Y si en vez de flotar volamos

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Summary

Cuando la oscuridad se sienta en tus hombros y te sopla al oído, pasan cosas que no estan buenas. Una historia más, de esas tantas que nos acompañan a disfrutar la oscuridad.

Genre
Romance
Author
Julian
Status
Complete
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
13+

Chapter 1

Miró su mano, como esperando encontrar algo diferente a lo usual. Un dedo renegrido por mugre que no recordaba de donde venía. Hoy fue un día tranquilo pensaba, sin mucho que recordar. Pero la tranquilidad tiene su precio, y ese precio iba a ser pagado. Una luz se encendió a lo lejos, pero no le prestó atención. Estaba en su mundo, abstraído de la realidad.

Buscó en su bolsillo izquierdo, y sacó una caja de cigarrillos. No era fumador, o por lo menos no habitualmente, pero esta noche era la excepción. Disfrutaba la sensación de vacío que le generaba la roja llama consumiendo a ceniza los restos de aquel tubo de tabaco. El sabor no era de su particular agrado, pero no le importaba.

Habiéndola sacado, y anticipándose a la situación, ofreció a un chico que lo miraba un tanto notoriamente, pensando que en cualquier momento lo iba a insultar. Con un ademan un tanto estúpido y movimientos torpes, tomó un cigarrillo y le devolvió la caja. Creyó escuchar que le agradecía, pero no le interesaba en lo más mínimo. Sacó el encendedor, y prendió uno más.

Iba por el séptimo, u octavo. La verdad no le interesaba. Después de todo no era un día como cualquiera. Se acercó el cenicero que estaba un tanto lejos, después de pedir a gritos que alguien se lo pasara. Nadie lo escuchaba, o no querían escucharlo. Ya no distinguía la una de la otra. Así que se paró, y con gestos malhumorados se lo acercó para sí. Estaba repleto de colillas, a punto de desbordarse. Contó las que se parecían a las suyas: uno, dos, tres. Once. Eran muchas, demasiadas, creía él. Se había llegado a autoconvencer que fumar no era dañino siempre y cuando no excediera los tres seguidos, mas esta vez no era el caso.

Una chica sentada en frente suyo le hizo un gesto, pero él lo ignoró. Había estado toda la noche haciéndolo. Sentía manos por momentos que lo abrazaban y lo tocaban, y no estaba seguro de cómo debía reaccionar a eso. Gritarles no era la mejor idea, teniendo en cuenta que la música del lugar estaba a unos decibelios de producirle sordera temporal.

Eran buena gente, pensaba. Últimamente pensaba mucho. Cuando pensaba lo otro no existía, y las drogas potenciaban aquella situación. Por ello no le gustaba la marihuana, porque dejaba de prestarle atención a su alrededor. Sin embargo, esta vez no había fumado y estaba en la misma, como si algo hubiera tomado su lugar.

Ahogó un llanto, ya iban varios. Por momentos meneaba la cabeza a los lados intentando divisar algo de su agrado, para encontrarse siempre con la misma escena: gente intentando llamar la atención de una persona que en un momento fue lo único que importaba.

Pensó en lo ridículo de la situación: tres o cuatro hombres intentando lograr que una única mujer les prestara atención, y le resultó un tanto desagradable. Le hizo acordar al pavo real. Él sabía que muchas veces los hombres inflaban su ego, contando anécdotas falsas para atraer la atención de una posible presa, igual que el pavo real, que desplegaba una increíble –pero no contundente en el tiempo- cola emplumada. Los hombres éramos iguales, o por lo menos los estúpidos. A veces él se pensaba estúpido, y hoy no era la excepción.

Recordó un momento de la noche en que uno de los más allegados ahí presentes le contó una anécdota sobre su profesora de la facultad, que le hubiera generado un cierto ruido de no ser por el alcohol en sangre fluyendo a su cerebro. Éste le restaba importancia a las cosas, y mal o bien, había funcionado en ese momento. No recordaba exactamente lo que le había dicho, algo asi como que era inteligente y capaz, y dudó por un momento si esa era una rápida deducción de una mente ágil, o un comentario irrelevante de una mente prejuzgadora. No en el mal sentido de la palabra, si es que eso existe.

Sentía el humo bajando por su laringe, y cuando hubo terminado éste cigarrillo, prendió otro. Deseaba estar en cualquier otro lugar excepto ese. Incontables veces había cuestionado el porqué de no levantarse y simplemente irse. Ni él sabía lo que lo retenía. O quizá sí, quizá la nostalgia. Sintió unos dedos en su cabeza. No eran dedos agresivos, eran dedos suaves y cariñosos. Sintió el impulso de arrancarlos de sí, pero en vez de eso se dio vuelta, para encontrarse con la cara que más quería ver, -y evitar- en esa noche.

Le dedicó una sonrisa, sin mucho significado realmente. En otro momento la hubiese llamado cómplice, porque entre sí se entendían. Pero esta vez no era cómplice, era algo así como vacía. Como cuando un político habla de sentimientos en una pantalla. Quiso tomar sus dedos y acariciarlos, pero otra voz demandando atención a su lado no lo dejó hacerlo. Se lamentó vasto por aquello, incluso pasada la noche.

Alguien le pidió que se levantase para liberar el paso, y él lo hizo de muy mala gana. Estaba realmente enojado, enojado con èl y con su alrededor. Un chico que conocía hace poco tiempo pero que había logrado llegar a su alma, le dedicó unas palabras. Él sabía que nada de lo que saliera de su boca podía herirlo, y que mucho menos sería su intención, pero de repente recordó por qué quería seguir fumando en su propio mundo.

Quería odiarlo, realmente hubiera querido que ese momento fuese el idóneo para pegarle una trompada en la cara, y empezar una pelea que muy posiblemente lo dejara muy mal parado. Pero no podía. Odiaba el no poder. La impotencia era uno de los mayores karmas de su vida. Se encontró, de un momento a otro, abrazándolo. Lo quería, era uno de esos seres puros que no pretenden generarte un mal, pero hubiera deseado que así sea, así por lo menos tendría un motivo para aquel sentimiento que lo consumía.

Recordó haber leído hace un tiempo que cuando el ser humano siente el peligro, su sangre fluye rápidamente hacia sus extremidades inferiores, preparándolo para correr. El primer signo de esto es que las manos pierdan un tanto de sensibilidad, y se enfríen. Y él las sentía frisa, y luchaba porque el cigarrillo no se le escapara de las mismas. No sabía si la nicotina lo había relajado excesivamente, o si simplemente carecía de la voluntad suficiente para levantarse y salir corriendo. O caminando, cualquiera fuera la forma.

El ruido de un plato contra la mesa lo trajo a la realidad. Lo miró por un momento, y supo que era el momento de volver sobre sí. Notó como el masticar las papas fritas le generaban un cierto dolor en la cabeza, y sintió que el sabor no se coordinaba con la masticación, y por un momento cruzó por su cabeza la remota idea de que alguien lo hubiera drogado. Era algo muy simple, volcar un poco de ácido en una de las tantas bebidas que le ofrecían, y ya estaría mejor. Porque en el fondo quizá lo hicieran por su propio bienestar. Me drogaron, pensó. Y una nueva bronca nació de su interior, arremetiendo con su propia razón.

La ceniza quemándolo el dedo lo trajo nuevamente a la realidad. No seas estúpido, quien te va a drogar. Quien te va a querer drogar. Y por qué lo harían. Recordó que su mente a veces le jugaba malas pasadas y siguió comiendo.

De a poco el dolor lo iba agotando. Quería levantarse y acercarse a ella, pero no sabía muy bien qué decirle. Quizá un te extraño hubiera sido suficiente. O quizá hubiera generado algo peor; no lo sabía, y no lo iba a saber porque tampoco se iba a arriesgar. Era una decisión difícil, y lo suyo no eran las decisiones. Muchas variables lo confundían, y el querer anticiparse a todas lo mareaba aún más. En el fondo lo hacía porque sabía que no era capaz de manejarse a sí mismo, y que no era lo que todos pensaban de él, entrelazado con la ansiedad de querer que todo saliera bien. Porque le aterraba la opción de que todo saliera mal, de que dijera algo que echara todo a perder. ¿Pero qué era todo? El desconfiar de su propia habilidad del habla lo hizo seguir en su posición inerte, mientras prendía otro cigarrillo.

Nada de lo que le habían dicho hasta ese momento era nuevo. Sabía y tenía claro todo lo que le decían, y se sentía apabullado por el hecho de que la gente no lo entendiera. Y tampoco quería explicarse, realmente. Le generaba una cierta intriga como la gente tejía sus propias redes mentales a través de suposiciones. Él también lo hacía, pero no lo expresaba, y mucho menos frente a alguien que no tiene la menor intención de hablar.

De repente se encontró escuchando como dos personas, -amigos suyos, cabe aclarar- hablaban de él como si lo conocieran desde dentro. Les siguió el juego por algunos momentos, pretendiendo que lo que decían era en realidad lo que le pasaba, en parte porque no los quería escuchar más, y en parte porque le gustaba esa red, porque se tejía de a varios y podía salir muy despareja si alguien no la guiaba correctamente.

“Él sabe lo que tiene que hacer, pero no lo hace” escuchó entre tanto bullicio. Reprimió un grito que hubiera sonado en toda la cuadra, y escuchó atentamente. “Es un pibe inteligente, sabe lo que tiene que hacer. Lo sabe, lo tiene claro, pero no lo hace. Si lo hiciera no estaría así”. Le sonó a reproche y adulación, pero no se encontraba tampoco en ánimos de cuestionarla. No entendía tampoco por qué pensaban que sabía lo que tenía que hacer. El hecho de que él considerara a una persona inteligente, la hacía considerarla también como un todo. Y como tal, entendía que había cosas que no entendía y no veía, pero se ve que para ellos no era así. Les siguió la charla, tomando por un momento el papel que le conferían sus amigos, ese papel de caja de herramientas. Porque cada herramienta tiene su función y tiene claro cuál es. Uno no pretende ajustar un tornillo con una sierra. O quizá sí.

Ya no tenía más cigarrillos. Su reserva de cordura en forma de tabaco se le había agotado, y no quería pedir más tampoco, porque ya se sentía ahogado de tanto humo. Dirigió otra mirada a la mesa pegada a la suya, para repetir la escena anterior. Solo que esta vez ella parecía interesarse en él. Estaba sentada a su lado sin él haberlo querido, y decía algunas palabras que no escuchaba.

Su voz, cuando no era de reproche e histeria, le generaba un calor interno difícil de describir. Y le molestaba no poderla escuchar en ese momento. Hubiera querido fugarse con ella, correr con ella en brazos y llevársela a donde nadie más estuviera. Y, muy en el fondo, sabía que no era solo suyo ese deseo. El compartirlo era lo que más lo lastimaba. No podía ni mirarla a los ojos.

Otra anécdota se desplegaba frente a él, del mismo al que hubiera querido odiar. Estaba cansado de que tanta gente le hable, porque no se podía escuchar a sí mismo. Mientras miraba una caricatura un tanto bizarra, escuchaba de fondo como él le hablaba de una chica a la que quería mucho, y le había dolido mucho su partida. Y le decía también que con esa chica compartía muchas cosas, y que incluso tenían una misma canción favorita. Esa palabra: compartir, lo hizo girar la cabeza y mirarlo atentamente. Y casi sin quererlo, palabras ahogadas brotaron de su alma: es horrible parecerte tanto a alguien que querés. Y a partir de ese momento supo que nada más podía rescatar de esa conversación, por lo que transformó su voz en un cotorreo de fondo; y siguió mirando la caricatura.

Dejó de sentir ansiedad, y la bronca y la desgana tomaron su lugar. Toda esa bronca que emanaba de sí, fue depositándose paulatinamente en diversos contextos y personas, y de repente se encontró odiando a alguien que, dos semanas atrás, hubiera considerado un gran amigo. Cada cosa que salía de su boca lo hacía sentir incomodo y le molestaba, y el hecho de que fuera un creido y superado, crearon un motivo lo suficiente valedero –por lo menos por esa noche-, para que esa bronca se alejara de él mismo.

Le molestaba también que la gente hable mucho, y él era uno de ellos. Y el hecho de que una persona se creyera graciosa y no se diera cuenta de lo estúpida que sonaba, instantáneamente le generaba un rechazo que no podía contrarestar casi con nada. No es que le interesase tampoco.

Tomo un sorbo de lo que pensó como agua, para caer en la amargada realidad de que era cerveza. Le daba asco, y pocas veces lo expresaba. La cerveza era también un ritual social, y rechazarla se le hacía difícil. Por un momento se percató de que había música, y aquel ruido desagradable de la música electrónica le hizo dejar de escucharla. Tenía esa habilidad para callar lo que no le interesaba escuchar, aun si era increíblemente ruidoso.

De repente lo invitaron a bailar. Era loco pensar que el hecho de verlo así no frenara a la gente de querer integrarlo. Quizá eso fuera un signo de amistad también, aunque en ese momento no le interesaba en lo más mínimo. Los rechazó con un gesto, y siguió revolviendo en su mente.

Sabía que no le hacía bien el estar ahí, y que la mejor decisión que podría haber tomado era la de levantarse e irse, pero no lo hacía. Se empezó a perseguir, y buscó por todos lados donde estaba él, su fallido blanco de odio. Una parte suya quería encontrarlo abrazado a ella, en el medio de una sesión voraz de besos vacíos, y otra parte suya quería que ella estuviera esperándolo, con los brazos abiertos. Ninguno de los dos fue el caso. Él estaba sentado en la mesa de al lado, fumando otro cigarrillo, hablando con personas que no conocía y no le interesaba conocer, y ella estaba fuera de vista. Seguramente estuviese en la parte de arriba, bailando monótonamente, rolando un porro con su grupo de amigos. Que también era su grupo de amigos, pero no le importaba en lo más mínimo. El dueño de las flores lo había invitado, y se sintió un tanto ofendido cuando lo rechazó, pero hizo oídos sordos.

Más tarde ese mismo chico le ofreció cocaína, y a pesar de su afán por probarla la rechazó cortésmente, dado que sabía que no le iba a hacer ningún bien en ese momento.

Por un momento su cabeza se apagó, y empezaron a brotar sentimientos de celos y envidia que lo fueron consumiendo poco a poco. Escenas desagradables se fueron superponiendo una sobre otra, sobre lo que podría estar pasando allí arriba con ella. Porque los demás no le interesaban, no por lo menos en ese momento. Había hecho una preparación mental digna de admiración la tarde anterior, pero no le sirvió de nada. Quizá la bronca por el cambio de planes inicial lo hubiera desconfigurado del todo, y el malhumor hubiese crecido a partir de eso, pero no estaba del todo seguro. Y el no le pesaba más que el sí.

Se imaginó en otro lugar, en el sábado previo al encuentro. El haber estado con ella después de todo lo que había pasado, lo había tocado drásticamente. Recordó sus pies jugando entre las sabanas, recordó risas apagadas, recordó sonrisas que eran más que muecas. Recordó comentarios. Pero el golpe mayor fue por el lado físico. El roce de su piel, por más banal que hubiese sido, le generaba en ese momento un dolor que no podía sostener en piel y carne. Quiso volver en el tiempo, quiso guardar ese momento para siempre. Como tantos hemos querido, sentirnos felices y quedarnos así, para siempre.

¿Por qué no podía ser así? ¿Por qué todo le tenía que salir mal? ¿Por qué tenía que cagar cada cosa que generaba? Se le vino a la mente una frase de un tema que venía escuchando hace unos días “maybe one day you’ll understand why everything you touch surely dies”, y quiso llorar. Últimamente le pasaba seguido, se sentía con unas ganas terriblemente fuertes de llorar, que le salían de lo más profundo de su ser, pero no lograba encarnarlas. Llorar no era algo común para él, no porque lo asociara con una falta de virilidad, eso le parecía estúpido, sino porque en general no se sentía movilizado sentimentalmente.

Quizá un abrazo no hubiera mitigado su total desgano, pero hubiera sido un comienzo. Pero cualquier abrazo no servía, tenía que ser su abrazo. Ya no recordaba la última vez que ella lo había abrazado, y capaz fuera mejor así, de lo contrario sería un recuerdo triste más al que aferrarse cuando la depresión comenzara a sacudir su cuerpo, que le había sucedido mucho más de lo que hubiera deseado.

También le generaba desesperación el no sentirse dueño de sus sentimientos. En otro momento de su vida hubiera sabido manejar las situaciones de una manera más idónea, o por lo menos se hubiera protegido mejor de las adversidades del dolor, pero esta vez no era el caso. Se sentía terriblemente vulnerable, como una hoja seca cuando cae a la vereda de un barrio muy concurrido, a la espera inevitable de que, tarde o temprano, sea aplastada por alguien que pasa por allí, como sin quererlo, y definitivamente sin una intención concreta, únicamente porque pasaba por allí. Él era una hoja seca, y eso le generaba impotencia.

El humo asqueroso del lugar y la falta de aire, un tanto por el humo, y otro tanto por la desesperación, lo hizo levantarse y dirigirse hacia afuera. Se notó tambaleante, y se sorprendió, dado que no había tomado mucho alcohol. Al llegar a la puerta sintió un brazo y giró la cabeza, pero era solo una chica que entraba jovialmente al bar.

El golpe del frío en su pecho lo despejó un poco, y empezó a tomar aire rápidamente, hiperventilándose. Al poco tiempo empezó a surgir más gente. En este punto ya no le interesaba el contacto, sea con quien sea. Ellos le hablaban y le decían cosas, que iban y venían y no lograban nada. No estaba seguro de si querían incitarlo a que estuvieran bien, le estaban reclamando por algo que ni él podía manejar, o realmente estaban preocupados por él. Por algún motivo dudaba de que fuera la última, pero le atribuyó esa duda a la desesperación del momento. Sabía que al otro día vería más claramente quiénes se preocupaban por él y quienes careteaban.

Realmente apreciaba a la gente que tenía alrededor, aunque no fuera de su agrado su presencia en ese momento. Su mente de a poco lo estaba arrastrando hacia un vacío del que temió no poder salir, a lo que optó por prestar un poco más de atención a lo que le decían. “Yo sé que no querés que esté acá, pero voy a estar igual”. Si bien le molestaba que le hablasen, no le desagradaba sentirse acompañado, por lo que le agradeció y siguió mirando a la nada.

Gente iba y venía, como si de un lugar de ropa se tratara. Alguna tenía más relevancia que otra para él, pero no les daba la importancia que merecían. Como para despejarse de su propia mente, comenzó a observar y analizar a la gente a su alrededor. Era entretenido ver a la gente drogada, porque algunos de sus movimientos se intensificaban, y otros se suprimían. Pudo ver a uno bastante nervioso, moviéndose rápidamente, y se preguntó cómo podía no tener frío estando de shorts. También se lo preguntó a él, pero no porque esperara alguna respuesta coherente, sino más como un acto involuntario.

En un momento apareció ella, y le preguntó cómo estaba. Él le respondió que bien, y dejó de mirarla, como si no fuera bienvenida en ese grupo. No porque fuera su intención, sino porque ya no se encontraba preparado para enfrentarse a una situación que le demandara fuerza emocional, porque ya estaba vacío. Notó el nerviosismo en su cara, y le atribuyó un poco al hecho de que hubiera fumado, y otro poco al sentirse fuera de tono, por lo que se dio vuelta y volvió al interior. Él siguió respirando el aire de la noche.

Al poco rato volvió a aparecer, junto a dos chicos que le causaban intriga. Eran muy parecidos, incluso con el mismo corte de pelo. Como intentando volver a la realidad, hizo un par de chistes, remarcando el hecho de que los dos parecían gays. Ella se rió. Él sabía hacerla reír, y si bien no era una hazaña, era algo para acreditarse. Pero de qué le servía hacerla reír, cuando no podía siquiera darle rienda suelta a sus sentimientos. Se sintió extraño a ese grupo, y desvió su mirada. Ya no quería interactuar más con nadie, habia llegado al fin.