Prólogo: Los Caballos del Destino
Narrador Omnisciente
—Ey, Ryota
—¿Qué pasó?
—Voy a comprar, acompáñame
—¡Si!
—Recuerda que no somos millonarios, no pidas carne, golosinas, ni juguetes
—Esta bien, pero ¿puedo subirme a tu espalda? —.
El mayor sonrió y se agachó para que su hijo subiera a su espalda.
—¡Estoy volando! — exclamó emocionado mientras su padre corría por el patio.
Ambos desbordaban alegría mientras reían, olvidando sus obligaciones y viviendo el momento.
—¡Cuidado que te caes! — exclamó su padre tomando a su hijo en brazos y dejándolo con cuidado en el suelo.
—¡Noo! — gritó dramáticamente mientras su padre imitaba el sonido de las explosiones. —Me morí — fingió cerrando sus ojos y entrelazando sus dedos sobre su pecho.
Su progenitor aprovechó la distracción y comenzó a hacerle cosquillas.
—¡No estabas muerto, eh!
—¡No papá! — gritó entre risas.
Cómo son de caprichosos los caballos del destino; no importa que tengas las riendas ni cuanto luches por controlarlos, siempre te llevarán a donde quieran.