse en casa. Su madre fue con él a firmar los papeles, mientras Jake recogía sus pertenencias en un bolso.
Heeseung estaba sentado en la cama, con la espalda apoyada en la cabecera y las piernas estiradas sobre las sábanas.
—Deberías empezar a cambiarte —dijo Jake, dejando unas prendas sobre la cama—. ¿Necesitas ayuda?
Lee asintió y deslizó las piernas fuera de la cama.
—Baja los hombros —indicó el pelinegro, y Heeseung obedeció.
Jake le deslizó la bata por los brazos. Primero el izquierdo, dejando al descubierto su torso cubierto por una camiseta térmica blanca. Luego el derecho, con más cuidado, pasando la tela sobre el vendaje del hombro y la parte superior del brazo. Heeseung contuvo el aliento, tensando los músculos ante el posible dolor, pero Jake fue tan delicado que apenas sintió molestias.
La bata cayó. Heeseung se quedó en ropa interior y la camiseta, sintiendo el aire frío de la habitación en la piel. Cruzó los brazos sobre el pecho por inercia.
—Los pantalones —dijo Jake, tomando el par de algodón blanco.
Se arrodilló frente a él y sostuvo la prenda abierta.
—Levanta un poco las caderas, bebé.
Heeseung apoyó las manos en el borde de la cama y elevó el cuerpo lo justo para que Jake deslizara los pantalones por sus piernas. Primero la derecha, luego la izquierda. Jake tiró de la tela hacia arriba, ajustando la cintura a la altura de sus caderas, y pasó los dedos por el borde elástico para comprobar que quedara cómodo. El roce de sus nudillos contra la piel desnuda de su vientre hizo que Heeseung contuviera el aliento.
—¿Te aprieta?
Lee negó con la cabeza. Jake asintió, se puso de pie y tomó la camisa azul marino de manga larga.
—Brazos —dijo, desabrochando los botones.
La camisa era abierta. Jake la sostuvo frente a él. Heeseung introdujo el brazo izquierdo en su manga, y Jake guió el derecho con cuidado. La tela cubrió el vendaje, ocultando las marcas del accidente. Jake abotonó los tres primeros botones y dejó los demás sueltos para no restringir sus movimientos.
En ese momento, la puerta se abrió sin aviso. Una enfermera joven, de rasgos redondeados y coleta, asomó la cabeza con una libreta en la mano.
—Disculpen, vengo a revisar si necesitan algo antes del alta…
—No —respondió Jake, sin voltearla a ver. Intentó no ser grosero, pero fue muy cortante—. No necesitamos nada.
La enfermera parpadeó, confundida. Heeseung abrió la boca para decir algo pero sus palabras murieron en su lengua cuando vio el rostro de Jake. El pelinegro dejó de mirarlo a él para ver a la chica, en sus ojos había un brillo que hizo que un escalofrío le recorriera la espalda.
—Ya estamos terminando —añadió, volviendo a mirar a su novio con dulzura—. Gracias.
La enfermera asintió y se retiró sin decir nada más. Heeseung tragó saliva y desvió la mirada hacia sus manos, inertes sobre los muslos. Pero el brillo en los ojos de Jake se había grabado en su memoria, y algo en su instinto le susurró que debía alejarse.
Shim, mientras tanto, parecía no haber notado el efecto de su reacción. Tomó los zapatos blancos y se arrodilló de nuevo. Deslizó un zapato en el pie derecho, y luego el izquierdo.
Al terminar, se puso de pie y dio un paso atrás para verlo.
—Ahora te ves más como tú —dijo con una sonrisa que intentaba ser cálida—. El hospital te quedaba mal.
Jake se giró hacia el bolso que había dejado en la silla, guardó las últimas cosas y lo cerró. Lo colgó en su hombro derecho.
—¿Listo? —preguntó, extendiendo la mano libre hacia él.
Salieron de la habitación, caminaron por el pasillo hasta el ascensor y bajaron a la planta baja. El vestíbulo estaba concurrido: ancianos con andadores, médicos apresurados y, niños cargados por sus padres.
En la salida principal, la señora Lee los esperaba junto a la puerta giratoria.
—¿Todo bien? —preguntó, mirando a ambos.
—Todo bien —respondió Jake, y Heeseung asintió.
Salieron juntos. Mientras caminaban hacia el vehículo, el pelinegro dijo:
—Mi auto está en el taller. Recibió un golpe hace unas semanas.
Heeseung no se atrevió a preguntar cómo había ocurrido, porque si lo hacía habría algo en aquella respuesta que no le gustaría.
—¿Entonces…? —cuestionó el rubio.
—Yo los llevaré, hijo —lo interrumpió su madre—. Jake ya me había comentado lo de su auto y también como el tuyo quedó destruido por tu accidente, los llevaré, no tengo problema alguno.
Heeseung asintió. Caminaron hacia el vehículo. Su madre abrió el maletero para que Jake depositara el bolso. El rubio se quedó junto a la puerta trasera, donde Jake lo ayudó a subir y se sentó a su lado. Una vez dentro, la mente de Heeseung no dejaba de hacerle sobrepensar.
La mujer se instaló al volante, ajustó el espejo retrovisor, se puso el cinturón y giró la llave. El motor del vehículo ronroneó mientras ella colocaba sus manos sobre el volante.
—¿Listos? —preguntó, lanzando una mirada rápida hacia el asiento trasero a través del espejo.
—Sí —respondió Jake, mientras Heeseung solo optó por asentir—. Seohyun, tome la salida hacia la carretera secundaria. Es más largo, pero el camino está en mejores condiciones.
La mujer asintió sin decir nada más y puso el vehículo en marcha. Salieron del recinto hospitalario y se unieron al tráfico de la ciudad. El rubio iba recostado contra el asiento, con el cinturón de seguridad cruzado sobre el pecho, justo por encima de la zona donde sus costillas levemente le dolían. Apoyó la cabeza contra el reposacabezas y dejó que su mirada se perdiera por la ventanilla, observando cómo los edificios daban paso a árboles y, más tarde, a campos abiertos.
Jake permanecía a su lado, en silencio, pero con una mano apoyada sobre el muslo del rubio, sus dedos trazando círculos lentos sobre la tela del pantalón.
De vez en cuando, alzaba la mirada hacia él, observando con un destello inquebrantable el perfil de su rostro, los moretones que aún se encontraba —poco— visible en su piel. Heeseung notaba esas miradas, pero no decía nada. En realidad, no sabía qué decir. El silencio entre ellos no era incómodo, pero tampoco era del todo agradable y la incomodidad en su pecho, no parecía desaparecer.
Algo malo le había ocurrido y él aún no lo recordaba.
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