La última melodía

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Eran los únicos seres del universo con el don de crear música, aun así, la última melodía que escucharon fue el aullido de las alarmas de emergencia.

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La última melodía

El arqueólogo anduvo a lo largo de aquel extenso camino rodeado de escombros, ceniza y estructuras que lucían bastante antiguas, la gran mayoría cubiertas parcialmente por la vegetación que reclamaba el territorio que una vez, hacía unos cuantos años, fue suyo. El pavimento de la calle estaba resquebrajado en múltiples puntos y de esas grietas surgían más plantas que, gracias al deterioro y la falta de mantenimiento, conseguían abrirse paso a través del mismo.

Un silencio absoluto dominaba el ambiente y solo se veía interrumpido por las pisadas del arqueólogo y su asistente, quien se aseguraba de cumplir su labor de documentar todo lo que se encontraran en esta expedición. Desde las cosas más notorias hasta aquellos detalles que pudieran parecer insignificantes. Absolutamente todo.

El cielo, como de costumbre, era gris y la acumulación de polvo y ceniza solo dejaba pasar algunos rayos de luz solar, apenas lo suficiente para que pudieran avanzar sin necesidad de linternas o luz artificial y para darle vida a la vegetación que adornaba el ambiente.

El contador de radiación parpadeó repetidas veces indicando que los niveles aumentaban gradualmente a medida que caminaban. Por fortuna, los trajes especiales que llevaban puestos los protegían de ese peligro que habían previsto desde que empezaron a planear el viaje. Además, lo que buscaban se encontraba justo allí: en medio del desastre.

Se abrieron paso entre los escombros y la maleza, rodearon unas cuantas estructuras vacías, y finalmente, hallaron a su objetivo. Los restos de una casa de concreto que, contra todo pronóstico seguía en pie después de la catástrofe. Sin embargo, lo realmente valioso no era la casa, sino lo que había debajo de ella.

El arqueólogo escrutó el lugar con la mirada, y recordando los mapas que llevaba años estudiando, se dirigió al centro de la estancia. Acto seguido, le pidió a su asistente que lo ayudara a retirar las rocas que cubrían el suelo, y tal y como esperaba, debajo de ellas se encontraba una compuerta con el tamaño exacto para que ambos pudieran entrar.

Sin dudarlo ni un instante, encendieron las linternas de sus cascos y se adentraron listos para enfrentar lo que fuera que se hallara dentro de ese búnker subterráneo. Pero tal y como lo imaginaban, no había nada. A excepción, por supuesto, del cuerpo momificado de una mujer de mediana edad. Sí, coincidía a la perfección con lo que buscaban.

Esta sostenía entre sus dedos una pequeña radio como si su vida dependiera de ello. Y para ser justos, con toda seguridad esos fueron sus últimos pensamientos.

—Estamos probablemente ante el último humano que llegó a habitar la tierra —dijo el arqueólogo—. Un final lamentable para una especie que tenía tanto para ofrecer.

Su asistente bajó la mirada meditabundo ante aquellas palabras.

—Podría decirse que incluso es irónico.

—¿A qué se refiere, jefe? —preguntó el asistente con curiosidad.

—A que los humanos eran los únicos seres del universo con el don de crear música, y aun así, la última melodía que escucharon fue el aullido de sus propias alarmas nucleares.