Uno.
La tarde empezaba a caer sobre la ciudad, el sol se ocultaba ya tras los altos edificios tiñéndolo todo con una gama de colores que iban del dorado más luminoso al carmesí, Mew se llevó la taza de café a los labios mientras sostenía la atónita mirada de su amigo. La expresión en la cara de Leo hablaba por sí sola, casi podía ver cómo su analítico cerebro buscaba una justificación a lo que acababa de explicarle.
—A ver si lo entendido, ¿vas a aceptar a ese hombre en pago a una deuda?—, resumió en una pregunta que, a todas luces, hacía que sonase a chifladura.
—Me pareció el trueque perfecto: Él gana, yo gano...
—¿Y el chico?
—Dado que lo he desposado, obviamente, también gana—. Dejó la taza sobre el platillo, le echó un vistazo al tatuaje que ahora marcaba su muñeca derecha y esbozó una satisfecha sonrisa. —Ya era hora de que cumpliese con lo prometido.
—Casado por poderes—, incidió en lo importante de la situación, —con un chico al que no has visto en quince años.
—Nunca es tarde para retomar las cosas dónde se dejaron.
Ya no era un joven inexperto, intentando controlar el poder que le había sido concedido por los dioses de sus antepasados, considerado demasiado peligroso para estar cerca de cualquier ser vivo, ya no era el chico sin rumbo, sin futuro que había sido rechazado en favor de alguien con mayor estatus y poder. No, Mew ya no era aquel joven y ahora tenía el poder para recuperar lo que le había sido negado, lo que le arrebataron a sabiendas de que ese chico le pertenecía solo a él.
Gulf había enviudado hacía un año, su difunto marido lo había dejado prácticamente en la calle, con un sinfín de deudas a las que no había podido hacer frente. El que hubiese tenido que vender la casa, las colecciones de arte e incluso dos coches para saldarlas hablaba por sí solo. Lo que ignoraba era que entre todas las deudas acumuladas se encontraban también las de su propio padre, el Sr. Kanawut había hecho todo tipo de negocios a lo largo de su vida, unos le salían bien y otros traían consigo considerables pérdidas. Hasta el año pasado, su yerno había afrontado sus pagos, pero tras la muerte de este se había encontrado con muchas dificultades para saldar lo que debía.
Era un jugador, le gustaba apostar y moverse sobre una línea vertiginosa, cosa que lo había conducido a sus manos incluso sin ser consciente de ello. Había sido más complicado de lo que esperaba, en el transcurso de los últimos quince años el Sr. Kanawut pareció adquirir ciertos escrúpulos y se mostró reacio a cooperar, pero un incentivo adecuado y unas cuantas palabras adecuadas lo empujaron en la dirección correcta.
Gulf no había sido otra cosa que una moneda de cambio para ese hombre, él mismo no era mucho mejor al recurrir al chantaje y a toda clase de subterfugios para hacerse con lo que quería, pero no renunciaría de nuevo a él. Costase lo que costase, tenía que ser suyo.
—Han pasado quince años, Mew, con toda probabilidad tu flamante esposo puede tener algo que decir al respecto de este inesperado y forzado enlace.
—Estoy seguro de ello—, asintió mirando el líquido oscuro dentro de su taza—. Sobre todo lo hará cuando se dé cuenta de que soy algo más que su nuevo marido.
—A ti te gusta vivir al límite.
No podía negar lo evidente, no cuando se había enrolado en el ejército a sugerencia de su mentor. Él había estado convencido de que solo la disciplina militar podría ayudarle a endurecerse y a controlar el poder que bullía en sus venas; había tenido razón. Con lo que ninguno de los dos contaba era que terminase cogiéndole gusto al servicio y decidiese hacer carrera. Con toda probabilidad, hoy seguiría allí de no haber resultado herido en una misión y pasado a la reserva.
No, no habían sido unos años fáciles, pero había sabido superar cada uno de los obstáculos que aparecieron en su camino y seguir adelante. Logró adquirir una maestría completa sobre sus habilidades, se había abierto camino en la vida tras el accidente dedicándose al mundo de los negocios y ahora tenía ante sí la más inesperada, a la par que deseada, recompensa.
—No hay mejor forma de afrontar la vida, amigo mío, no la hay.
Leo puso los ojos en blanco y optó por volver sobre el asunto principal, aquello que los había traído hasta allí.
—Dime una cosa, ¿él ya está al tanto de toda esta locura?
—Dada la manera en que todo esto llegó a tus manos y a mis oídos, dudo incluso que esté enterado de que su difunto marido era quién afrontaba las deudas de su padre.
—¿Y Elijah? ¿Le has contado lo que me acabas de soltar a mí?
—Todavía no he tenido tiempo, apenas sí conseguí convencerlo para que aceptase unirse al negocio.
—De todos los riesgos que has corrido desde que te conozco, este es el más absurdo—. Sacudió la cabeza. —Cuando me pediste que te mantuviese al tanto de todo lo relacionado con las deudas de juego del Sr. Kanawut, no esperaba que cometieses semejante locura.
Leo Costa era el propietario de un buen número de casinos en todo en todo el país, era un grandísimo jugador y también un demonio en los negocios; literalmente hablando. Se habían conocido poco después de que dejase el servicio militar en una de sus mesas de azar, por aquel entonces estaba sumido en un momento de «autodestrucción» absoluto y ese hombre fue el que le impidió saltar al vacío y acabar con su miserable vida.
—Cuando ese chico se dé cuenta de que ha sido utilizado como moneda de cambio, van a rodar cabezas.
Estaba seguro de ello, pero era un riesgo que estaba dispuesto a afrontar.
—Hasta hace un año, pensé que tendría que enterrarlo en lo más profundo y echar tanta tierra encima como pudiese—, confesó por primera vez en voz alta, —pero la vida ha decidido darme otra oportunidad y no voy a desperdiciarla, Leo.
La idea de que por fin le perteneciese, de que pudiese ir a buscarlo y llevárselo, lo obligaba a dejar de lado cualquier conflicto moral, a poner a prueba todos sus trucos y confiar en que eso fuese suficiente para traerlo a su lado, aún si para ello primero tenía que hacer que odiase hasta sus intestinos.
—No soy un santo, no pretendo serlo —aceptó sin vacilar—, pero deseo a ese hombre, está destinado a mí y estoy dispuesto a todo para conseguirlo.
Leo dejó caer la mano sobre su hombro al tiempo que le decía:
—En ese caso, espero que la diosa fortuna esté de tu lado, amigo mío, porque vas a necesitar toda la suerte disponible para evitar que te arranque los ojos.