🦜 ᴄᴀᴘɪᴛᴜʟᴏ ᴜɴᴏ
—¿Qué crees que haces p...
—¡Tú, qué crees que haces mugriento pirata!
El gran respetado capitán Wichapas calló antes las palabras del príncipe del Sur, Jakapan, que dio la vuelta por completo y lo encaró, con una expresión molesta y un brazo levantado, apuntando con su dedo índice su rostro. En todos estos largos años, nadie se había osado a callarlo de una manera abrupta. ¡Y menos ser llamado mugriento pirata!
Por segunda vez, su lengua se enredó detrás de sus dientes. Levantando el brazo para oler su axila no más el príncipe le dio la espalda, y desapareció de su cuidado. ¡Por supuesto que no apestaba a nada, más que a hierbas y perfumes con los que se duchó! Nunca había sido forzado por alguien, ni por sus padres. Hasta que apareció este delicado príncipe del Sur en su bajel. Las risas socarronas de su hermano menor seguían intactas en su memoria como un mapa trazado por su propia mano.
—¡Meh! ¡El gran Capitán del Destructor se baña por alguien en tantos años! —gritó su hermano a la orilla del nacimiento de un río, del cual únicamente su familia sabía de su existencia. —Báñate con estas hierbas, frótalas por todo tu cuerpo, y al terminar rocía esta botella en tu ropa. —señaló, en tanto de la alforja sacaba lo mencionado. —La sirena Heard los conseguidos para ti.
—¡Macao sal de aquí!
—¡De qué te avergüenzas! ¡Es la primera vez que veo a mi hermano ducharse desde la niñez!
—¡Nannakun!
—¡Bien, me voy!
Wichapas soltó un aireado y derrotó suspiro. ¿Seguía oliendo tan mal? ¿La ducha no supera?
¿Desde cuándo se preocupó por una? Al caminar por el piso de madera de su bajel dando órdenes a babor ya estribor la preocupación de presentación era lo de menos casi siempre. Se bañaba con las violentas olas del mar en medio de una batalla con un barco enemigo, la sangre de marinos lo salpicaba al matarlos violentamente, disfrutando de los alaridos y las inservibles súplicas por perdón a sus estúpidas vidas. Apuñalaba certero y sin mirar atrás las secuelas, la lluvia era acompañante de las enormes olas que irrumpía en su navío que se bamboleaba ante los atroces vientos del océano. Probar el agua salobre contra su paladar era como degustar un ron vetusto, escondido en una isla abandonada por mercaderes. Olvidar de su imagen cuando su gente y su postura como capitán del Destructor era atacada, e imbéciles ansiaban arribar como tentáculos de molusco, sin esperar el ganador ante su furor. Y claro, si bien no se alarmaba mucho de su talante, ni el acicalado de su piel que a veces parecía con tenues manchas por el astro, su reputación como entre los cincos capitanes más apuestos de todo el océano nadie se lo lastimaba.
Por supuesto, hasta que conocí a Jakapan. Mirar el horizonte que se disipa ante una apuesta de sol es maravilloso, sosteniendo su catalejo y allanando y haciendo crecer sus riquezas. Sabía que muchas regiones y cuatro de los seis feudos buscaban eliminar la plaga de los océanos, los "usureros" que robaban a los zares bonitas joyas y telas que se perdían en cuartos llenos de oro. No obstante, en su última expedición, anticipó que el buque Emperador II se toparía con el Destructor en aguas turbulentas por el vigía que bajo ayudándose por las sogas alrededor del mástil, dando su informe; sonriendo al saber que sería un combate en medio de un aguacero que cegaba a quienes no estaban acostumbrados. Los cañones disparan lo que tienen,
Lo que no sabían, es que el bajel Destructor contaba con la magia oscura. Por cada daño hacia el navío, este regresaba a su forma original, prescindiendo dos veces al causante de su pérdida. La tripulación abordó con machetes y sables, listos para morir de verdad, con el filo de los nobles sables atravesando sus corazones. Puesto que de lo contrario, eran inmunes, muertos en vida que navegaban hasta que la diosa del océano se los permitía. La sangre de los marinos adorno primorosamente al Emperador II, la madera de olmo y roble para erigir enorme buque fue destruido por los cañones del Destructor, las velas cayeron destrozadas al océano, mientras el buque lentamente se hundía.
—¡Capitán Vegas! ¡Encontramos a un adonis y preclaro joven de la realeza! —El Contramaestre brotó con un joven que vestía de pies a cabeza exquisitas telas de ataujía, bordados hechos a manos y claramente con hilos de oro para que resaltarán. Tez tan blanca como las raras perlas del Norte, cabello azabache como el océano en medio de una noche, labios delgados ya la vez carnosos ligeramente pigmentados como el color de una manzana roja. Ostentaba un cuerpo delicado, lejos del de una dama, ya que el joven era alto y un poco fornido, pero admitía en silencio que tenía una cintura agraciada. Y aun cuando pudo seguir escudriñando prudentemente el cuerpo de este joven, la mirada que chocó contra la suya lo dejó por unos segundos estupefacto. La forma de sus ojos era única, como el tono de su iris,
—No crean que me rendiré ante ustedes, ratas asquerosas. —mugió con autoridad. Su tono de voz no amaina como las de sus marinos en el Emperador II. Es clara, profunda y ronca. Que los nervios hostigan en su cuerpo. Wichapas curva los labios en una mueca de disgusto. Los duelos arduos lo mantienen en cuerda y esto hace que siga avanzando al final, pero encuentra una persona difícil, testaruda y muy, pero muy atrayente, hace que de repente su apetito apareció con un deseo voraz y erótico.
—Quién dijo que debe de postrarte ante todos. Con que lo hagas en medio de mis piernas podría fácilmente hacerme cambiar de opinión. —expectoró, esquinando una sonrisa sagaz que incitó un estremecimiento al joven preclaro que tenso el mentón, apretando sus dedos contra la palma de sus manos hechas puños. —Súbanlo abordó. El Destructor tiene un invitado especial... —ordenó, siendo obedecido inmediatamente. El joven no hizo ninguna rabieta, más sin embargo, le mantuvo la mirada hasta que desapareció de su campo de visión.
—¿Qué hacemos con los demás, Capitán?
Guardo la cimitarra en su vaina después de limpiarla con un pedazo de paño, obtuvo un elegante movimiento en la hoja.
—Matenlos. —estableció. Haciendo oídos sordos a nuevas instancias y gritos. Camino, esquivando los cientos de cuerpos de marinos que intentaron salvaguardar al buque Emperador II, y al parecer, a un joven noble de la realeza.
Porque vamos, ¿Quién escondería su tatuaje de medialuna en el dorso de su muñeca con una tela blanca transparente?
Solamente una idiota con un carácter fuerte.