PARTE UNICA
Se encontraba terminando su perfecto maquillaje para la noche de brujas, llamada por otros “Halloween”, vestía un traje característico del muñeco diabólico llamado “Chucky” acompañado de un cuchillo de plástico sin filo alguno, su cabello color naranja levantado hacia atrás, finalizando su disfraz haciéndolo quedar perfecto para la fiesta que se realizaría en la casa de uno de sus amigos.
—¡Yoongi apresúrate, vas a llegar tarde!— escuchó el grito de su madre que vaciaba una bolsa de dulces en un gran recipiente, su casa estaba decorada tanto como al interior como en el exterior, llena de tela de arañas, murciélagos falsos, un par de calabazas talladas y sangre falsa esparcida por el camino de cemento que conducía hacia la entrada del hogar. Se miró por última vez al espejo verificando que todo su disfraz estuviera en orden para tomar su teléfono celular y llaves guardando ambos en su bolsillo saliendo de su habitación, apagando anteriormente la luz, bajó con rapidez las escaleras que le conducían al living de su hogar robándose un par de caramelos, sin que nadie le notara, continuando su camino hacia donde se encontraba su madre disfrazada de forma cutre de una especie de “bruja” con un vestido negro hasta el suelo de mangas largas junto a un sombrero típico de estas y la prominente nariz falsa que se notaba demasiado del contraste de aquella piel de plástico casi color naranja con la tez pálida de su madre. Frunció levemente su ceño al verla pero dándole poca importancia se despidió de ella y salió de su hogar robándose otro par de dulces más llevándoselos a la boca una vez les quitó el envoltorio.
Caminó tranquilamente por la acera mirando a los niños que comenzaban a salir de sus casas totalmente emocionados acompañados por alguien mayor, sonriendo de lado ante los recuerdos que le traían esas imágenes aunque olvidándolas a los pocos segundos concentrándose nuevamente en el camino sin percatarse de la silueta negra que caminaba unos pasos atrás suyo portando simplemente una máscara blanca con un rostro neutro, sin emociones, y sus manos en sus bolsillos palpando suavemente el filo del cuchillo.
Yoongi siguió caminando totalmente distraído de la presencia atrás suyo hasta que sintió como le tomaban fuertemente por sus cabellos y recibía un golpe en la zona de su nuca cayendo completamente inconciente en los brazos de su agresor quién rápidamente le cargó con facilidad entrando en una de las viviendas abandonadas desde que él tenía memoria.
Abrió lentamente sus ojos totalmente desorientado sintiendo una pesadez extraña en su extremidades, y ni hablar de su cuello con una fuerte presión que le impedía tener una buena respiración comenzando a desesperarse moviendo de forma brusca sus brazos sintiendo un sonido de algo rasgarse seguido de un agudo dolor junto a brotes de sangre soltando un fuerte alarido con lágrimas corriendo por sus mejillas.
—Deberías quedarte quieto, si no quieres morir antes de mi propuesta, pequeña exquisitez.— escuchó de algún lado de la habitación oscura quedándose totalmente petrificado buscando con la mirada al dueño de aquella atemorizante voz grave hasta enfocarse en una silueta sentada a lo lejos portando aquella máscara blanca comenzando a temblar al fijar su mirada en el gran cuchillo en las manos de la silueta.
—¿Q-Qué quieres de mí?.— preguntó con notable confusión al sentir su voz temblar y entrecortarse, el jamás reaccionaba así, pero aquella situación le estaba desesperando completamente por el fuerte dolor que le proporcionaban sus extremidades superiores comenzando a sollozar con fuerza mientras sus lágrimas no dejaban de correr por sus mejillas empapándolo por completo, corriendo el maquillaje que tanto se había esmerado en perfeccionar aquella tarde.
—Tranquilo, de alguna u otra forma vas a morir nene, solo quiero hacerte llegar al infierno antes de enviarte al cielo; aunque no te la dejaré fácil.— tembló ante la macabra risa del contrario que se aproximó hacía él tomando con rudeza su rostro haciendo que le mirara aunque él solo podía observar aquella máscara sin emociones.
Pasados algunos instantes se percató que estaba completamente desnudo sintiendo fuertes escalofríos al sentir la mano que recorría sus piernas, pene, testículos, su ombligo subiendo por su abdomen y pectorales hasta finalmente depositarse en su cuello e inicio de su mandíbula delineándola con sus largos y delgados dedos donde quitó el aparato de tortura de la zona dejándolo respirar con angustia y temor.
El repentino alivio en su garganta no trajo paz, sino una bocanada de aire frío y húmedo que sabía a moho, a óxido y a un pánico indescriptible. Yoongi tosió violentamente, el pecho subiendo y bajando espasmódicamente mientras intentaba enfocar la mirada en la penumbra. El dolor en sus muñecas y tobillos era ardiente; al moverse, se dio cuenta de que no estaba atado con cuerdas comunes, sino con filosos alambres de púas que se enterraban en su piel con cada intento de escape. La sangre, tibia y constante, goteaba sobre el frío suelo de madera podrida.
La silueta de la máscara blanca se irguió frente a él. A la luz de una farola exterior que lograba colarse a través de las tablas rotas de la ventana, la máscara parecía flotar en la oscuridad, un óvalo pálido y sin alma que contrastaba con el traje oscuro de su captor. El hombre sostenía el enorme cuchillo de cocina, cuyo filo real relucía con un destello plateado, una burla cruel al cuchillo de plástico inofensivo que Yoongi llevaba hace apenas unas horas.
—Por favor… —suplicó Yoongi, su voz apenas un hilo ronco que se quebraba por el llanto. Las lágrimas habían arruinado por completo el maquillaje de Chucky, mezclando el látex falso y las pinturas con la sal de su desesperación—. Tengo dinero… mi madre… ella sabe que salí. Me van a buscar.
El agresor soltó una carcajada seca, un sonido carente de cualquier rastro de humanidad.
—Nadie busca a nadie en Halloween, Yoongi —dijo el hombre, pronunciando su nombre con una familiaridad que le heló la sangre—. Hoy todos gritan. Hoy la sangre en la acera es parte del decorado. Si tu madre oye un alarido, pensará que es algún adolescente divirtiéndose. Eres mío. El pueblo entero está demasiado ocupado pretendiendo ser monstruos como para notar a uno real.
El hombre se agachó, quedando a la altura del rostro de Yoongi. El olor a sudor, hierro y a un perfume extrañamente dulce inundó los sentidos del joven. Con la punta del cuchillo, el captor comenzó a delinear suavemente los labios temblorosos de Yoongi, ejerciendo la presión exacta para no cortar, pero dejándole claro que su vida pendía de un hilo milimétrico.
—Vamos a jugar a algo —susurró la voz grave detrás de la máscara—. Me gustan los desafíos. Si logras salir de esta habitación antes de que termine de contar hasta cien, te dejaré correr. Te daré una ventaja en la noche. Pero si te alcanzo… bueno, el juego se vuelve mucho más sangriento.
—No puedo… —sollozó Yoongi, mirando sus extremidades enredadas en los alambres—. No puedo moverme.
—Entonces sugiero que empieces a jalar. Uno… dos…
El pánico motorizó el cuerpo de Yoongi. El instinto primitivo de supervivencia pisoteó cualquier rastro de lógica o dolor. Con un grito desgarrador que desgarró sus cuerdas vocales, Yoongi tiró de su brazo derecho. Las púas de acero se clavaron profundamente en su muñeca, rasgando la carne y los tendones, pero el tirón violento hizo que el alambre cediera un par de centímetros. El dolor fue tan agudo que por un segundo su vista se tiñó de blanco, pero el conteo seguía.
—…ocho… nueve… diez… —la voz del hombre era pausada, aburrida, como si disfrutara ver la coreografía de la desesperación.
Yoongi tiró del brazo izquierdo. El crujido de su propia piel despegándose del metal lo hizo vomitar bilis sobre el suelo. Con las manos parcialmente libres, aunque empapadas en su propia sangre caliente, desató frenéticamente los alambres de sus tobillos. Cada segundo se sentía como una eternidad de tortura. La sangre brotaba en abundancia, tiñendo sus piernas pálidas de un rojo vivo y macabro.
—…treinta y cuatro… treinta y cinco…
Logró ponerse de pie. Sus piernas temblaban como gelatina y el suelo resbaladizo por los fluidos no ayudaba. Desnudo, herido y completamente vulnerable, avanzó a trompicones hacia la única puerta visible en la habitación. Detrás de él, la figura de la máscara blanca permanecía sentada, contando con una cadencia matemática, imperturbable.
—…cincuenta… cincuenta y uno…
Yoongi empujó la puerta de madera carcomida. Se abrió con un quejido estridente, revelando el pasillo de la casa abandonada. El lugar era un laberinto de escombros, polvo y sombras. El aire exterior se colaba por las grietas, pero traía consigo el eco lejano de risas infantiles y música de alguna fiesta cercana. La civilización estaba a solo unos metros, pero se sentía a un universo de distancia.
Corrió por el pasillo, dejando un rastro de huellas ensangrentadas. El dolor en sus pies al pisar astillas y clavos oxidados quedaba anestesiado por la adrenalina. Llegó a una escalera que descendía hacia la planta baja. Miró hacia atrás.
—…noventa y nueve… cien. Listo o no, ahí voy.
El tono de la voz cambió. Ya no era pausado; ahora vibraba con una emoción desquiciada. Yoongi bajó las escaleras casi cayéndose, golpeándose los costados contra la barandilla de madera. Abajo, la puerta principal de la casa estaba tapiada con pesados tablones de madera clavados desde el exterior. Estaba atrapado.
Buscó desesperadamente una salida alternativa. El pánico le nublaba el juicio. Entró a lo que alguna vez fue la cocina. Una ventana baja daba hacia el patio trasero, pero estaba atascada. Intentó golpearla con el codo, pero el vidrio era grueso y solo logró cortarse el brazo.
Escuchó pasos arriba. Pasos lentos, pesados, deliberados. El sonido de las botas del atacante sobre la madera podrida resonaba en toda la estructura como los latidos de un corazón monstruoso. El cazador estaba disfrutando la persecución.
—¿Dónde estás, mi pequeña marioneta? —la voz resonó desde lo alto de la escalera—. Huelo tu miedo. Huelo la sangre. Es un rastro tan hermoso.
Yoongi se encogió debajo de una vieja mesada de cocina de cemento, cubriéndose la boca con sus manos ensangrentadas para ahogar sus sollozos. El frío del suelo de cemento penetraba en su piel desnuda, haciéndolo temblar incontrolablemente. La oscuridad en la cocina era casi total, rota únicamente por los haces de luz lunar que se filtraban por las rendijas.
Los pasos bajaron la escalera. Uno. Dos. Tres. Cada escalón era una sentencia de muerte.
Yoongi cerró los ojos, rezando a cualquier entidad en la que nunca había creído. Pensó en su madre, vaciando los dulces en el recipiente, quejándose de que llegaría tarde. Pensó en sus amigos en la fiesta, probablemente preguntándose por qué el "Chucky" del grupo aún no había llegado, asumiendo que se había quedado dormido o que estaba con alguien más. Nadie vendría. Nadie lo sabía.
La silueta de la máscara blanca entró en la cocina. El filo del cuchillo raspó la pared de yeso pelado, produciendo un sonido agudo, un chirrido insufrible que hizo que a Yoongi se le erizara la piel.
—Sé que estás aquí —dijo el hombre, deteniéndose en el centro de la habitación—. El juego fue divertido, Yoongi. Pero los monstruos de verdad no tienen piedad.
El hombre comenzó a revisar los rincones. Pateó un viejo armario derrumbado. Yoongi, con el corazón latiendo tan fuerte que temía que el captor pudiera escucharlo, estiró la mano a ciegas por el suelo de la cocina. Sus dedos rozaron algo metálico y pesado: una vieja tubería de hierro oxidada que se había desprendido de la bacha. La empuñó con debilidad, sus manos resbalando por la sangre, pero apretó los dientes con la poca fuerza que le quedaba.
Los pasos se acercaron a la mesada. La sombra del hombre se proyectó sobre el escondite de Yoongi. El captor se agachó lentamente, la máscara blanca asomándose con su eterna e inquietante neutralidad.
—Te encontré.
Antes de que el hombre pudiera levantar el cuchillo, Yoongi desató toda la furia y el terror reprimidos en un solo movimiento. Blandió la tubería de hierro con ambas manos, impactándola de lleno en el lateral de la máscara blanca. El golpe sonó hueco y seco. El hombre soltó un gruñido de dolor y retrocedió un par de pasos, su mano libre yendo instantáneamente a la máscara, que se había agrietado, revelando un fragmento de piel ensangrentada y un ojo inyectado en sangre que miraba con puro odio.
Yoongi no esperó. Salió arrastrándose de la mesada, ignorando el dolor que amenazaba con hacerle perder el conocimiento. Con un esfuerzo sobrehumano, se arrojó contra la ventana atascada, usando todo el peso de su cuerpo. El vidrio finalmente cedió, estallando en mil pedazos. Yoongi cayó hacia el exterior, rodando sobre la hierba alta y seca del patio trasero, los cristales rotos infligiéndole nuevos cortes en la espalda y los hombros.
El aire de la noche lo recibió, gélido y revitalizante. Estaba libre, pero apenas podía mantenerse en pie. Detrás de él, escuchó el rugido enfurecido del hombre saltando también por la ventana rota.
Yoongi corrió por el callejón trasero. La silueta de las casas del vecindario se alzaba a los lados. Vio luces, decoraciones de Halloween parpadeantes, linternas de calabaza que ahora le parecían caras burlonas. Avanzó hacia la calle principal, tambaleándose, arrastrando una pierna, cubierto de tierra, cristales y sangre.
Al salir a la avenida principal, el contraste fue irreal. Había grupos de adolescentes riendo, niños disfrazados de fantasmas y superhéroes sosteniendo sus calabazas de plástico llenas de golosinas. Yoongi cayó de rodillas en medio del asfalto, respirando con dificultad, su cuerpo desnudo y lacerado expuesto ante todos.
—¡Ayuda…! —intentó gritar, pero de su garganta solo salió un gemido ronco.
Un grupo de jóvenes disfrazados de vampiros y zombis se detuvo a mirarlo. Uno de ellos soltó una carcajada.
—¡Oye, viejo, qué gran disfraz! —gritó uno, señalando las heridas realistas y el rastro de sangre—. Te la rifaste con el gore. ¿Es una crítica social o qué?
—¡Por favor! ¡Me está persiguiendo! —logró articular Yoongi, las lágrimas limpiando canales limpios en su rostro sucio.
Nadie se movió. Los transeúntes simplemente lo miraban, algunos sacando sus teléfonos celulares para grabar lo que asumían era una perturbadora pero impresionante "performance" de Halloween. En este vecindario, la gente pagaba por entrar a casas del terror; ver a un chico desnudo, cubierto de sangre simulada y actuando de forma desquiciada en la calle era el entretenimiento perfecto para la noche de brujas.
Yoongi miró hacia atrás, hacia la boca oscura del callejón.
Ahí estaba.
El hombre de la máscara blanca caminaba lentamente hacia la multitud. La máscara rota revelaba la mitad de un rostro humano, retorcido en una mueca de furia implacable. El cuchillo en su mano goteaba sangre real, pero para los ojos de la multitud, solo era otro accesorio de alta calidad. Nadie corría. Nadie gritaba de miedo por él. Al contrario, algunos niños incluso vitorearon al ver aparecer al "villano" de la escena.
El asesino se mezcló con la multitud de monstruos de plástico y tela. Caminaba a paso seguro, sabiendo que el entorno era su mejor camuflaje.
Yoongi intentó levantarse, pero sus fuerzas se habían agotado por completo. Su visión comenzó a oscurecerse por los bordes, el frío de la noche cobrándose la pérdida de sangre. Vio cómo la figura de la máscara blanca se abría paso entre los adolescentes distraídos, acercándose a él paso a paso. La ironía de la noche lo golpeó con la fuerza de un mazo: moriría rodeado de gente, en una calle iluminada, mientras todos aplaudían su propia ejecución creyendo que era solo parte de la fiesta.
Lo último que Yoongi vio antes de que la negrura lo devorara por completo fue la máscara blanca inclinándose sobre él una vez más, y el brillo plateado del acero descendiendo hacia su pecho, bajo los vítores y las risas de una multitud que no sabía distinguir la realidad de la pesadilla.