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Saturday Fresh

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Summary

Una comedia romántica BL sobre las fantasías indecentes, las oportunidades perdidas y la desgracia de enamorarse cuando uno no tiene la menor idea de cómo hacerlo

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1
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n/a
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16+

Saturday Fresh. ONE SHOT

EL VIRGEN DEL BALCON ♡




Capítulo único: Dios no castiga dos veces

En el soleado mundo de las fantasías eróticas de Han Ji-woo, todo era posible. Desde participar en tríos con desconocidos de cuerpos escandalosamente perfectos hasta casarse con un magnate árabe dueño de medio país oriental, que lo mantendría encerrado en un palacio de mármol blanco, rodeado de jardines, sirvientes y hombres hermosos cuya única ocupación consistiría en atender sus necesidades. En algunas versiones de sus fantasías, Han era un actor internacional que mantenía romances clandestinos con sus compañeros de reparto; en otras, un joven heredero perseguido por empresarios millonarios que estaban dispuestos a comprarle una isla con tal de conseguir una cita. Incluso había imaginado, durante una madrugada particularmente productiva, que dos hermanos multimillonarios se enamoraban perdidamente de él y terminaban peleándose por su mano frente a una multitud de periodistas. Aquella fantasía había durado exactamente cuarenta y siete minutos y terminado con Han aceptando casarse con ambos, porque tampoco era cuestión de desperdiciar semejante oportunidad.

Solo existía un pequeño inconveniente.

Nada de aquello había sucedido jamás.

En la realidad, Han Ji-woo era el virgen más virgen de todo el planeta. Tan virgen que, si la virginidad pudiera cotizar en la bolsa de valores, la suya habría alcanzado cifras históricas. A sus veinticuatro años, no había tenido relaciones sexuales, no había dormido abrazado a un novio y jamás había experimentado el placer de despertar junto a alguien que no fuera su gato, un animal gordo y malhumorado llamado Napoleón que, para colmo de desgracias, lo despreciaba profundamente. Su historial romántico era tan lamentable que una vez consideró como posible señal de interés el hecho de que un cajero del supermercado le hubiera sonreído mientras le entregaba el cambio. Durante tres semanas regresó a comprar productos innecesarios, convencido de que entre ambos estaba naciendo una historia de amor. El romance terminó el día que descubrió al cajero besándose con su esposa frente al establecimiento.

Pero, ¡eh!, no todo era tan malo. Dios no castigaba dos veces, y aunque al parecer había decidido negarle cualquier experiencia carnal, le había concedido una belleza verdaderamente ofensiva. Han era precioso. No simplemente guapo, sino de esos hombres que conseguían que las personas se volvieran a mirarlos por segunda vez. Tenía el rostro delicado, los ojos grandes y oscuros, las pestañas largas, la piel luminosa y unos labios naturalmente rosados que parecían vivir permanentemente a la espera de un beso. Su cabello negro caía sobre su frente de una manera encantadoramente desordenada y su cuerpo delgado poseía una elegancia que ni siquiera sus camisetas viejas conseguían ocultar. Podría haber sido modelo, cantante, actor o el protagonista de algún drama romántico destinado a romper corazones por toda Asia. Lamentablemente, la naturaleza había considerado que tanta belleza necesitaba algún mecanismo de compensación y le había otorgado la capacidad intelectual de una papa cuando se trataba de relaciones humanas.

Porque Han, además de virgen, era tonto.

No tonto en el sentido académico. Había terminado sus estudios universitarios con buenas calificaciones, hablaba dos idiomas y trabajaba como ilustrador para una editorial de considerable prestigio. Su estupidez pertenecía a una categoría mucho más especializada: la romántica. Podía imaginar con lujo de detalles cómo seduciría a un príncipe extranjero en una habitación de hotel, pero era incapaz de sostenerle la mirada durante cinco segundos a un hombre atractivo. Podía escribir escenas de pasión capaces de provocar sonrojos entre sus compañeras de trabajo, pero si alguien le preguntaba si estaba soltero, respondía que sí y añadía inmediatamente que también tenía un gato, una freidora de aire y problemas para dormir, como si estuviera presentando una solicitud de adopción.

Su existencia transcurría entre ilustraciones, entregas atrasadas, películas románticas y largas tardes en el balcón de su apartamento. Vivía en un edificio relativamente moderno de Seúl, en un cuarto piso desde el que podía contemplar una calle arbolada, parte de una cafetería y los balcones de los apartamentos vecinos. Aquel pequeño espacio exterior se había convertido en su santuario personal, aunque sería más correcto llamarlo el centro de operaciones de una mente peligrosamente desocupada. Allí fumaba, bebía café, observaba desconocidos y construía vidas imaginarias para personas que ni siquiera sabían de su existencia. El hombre que corría cada mañana frente al edificio era, según Han, un empresario divorciado que necesitaba desesperadamente volver a creer en el amor. El profesor universitario del edificio contrario escondía una pasión prohibida por su joven asistente. Y el repartidor de agua, un muchacho alto de brazos fuertes, había protagonizado al menos seis fantasías distintas antes de que Han descubriera que tenía tres hijos y una esposa que lo esperaba diariamente en la camioneta.

Aquella tarde de sábado, el aburrimiento había alcanzado niveles insoportables. Han llevaba casi tres horas intentando terminar una ilustración sin conseguir que el protagonista masculino tuviera una expresión convincente. Había cambiado los ojos siete veces, modificado la boca otras cinco y terminado dibujándole un rostro que parecía estar sufriendo una indigestión. Finalmente abandonó el trabajo, encendió un cigarrillo y salió al balcón vestido con una camiseta enorme y unos pantalones cortos que habían conocido épocas mejores. Napoleón lo siguió hasta la puerta, observó el exterior con el desprecio habitual y regresó al sofá. Ni siquiera el gato encontraba interesante su compañía.

Han apoyó los codos sobre la barandilla y contempló el cielo despejado. Hacía calor, los árboles se movían suavemente y la ciudad parecía entregada a una felicidad que lo excluía deliberadamente. En el apartamento inferior alguien escuchaba música romántica; en la calle, una pareja caminaba tomada de la mano; frente a la cafetería, dos jóvenes se besaban sin el menor respeto por las personas que llevaban veinticuatro años esperando experimentar algo semejante. Aquello constituía una provocación. Una humillación pública. Una conspiración organizada por el universo para recordarle que estaba solo.

Fue entonces cuando decidió negociar directamente con Dios. No era especialmente religioso, pero consideraba que, después de tantos años de abstinencia involuntaria, tenía derecho a presentar una reclamación ante las autoridades correspondientes. No pidió demasiado. Un hombre alto, atractivo, preferiblemente musculoso, con empleo estable y cierta inclinación por consentir a sus parejas. Si además poseía dinero, un automóvil bonito y una casa de vacaciones, Han estaba dispuesto a considerarlo una compensación razonable por todos los años de sufrimiento. Tampoco necesitaba que fuera perfecto. Podía tolerar que dejara la tapa del inodoro levantada, que roncara ligeramente o que tuviera alguna manía extraña. Lo único verdaderamente indispensable era que le gustaran los hombres y, más específicamente, que le gustara él.

La respuesta llegó cinco minutos después.

Del balcón contiguo surgió primero el sonido de una puerta corrediza, después el arrastre de una caja y finalmente un hombre cuya aparición estuvo a punto de provocarle a Han un accidente cardiovascular.

Era alto. Ridículamente alto. Tenía el cabello negro, la espalda ancha y unos brazos que parecían haber sido construidos con la intención expresa de cargar personas contra paredes. Llevaba una camiseta gris ajustada, pantalones deportivos negros y un reloj que Han identificó inmediatamente como caro, aunque no tenía la menor idea de cuánto costaba. Su rostro era extraordinariamente atractivo, con cejas oscuras, nariz recta y una mandíbula firme que parecía desafiar las leyes de la anatomía. El hombre dejó una caja sobre el suelo, se incorporó y se pasó una mano por el cabello. El movimiento hizo que la camiseta se tensara sobre su pecho.

Han olvidó el cigarrillo entre sus dedos.

Aquello no podía ser una coincidencia. Había pedido un hombre hermoso y el universo acababa de depositar uno en el balcón de al lado. Ni siquiera había tenido que salir de casa. Si aquello no constituía un milagro, entonces los milagros necesitaban actualizar su definición.

Durante varios segundos permaneció inmóvil, observando al desconocido con una mezcla de admiración y hambre espiritual. Ya había decidido que se casarían en primavera, que adoptarían un perro grande y que pasarían la luna de miel en Italia cuando una mujer apareció detrás de él. Era alta, elegante y tan hermosa que parecía recién salida de una campaña publicitaria. Llevaba un vestido claro y el cabello recogido con una pinza. Se acercó al desconocido, le entregó una botella de agua y le sonrió. Él respondió con una expresión de familiaridad que destruyó instantáneamente las esperanzas de Han.

Por supuesto.

El hombre tenía novia.

Y no cualquier novia, sino una mujer preciosa, de esas que parecían tener una rutina de cuidado facial de diecisiete pasos y jamás se despertaban con una marca de almohada en la mejilla. Han los observó intercambiar unas palabras, reír y desaparecer dentro del apartamento. Después miró el cielo con profundo resentimiento. Había pedido un hombre disponible. Disponible. No uno que viniera acompañado de una mujer capaz de ganar un concurso internacional de belleza.

Apagó el cigarrillo y regresó al interior de su apartamento, donde Napoleón lo recibió con un bostezo indiferente. Han se dejó caer sobre el sofá, tomó al gato entre sus brazos y comenzó a explicarle que la vida era injusta, que los hombres atractivos siempre estaban ocupados y que probablemente terminarían envejeciendo juntos en aquel apartamento. Napoleón respondió arañándole la muñeca y escapando hacia la cocina. Aquello, de alguna manera, resumía bastante bien la vida sentimental de su dueño.

Durante los tres días siguientes, Han intentó convencerse de que el vecino no le interesaba. Era una tarea complicada, especialmente porque el desgraciado parecía tener una afición particular por aparecer en el balcón a horas inconvenientes. La primera mañana salió a tomar café vestido con una camiseta blanca que dejaba ver sus antebrazos. Al día siguiente apareció después de hacer ejercicio, con el cabello húmedo y una toalla alrededor del cuello. El tercero salió a tender una camisa y permaneció varios minutos hablando por teléfono mientras el viento le desordenaba el cabello. Han presenció todas aquellas apariciones desde posiciones cada vez menos dignas. Una vez se escondió detrás de una maceta; otra fingió estar limpiando la barandilla; y en la ocasión más lamentable se agachó tan deprisa que terminó golpeándose la frente contra una silla.

El problema no era únicamente que el hombre fuera atractivo. El verdadero problema consistía en que Han llevaba demasiado tiempo viviendo de fantasías y ahora tenía frente a sí a alguien que parecía haber escapado directamente de una de ellas. El desconocido no necesitaba hacer nada extraordinario para despertar su imaginación. Bastaba con verlo sostener una taza para que Han empezara a preguntarse cómo serían aquellas manos entrelazadas con las suyas. Si lo veía levantar una caja, imaginaba que lo cargaba a él. Si escuchaba su risa, se preguntaba cómo sonaría cuando estuvieran solos, muy cerca, compartiendo alguna intimidad que todavía no sabía nombrar. Después recordaba a la mujer del vestido blanco y se obligaba a pensar en asuntos menos deprimentes, como los impuestos o la posibilidad de que Napoleón tuviera sobrepeso.

El jueves por la tarde ocurrió su primer encuentro verdadero. Han regresaba del supermercado cargando dos bolsas enormes, un paquete de papel higiénico y una caja de comida para gatos cuando descubrió que el ascensor estaba fuera de servicio. Subió los primeros dos pisos con dignidad, el tercero con dificultad y el cuarto convencido de que iba a morir. Al llegar al descanso, una de las bolsas se rompió y varias naranjas comenzaron a rodar escaleras abajo. Han intentó atraparlas, perdió el equilibrio y terminó sentado sobre un escalón, rodeado de compras y con la expresión de un hombre que acababa de perder una batalla importante.

Fue entonces cuando apareció el vecino.

El desconocido subía las escaleras con una mochila al hombro y se detuvo al encontrar aquel pequeño desastre. Durante un instante observó las naranjas dispersas, el papel higiénico y al muchacho precioso que permanecía sentado en el suelo con una caja de comida para gatos abrazada contra el pecho. Después dejó la mochila, recogió las frutas y comenzó a ayudarlo sin hacer preguntas innecesarias. Han, que normalmente habría agradecido el gesto con naturalidad, descubrió que su cerebro había decidido tomarse unas vacaciones. Solo consiguió observar las manos del hombre, sus brazos y la facilidad con la que levantaba las bolsas que a él casi le habían provocado una hernia.

El desconocido se presentó como Kang Seo-jun. Tenía veintinueve años, acababa de mudarse al apartamento contiguo y trabajaba como arquitecto en un estudio que había fundado con dos socios. Aquellos datos llegaron a Han como una sucesión de bendiciones. Arquitecto. Empleo estable. Cinco años mayor. Manos bonitas. Cuando Seo-jun le preguntó si necesitaba ayuda para llevar las compras hasta su puerta, Han aceptó con tanta rapidez que casi se mordió la lengua. Caminaron juntos por el pasillo, intercambiaron algunas palabras y se despidieron frente al apartamento 403. Antes de marcharse, Seo-jun sonrió y comentó que esperaba volver a verlo. Han respondió que también esperaba volver a verse a sí mismo, una frase tan incomprensible que ambos permanecieron en silencio durante un segundo.

La puerta se cerró.

Han dejó las bolsas sobre el suelo.

Se llevó ambas manos al rostro.

Había vuelto a hacerlo.

Había conseguido convertir una interacción humana perfectamente normal en una experiencia que probablemente necesitaría años de terapia para olvidar.

Lo que Han ignoraba era que Seo-jun permaneció unos segundos frente a su propia puerta, sonriendo. No estaba acostumbrado a encontrarse con personas tan transparentes. El muchacho del apartamento vecino tenía una belleza casi intimidante, pero se comportaba como si cada conversación representara un examen para el que no había estudiado. Durante el breve encuentro en las escaleras había tropezado dos veces con sus propias palabras, olvidado el número de su apartamento y agradecido tres veces la ayuda con las naranjas. Seo-jun lo había encontrado encantador. También había notado que llevaba un pequeño dibujo de un gato bordado en la camiseta y que olía ligeramente a jabón de durazno.

No pensó demasiado en ello aquella noche. Tenía planos pendientes, una reunión importante al día siguiente y una hermana que insistía en visitar su apartamento para comprobar que estuviera alimentándose correctamente. Sin embargo, cuando salió al balcón antes de dormir, miró instintivamente hacia el espacio contiguo. Estaba vacío. Había una planta medio muerta, una silla plegable y un cenicero con forma de rana. Seo-jun sonrió al imaginar al hermoso desconocido sentado allí, hablando solo o discutiendo con sus plantas, porque tenía toda la impresión de que era exactamente la clase de persona que hacía ambas cosas.

El viernes, Han decidió convertirse en un hombre interesante.

Hasta entonces había confiado demasiado en su belleza natural y demasiado poco en su capacidad de seducción. Era hora de cambiar aquella situación. Buscó consejos en internet, leyó artículos sobre lenguaje corporal y terminó viendo un video de un supuesto experto que aseguraba que el secreto para atraer a un hombre consistía en mantener contacto visual, sonreír ligeramente y demostrar seguridad. Han practicó frente al espejo durante veinte minutos. El resultado fue inquietante. Cuando intentaba sonreír de manera seductora parecía estar ocultando un delito; cuando entrecerraba los ojos parecía necesitar lentes; y cuando se apoyaba contra la pared con una mano sobre la cabeza adquiría la apariencia de alguien que acababa de recibir una mala noticia médica.

Decidió que la naturalidad era una estrategia más segura.

Aquella tarde se duchó, eligió una camiseta negra que favorecía su figura, se acomodó el cabello y salió al balcón con un libro. No pensaba leerlo. De hecho, llevaba meses intentando terminar la misma novela sin superar la página cuarenta y dos. Su intención era proyectar la imagen de un joven culto, misterioso y ligeramente inaccesible. Había elegido cuidadosamente el momento porque, durante los últimos días, Seo-jun había salido al balcón alrededor de las seis. Han se acomodó en la silla, cruzó las piernas y abrió el libro con la serenidad de alguien que no llevaba media hora esperando escuchar una puerta.

Seo-jun apareció doce minutos después.

Han fingió no verlo.

El arquitecto regó sus plantas, acomodó una maceta y finalmente reparó en el muchacho sentado al otro lado. Lo saludó con una sonrisa y comentó algo sobre el buen tiempo. Han levantó la mirada, intentó responder con indiferencia y descubrió que tenía el libro al revés. Seo-jun también lo descubrió. Por fortuna, tuvo la delicadeza de no mencionarlo. Aquella consideración habría sido profundamente conmovedora si Han no hubiera advertido, segundos después, que el hombre estaba conteniendo una carcajada.

El incidente habría terminado allí de no ser por Napoleón.

El gato, que llevaba varios días observando el balcón vecino con un interés sospechoso, decidió que aquella era una excelente oportunidad para explorar nuevos territorios. Aprovechó que Han había dejado la puerta abierta, saltó sobre una maceta y atravesó el pequeño espacio entre ambos balcones con una agilidad que su considerable barriga parecía desmentir. Han apenas tuvo tiempo de levantarse antes de verlo aterrizar junto a las plantas de Seo-jun. Durante un segundo se quedó paralizado. Después comenzó a llamar al animal con una mezcla de desesperación y amenazas. Napoleón lo ignoró por completo. Se acercó al arquitecto, olfateó sus zapatillas y permitió que lo acariciara.

Aquello fue una traición.

Una traición de dimensiones históricas.

El mismo gato que llevaba tres años rechazando los abrazos de Han acababa de entregarse voluntariamente a un desconocido por el simple hecho de tener manos bonitas.

Seo-jun levantó al animal con facilidad, lo sostuvo contra su pecho y lo acarició detrás de las orejas. Napoleón comenzó a ronronear. Han contempló la escena con una indignación que se mezclaba peligrosamente con otras emociones, porque ver a un hombre tan atractivo sosteniendo un gato gordo era una experiencia que su imaginación no estaba preparada para procesar. Finalmente, Seo-jun llevó al intruso hasta la puerta de su apartamento y salió al pasillo para devolverlo a su legítimo dueño. Han abrió antes de que llamara, recibió al animal y agradeció la ayuda mientras Napoleón continuaba intentando regresar a los brazos del arquitecto.

A partir de aquella tarde, el gato se convirtió en un visitante frecuente del apartamento 404.

Y con él, inevitablemente, también Han.

Al principio fueron visitas breves. Seo-jun devolvía al animal, Han se disculpaba y ambos intercambiaban unas palabras en el pasillo. Después comenzaron a coincidir de manera menos accidental. El arquitecto descubrió que su vecino trabajaba desde casa y solía olvidarse de comer cuando estaba concentrado. Han descubrió que Seo-jun cocinaba extraordinariamente bien, detestaba las películas de terror y tenía la costumbre de escuchar jazz mientras trabajaba. Una tarde, el olor de una sopa recién preparada atravesó el balcón y provocó que el estómago de Han emitiera una protesta audible. Seo-jun apareció media hora después con un recipiente de comida y la excusa de que había preparado demasiado. Han lo aceptó como quien recibe una propuesta matrimonial.

Durante aquella semana comenzó a producirse algo que ninguno de los dos había previsto.

Han dejó de observar a Seo-jun únicamente como una fantasía ambulante. Descubrió que el hombre tenía ojeras cuando trabajaba demasiado, que a veces se quedaba mirando sus planos con una expresión preocupada y que llamaba a su madre todos los domingos, aunque fingiera molestarse cuando ella le preguntaba si estaba saliendo con alguien. También descubrió que tenía un humor seco, que era bastante competitivo jugando videojuegos y que podía pasar veinte minutos hablando sobre edificios antiguos con una pasión que volvía interesantes incluso los detalles más aburridos. Seo-jun, por su parte, comenzó a conocer las pequeñas rarezas del ilustrador. Descubrió que Han hablaba dormido, que coleccionaba tazas absurdas, que lloraba viendo películas animadas y que tenía la costumbre de inventar historias sobre los desconocidos que veía desde su balcón. Una noche lo escuchó explicar, con absoluta seriedad, que el anciano del edificio de enfrente probablemente había sido un espía internacional durante su juventud. Seo-jun lo dejó hablar durante diez minutos antes de confesarle que conocía al anciano y que había sido profesor de matemáticas.

Han consideró aquello una prueba evidente de que los espías sabían construir excelentes identidades falsas.

La presencia de Seo-jun comenzó a infiltrarse en su rutina de una manera silenciosa. Han descubrió que esperaba escuchar sus pasos en el pasillo, que reconocía el sonido de su puerta y que había empezado a comprar café de mejor calidad porque el arquitecto solía aceptar una taza cuando pasaba a recoger a Napoleón. También comenzó a cuidar más su aspecto, aunque se negaba a admitir que lo hacía por alguien. La prueba más vergonzosa llegó una mañana en la que se sorprendió acomodando los cojines del sofá antes de que Seo-jun apareciera, como si su apartamento necesitara estar presentable para recibir a un posible futuro esposo.

La situación adquirió una dimensión inesperada cuando reapareció la mujer del vestido blanco.

Han la encontró un sábado por la mañana frente al apartamento vecino. Ella llevaba una bolsa de compras y discutía por teléfono con alguien mientras intentaba abrir la puerta. Al verlo, sonrió con familiaridad y lo saludó por su nombre. Han respondió educadamente, aunque sintió que algo desagradable se le instalaba en el estómago. Había conseguido olvidarse temporalmente de su existencia. La mujer, en cambio, parecía conocerlo bastante bien. Sabía que era ilustrador, que tenía un gato llamado Napoleón y que su hermano le había preparado comida varias veces.

Su hermano.

Aquellas dos palabras necesitaron varios segundos para atravesar la mente de Han.

Cuando finalmente lo hicieron, el mundo adquirió una luminosidad completamente distinta.

Kang Hye-jin no era la novia de Seo-jun. Era su hermana mayor. Estaba casada, tenía una hija de cuatro años y visitaba con frecuencia al arquitecto porque, según explicó, su hermano era perfectamente capaz de diseñar un edificio de veinte pisos, pero necesitaba supervisión para recordar que las toallas debían lavarse. Han escuchó aquella información con una serenidad admirable, aunque por dentro estaba organizando un desfile militar. No había novia. No había prometida. No había ninguna mujer extraordinariamente hermosa esperando casarse con Seo-jun.

Y, por si aquello fuera poco, Hye-jin mencionó con absoluta naturalidad que su hermano había terminado una relación con otro hombre casi un año atrás.

Han tuvo que apoyarse contra la pared.

El universo acababa de abrirle una puerta.

Una puerta enorme.

Con luces, música y probablemente una alfombra roja.

Durante el resto del día fue incapaz de trabajar. Abrió su programa de ilustración, dibujó tres líneas y terminó buscando en internet si era posible morir de felicidad. Después llamó a Na-ri, su mejor amiga, y le contó todo con tantos detalles que la conversación duró casi dos horas. Na-ri, una mujer de paciencia limitada que llevaba años soportando las desgracias sentimentales de Han, celebró la noticia con entusiasmo moderado. Conocía demasiado bien a su amigo para confiar en que aquello terminara correctamente. El problema nunca había sido encontrar un hombre que pudiera interesarse por él. El problema era que Han reaccionaba ante cualquier posibilidad romántica como un animal pequeño frente a los faros de un automóvil.

Na-ri decidió intervenir.

El domingo apareció en su apartamento con una bolsa de ropa, varios productos para el cabello y la determinación de convertirlo en una persona funcional. Durante tres horas lo obligó a probarse prendas, practicar conversaciones y comprender que preguntar por los ingresos anuales de alguien durante una primera cita no era precisamente una estrategia seductora. Han protestó, discutió y terminó aceptando que necesitaba ayuda. Su amiga le recordó que no tenía que convertirse en otra persona para gustarle a alguien. Bastaba con dejar de comportarse como si cualquier hombre atractivo fuera una criatura mitológica enviada para evaluar su desempeño.

Aquella observación habría sido útil si Han hubiera sabido aplicarla.

Dos días después, Seo-jun lo invitó a cenar.

No ocurrió en un restaurante elegante ni bajo una lluvia de pétalos. El arquitecto simplemente apareció frente a su puerta una tarde de martes, con las mangas de la camisa remangadas y una expresión ligeramente cansada, y le propuso acompañarlo a comer a un pequeño restaurante italiano que acababa de abrir cerca del edificio. Han aceptó antes de terminar de escuchar la invitación. Después cerró la puerta y permaneció inmóvil durante varios segundos, intentando determinar si aquello constituía una cita.

No había utilizado la palabra cita.

Pero tampoco había mencionado a otras personas.

Y era un restaurante italiano.

Los restaurantes italianos eran románticos.

Al menos en las películas.

Han pasó los siguientes cuarenta minutos atravesando una crisis de vestuario que habría resultado perfectamente razonable si estuviera preparándose para una ceremonia de premiación internacional. Probó cuatro camisas, dos pantalones y una chaqueta que no utilizaba desde la universidad. Finalmente eligió una combinación sencilla que resaltaba su figura y dejó el cabello ligeramente despeinado. Se miró al espejo. Estaba guapísimo. Aquello nunca había sido un problema. El problema comenzó cuando imaginó a Seo-jun mirándolo al otro lado de una mesa, sonriendo de aquella manera tranquila que parecía desarmarlo por completo.

De repente, toda su experiencia imaginaria resultó inútil.

Porque una cosa era fantasear con un desconocido perfecto y otra muy distinta era sentarse frente a un hombre real que conocía el nombre de su gato, sabía que odiaba las aceitunas y había comenzado a ocupar un espacio preocupantemente importante en sus pensamientos.

La cena fue agradable. Sorprendentemente agradable. El restaurante era pequeño, tenía iluminación cálida y una terraza desde la que podía observarse una calle tranquila. Seo-jun habló de su trabajo, de un edificio antiguo que estaban restaurando y de su deseo de viajar algún día a Portugal para estudiar ciertas construcciones históricas. Han le contó sobre sus ilustraciones, sobre la novela gráfica que soñaba publicar y sobre las dificultades de dibujar personajes románticos cuando su propia experiencia sentimental era prácticamente inexistente. Aquella última confesión surgió sin que la hubiera planeado. No mencionó su virginidad, pero admitió que nunca había tenido una relación seria.

Seo-jun no pareció sorprendido ni hizo bromas al respecto. Simplemente escuchó con atención, como si aquello fuera una parte más de la persona que estaba conociendo. Han descubrió que le gustaba esa manera de escucharlo. No era la atención exagerada de alguien que intentaba impresionarlo, sino una curiosidad genuina que lo hacía sentirse cómodo incluso cuando decía tonterías. Durante la cena se rieron varias veces, compartieron un postre y terminaron caminando de regreso al edificio bajo una llovizna ligera que apareció sin previo aviso.

Fue durante aquel paseo cuando Han experimentó su primera derrota verdaderamente importante.

Seo-jun le tomó la mano.

No hubo ninguna declaración. El arquitecto simplemente entrelazó sus dedos con los de Han mientras cruzaban una calle y continuó caminando como si aquello fuera lo más natural del mundo. Han sintió el contacto hasta los hombros. Su mente, tan acostumbrada a construir escenas extraordinarias, se quedó completamente vacía ante un gesto tan sencillo. La mano de Seo-jun era cálida, grande y firme. Sus dedos encajaban entre los suyos con una facilidad desconcertante. Han miró discretamente sus manos unidas y descubrió que estaba sonriendo como un idiota.

Por primera vez en mucho tiempo, no necesitó imaginar nada.

Aquello estaba sucediendo.

De verdad.

Y resultaba infinitamente mejor que cualquiera de sus fantasías.

El paseo terminó frente a sus apartamentos. La lluvia había humedecido el cabello de ambos y Han sentía las mejillas calientes a pesar del aire fresco. Seo-jun se detuvo frente a su puerta, lo observó durante unos segundos y levantó una mano para apartarle un mechón de la frente. Fue un gesto pequeño, casi distraído, pero provocó que Han olvidara todas las recomendaciones de Na-ri, todos los artículos sobre seducción y aproximadamente la mitad de las palabras que conocía. El arquitecto sonrió al notar su nerviosismo. Después se inclinó ligeramente y le dejó un beso suave en la mejilla.

Han entró en su apartamento caminando como una persona normal.

Cerró la puerta.

Dejó las llaves sobre la mesa.

Y se deslizó lentamente hasta quedar sentado en el suelo.

Napoleón apareció desde la cocina, lo observó con indiferencia y se marchó.

Han permaneció allí casi diez minutos.

Su mejilla seguía caliente.

Aquella noche no imaginó príncipes árabes, millonarios extranjeros ni tríos con modelos. Se quedó despierto recordando una mano entrelazada con la suya y un beso que apenas había durado un segundo.

Eso debería haberlo preocupado.

Lo estaba.

Muchísimo.

Porque comenzaba a sospechar que ya no quería simplemente acostarse con Kang Seo-jun.

Quería que volviera a invitarlo a cenar.

Quería conocer sus películas favoritas.

Quería verlo dormido.

Quería discutir con él por tonterías domésticas, acompañarlo al supermercado y descubrir cómo se veía cuando estaba enfermo y necesitaba que alguien lo cuidara.

En otras palabras, Han Ji-woo, el hombre que había pasado años soñando con amantes imposibles, estaba comenzando a enamorarse de su vecino.

Y aquello era muchísimo más peligroso que seguir siendo virgen.

El primer beso verdadero ocurrió once días después, en una noche que Han recordaría durante el resto de su vida por tres razones: había quemado una lasaña, había llorado frente a un hombre extraordinariamente atractivo y finalmente había descubierto que los besos podían ser mucho mejores cuando no terminaban con dos personas golpeándose los dientes.

Todo comenzó con una cena.

Han había decidido devolverle a Seo-jun todas las atenciones que había recibido durante las últimas semanas. El arquitecto cocinaba, lo acompañaba al supermercado, le llevaba café cuando trabajaba hasta tarde y había comenzado a reparar pequeños desperfectos de su apartamento sin que nadie se lo pidiera. La semana anterior arregló una puerta que llevaba meses atascándose y consiguió que la albahaca moribunda de Han mostrara señales de recuperación. Aquel hombre parecía capaz de resolver cualquier problema doméstico, lo cual resultaba profundamente atractivo para alguien que había necesitado llamar a un técnico porque no sabía cambiar el filtro del aire acondicionado.

Por desgracia, Han confundía el entusiasmo con la capacidad.

Decidió preparar lasaña.

Nunca había preparado lasaña.

Ni siquiera sabía exactamente cuánto tiempo debía permanecer en el horno.

Pero había visto un video de ocho minutos y consideró que aquello constituía una formación culinaria suficiente.

La catástrofe comenzó cuando confundió la temperatura recomendada con el tiempo de cocción. Continuó cuando decidió agregar más queso del indicado y alcanzó proporciones verdaderamente preocupantes cuando olvidó que había dejado pan de ajo calentándose en una sartén. Para cuando Seo-jun llamó a su puerta, el apartamento olía a humo, Napoleón estaba escondido debajo de la cama y Han contemplaba una fuente ennegrecida con la expresión de alguien que acababa de destruir una reliquia histórica.

Intentó disimular.

Abrió las ventanas.

Encendió el extractor.

Roció un poco de ambientador.

El resultado fue un aroma espantoso a queso quemado y flores tropicales.

Seo-jun entró, observó la cocina y comprendió inmediatamente lo ocurrido. No se burló. Tampoco hizo comentarios sobre el aspecto criminal de la lasaña. Simplemente se quitó la chaqueta, se remangó la camisa y comenzó a ayudarlo a limpiar. Han sintió una vergüenza insoportable. Había imaginado aquella noche como una oportunidad para demostrar que también podía ser una pareja atenta, independiente y capaz de alimentar a otro ser humano. En cambio, estaba viendo al hombre que le gustaba raspar una fuente quemada mientras él intentaba salvar una ensalada que había olvidado refrigerar.

La frustración acumulada durante semanas terminó desbordándose.

Han no lloró por la lasaña.

Lloró porque estaba cansado de sentirse ridículo.

Porque siempre parecía equivocarse cuando intentaba hacer algo importante.

Porque tenía veinticuatro años y seguía sintiéndose como un adolescente frente a cualquier experiencia romántica.

Porque Seo-jun era amable, atractivo, inteligente y parecía tener una vida perfectamente organizada, mientras él apenas conseguía mantener viva una planta.

Y, sobre todo, porque comenzaba a importarle demasiado la opinión de aquel hombre.

Las lágrimas aparecieron silenciosamente mientras lavaba un plato. Intentó ocultarlas inclinando la cabeza, pero Seo-jun lo descubrió casi de inmediato. El arquitecto dejó lo que estaba haciendo, se acercó y le preguntó qué ocurría. Han intentó explicarlo sin conseguir organizar las palabras. Terminó confesando, entre una mezcla de vergüenza y rabia, que siempre arruinaba todo, que no sabía cómo comportarse y que estaba seguro de que Seo-jun acabaría cansándose de él.

Aquella fue la primera vez que el arquitecto comprendió cuánto miedo se escondía detrás de las bromas de su vecino.

Hasta entonces había considerado su torpeza una característica encantadora. Le gustaba verlo emocionarse por cosas pequeñas, escucharlo inventar historias absurdas y descubrir las expresiones exageradas que aparecían en su rostro cuando algo lo sorprendía. Pero no había imaginado que Han interpretara sus propios errores como pruebas de que no merecía ser querido.

Seo-jun lo abrazó.

No fue un abrazo cinematográfico. No hubo música ni una confesión grandiosa. Simplemente lo rodeó con los brazos y lo mantuvo cerca mientras Han intentaba recuperar la compostura. El ilustrador permaneció rígido al principio, sorprendido por el contacto, hasta que finalmente apoyó la frente contra su pecho. Seo-jun olía a jabón, a su perfume habitual y ligeramente al humo de la cena arruinada. Han cerró los ojos. Por alguna razón, aquello le produjo más tranquilidad que cualquier palabra de consuelo.

Cuando levantó la cabeza, Seo-jun seguía mirándolo.

Estaban muy cerca.

Lo suficiente para que Han distinguiera una pequeña marca junto a su ceja izquierda, una imperfección que nunca había advertido desde el balcón. Lo suficiente para notar que el arquitecto también parecía nervioso, aunque intentara ocultarlo detrás de su expresión tranquila. Lo suficiente para comprender que algo estaba a punto de suceder.

Seo-jun le preguntó en voz baja si podía besarlo.

Han respondió afirmativamente.

Y entonces ocurrió.

El beso fue lento, cálido y sorprendentemente delicado. No tuvo nada de las escenas escandalosas que Han había imaginado durante años. No hubo paredes, ropa arrancada ni declaraciones desesperadas. Solo unos labios que encontraron los suyos con cuidado y una mano que permaneció apoyada junto a su mejilla. Han sintió que el corazón le golpeaba las costillas. Cerró los ojos, se aferró ligeramente a la camisa de Seo-jun y descubrió que besar a alguien podía resultar sencillo cuando no estaba intentando impresionar a nadie.

El segundo beso fue un poco más largo.

El tercero provocó que Han olvidara por completo la existencia de la lasaña.

Y cuando finalmente se separaron, ambos estaban sonriendo.

Aquella noche cenaron comida a domicilio, sentados en el suelo de la sala porque Han había llenado la mesa de platos sucios. Napoleón se acomodó entre ellos y aceptó algunas caricias de Seo-jun con una satisfacción que su dueño encontró ofensiva. Después vieron una película que ninguno terminó de seguir. Han permaneció apoyado contra el hombro del arquitecto, disfrutando de una cercanía que había deseado durante años sin saber realmente cómo se sentiría.

Cuando Seo-jun se marchó, cerca de la medianoche, Han no sintió la euforia escandalosa de las primeras semanas.

Sintió algo mucho más extraño.

Paz.

Como si una parte de su vida que llevaba demasiado tiempo esperando finalmente hubiera comenzado a moverse.

Durante el mes siguiente, Han descubrió que enamorarse era una experiencia maravillosa, aterradora y considerablemente menos elegante de lo que mostraban las películas.

La relación con Seo-jun avanzó sin grandes declaraciones. Comenzaron a desayunar juntos algunos días, a visitar cafeterías los fines de semana y a pasar las noches viendo películas en uno u otro apartamento. El arquitecto descubrió que Han necesitaba dormir con una pequeña luz encendida cuando veía películas de terror, aunque siempre insistiera en que no tenía miedo. Han descubrió que Seo-jun era incapaz de perder una partida de cualquier juego sin exigir una revancha. Discutieron por la mejor manera de preparar café, por la temperatura del aire acondicionado y por la costumbre del ilustrador de abandonar calcetines en lugares inexplicables. También aprendieron a reconocer los silencios del otro. Cuando Seo-jun regresaba preocupado del trabajo, Han dejaba de hacer preguntas y simplemente le preparaba algo caliente. Cuando Han atravesaba una mala jornada de ilustración, el arquitecto se sentaba cerca y trabajaba en sus planos, acompañándolo sin interrumpirlo.

No todo fue perfecto.

Seo-jun tenía la desagradable costumbre de cancelar planes cuando surgían problemas laborales. Han, que había pasado demasiado tiempo esperando que alguien lo eligiera, interpretaba aquellas cancelaciones como señales de desinterés. En lugar de expresar su molestia, fingía que no ocurría nada y después pasaba horas imaginando escenarios catastróficos. Una noche, cuando Seo-jun canceló una cena por tercera vez durante la misma semana, Han decidió que probablemente había conocido a otro hombre. Al día siguiente se convenció de que aquel hombre era un arquitecto europeo, alto y rubio, que trabajaba en el mismo proyecto. Para el viernes ya había imaginado una boda en París y su propia aparición dramática durante la ceremonia.

La realidad resultó mucho menos interesante.

Seo-jun estaba agotado, tenía un cliente insoportable y llevaba días durmiendo apenas cuatro horas. Cuando finalmente hablaron, Han descubrió que su novio no había conocido a ningún arquitecto europeo y que, de hecho, estaba preocupado porque sentía que no le estaba dedicando suficiente tiempo. Aquella conversación fue incómoda, pero necesaria. Han admitió que tenía miedo de resultar demasiado demandante. Seo-jun reconoció que debía aprender a separar su trabajo de su vida personal. No resolvieron todos sus problemas aquella noche, pero comenzaron a comprender que una relación necesitaba algo más que besos bonitos y cenas improvisadas.

También apareció el asunto de la virginidad.

Han había evitado mencionarlo durante semanas. No porque se avergonzara exactamente, sino porque temía que Seo-jun lo considerara extraño. A sus veinticuatro años, la falta de experiencia le parecía una especie de defecto secreto que debía revelar únicamente bajo circunstancias extraordinarias. Había imaginado decenas de formas de hacerlo. En algunas, confesaba la verdad durante una cena romántica; en otras, escribía una carta; y en una versión particularmente absurda, contrataba a un grupo de músicos para acompañar el anuncio.

Finalmente lo dijo una noche cualquiera, mientras ambos estaban acostados sobre el sofá de Seo-jun.

Habían estado besándose y Han había comenzado a sentirse nervioso ante la posibilidad de que las cosas avanzaran. El arquitecto notó su incomodidad y se apartó ligeramente. Han permaneció varios segundos en silencio antes de confesar que nunca había tenido relaciones sexuales.

Seo-jun no se rio.

No pareció decepcionado.

Tampoco reaccionó como si acabara de recibir una noticia extraordinaria.

Simplemente le preguntó si aquello lo preocupaba.

Han asintió.

Entonces el arquitecto le explicó que no tenían ninguna prisa, que no necesitaba demostrar nada y que podían avanzar únicamente cuando ambos se sintieran cómodos. La conversación fue breve, pero produjo en Han un alivio tan profundo que terminó abrazándolo con fuerza. Había pasado años imaginando su primera experiencia como una especie de examen definitivo de adultez. Descubrir que no tenía que aprobar ninguna prueba resultó inesperadamente liberador.

A partir de aquella noche, las cosas cambiaron de una manera pequeña pero importante.

Han dejó de sentir que su virginidad era un reloj que estaba contando los días hasta una fecha límite. Seguía deseando a Seo-jun, por supuesto. Muchísimo. El arquitecto tenía la desagradable costumbre de caminar por su apartamento después de ducharse con el cabello húmedo y camisetas que parecían diseñadas para provocar pensamientos indecentes. Pero ahora Han podía disfrutar de la cercanía sin sentir que debía precipitarse hacia algo para lo que todavía estaba aprendiendo a prepararse.

Su primera noche juntos llegó varias semanas después, sin planificación y sin ninguna de las circunstancias extravagantes que habían poblado sus fantasías.

Habían pasado el día fuera de la ciudad, visitando un pequeño pueblo costero donde Seo-jun quería fotografiar unas construcciones antiguas. Caminaron por la playa, comieron pescado en un restaurante familiar y terminaron empapados cuando una lluvia inesperada los sorprendió lejos del automóvil. Regresaron a Seúl cansados, felices y con arena en lugares que ninguno deseaba mencionar. Han se quedó a dormir en el apartamento del arquitecto porque era tarde y porque, aunque su propia puerta estaba a menos de diez pasos, ambos habían comenzado a encontrar absurdas aquellas despedidas nocturnas.

Esa noche hablaron durante horas.

De sus familias.

De sus miedos.

De los años que habían pasado antes de conocerse.

Han confesó algunas de sus fantasías más ridículas, incluida la del magnate árabe y el palacio con cuarenta habitaciones. Seo-jun se rio tanto que terminó ocultando el rostro contra la almohada. Después le contó que, cuando era adolescente, había estado convencido de que se casaría con un cantante famoso y vivirían juntos en una casa junto al mar. Han encontró aquella revelación profundamente satisfactoria. Por fin tenía pruebas de que el hombre aparentemente perfecto también había sido un idiota romántico.

La intimidad llegó de manera natural, entre besos, caricias y pausas en las que ambos se aseguraron de estar cómodos. Han descubrió que podía reírse incluso cuando estaba nervioso, que no necesitaba fingir experiencia y que el deseo no tenía por qué convertirse en una actuación. Seo-jun fue paciente, atento y cariñoso, pero también permitió que Han expresara lo que quería y tomara sus propias decisiones. No hubo ninguna transformación milagrosa. Han no despertó convertido en un experto seductor ni adquirió de pronto la seguridad de los protagonistas de sus novelas. Siguió siendo el mismo muchacho torpe, hermoso y exagerado de siempre.

Solo que aquella mañana despertó entre los brazos de alguien que lo quería.

Y eso cambió muchas cosas.

Seis meses después de la llegada de Seo-jun al edificio, el balcón de Han ya no parecía el mismo.

La albahaca había sobrevivido, aunque nadie sabía exactamente cómo. Napoleón había engordado ligeramente y desarrollado la costumbre de dormir en el apartamento 404. Había dos sillas nuevas, una pequeña mesa y varias plantas que Seo-jun insistía en cuidar personalmente porque no confiaba en los métodos agrícolas de su novio. También había aparecido una manta que ambos utilizaban durante las noches frescas, cuando salían a tomar café y observar las luces de la ciudad.

Han continuaba fumando de vez en cuando, aunque cada vez menos. Seo-jun no soportaba el olor y el ilustrador había comenzado a reducir el hábito sin convertirlo en una promesa grandiosa. Algunas tardes todavía salía solo al balcón, contemplaba los edificios vecinos y recordaba la época en que imaginaba historias imposibles para llenar las horas vacías. Le resultaba extraño pensar que todo había comenzado con un desconocido cargando cajas al otro lado de una barandilla.

La vida, sin embargo, no había dejado de ofrecerle oportunidades para comportarse como un idiota.

Una tarde de otoño, mientras Seo-jun preparaba café en la cocina, Han recibió una llamada de Na-ri. Su amiga quería saber si finalmente había conseguido convencer al arquitecto de acompañarlo a una boda familiar. Han respondió afirmativamente y añadió que, si todo salía bien, aprovecharía la ceremonia para estudiar la decoración, porque algún día tendría que organizar su propia boda. Na-ri le preguntó si Seo-jun estaba enterado de aquellos planes. Han guardó silencio. Después admitió que todavía no, pero que llevaba meses investigando lugares adecuados y que había encontrado una villa italiana con una vista extraordinaria.

Na-ri lo llamó enfermo.

Han consideró aquello una exageración.

No era culpa suya que tuviera visión de futuro.

Cuando terminó la llamada, descubrió a Seo-jun apoyado contra el marco de la puerta, sosteniendo dos tazas y sonriendo de una manera sospechosa. El arquitecto había escuchado lo suficiente para comprender que su novio estaba planeando una boda internacional sin haber recibido ninguna propuesta. Han intentó explicarse, pero las palabras comenzaron a atropellarse unas con otras y terminó confesando que también había considerado la posibilidad de adoptar otro gato, comprar una casa y viajar juntos a Italia durante la primavera siguiente.

Seo-jun dejó las tazas sobre la mesa.

Se acercó.

Lo besó.

Y le aseguró, con una tranquilidad que terminó por desarmarlo, que podían hablar de todo aquello cuando quisiera.

Han permaneció varios segundos mirándolo.

Después preguntó si aquello significaba que estaba aceptando casarse con él.

Seo-jun se echó a reír.

No respondió inmediatamente.

Y Han, que jamás había sido especialmente paciente, pasó el resto de la tarde intentando obtener una respuesta definitiva mediante métodos que incluyeron chantaje emocional, promesas de cocinar y la amenaza de ponerle a su próximo gato el nombre de un antiguo novio.

Aquella noche terminaron abrazados en el sofá, viendo una película que ninguno estaba siguiendo demasiado. Napoleón dormía entre sus piernas y la ciudad brillaba detrás de las ventanas. Han tenía la cabeza apoyada sobre el pecho de Seo-jun y escuchaba distraídamente los latidos de su corazón. Había algo profundamente extraño en aquella felicidad. No era escandalosa. No necesitaba palacios, multimillonarios ni situaciones imposibles. Se encontraba en el peso cálido de un brazo sobre su cintura, en el olor del café recién preparado y en la certeza de que, cuando despertara al día siguiente, no tendría que inventar una historia para sentirse acompañado.

Por primera vez, su realidad era más interesante que sus fantasías.

Dos años después, Han Ji-woo se casó con Kang Seo-jun en una pequeña ceremonia celebrada en una villa italiana.

No hubo cuarenta habitaciones ni siete piscinas. Tampoco apareció ningún príncipe árabe reclamando derechos sobre el novio. La celebración reunió a sus familias, a sus amigos más cercanos y a una cantidad considerable de flores blancas que Han había elegido después de revisar aproximadamente tres mil fotografías. Na-ri lloró durante la ceremonia, aunque después aseguró que había sido por el calor. Hye-jin se encargó de impedir que su hermano olvidara los anillos y Napoleón, que no pudo viajar por recomendación veterinaria, permaneció en Seúl bajo el cuidado de una vecina que recibió instrucciones tan detalladas que parecía estar preparándose para una operación militar.

Han estuvo precioso.

Naturalmente.

Llevaba un traje claro, el cabello cuidadosamente peinado y una sonrisa que apareció desde el momento en que vio a Seo-jun esperándolo al final del pequeño jardín. El arquitecto también estaba nervioso, aunque intentó disimularlo. Había pasado las últimas semanas preocupado por los preparativos, los vuelos y una tormenta que amenazaba con arruinar la ceremonia. Pero cuando Han se acercó, todos aquellos problemas dejaron de importar.

Se casaron bajo el sol de una tarde cálida.

Se prometieron compañía, respeto y una paciencia que ambos sabían que necesitarían en cantidades industriales.

Han lloró durante sus votos.

Seo-jun también.

Na-ri lloró todavía más.

Y cuando finalmente se besaron, el aplauso de los invitados se mezcló con las campanas de una iglesia cercana.

Durante la recepción, Han bebió demasiado champán, bailó con su esposo hasta que le dolieron los pies y terminó confesándole a una mesa entera de invitados que, cuando conoció a Seo-jun, había pensado que era un hombre casado con su propia hermana. Hye-jin casi se atragantó de la risa. Seo-jun cerró los ojos con resignación. Na-ri pidió que alguien grabara la historia para conservarla como material de chantaje.

Pero Han no se avergonzó.

Ya no.

Había aprendido que algunas de sus mejores experiencias habían comenzado precisamente cuando dejaba de intentar parecer perfecto.

Mucho más tarde, cuando la celebración terminó y ambos regresaron a su habitación, Han salió a la terraza del hotel. La noche italiana era cálida, las luces de la ciudad brillaban a lo lejos y el aire olía a flores y piedra húmeda. Permaneció unos minutos apoyado en la barandilla, contemplando el paisaje con una sonrisa distraída. Seo-jun apareció detrás de él, lo rodeó con los brazos y apoyó la barbilla sobre su hombro.

Han recordó entonces aquella tarde lejana en su apartamento de Seúl.

El cigarrillo.

La soledad.

Las fantasías absurdas.

La aparición de un hombre extraordinariamente atractivo al otro lado del balcón.

Y la mujer que había confundido con su novia.

Le pareció increíble que una historia tan importante hubiera comenzado de una manera tan estúpida.

Aunque, tratándose de él, quizá no existía otra posibilidad.

Se volvió entre los brazos de su esposo y lo besó lentamente. Seo-jun respondió con la familiaridad de quien había aprendido a reconocer todos sus gestos, incluso aquellos que Han todavía no sabía explicar. Después lo acompañó al interior de la habitación, donde permanecieron despiertos mucho más tiempo del que cualquiera de los dos admitiría durante el desayuno.

A la mañana siguiente, Han despertó tarde, con el cabello desordenado y una pierna atravesada sobre las de su marido. El sol entraba por las cortinas y Seo-jun dormía profundamente a su lado. Durante varios minutos lo observó en silencio. Seguía siendo extraordinariamente atractivo, aunque ahora conocía detalles que jamás habría podido imaginar desde aquel balcón: que roncaba cuando estaba demasiado cansado, que odiaba dormir con calcetines, que se ponía insoportable cuando tenía hambre y que necesitaba abrazar algo para conciliar el sueño.

Han sonrió.

Había conseguido un esposo.

Uno real.

Con defectos, mal humor ocasional y una preocupante obsesión por ordenar los zapatos.

No era dueño de medio país oriental.

No tenía un harén.

Y definitivamente no pensaba comprarle una isla.

Pero lo amaba.

Y, contra todo pronóstico, Han también había aprendido a amarlo sin convertirlo en el protagonista de una fantasía imposible.

Aquella mañana, mientras contemplaba a su marido dormido, recordó una vieja idea que había repetido durante años: Dios no castigaba dos veces. Había utilizado aquella frase para consolarse por su virginidad, por su aburrimiento y por todas las oportunidades románticas que parecían escapársele de las manos.

Ahora comprendía que había estado equivocado.

La vida no le debía un hombre hermoso por haber pasado tantos años solo.

Tampoco le había entregado a Seo-jun como recompensa por su paciencia.

Simplemente habían coincidido.

Dos personas que vivían en apartamentos contiguos, que podrían haberse ignorado durante años y que, por una combinación extraordinaria de accidentes, gatos desobedientes, naranjas rodando por las escaleras y cenas quemadas, habían terminado encontrándose.

Han se inclinó y dejó un beso sobre la frente de Seo-jun.

Su marido abrió los ojos lentamente, lo abrazó por la cintura y lo atrajo de nuevo hacia la cama.

Y Han, que durante tantos años había soñado con ser deseado por hombres imposibles, descubrió que no existía ninguna fantasía comparable con despertar junto a alguien que, incluso conociendo todas sus tonterías, seguía eligiéndolo cada mañana.

Por supuesto, aquello no significaba que hubiera abandonado por completo sus pensamientos indecentes.

Seguía siendo Han Ji-woo.

El mismo hombre que había imaginado casarse con un magnate árabe.

El mismo que había considerado aceptar a dos hermanos multimillonarios como esposos.

El mismo que había pasado años observando desconocidos desde su balcón.

Solo que ahora, cuando alguna fantasía particularmente escandalosa atravesaba su mente, tenía a un marido extraordinariamente guapo a quien mirar con una sonrisa sospechosa.

Y Seo-jun, que ya conocía aquella expresión, había aprendido a hacer una pregunta muy sencilla antes de preocuparse:

—¿Qué estás imaginando ahora?

Han nunca respondía inmediatamente.

Primero sonreía.

Después se acercaba.

Y, dependiendo de la gravedad de sus pensamientos, Seo-jun decidía si era conveniente seguir preguntando.

Porque algunas cosas, después de todo, era mejor descubrirlas sin demasiadas explicaciones.

FIN.

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