1. Intercambio
Nadie se molestó en ponernos un nombre, los amos solían decir que las bestias nos habían quitado ese derecho y que, una vez que hayamos cumplido con el intercambio, podríamos retornar a la era de los nombres, las ciudades y la paz. Algunos de ellos usaban la palabra Vessel para referirse a nosotros, y con el tiempo yo terminaría adoptando este alias. Lo curioso es que luego descubriría que no fui el único.
Los amos veneraban las efigies de cinco espíritus que, según las leyendas, pondrían fin al caos causado por Yggdrasil, a cambio de un cuerpo que pudieran habitar. Yo fui elegido para intercambiar mi alma con la de uno de estos espíritus. Lo que fuese a suceder conmigo luego del intercambio no suponía ningún misterio; una vez terminado el ritual, mi consciencia sería elevada al plano etéreo. Los Vessel no teníamos miedo de morir, al contrario, esperábamos el día del intercambio con impaciencia. Nada nos era más preciado que la idea de dejar este mundo, o lo que quedaba de él.
Sin embargo, algo salió mal. Recuerdo que sostenía la reliquia que me conectaría con Hisashi, el espíritu de la guerra, y, de un momento a otro, me encontraba en las afueras del gran santuario, el cual ardía en llamas. Me sentía convulso, desorientado en mi propio cuerpo y con una voz ajena resonando en mi cabeza; al principio sonaba como un eco distante, pero poco a poco se infiltró entre mis propios pensamientos. Quise volver al santuario y terminar con el ritual, pero la voz insidiosa me obligó a huir del lugar.
A Hisashi le parecía repulsivo el recipiente en el que le había tocado habitar, sus pensamientos recalcitrantes doblegaron mi voluntad y me forzaron a fortalecer mi cuerpo y mente. Asimismo, el poderoso eco me adiestró en el uso de la reliquia, un delgado y ligero sable que con los años terminó demostrando ser más pernicioso de lo que parecía. El alma abrumadora tardó una década en transformar a un niño casi desnutrido en un guerrero implacable. Debo admitir que cada fibra que mi ser, o por lo menos las que todavía me pertenecían, detestaban al otro habitante de mi cuerpo por obligarme a sucumbir a su voluntad, pero tiempo después comprendí que sin Hisashi jamás hubiese sobrevivido a la distopía con la que me había encontrado fuera del santuario.
Hoy la voz de Hisashi no es más que un susurro; su presencia permanece dormida, a la espera de que me encuentre con algún predador salvaje o con algunos de los bandidos que abundan cerca de los asentamientos humanos. Cuando eso sucede, el alma abrumadora despierta y me convierte en un ente despiadado que no deja sobrevivientes.
Aún dormido, el espíritu de la guerra me guía por el camino que consumará el propósito por el que fue invocado: Matar a Yggdrasil y poner fin a la era de los dragones.