Jeden
JIMIN
─ Mierda. Mierda. Mierda. ¿Dónde he puesto las llaves?
El reloj del estrecho pasillo me dice que tengo 52 minutos para hacer un trayecto de 68 minutos en coche si quiero llegar a tiempo a la fiesta.
Miro otra vez en el bolso, pero las llaves no están ahí. Recorro a toda velocidad las distintas estancias de la casa. ¿Vestidor? No. ¿Cuarto de baño? Acabo de entrar. ¿Cocina? Tal vez…
Estoy a punto de darme la vuelta cuando oigo un tintineo metálico detrás de mí.
─ ¿Estás buscando esto?
El desprecio se aferra a mi garganta mientras me giro para entrar en un salón tan pequeño que los cinco viejos muebles que lo ocupan ─dos mesas, un sofá de dos plazas, un sillón y una silla─ se agolpan como sardinas en lata. El trozo de carne sentado en el sofá agita mis llaves en el aire. Ante mi suspiro de irritación, él sonríe y se las mete debajo de su culo cubierto con un pantalón de chándal.
─ Ven por ellas.
Me paso la mano con frustración por el pelo recién alisado y miro fijamente a mi padrastro.
─ Dame las llaves ─ exijo.
Mikwan me mira de forma lasciva como respuesta.
─ Mierda. Sí que estás guapo esta noche. Te has convertido en un lindo chico, Minie. Tú y yo deberíamos hacerlo.
Ignoro la mano que cae a su entrepierna. Nunca he conocido a un hombre tan desesperado por tocarse sus propios huevos. Hace que Homero Simpson parezca un caballero.
─ Tú y yo no existimos el uno para el otro. Así que no me mires, y no me llames Minie. ─ Mikwan es la única persona que me llama así, y lo detesto con toda mi alma ─ Y ahora, dame las llaves.
─ Ya te lo he dicho... Ven por ellas.
Apretando los dientes, meto la mano debajo de su culo de vaca y palpo en busca de mis llaves. Mikwan gime y se retuerce como el asqueroso de mierda que es hasta que mi mano hace contacto con el metal. Tiro de las llaves y me vuelvo a girar hacia la puerta.
─ ¿Por qué le das tanta importancia? ─ se burla a mi espalda ─ No somos familia, así que no hay incesto.
Me detengo y uso treinta segundos de mi precioso tiempo para mirarlo con incredulidad.
─ Eres mi padrastro. Te casaste con mi madre. Y… ─ Me trago un torrente de bilis ─ Y ahora te estás acostando con la abuela. Así que, no, no tiene nada que ver con que tú y yo no seamos familia. Tiene que ver con que eres la persona más asquerosa del universo y tu sitio debería ser la cárcel.
Sus ojos color avellana se entrecierran.
─ Cuidado con lo que dices, jovencito, o un día de estos vas a llegar a casa y las puertas van a estar cerradas.
Sí, claro.
─ Pago un tercio del alquiler ─ le recuerdo.
─ Bueno, pues igual tienes que pagar más.
Se vuelve hacia la televisión y dedico otros valiosos treinta segundos a fantasear con darle un golpe en la cabeza. Perder esos segundos merece la pena.
En la cocina, la abuela está sentada a la mesa, fumando un cigarrillo y leyendo la revista People.
─ ¿Has visto esto? ─ exclama ─ Kim K sale desnuda otra vez.
─ Bien por ella ─ Cojo mi chaqueta del respaldo de la silla y me dirijo a la puerta de la cocina.
He descubierto que es más seguro dejar la casa por la parte de atrás. Normalmente hay bandas que se congregan en las escaleras de entrada de las estrechas casas de nuestra calle. Una calle cuanto menos acaudalada, en esta parte cuanto menos acaudalada de South Boston. Además, nuestro aparcamiento está detrás de la casa.
─ He oído que Jo Woori está preñada ─ comenta mi abuela ─ Debería haber abortado, pero supongo que va en contra de su religión.
Aprieto otra vez los dientes y me giro para mirar a mi abuela. Como de costumbre, lleva una bata desgastada y unas zapatillas rosas de pelo, pero su cabello rubio teñido está peinado a la perfección y su rostro está completamente maquillado, aunque rara vez salga de casa.
─ Es judía, abuela. No creo que vaya en contra de su religión, pero incluso si lo fuera, es lo que ella ha decidido hacer.
─ Probablemente quiere esos cupones extra de comida que dan por maternidad ─ concluye mi abuela, echando un largo hilo de humo en mi dirección. Mierda. Espero no oler como un cenicero cuando llegue a Hastings.
─ Seguro que esa no es la razón por la que Rachel ha decidido tener el bebé. ─ Ya tengo una mano en la puerta. Me muevo con inquietud esperando una oportunidad para despedirme de mi abuela.
─ Tu madre pensó en abortarte.
Ya empezamos.
─ De acuerdo, hasta aquí ─ murmuro ─ Me voy a Hastings. Vuelvo por la noche.
Su cabeza se aleja de golpe de la revista y su mirada se estrecha mientras observa mi pantalón de vestir, mi saco negro y mis zapatos. Puedo ver las palabras formándose en su cabeza antes incluso de que salgan de su boca.
─ Qué esnob vas. ¿Vas a esa universidad cara tuya? ¿Tienes clases un sábado por la noche?
─ Voy a un cóctel ─ le respondo de mala gana.
─ Oh, un cóctel. Espero que los labios no se te agrieten al besarle el culo a todos ahí en el pueblo.
─ Sí, gracias, abuela. ─ Abro de un tirón la puerta de atrás, forzándome a añadir: ─ Te quiero.
─ Yo también te quiero, pequeño.
Y es verdad que me quiere, pero a veces ese amor está demasiado contaminado, tanto que no sé si me hace daño o me ayuda.
No hago el trayecto al pequeño pueblo de Hastings en cincuenta y dos minutos ni en sesenta y ocho. Me lleva una hora y media de reloj porque las carreteras están fatales. Pasan otros cinco minutos antes de que encuentre un sitio para aparcar y, cuando llego a la casa de la catedrática Uhm, estoy más tensa que las cuerdas de un piano… y me siento igual de frágil.
─ Buenas noches, señor Uhm. Siento mucho llegar tarde ─ le digo al hombre con gafas que aparece en la puerta.
El marido de la catedrática Uhm me ofrece una leve sonrisa.
─ No te preocupes, Jimin. Hace un tiempo horrible. Permíteme el abrigo. ─ Eleva una mano y espera pacientemente mientras yo me peleo con mi chaqueta de lana.
La catedrática Uhm llega cuando su marido está colgando mi chaqueta barata entre todos los abrigos caros del armario. Parece tan fuera de lugar como yo. Rechazo de una patada mi complejo de pobre y consigo sacar una amplia sonrisa.
─ ¡Jimin! ─ grita la catedrática Uhm. Su dominante presencia me sobresalta ─ Me alegro de que hayas llegado sano y salvo. ¿Sigue nevando?
─ No, solo llueve.
Hace una mueca de horror y me coge del brazo.
─ Peor aún. Espero que tu plan no sea volver a la ciudad esta noche. Las carreteras serán una gran placa de hielo.
Como tengo que trabajar por la mañana, tendré que hacer ese recorrido independientemente de cuáles sean las condiciones de la carretera, pero no quiero que se preocupe así que le dedico una sonrisa tranquilizadora.
─ Estaré bien. ¿Sigue aquí?
La catedrática me aprieta el antebrazo.
─ Sí, aquí sigue. Y tiene unas ganas locas de conocerte.
Genial. Cojo aire profundamente por primera vez desde que llegué y dejo que me guíen, atravesando la habitación, hasta una mujer de pelo corto vestida con una americana larga y recta en color pastel sobre unos pantalones negros. El atuendo es más bien soso, pero los diamantes que brillan en sus orejas son más grandes que mi dedo pulgar. Y además… parece demasiado simpática para una catedrática de Derecho. Siempre me los había imaginado como criaturas serias y duras. Como yo.
─ Yoonah, permíteme que te presente a Park Jimin. Es el estudiante del que te hablé. De los primeras de su clase; tiene dos trabajos y ha sacado un 77 en sus exámenes de acceso a la facultad de Derecho ─ Uhm se vuelve a mí ─ Jimin, te presento a Im Yoonah, catedrática en Harvard, una investigadora extraordinaria en Derecho Constitucional.
─ Es un placer conocerla ─ digo, extendiendo mi mano y rogando a Dios que esté seca y no sudada. He estado estrechando mi propia mano una hora antes de venir para ensayar este momento.
Yoonah me aprieta la mano con ligereza antes de dar un paso atrás.
─ Madre coreana y abuelo judío, de ahí la extraña combinación de mi nombre y apellido. Park es un apellido coreano también, ¿de ahí viene tu familia? ─ Sus brillantes ojos me analizan de arriba a abajo, y resisto el impulso de moverme con nerviosismo con mi ropa barata del Target.
─ No lo sé, señora ─ Mi familia viene de la alcantarilla. Corea parece demasiado agradable y real para ser nuestra patria.
Ella agita una mano.
─ No es importante. Apartemos la genealogía a un lado. Así que has pedido que te admitan en Harvard para tu postgrado, ¿no? Es lo que me ha comentado Chaeyoung.
¿Chaeyoung? ¿Conozco a alguna Chaeyoung?
─ Se refiere a mí, querido ─ dice la catedrática Uhm con una carcajada.
Me sonrojo.
─ Sí, lo siento. Pienso en usted como la catedrática Uhm.
─ ¡Qué formal, Chaeyoung! ─ le acusa la catedrática Im ─ Jimin, ¿a dónde más has enviado la solicitud de admisión?
─ Boston College, Suffolk y Yale, pero Harvard es mi sueño.
Yoonah eleva una ceja al oír las dos primeras, ambas facultades de segundo y tercer nivel en Boston.
Uhm acude en mi defensa.
─ Quiere estar cerca de casa. Y obviamente debería estar en algún lugar mejor que Yale.
Las dos catedráticas resoplan de forma despectiva a la vez. Uhm se graduó en Harvard, y por lo que parece, una vez te gradúas en Harvard, te conviertes en una persona antiYale.
─ Según todo lo que Chaeyoung ha compartido conmigo, parece que sería un honor para Harvard contar contigo.
─ Estudiar en Harvard sí que sería un honor para mí, señora.
─ Las cartas de admisión se van a enviar pronto ─ Sus ojos brillan traviesos ─ Me aseguraré de… recomendarte.
Yoonah ofrece otra sonrisa y casi me desmayo de alivio. No estaba lamiéndola el culo. Harvard es de verdad mi sueño.
─ Gracias ─ consigo decir con voz quebrada.
Uhm señala la comida.
─ ¿Por qué no comes algo? Yoonah, quiero hablar contigo sobre el informe ese que según me dicen ha salido de la Universidad de Brown. ¿Has tenido ocasión de echarle un vistazo?
Las dos se alejan, profundizando sobre la interseccionalidad del feminismo negro y la teoría de la raza, tema en el que Uhm es experta.
Voy a la mesa de los aperitivos, que está cubierta con un mantel blanco y repleta de quesos, crackers y fruta. Dos de mis mejores amigos, Lee Minhyuk y Kang Yeosang, ya están ahí. Ambos son los dos ángeles más hermosos e inteligentes del universo.
Me acerco a ellos y casi colapso en sus brazos.
─ ¿Y? ¿Cómo te ha ido? ─ pregunta Minhyuk con impaciencia.
─ Bien, creo. Dijo que sería un honor para Harvard contar conmigo y que la primera remesa de admisiones se enviaría pronto.
Cojo un plato y empiezo a cargarlo, deseando que los pedazos de queso fueran más grandes. Tengo tanta hambre que me podría comer un queso entero. Llevo todo el día con dolor de estómago por los nervios de esta reunión y, ahora que ha terminado, quiero tirarme de cabeza a la mesa con comida.
─ Bah, estás admitido sí o sí ─ declara Yeosang.
Uhm es la tutora de los tres. La catedrática es una gran defensora de proporcionar ayuda a los jóvenes. Hay otras organizaciones de networking en el campus, pero su influencia está dirigida exclusivamente hacia el avance personal y yo no podría estar más agradecido.
El cóctel de esta noche está pensado para que sus alumnos se reúnan con miembros de las facultades de los programas de postgrado más competitivos del país. Minhyuk va en busca de una plaza en la facultad de Medicina de Harvard, mientras que el objetivo de Yeosang es MIT, el Instituto de Tecnología de Massachusetts.
Sí, el interior de la casa de Uhm es un océano. Voy a echar mucho de menos este lugar después de la graduación. Ha sido un hogar lejos del hogar.
─ Cruzo los dedos ─ le digo en respuesta a Yeosang ─ Si no entro a Harvard, entonces será Boston o Suffolk ─ Que no estaría mal, pero Harvard prácticamente me garantiza un lanzamiento al trabajo que quiero tras graduarme: un puesto en uno de los mejores bufetes de abogados del país, o lo que todos llaman BigLaw.
─ Entrarás ─ dice Minhyuk con confianza ─ Y espero que una vez que consigas esa carta de aceptación, dejes de matarte, porque, madre mía, se te nota muy tenso.
Muevo la cabeza en círculos para relajar mi rigidez. Sí, estoy muy tensa.
─ Sí, amigo. Mi agenda es una locura total estos días. Me acosté a las dos de la madrugada porque el chico que se suponía que iba a cerrar el Boots & Chutes me dejó colgado y tuve que cerrar yo, y después me he despertado a las cuatro para ir a correos a organizar paquetes. He llegado a casa sobre las doce del mediodía, me he echado a descansar un rato y casi me quedo dormido.
─ ¿Todavía estás trabajando en los dos sitios? ─ Yeosang se aparta su pelo rubio de la cara ─ Habías dicho que ibas a dejar el de camarero.
─ Todavía no puedo. Uhm me dijo que en la facultad de Derecho no quieren que trabajemos durante el primer año. La única forma de permitirme eso es teniendo suficiente dinero ahorrado para comida y alquiler antes de septiembre.
Yeosang hace un ruido compasivo.
─ Te entiendo. Mis padres han pedido un crédito tan grande que podría comprarme un país pequeño con el dinero.
─ Ojalá te mudases con nosotros ─ dice Minhyuk con pesar.
─ ¿En serio? No tenía ni idea ─ bromeo ─ Solo lo llevas diciendo dos veces al día desde que empezó el semestre.
Arruga su preciosa nariz en mi dirección.
─ Te encantaría el sitio que ha alquilado mi padre para nosotros. Tiene ventanales y está justo al lado del metro. ¡Transporte público! ─ Mueve las cejas tentadoramente.
─ Es demasiado caro, M.
─ Sabes que yo cubriría la diferencia. O mis padres lo harían ─ se corrige. Su familia tiene más dinero que un magnate del petróleo, pero nunca lo adivinarías hablando con él. Minhyuk tiene los pies en la tierra.
─ Lo sé ─ digo mientras engullo unas minisalchichas ─ Pero me sentiría culpable, y después la culpa se convertiría en resentimiento y ya no seríamos amigos, y no ser tu amigo es una mierda.
Sacude su cabeza en mi dirección.
─ Si en algún momento tu obstinado orgullo te permite pedir ayuda, aquí estoy.
─ Aquí estamos ─ interviene Yeosang.
─ ¿Ves? ─ Agito mi tenedor entre los dos ─ Por esto no puedo vivir con ustedes. Significan demasiado para mí. Además, esta fórmula me va bien. Tengo casi diez meses para ahorrar antes de que comiencen las clases el próximo otoño. Todo controlado.
─ Por lo menos vente a tomar una copa con nosotros cuando acabe esta historia ─ dice Yeosang.
─ Tengo que ir en coche a casa. ─ Hago una mueca ─ Me toca ordenar paquetes mañana.
─ ¿En domingo? ─ pregunta Minhyuk.
─ Me pagan un 50 por ciento más. No he podido rechazarlo. La verdad es que debería irme a casa pronto ─ Pongo mi plato sobre la mesa e intento ver qué está pasando más allá de la enorme ventana del mirador. Todo lo que veo es oscuridad y vetas de lluvia en el cristal ─ Cuanto antes esté en la carretera, mejor.
─ No. Con este tiempo, no ─ Uhm aparece junto a mi codo con una copa de vino ─ La previsión meteorológica anuncia placas de hielo. La temperatura está bajando y la lluvia se está convirtiendo en hielo.
Una mirada a la cara de mi tutora y sé que tengo que ceder. Lo hago, pero con gran reticencia.
─ De acuerdo ─ digo ─ Pero protesto. Y tú... ─ Inclino la punta de mi tenedor en dirección a Yeosang ─ Más te vale tener helado en el congelador si me tengo que quedar en tu casa; si no es así, me voy a enojar mucho.
Los tres se ríen. Uhm se separa del grupo, dejándonos hacer de networkers todo lo bien que pueden hacerlo tres estudiantes de último curso de universidad. Después de una hora relacionándonos, Minhyuk, Yeosang y yo cogemos nuestros abrigos.
─ ¿A dónde vamos? ─ le pregunto a los chicos.
─ Jooheon está en el Malone’s y le dije que lo vería allí ─ me contesta Minhyuk ─ Tardamos unos dos minutos con el coche, así que no deberíamos tener problemas.
─ ¿En serio? ¿Al Malone’s? Es un bar de jugadores de hockey ─ me quejo ─ ¿Qué hace Jooheon ahí?
─ Beber y esperarme. Además, necesitas echar un polvo, y los deportistas son tu tipo favorito.
Yeosang se ríe.
─ Su único tipo.
─ Oye, tengo una muy buena razón para preferir a los deportistas ─ argumento.
─ Lo sé. Ya nos la has dicho. ─ Eleva las cejas y resopla ─ Si quieres que te resuelvan una pregunta de estadística, ve a los frikis de las matemáticas. Si quieres cumplir con una necesidad física, ve a los deportistas. La herramienta de trabajo de un deportista de élite es su cuerpo. Ellos lo cuidan, saben como empujar sus límites, bla, bla, bla. ─ Yeosang hace un gesto con su mano izquierda.
Le saco mi dedo corazón.
─ Pero el sexo con alguien que te gusta es mucho mejor ─ Esto lo dice Minhyuk, que lleva con Jooheon, su novio jugador de fútbol americano, desde primero.
─ Me gustan… ─ protesto ─ Durante la hora o así que los uso.
Compartimos una risa por mi comentario, hasta que Yeosang recuerda a un chico que bajó la media.
─ ¿Recuerdas a Jongwoon “diez segundos”?
Me estremezco.
─ Primero, gracias por sacar a la luz ese mal recuerdo, y segundo, no estoy diciendo que no los haya defectuosos. Solo digo que las probabilidades son mejores con un atleta.
─ ¿Y los jugadores de hockey son defectuosos? ─ pregunta Yeosang.
Me encojo de hombros.
─ No te podría decir. No los he tachado de mi lista de polvos potenciales por su actuación en la cama, sino porque son idiotas con privilegios que reciben favores especiales de los profesores.
─ Jimin, amigo, tienes que olvidarte ya de aquello ─ anima Minhyuk.
─ No. Los jugadores de hockey quedan descalificados.
─ Dios, ¡pero no sabes lo que te estás perdiendo! ─ Yeosang se lame los labios con excesiva lascivia ─ ¿Ese chico con barba que hay en el equipo? Quiero saber lo que se siente. Las barbas están en mi lista de cosas que hacer antes de morir.
─ Pues adelante. Mi boicot hacia los jugadores de hockey solo significa que quedan más para ti.
─ Eso que dices me parece bien, pero... ─ Sonríe ─ ¿Necesito recordarte que te tiraste al señor Kim?
Puaj. Eso es un recuerdo que no necesito escuchar.
─ Primero, estaba totalmente borracho ─ me quejo ─ Segundo, fue en segundo, valga la redundancia. Y tercero, esa es la razón por la que paso olímpicamente de los jugadores de hockey.
A pesar de que la Universidad de Briar tiene un equipo de fútbol que ha ganado un campeonato, se la conoce como una universidad de hockey. Los chicos con patines son tratados como dioses. Un buen ejemplo es Kim Namjoon. Estudia Ciencias Políticas como yo, por lo que hemos coincidido en varias clases, incluyendo Estadística en segundo. Esa clase fue jodidamente dura. Todo el mundo lo dio todo.
Todo el mundo menos Namjoon, que se estaba tirando al profesor asistente.
Y… ¡sorpresa!, le puso un sobresaliente, que jodidamente no se merecía. Lo sé con certeza, porque el trabajo final lo hacíamos juntos y vi la mierda que le entregó.
Cuando me enteré de que había sacado un diez, le quería cortar los huevos. Fue tan injusto. Me dejé la piel en esa clase. Maldición, me dejo la piel en todo lo que hago. Cada uno de mis logros está manchado con mi sangre, sudor y lágrimas. Y mientras tanto, ¿a un imbécil se le entrega el mundo en bandeja? Vaya mierda.
─ Se está enojando otra vez ─ le susurra Minhyuk a Yeosang.
─ Está pensando en cómo Kim consiguió sacar un 10 en esa clase ─ dice Yeosang en un susurro gritado ─ Necesita echar un polvo. ¿Cuándo fue la última vez?
Empiezo a extender el dedo corazón de nuevo cuando me doy cuenta de que no puedo recordar mi último polvo.
─ Fue con… eh, ¿Wooseok? El del equipo de lacrosse. Eso fue en septiembre. Y después, Sanha... ─ Me ilumino ─ ¡Ja! ¿Ven? Solo ha pasado poco más de un mes. Para nada una emergencia nacional.
─ Querido, alguien con tu agenda no puede estar un mes sin sexo ─ responde Minhyuk ─ Eres una bola ambulante de estrés, lo que significa que necesitas una buena dosis de polla por lo menos… todos los días ─ resuelve.
─ Cada dos días ─ rectifica Yeosang ─ Hay que darle tiempo al jardín privado para que descanse.
Minhyuk asiente con la cabeza.
─ De acuerdo. Pero esta noche, nada de descanso para tu trasero...
Suelto una carcajada por la nariz.
─ ¿Te queda claro, cariño? Has comido, te has echado una siesta por la tarde, y ahora necesitas un poco de morbo ─ afirma Yeosang.
─ ¿En el Malone’s? ─ digo con cautela ─ Acabamos de dejar claro que el sitio ese está lleno de jugadores de hockey.
─ No exclusivamente. Seguro que Sanha está ahí. ¿Quieres que le pregunte a Jooheon? ─ Minhyuk levanta el móvil, pero sacudo la cabeza.
─ Sanha requiere demasiado tiempo. El tipo gusta de hablar durante el sexo. Yo quiero hacerlo y marcharme.
─ ¡Oh! ¡Se pone a hablar! Qué miedo.
─ Para ya.
─ Oblígame ─ Minhyuk echa hacia atrás la cabeza, después sale de la casa de Uhm.
Yeosang se encoge de hombros y lo sigue, y después de un segundo de duda, yo también. Nuestros abrigos están empapados cuando llegamos al coche de Minhyuk, pero llevamos las capuchas puestas, así que el pelo sobrevive al aguacero.
Realmente no estoy de humor para ponerme a ligar con nadie esta noche, pero no puedo negar que mis amigos tienen razón. He estado hasta arriba de trabajo y tensión durante semanas, y durante estos últimos días sin duda he sentido... ganas. El tipo de ganas que solo pueden ser saciadas con un cuerpo duro y musculado y con una polla, esperemos, por encima de la media.
La cuestión es que soy extremadamente selectivo respecto a con quién me enrollo y, tal y como temía, cuando cinco minutos después los chicos y yo entramos en el Malone’s, está repleto de jugadores de hockey. Pero bueno, si esas son las cartas que me han tocado, supongo que no pasa nada por jugar con ellas y ver qué pasa.
Aun así, mientras sigo a mis amigos hasta la barra, tengo cero expectativas.