Prólogo: El otro Postulante
Sirimar acercó su mano al suelo barnizado en sangre y alzó un grueso escudo metálico. Sepultado debajo halló el destrozado cadáver de otro enemigo. Se hubiera sobresaltado, pero a estas alturas se le había agotado el asombro. El muerto era peón, como casi todos los demás. Usaba una armadura acolchada y un achatado yelmo metálico que cubría mal su rostro, hendido seguramente por la bala de un arcabuz. Lo que sí le produjo una desagradable sensación fue notar que no tenía más de catorce años. La edad que tendría hoy su hermano menor.
—Son casi todos niños o ancianos —señaló Anerí, la minúscula teúrga a su izquierda. Aunque era una mujer adulta, no le llegaba a Sirimar ni a la primera costilla. Ahí donde su máscara ocultaba su inquietud, su voz la delataba.
—Subamos —propuso él, cargando el arcabuz sobre su hombro—. Dama Cedhana debe estar esperando nuestro reporte.
Ella asintió y juntos ascendieron por la colina.
La hierba, alguna vez de un pulcro gris celestino, ahora parecía el maltratado lienzo de un tétrico cuadro carmesí. Bajo la luz de las antorchas y lámparas de aceite se revelaban cuerpos desperdigados, ladrillos destrozados y empalizadas desarmadas. El aire olía a pólvora y a óxido. Junto a la torre un par de militares aliados despojaban a unos cadáveres de sus pertenencias, y parecían decepcionados de no encontrar demasiado. Al pie de la colina, junto a un risco, se adivinaban las siluetas de los enemigos capturados, los obligaban a cavar una fosa para enterrar a sus compañeros antes de que se empezaran a descomponer.
—¡Ah, joven Sirimar! Ya lo empezaba a extrañar —exclamó una mujer que parecía una escultura. Alta como un pilar, tenía los ojos dorados típicos de la nobleza metropolitana, pero el cabello rojo de los ofannes del sur, el que llevaba corto para que entrara en su yelmo.
Cedhana Rálesig ih-Pohoria, hija de la regidora de Navadein, bajaba con paso metálico. Con la mano izquierda jalaba las riendas de su quírel, un oscuro pájaro cuadrúpedo de alas vestigiales que era más alto que ella. Sirimar volteó hacia la redonda Anerí, quien le alcanzó un amarillento trozo de papel.
—Aquí está, general Cedhana. —El joven extendió su brazo enfundado en cuero y puso el informe a su alcance—. La cuenta final son cuarenta y seis bajas oponentes y ciento tres prisioneros. Entre los fallecidos está la comandante enemiga.
La altísima mujer le pasó las riendas de su animal a Anerí, recibió el papel y lo desplegó.
—¿Quién los comandaba?
—Una tal Shay Gobedona. Peona también.
—¿Gobedona? ¿Acaso era zapatera? —se burló la general. Sirimar, que no manejaba bien el idioma del norte, reconoció la palabra “gobes” como “zapato”. Gobedona probablemente significaba “zapatera” en básico, y de eso se debía estar riendo.
—Bueno… —intercedió Anerí, diminuta junto al animal emplumado—. Escuché de los prisioneros que… bueno, sí, de hecho, sí era zapatera.
La sonrisa se borró lentamente de la faz de la comandante.
—Zapatera… plebeya y zapatera… —masculló desconcertada—. Eh… no es importante —espabiló—, lo que importa es que la atalaya vuelve a ser nuestra, y la victoria fue rauda y abrumadora. Síganme.
Enfilaron hacia la lúgubre edificación. Sirimar se giró hacia las hileras de soldados del Tercio de Oro que habían perdido la vida en el asalto, ordenados ante la empalizada. Sabía que la victoria no había sido ni rauda ni abrumadora, y que muchas buenas mujeres y hombres habían perdido la vida. Ante un ejército compuesto de ciento cincuenta peones y comandado por una zapatera, ni más ni menos. Dama Cedhana debía estar hirviendo de frustración bajo su confiada sonrisa.
La Atalaya de Valle Angosto era un edificio antiquísimo y destartalado, construido durante la Era de las Doscientas Guerras. Una conquista militar simbólica, aunque inútil, pues supervisaba una ruta fuera de uso. Se preguntó qué esperaban los Refundistas al tomar una fortaleza en tan mal estado y en las tierras de enemigos tan fieros. Entraron por el arco de madera que hacía de puerta y una de las muchas sirvientas de la comandante le quitó el quírel a Anerí y lo llevó al establo.
Adentro, dos mozas llenas de cicatrices, la escudera y portaestandarte de Cedhana, la desembarazaban de la armadura. Una vieja de cara cuadrada le arrebató el sable y el fusil a Sirimar y se los llevó para limpiarlos, sin preguntarle.
—Lo has hecho bien en tu primera batalla, Radiante. Estoy segura de que Dama Azira y las demás estarán contentas con tu desempeño —lo felicitó la guerrera.
Radiante, a pesar de lo mucho que deseaba oír ese título, aún no se lo merecía.
Durante años había trabajado como uno de los Seleccionados para llegar hasta ahí. Pensó en las muchas pruebas y dolores que tuvo que soportar para ser convertido en quien era. No había sido sin competencia. Al principio eran alrededor de una docena, pero de forma paulatina, uno a uno, fueron descartados. Último en la terna, solo quedaba él. Esta era su prueba final. Medirse en el campo de batalla contra las fuerzas usurpadoras.
Le asignaron la tutoría de Dama Cedhana porque su capacidad marcial era reconocida a lo largo de toda la nación. En los entrenamientos de estrategia, esgrima y tiro había logrado sorprenderla. La noticia de la toma de la Atalaya de Valle Angosto, mientras recibía sus lecciones, había llegado como una sorpresa casi agradable.
Se preguntaba si al regreso le permitirían tomar nuevamente la Sahimi Farfana. Hasta soñaba con la maldita espada. Se había entrenado en mente y cuerpo, se había tatuado glifos en casi toda la piel, se había sometido a los experimentos de todas las teúrgas. De seguro la próxima vez que sostuviera la espada, lograría hacerla llamear.
***
La noche avanzó y afuera se redujo la actividad. Se instalaron las últimas carpas, se guardaron los cañones del asedio y se prendieron hogueras para cocinar. Enterrarían los enemigos restantes con luz de día y los cadáveres aliados los llevarían de vuelta a Pohoria. Más de un joven de familia hidalga había caído en combate y se necesitarían muchos funerales.
A Sirimar le tocaba dormir dentro de la torre, así que buscó un lugar limpio y seco para extender su saco. En una de las habitaciones se encontró con Anerí mirando por la ventana. A su lado estaba su bolso de viaje, aún sin desempacar.
—¿No te sacas la máscara por las noches? —le preguntó. La mujer volteó.
—Hasta que me gradúe no tengo permitido mostrar el rostro fuera de la academia, así que me pregunto si debería dormir aquí o armar mi carpa afuera —le respondió—. Digo, ninguna de las habitaciones tiene puerta.
—Disculpa si te interrumpí, entonces, voy a buscar otro lugar. Gracias por la ayuda de hoy.
—No hice demasiado —se disculpó ella—, casi me siento culpable, te pinté todas esas inscripciones adicionales para nada.
—Lo importante es que vencimos. Que no haya necesitado hacer uso de estas cosas quizás es hasta mejor. —Él extendió los brazos.
—Me alegro —Anerí suspiró—. Si te soy honesta, también me alivia, en parte, no haber tenido que participar. Este tipo de vida… —Sirimar notó su mirada posada en los cadáveres enemigos junto al despeñadero— no creo que sea para mí.
—Si lo prefieres, puedo pedirles que me consigan otra teúrga. Voy a seguir participando en misiones y no te tienes que seguir involucrando si no quieres.
Ella le plantó los ojos. Cuando había llegado la noticia de la toma de la Atalaya no había ninguna otra teúrga disponible, así que Anerí se vio obligada a acompañarlo.
—¿Harías eso por mí? —en su tono adivinó una sonrisa que no podía ver.
—Por supuesto.
Ella se cubrió el rostro con las manos e hizo una reverencia, como hacían en las ciudades. Él, plebeyo y de campo, no supo cómo reaccionar, así que la imitó con torpeza.
Se dispuso a buscar otra habitación, cuando de pronto se escuchó la fuerte campanada del gong de batalla. Sirimar y Anerí quedaron helados. Luego se escuchó otra. Luego otra.
—¿Soldados Refundistas? —inquirió aterrada la teúrga.
—Habrán encontrado un grupo rezagado —sugirió Sirimar.
—¿Tocarían las campanadas solo por eso?
—¡A las armas! ¡A las armas! —escuchó el grito de una superiora—. ¡Incursión enemiga, a las armas!
Anerí y Sirimar bajaron las escaleras para encontrarse con un torbellino de actividad. El joven guerrero se colgó su arcabuz y su sable de los hombros.
—¡Dama Cedhana, déjeme ir con usted! —gritó el chico cuando la localizó, enfundada de nuevo en plumas y metal dorado.
—¡Es muy tarde, ya destruyeron el campamento de vigilancia, voy a liderar la carga! ¡Protege la torre!
¿Ya estaban tan cerca? Antes de alcanzar a preguntar, la totalidad de los jinetes ya iba cuesta abajo en sus respectivos quíreles. Las enormes aves terrestres emitieron férreos tronidos y juntos se convirtieron en una avalancha de metal, fusiles y plumas.
—¡Anerí, ayúdame a verlos! —le pidió Sirimar a la mujer mientras arremangaba su camisa. Ella, apresurada, posó su mano sobre su espalda y de inmediato el postulante sintió un fiero calor. Todo su cuerpo empezó a hervir desde su pecho. Los glifos en sus brazos brillaron como hierro en una fragua—. ¡Acércame!
La pequeña mujer presionó varias inscripciones en su piel, como un músico lo haría con las teclas de un cémbalo. Cuando terminó, fue como si los ojos del soldado contuvieran catalejos. Alrededor de la torre se extendía Valle Angosto, una pradera de altos pastizales que hacía de frontera entre Navadein y Suelo Muerto. A cada lado del llano se elevaban innumerables mesetas y riscos, la Atalaya erigida sobre el más alto de ellos. Con la visión modificada, la distante llanura nocturna parecía a pasos de distancia. Por más que Sirimar miraba, sin embargo, la luz de las lunas era insuficiente. Solo identificaba las siluetas recortadas de la vanguardia aliada, presuntamente encabezados por Tutora Cedhana.
Varios militares se arremolinaron alrededor del joven para enterarse de la situación.
—¿Los ves? —preguntó uno de ellos.
—No, está muy oscuro.
—Déjame intentar algo —solicitó Anerí, y el chico sintió sus dedos presionando los brazos otra vez. De pronto el mundo oscureció por completo, volviéndose una nube púrpura. Al principio Sirimar tuvo miedo, pero luego notó que podía distinguir algunos colores. Las fogatas y las personas eran manchas rojizas y verdosas, y las podía ver, independiente de la iluminación.
—¿Qué es esto?
—Ahora deberías ver temperatura en vez de luz, como hacen algunos animales nocturnos. ¿Qué tal?
El chico intentó fijar la vista en la distancia de nuevo, y esta vez, en vez de un nubarrón en la penumbra, diferenciaba múltiples siluetas cálidas avanzando entre pastizales helados.
—Los… veo… ¡Sí, los veo! ¡Eres genial Anerí! —exclamó él.
—Agradéceme después. ¿Cuántos son?
Sirimar se dispuso a contar, pero tuvo dificultad hallando la posición del enemigo. Barrió el valle de izquierda a derecha por un buen rato. Cuando al fin localizó algo, no se lo creyó.
—¿A cuántos ves, Siro?
El joven tenía la boca seca.
—A… uno. —La pequeña mancha rojiza se aproximaba por la pradera y se encontraba ya a menos de cien pasos de sus oponentes. Sirimar se quedó con la vista fija—. Es… un soldado de a pie.
—¿Cómo que uno? —preguntó un recluta armado con un arbalesta, y otros se le sumaron.
—¿En serio viene a pie?
—¿Un explorador?
—Un explorador vendría montado…
Empezaron a murmurar y el tono de a poco se volvió más sombrío, hasta que alguien sugirió lo que todos estaban pensando.
—Debe ser él.
El silencio se apoderó de los presentes y solo siguieron hablando sus miradas heladas.
—Pasa algo —advirtió Sirimar, y lo oyeron atentos—. Veo…
Pero no supo definir lo que veía. Poco a poco el color del incursor pasaba de rojo a morado, cada vez más intenso. Luego empezó a brillar, y fue tan luminoso que Siro tuvo que entrecerrar los ojos. Escuchó voces alarmadas y confundidas a su alrededor.
Entonces estalló.
El estruendo fue tan alto que varios cayeron al suelo. Era como un fusil detonando dentro del cráneo. Con la vista todavía modificada, Sirimar no entendía lo que acababa de ocurrir. Justo antes de la explosión, un relámpago púrpura había quedado suspendido sobre las filas de aves de guerra, y un goteo después, decenas de siluetas rojizas volaban en todas direcciones. Escuchó gritos a su alrededor y vio figuras que huían enloquecidas.
—¡Anerí, apaga mi visión! —pidió el chico, pero no recibió respuesta—. ¿Anerí?
Ya no sentía sus pequeñas manos posadas sobre sus brazos, y el calor en su pecho empezó a decrecer. Poco a poco la luz y los colores volvieron a sus ojos, y con ellos llegaron pesadillescas visiones de destrucción. Volteó sobresaltado y encontró un pequeño bulto sangrante en el suelo, envuelto en tela gris.
—No… —susurró él, y se acercó con prisa. La giró con premura y halló una herida en su estómago. La mujercita jadeaba con debilidad y extendió su mano hacia él. La máscara cayó de su rostro y Sirimar pudo finalmente ver, a la luz de las fogatas, sus redondeadas y tiernas facciones. Siro sostuvo su mano, incrédulo, y solo cuando intentó cargarla notó que él también estaba herido. Un ardiente pedazo de escombro se había incrustado en su muslo derecho.
Buscó ayuda, pero todos habían huido o colapsado como Anerí. Cuando puso la vista en el campo de batalla, todo lo que se encontró fue un cráter ardiente en medio de la pradera, ahora medio iluminada por las llamas. Una sola figura quedaba en pie entre la catástrofe, una silueta vestida de negro.
El Soberano.
La confusión que se apoderó de Sirimar se convirtió en miedo. No tuvo tiempo para atender ninguna herida ni intentar huir, porque de pronto hubo un segundo estallido, esta vez menos potente. Como un fuego artificial lanzado desde un cañón, Sirimar siguió la trayectoria del atacante, que se elevaba por los aires hasta quedar proyectado contra la luna mayor.
Abrazó a Anerí mientras ella se acurrucaba contra su pecho, cada vez respirando más lento, y miró a las alturas con la certeza de que lo que veía no podía ser de este mundo.
En sus últimos momentos, Sirimar pensó en su madre y en su padre, y en cómo perder a otro hijo los dejaría devastados. Pensó en su hermano menor, que lo esperaba al otro lado de la Corriente de las Mil Vidas, y pensó en las historias que habían escuchado juntos de la sacerdotisa itinerante cuando eran niños.
Por encima de sus cabezas, el Soberano descendió como una calamidad. Como aquellas que caían sobre los pueblos pecaminosos en las historias de la sacerdotisa. Y justo antes de que la Atalaya de Valle Angosto desapareciera del mapa y fuera a parar a los libros de historia, Sirimar pensó en los soldados enemigos, en los niños y ancianos que había matado, y se preguntó si acaso él había sido un pecador también.