La Hija del Trueno

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Summary

Una mujer como cualquier otra, es elegida para cumplir con los designios de los dioses. Llena de incertidumbre, se embarca en la más extraordinaria aventura. Un mundo desconocido lleno de magia y fantasía, donde el poder y el misticismo es parte de lo cotidiano. Allí deberá enfrentar muchas pruebas y peligros junto a sus nuevos amigos, con quienes irá en busca de lo imposible; entre criaturas atormentadas y seres poderosos ella encontrará la clave para salvar a este mundo de la oscuridad y convertirse, así, en la guerrera legendaria a la que llamarán "La hija del trueno".

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La profecía y el reino de Etnia

CAPÍTULO I. LA PROFECÍA Y EL REINO DE ETNIA

Ella vio entre la tierra una puerta de madera carcomida por los años, se vio muy antigua y rústica. La madera estaba unida por unos clavos enormes, de cortes imperfectos y un poco oxidados. Unas piezas de hierro cruzaron los trozos uniéndola.

Alumbró levemente con la linterna, mirando asustada a su alrededor, asegurándose que nadie la viera. Se muy cerca cautelosa, pisando con mucho cuidado para no caer.

Sus zapatillas eran de mucha ayuda, no permitían que se deslizara al caminar por la tierra.

Cuando estuvo cerca de la puerta, tocó la madera para comprobar que estaba firme.

Se inclinó un poco hacia ella para tratar de abrirla, lo intentó veces, pero no tenía mucha la fuerza necesaria para lograrlo. Cansada de tanto esfuerzo, lo intentó por última vez, y al tocar la manilla, la puerta se deslizó como por arte de magia.

Sobresaltada cayó sentada en la tierra, y la linterna rodó hasta la puerta, alumbrando la entrada.

Se podría ver unos peldaños anchos, como de bloques, y un corredor de piedra que parecía no tener fin.

Tomó la linterna, se puso en pie, inhaló con fuerza, y caminó hasta los escalones.

De repente escuchó un susurro: «Be-a-tri-che». Un escalofrío le recorrió el cuerpo, como si algo la estuviera llamando.

Lentamente bajaba los peldaños, posó una mano en la muralla y con la otra alumbraba el camino. “¡Un paso a la vez!”, se decía tratando de calmarse.

Sentía el frío de las piedras y el polvo incrustado en las rendijas de la muralla.

A medida que avanzaba, deslizaba la mano para no perderse. Camino varios pasos, tratando de ver en la penumbra, la luz de la linterna no era suficiente.

Entonces una antorcha se encendió y luego una fila de ellas en ambos lados de la muralla.

«¡Tranquila!, pensado. Es solo combustión espontánea».

Como ya no necesita la luz de la linterna, la apagó y la guardó en uno de los bolsillos del pantalón cargo.

Camino por el pasillo alumbrado, hasta llegar a una puerta gigantesca, impresionantemente gigantesca.

Estaba tallada en la roca, con símbolos y escritura que no entendió. Tenía dos alas de madera con grandes vetas y una gran manilla que colgaba de una de las puertas, podía tomarla con ambas manos y sobraba espacio.

Su mirada se alzó hasta donde terminó la puerta y casi cayó de espaldas.

Luego escuchó un ruido como de grandes cadenas y metal que se movían, y la puerta se abrió solo un poco. El estruendo remeció el lugar dejando caer polvo y tierra, ella lentamente asomó la cabeza, y muy asombrada distinguió una gran habitación, con artefactos antiguos.

En una de las paredes colgaba un lienzo, no podía ver qué se traía, faltaba luz. Entonces se devolvió al pasillo y sacó una de las antorchas, era muy pesada, la base era de hierro y tenía muchos detalles y adornos.

Haciendo un esfuerzo, se acercó, muy cautelosa hasta llegar a la pintura, posó la antorcha en un atril de acero a los pies del lienzo, para ver que había en él.

Era increíble, ella estaba en la pintura y podía ver lo que estaba haciendo en ese momento.

No entendía nada, siguió observando el lienzo y cómo ella caminaba hacia un corredor, donde el piso cedía y caía por un túnel oscuro y lleno de raíces.

En ese momento, se apagó la antorcha y quedó en completa oscuridad.

Miró a su alrededor y vio una luz tenue al fondo de la estancia, era un corredor como el de la pintura. Ella siguió caminando para ver qué había allí, sin saber lo que encontraría.

Se encendió la antorcha donde estaba el lienzo, donde mostró a la mujer deslizándose por el túnel, la que caía sobre una tienda en medio del bosque, y la antorcha se volvió a apagar.

Mientras tanto, Beatriche llegaba casi al final del pasillo cuando un ruido estremeció todo el piso y este se desplomó, ella muy asustada intentó desesperadamente aferrarse a lo que quedó de él, pero era imposible, su cuerpo junto con la tierra se deslizó por el túnel lleno de raíces. Recordó lo que había visto en la pintura, estaba ocurriendo.

Ella trató de cubrirse el rostro con las manos para no recibir aparente, pero como sus manos recibieron los golpes y rasguños. Abrió rápidamente la chaqueta y metió la cabeza adentro, encogió los brazos para cubrir las manos con las mangas y, aunque estaba muy asustada, no hizo ruido alguno, solo rogaba a Dios en su mente, para que la salvara.

Al llegar al final del túnel, pudo distinguir una salida y una luz tenue que traspasaba unas cortinas o lienzos; cayó y aterrizó en una tienda sobre almohadones bordados y perfumados. Rompió el techo, quedó cubierta por los lienzos y apagando la fogata que estaba en el medio.

Como todo estaba muy oscuro, buscó la linterna que estaba en el bolsillo del pantalón, en su pierna derecha, la tomó, la encendió y alumbró el lugar.

Era de noche, vio las estrellas y la luna, y lo que quedó de la tienda. Tenía unos arcos de madera tallada que hacían de soporte, a estos estaban amarradas unas cortinas de hermosos colores que flameaban con la suave brisa de la noche. El piso estaba cubierto por grandes alfombras con hermosas decoraciones, muchos cojines y lámparas, y pequeñas mesas con bandejas con frutas y comida.

En ese instante, oyó el ruido de una multitud acercándose. Entonces, levantó la linterna y alumbró a las personas que la rodeaban.

Los rostros llenos de asombro y curiosidad, impactaron a Beatriche. Cuando trajeron las antorchas, la mayoría de las personas estaban tiradas en el piso, como en señal de reverencia.

Entre todo el alboroto, escuchó unos gritos:

“¡Guardias, guardias!».

Y llegaron al lugar seis guardias muy fornidos y duros armados. Era como estar en otra época, ellos vestían taparrabos de cuero y largas capas rojas, los pies los cubrían con sandalias hechas a mano. Cada guardia tenia un tatuaje en la mano derecha, que significaba su habilidad. Eran hombres altos, de mirada penetrante y estaban listos para matar.

Ella muy asustada se levantó lentamente, para que no se sintieran amenazados.

Cuando los guardias la miraron, se inclinaron ante ella tirando las armas a los pies de Beatriche. Ella abrió los ojos sin entender nada. De entre la gente apareció un hombre, no tan fornido como los guardias, pero sí de un cuerpo como esculpido a mano.

Vestía un pantalón de cuero negro, un bolero del mismo material, botas hechas a mano y en la espalda colgaba una enorme espada plateada en forma de trueno.

Él tenía ojos azules, penetrantes, cabello rubio, blanco, labios semigruesos, con un pequeño chivo, alto y muy enérgico, preguntó a toda voz:

-¿Qué está pasando? ¿Quién destruyó mi tienda?-

Beatriche atemorizada sintió que sus piernas se doblarían y que no se salvaría de esta.

Mientras tanto, la gente, murmuraba:

«Es la profecía; sí, se cumplió la profecía, seremos liberados, los dioses nos han escuchado».

-¡Silencio!- gritó el hombre de negro.

Y toda la gente se quedó como paralizada. Todo estaba en silencio.

Los soldados se levantaron, y se presentaron delante de él.

-Príncipe Rakin- le llamaron -es la hija del trueno-, dirigiendo las miradas hacia Beatriche.

El príncipe se acercó y la miró muy detenidamente, como examinándola.

-¿Cómo lo saben?- preguntó.

-Mire sus manos-. Indicaron.

Pero él no le miró las manos, sino que la miró fijamente a los ojos.

Los ojos verdes de Beatriche se encendieron, cada vez que ella sintió una fuerte emoción. Ellos cambiaron de color.

El príncipe le preguntó en la cara, mirándola directamente:

-¿Así que tú eres la Hija del Trueno? ¡Responde!, ¿tú eres la Hija del Trueno?-

-No lo sé- respondió, casi inaudible.

Los guardias le dijeron:

-Señor, trae las marcas en las manos, además, la profecía dice que la hija del trueno caerá del cielo, en cojines de seda. Nos alumbrará con su diestra y tendrá esculpidas en las manos las marcas de los dioses con sangre-.

Entonces el principe le seguramente:

-Muéstrame tus manos-.

Ella alzó las manos temblorosas y vio en ellas las marcas de dos truenos, como la profecía decía. Exaltada abrió la boca, no entendía lo que estaba sucediendo.

El príncipe la tomó de las manos y le suplicó:

-Perdóneme, princesa, no sabía quién era usted-.

Y toda la gente gritó de alegría, saltaban, cantaban, bailaban y celebraban su. Todos le llevaban ofrendas, el pueblo solo quería agradar a la hija de los dioses.

Entre tanto los guardias tomaron a Beatriche y la llevaron dentro del palacio, para que el príncipe descansara, por órdenes del Rakin.

Al entrar a la tienda, todo a su alrededor era exquisito, desde las almohadas hasta las alfombras. Ella en tanto se acomodó sobre la cama, para tratar de entender lo que estaba sucediendo.

Entonces, vio un espejo en un rincón de la habitación y se aproximó para mirarse.

Estaba hecha un desastre, la ropa llena de tierra, además que el pelo estaba todo enmarañado. Trató de sacudirse un poco, pero no se produjo ningún cambio y pensó:

“¡Linda la princesa!”.

Entre tanto no podía dejar de pensar en la mirada del príncipe, no sabía a qué atenerse, además, le preocupaban los rumores de la gente, qué sería eso de la profecía.

Detrás de unas cortinas, escuchó unas suaves risas y se acercó a ver. Eran unas doncellas hermosas, con túnicas muy largas, estaban preparando un baño.

Cuando la vieron entrar, le hicieron una reverencia diciendo:

-Princesa, está listo el baño —Y sin más consiguió a despojarla de la ropa.

Beatriche, muy avergonzada, les dijo:

-Espera un momento, ¿qué están haciendo?-

-Quitándole la ropa para que se bañe-. Respondieron ingeniosamente.

-No me toquen- debido a Beatriche.

-Lo sentimos, pero son órdenes de nuestro señor-.

-Está bien, pero prefiero hacerlo sola-. Afirmó tranquila.

-Lo entendemos, la dejaremos, el vestido que el príncipe eligió para usted está sobre la cama y si necesita ayuda nos llama, estamos para servirla-.

-¿Cuáles son sus nombres?- les preguntó intrigada.

-Yo soy Elsia-.

-Y yo soy Taisa-.

-Somos las doncellas, que la acompañaremos en su estancia en el palacio- Y con una reverencia se retiraron.

Era de locos, ahora tenía sirvientes, no estaba muy segura de lo que estaba ocurriendo, pero sí que necesitaba un baño y urgente. Suavemente se introdujo en la tinaja con agua perfumada y se sumergió completa.

Era agradable, el agua estaba tibia, con pétalos de flores, como en los cuentos de hadas.

Las velas encendidas le daban un toque místico, las cortinas que separaban la estancia se movían suavemente por la brisa de la noche. Entre las cortinas que la separaban de la alcoba, una sombra, era el príncipe.

Ella muy avergonzada le preguntó:

-¿Qué pasa?- Nada, princesa, la estamos esperando para cenar.

-Ah, muy bien, voy en seguida-

Y la sombra se alejó de la tienda.

Beatriche salió rápidamente de la tinaja, se envolvió en una sábana que le habían dejado las doncellas y cruzó las cortinas hasta la alcoba. Cuando se acercó a la cama, vio un hermoso vestido de color marfil de una tela suave y un poco transparente.

Entraron las doncellas y la ayudaron a vestirse. Se vio maravillosa, su piel blanca resaltaba con el color del vestido, solo le faltaba un toque y recordó que en el bolso que traía, tenía algunos cosméticos. Entonces, sus labios rosados ​​y semigruesos tomaron brillo, los grandes ojos verdes fueron delineados con un lápiz del mismo color. Las pestañas definidas largas con una máscara negra, el cabello castaño claro fue trenzado sobre el pelo liso.

Las curvas pronunciadas hicieron resaltar el corte del vestido y, aunque era de estatura media, se vio estilizada. Los cordones dorados que caían de los hombros cruzaban el pecho, acentuando su figura. Amarrados en la cintura colgaban a un lado del vestido. Cuando se miró al espejo, se sorprendió, ahora sí verdadera que estaba lista, era una princesa.

Las doncellas le avisaron que los guardias la buscaban para llevarla con el príncipe.

Entonces Beatriche salió de la tienda acompañada por ellos.

Al llegar al salón del palacio, se escuchaba música, risas de varones y el choque de las copas por los brindis de todos los soldados allí reunidos.

Los guardias la condujeron hasta un corredor de cortinas blancas, mientras esperaba que la anunciaran, se fijó en el salón. Había seis columnas de madera talladas, las que estaban unidas por unos arcos, que se cruzaban al unirse en el techo. Las paredes tenían calados, en forma de pequeños cuadrados, por los que se pudieron ver a las personas que se encontraron allí. Las cortinas estaban amarradas a los arcos de madera, los que servían como separadores.

En medio del salón, había una mesa que portaba un cuadrado de piedra del que salía fuego.

En todas las esquinas, había pilares de piedra con pequeñas fogatas, las que alumbraban el lugar.

Había mucho movimiento, con el incesante ir y venir de la servidumbre.

Petes general del ejército del Reino de Etnia condujo a Beatriche hasta los comedores y, antes que entrara a la sala, la anunció:

-Príncipe Rakin, ha llegado la Princesa-.

-Que pase- distinguido el príncipe.

Él vestía una camisa color marfil y unos pantalones de la misma tela. Botas café de cuero y la espada colgaba de su espalda.

El príncipe Rakin se levantó de la silla y caminó hacia Beatriche. Estaba sorprendido, no se había percatado de la belleza de la joven, dañado la mano, y Beatriche posó la suya sobre la de él.

A medida que ella avanzaba, los guardias inclinaban sus cabezas y no quitaban los ojos de ella.

Beatriche se sintió un poco incómoda, además, todos ellos hacían comentarios de su extraordinaria belleza.

Sentada junto a Rakin, siguió un poco confundida, examinada, pero al mismo tiempo, halagada.

El príncipe levantó la copa y exclamó:

-Brindemos por el Reino de Etnia y su aliada, la Hija del Trueno. ¡Salud!-

Y el choque de las copas de cristal se escuchó hasta en los jardines.

Beatriche no entendía aún la importancia de su llegada, porqué todos estaban tan felices, ya qué se deben a las reverencias.

Entonces ella miró al príncipe y le preguntó:

-¿Por qué me llaman la Hija del Trueno? y ¿por qué todos me dicen Princesa?-

Entonces hubo un silencio absoluto.

Rakin la miró extrañado, pero se dio cuenta que ella no sabía nada acerca de la profecía. Entonces, levantando la mano hizo una señal y un anciano de vestimentas largas de color gris avanzó hacia ellos. Traía en las manos un libro, las tapas eran de plata, con símbolos y dibujos que ella no entendía, podía ver un gran trueno en el medio del libro.

Entonces, el anciano abrió el libro y comenzó a leer:

«Cuando la oscuridad amenaza a los cinco reinos y el ejército de apariciones se prepara para la guerra. Los dioses se compadecerán de los mortales y de todo ser creado, obtendrán a la protectora de la luz, a la que llamarán La Hija del Trueno. Guerrera formidable, de grandes poderes, quien con su destreza y fuerza desterrará a la oscuridad de sus dominios, para siempre.

Ella caerá del cielo en cojines de seda, los alumbrará con su diestra y traerá en las manos las marcas de los dioses, esculpidas con sangre.

En el camino a la perfección, tomará las dagas del destino, la espada de la luz y el arco del poderío.

Cuando reúna estos tres elementos, será abrazada por el trueno y las marcas tomarán el color de la plata y estará lista para luchar contra la oscuridad, junto a los ejércitos de los cinco reinos».

Al terminar la lectura, el anciano cerró el libro y desapareció entre las cortinas.

Beatriche estaba pálida, cómo podría pensar que ella era la Hija del Trueno, si no sabía cómo defenderse.

Miró a su alrededor y todos la miraban como esperando un gesto o algo.

El principe le dijo:

-Ahora entiendes por qué te llamamos ¡la Hija del Trueno! Todos habíamos perdido la esperanza, pensábamos que la profecía no se cumpliría, pero, cuando caíste en mi alcoba y vi la luz en tu mano, todo encajaba. Los dioses nos respondieron; además, el Espíritu del Bosque me dijo:

«Cuando veas los ojos de la elegida, se encenderán cambiando de color y sabrás que es la hija de la luz, ellos te lo confirmarán»

Y cuando la miré así fue.

Después que el príncipe dejó de hablar, los ojos de Beatriche se encendieron y las pupilas se perfilaron como los ojos de un felino. Y tuvo una visión:

«Sentía un aleteo como el de un pájaro muy grande, y entraba a la sala un ángel de la oscuridad, buscando a Rakin lo venía a matar».

Al volver en sí, Beatriche miró a Rakin y lo tomó duro del brazo, corrió con él hasta las cortinas de la sala, para salvarlo del peligro.

Rakin no entendió la reacción y le preguntó:

-¿Qué pasa?-

Y Beatriche le advirtió:

-Ya vienen-.

-¿Quiénes?-

-Los ángeles de la oscuridad-.

Petes estaba con ellos y le aclaró:

-Señor, los Devoradores, se refiere a ellos-.

Rápidamente Rakin sacó la espada y se dirigió a la sala;

Beatriche lo cogió de un brazo y le suplicó:

-Por favor, no vayas, vienen por ti, te quieren matar-.

Con una sonrisa, Rakin le molesta:

-Ahora estoy seguro de que eres la Hija del Trueno, una de sus cualidades son las visiones-.