Una pareja Diferente

Sinopsis

Ahora Fluke entendía porqué durante los cinco años que llevaba casado, su marido lo había ignorado completamente: su padre había chantajeado a Ohm para que se casara con él. Pero cuando Fluke decidió olvidar el doloroso pasado y construirse una nueva vida junto al hombre que realmente le amaba, Ohm apareció diciendo que ya estaba preparado para el matrimonio y que a partir de ese momento, él iba a dormir en su cama...

Genero:
Romance
Autor/a:
OhmFlukeWriter
Estado:
Completado
Capítulos:
10
Rating
5.0 1 reseña
Clasificación por edades:
18+

Capitulo Uno




Fluke bajó deprisa los escalones que daban al bar y entró.


Estaba oscuro y lleno de bebedores que aprovechaban la hora del almuerzo para tomar un trago. No veía a Alex; no era lo suficientemente alto como para divisarlo entre las cabezas de hombres de negocios trajeados que tenía a su alrededor. Mientras se abría camino entre los clientes, sintió un estremecimiento.


La idea de que alguien le viera allí, de que lo reconocieran le aterraba. Por ello fue un alivio distinguir entre la multitud en el extremo opuesto del local la cabellera rubia de Alex.

Alex, alto, sofisticado y atractivo, se puso de pie al verlo aproximarse a él.

Fluke se sintió orgulloso.


— Llegas tarde – se quejó él.


— Lo siento, no pude escaparme antes –explicó Fluke jadeando, mientras se dejaba caer en el asiento y echaba otra ojeada al lugar, temeroso de encontrar alguna cara conocida.


— No sigas. Estás en otra parte de la ciudad.


Fluke bajó la cabeza, escondiendo la cara ruborizada detrás de su pelo castaño claro.


— ¡Ese hombre de allí me está mirando!


— La mayoría de los hombres miran a los chicos guapos... y tú eres exquisitamente guapo, mi amor – murmuró Alex en voz baja, adoptando un tono íntimo mientras le tomaba la mano—. Me fastidia ver que te miran todos cuando pasas.


— ¿De verdad? – preguntó Fluke asombrado por sus cumplidos.


— ¿Por qué no vamos a mi apartamento? – sonrió Alex dibujando el labio inferior con el dedo.


Fluke se puso rígido.


— No puedo. Todavía no. Ya sabes cómo me siento – musitó. El miedo se había apoderado de él.


Alex suspiró y cambió su expresión por un gesto frío y duro.


— Alex, por favor...


— Por lo que se ve, estás jugando conmigo mientras tu esposo está de viaje.


— No, yo te amo... – los ojos de Fluke se llenaron de tristeza y ansiedad.


— ¿Entonces cuándo vas a decirle que quieres divorciarte? – le exigió.


— Pronto. Estoy buscando el momento apropiado – Alex se había puesto pálido, y en los rasgos bonitos de su cara expresaba cierta tensión.


— Teniendo en cuenta que él solo duerme contigo una noche al mes, puedo esperar sentado aquí hasta el año que viene, según tú. Tal vez lo amas más al desgraciado...


— ¿Y crees que es posible? Tú sabes bien que nuestro matrimonio no es como otros.


— ¿Y no quieren los periódicos aprovecharse de esa situación? – se rió Alex burlón.


— No me hace ninguna gracia, Alex.


— Bueno. Lo único que me tranquiliza es saber que si yo no soy tu amante, él tampoco lo es. Un verdadero misterio. Mírate. El esposo virgen después de cinco años. Y sin embargo a él rara vez se le ve solo, siempre está con un jovencito o jovencita colgado del brazo. Quizás sea un impotente frustrado...


El estómago de Fluke se revolvió.

Pensó que había sido una locura contarle a Alex la verdad sobre su matrimonio. No se trataba de que

fuese a usarlo en su contra. Le tenía verdadera confianza a Alex, pero se daba cuenta de que su confesión podía resultar peligrosa, si bien servía para calmar los celos de Alex hacia Ohm.


— ¡No hables así de él! – se quejó Fluke.


— ¿Acaso no estás cansado de él? No creo que jamás tengas la valentía de decirle que quieres ser libre nuevamente. Me parece que estoy perdiendo el tiempo contigo.


— No, eso no es asi – dijo Fluke aterrado ante la idea de perderlo.


No podía imaginarse volver a los tiempos de su vida sin Alex. Una vida aburrida, vacía. Días interminables. Sin ninguna vida social. No tenía amigos. Lo observaban en todos los sitios a los que iba. La puerta de su cárcel se había cerrado el día de su boda, y Fluke había sido tan tonto, tan ingenuo de no darse cuenta hasta que había intentado pasar las rejas.


— ¿Entonces cuándo? – presionó él.


— Pronto. Muy pronto. Te lo prometo.


— No entiendo por qué no recoges tus cosas y te vas. No se puede decir que no tengas motivos para divorciarte de él. El adulterio no va a pasarse de moda mientras ande por ahí Ohm Thitiwat.


— Tengo que hacerlo bien, Alex. ¿No crees que le debo eso al menos?


— No creo que le debas nada. Ni siquiera es tu esposo ante los ojos de la iglesia ni de la ley – Alex insistió.


— ¡Me tengo que ir! – dijo Fluke mirando el reloj de pulsera.


Alex le rodeó los hombros y lo besó con demostrada maestría.


— Te llamaré – le prometió —. Te quiero.


Fluke salió corriendo con los labios pulsantes gracias a los besos de Alex. Estaba cerca de la peluquería en la que había reservado hora para una larga sesión de masaje. Era demasiado arriesgado encontrarse con Alex. Y su cabeza le decía que cuanto más tardase en confesarle la verdad a Ohm y pedirle el divorcio, más se arriesgaba a que fuese descubierto.


Pero, entonces, ¿qué importaría realmente?.


A Ohm no le importaba lo que hacía Fluke. Lo veía una vez al mes cuando él pasaba por Londres, y el año anterior ni siquiera lo había visto con esa frecuencia. A veces Ohm le pedía que organizara una cena de negocios.


Pero no era frecuente.


Había ocurrido pocas veces, y muy espaciadas. Incluso se solía comunicar con Fluke a través del personal de su empresa, en caso de necesitarlo.

Durante el tiempo que llevaban casados, Ohm no lo había invitado a salir nunca, ni siquiera le había llevado a una fiesta. Solía llevar a otros, hombres o mujeres no importaba en ese caso, pero a su esposo jamás.


Ohm dormía en el ala de la casa que había acondicionado para sí. E incluso las pocas noches que habían dormido bajo el mismo techo, lo había oído salir tarde, y regresar al amanecer. Es decir que ni siquiera se podían contar esas noches como compartidas con él.

Por un momento recordó cuánto había llorado y se había preguntado qué había hecho para que las cosas fuesen así, y que podía hacer para atraer su atención. Con rabia, quiso borrar esos recuerdos de su mente.


El tiempo se había ocupado de que aquellos tiempos hubiesen quedados sepultados. Él joven novio había crecido y era más sabio ahora.


— Lo siento. Me olvidé de la cita – murmuró Fluke en la recepción de la peluquería, y además insistió en pagarla de todos modos.


El propietario, Charlie, le ofreció comenzar con él una sesión inmediatamente, pero Fluke se disculpó diciendo que se le hacía tarde, y se sentó a esperar a su peluquero.


— ¡Oh! Señor Thitiwat, su guardaespaldas ha dejado un mensaje para usted – le dijo Charlie bajando la voz y la cabeza.


Fluke se puso tenso y pálido.


— Tranquilícese – Charlie lo miró con complicidad —. He dicho que estaba en la sesión de masajes.


— Gracias... – ahora Fluke se había puesto colorado de pura vergüenza.


— Será mejor que le de el mensaje. El señor Thitiwat le está esperando en casa.


¿Que Ohm qué? Ohm le estaba esperando... ¿Ohm, que nunca lo había esperado en cinco años? ¿Ohm estaba en casa cuando no lo esperaba hasta la siguiente quincena?


Involuntariamente, Fluke se estremeció; se le revolvió el estómago.


Sintió terror.


Charlie se sentó a su lado, y le dijo:

— Pequeño, tu no eres el tipo de chico para jugar a esto.


— No sé lo que estás...


— Llevas viniendo a este salón desde hace cinco años. Y desde hace dos meses no haces más que ponerte colorado – suspiró —. Y no quisiera pasar a la historia como un estúpido capaz de facilitarle una coartada al esposo de Thitiwat. Me da la impresión de que tu marido es un tipo capaz de romperle los dedos a quien haga una falta así. Me dan temblores de sólo pensarlo.


— Lo siento – Fluke se sintió aún más avergonzado.


— Y yo siento no poder ayudarte más, porque ha sido bonito verte feliz por un tiempo.


— ¿Señor Thitiwat?


Fluke miró a Boyce, su enorme guardaespaldas, que proyectaba una sombra grande y oscura sobre él se puso de pie, Boyce le echó una mirada de desconfianza a Charlie, quien se encontraba demasiado cerca de el esposo de su jefe.


Tan pronto como se acomodó en la limusina se desmoronó. Charlie sabía que Fluke estaba viendo a alguien. Se sentía tan humillado. Y también se sentía terriblemente culpable. Su peluquero además tenía miedo de verse envuelto en un escándalo matrimonial. Aunque lo cierto era que nada de eso sería posible, ya que Ohm no tenía ni la menor idea de lo que hacía su esposo.


Pero el dicharachero Charlie, que tantas veces se había reído de sus depresiones, estaba sinceramente asustado.


Todo el mundo le tenía miedo a Ohm.

Y sin embargo Fluke jamás lo había oído gritarle a nadie. Durante los primeros tiempos de su matrimonio, Fluke había sentido terror hacia Ohm, pero con el tiempo ese terror se había ido difuminando, y adquiriendo la forma real de la indiferencia de Ohm hacia él.


Simplemente parecía que Fluke no existía en la escala de seres humanos importantes para Ohm. Él se había casado con Fluke para obtener las acciones que su padre le había cedido a él.


Su esposo era parte de un acuerdo de negocios, nada más.


Y sin embargo, Fluke hubiera jurado que había habido momentos, al principio de la relación, en que Ohm lo había mirado con odio; un tiempo en que cada palabra de él sonaba como una amenaza hacia Fluke, cuando la sola presencia de Ohm lo hacía sentir en peligro.


Entonces había aprendido a evitarlo siempre que podía. Había aceptado casarse con Fluke solo por las acciones. Pero no obstante el divorcio no parecía ser una idea que lo convenciera.


Y esto era algo que Fluke no alcanzaba a comprender.


Y ahora Ohm, que no había dado la más mínima señal hacia él en cinco años, había vuelto a casa y lo estaba esperando. Era algo que lo ponía nervioso. Subió los escalones de la enorme casa aferrada a su bolso como si buscase protección en algo.


«El esposo infiel », pensó con tristeza.


Pero Fluke no era su esposo en realidad, se recordó, como lo había hecho desde que había conocido a Alex. Tendría que haberle pedido su libertad mucho tiempo atrás. Pero su padre se hubiese puesto fuera de sí, y se hubiera sentido terriblemente decepcionado.


Fluke se había pasado los primeros diecisiete años de su vida complaciendo a su padre, Max.


Y hacía cinco años, por consejo suyo, se había casado con Ohm, y ése había sido el error más grande de su vida.

Ohm le había quitado la libertad, y no le había dado nada a cambio.

Pero todo eso era historia pasada, se recordó a sí mismo. Hacía apenas dos meses que su padre había muerto, a causa de la enfermedad coronaria que había dañado su salud durante años.


— El señor Thitiwat lo está esperando en la sala – le informó Petros, el mayordomo.


Fluke se puso más nervioso aún. Como norma general, Fluke no veía a Ohm hasta la hora de cenar, por lo que sospechó que algo no iba bien.


Ohm estaba de pie, cerca de la

chimenea recubierta de mármol.


Su marido era un hombre alto, que irradiaba una presencia extremadamente masculina.

Alguna vez había sentido que su corazón se estremecía al mirarlo, que se le aflojaban las piernas, y que le costaba pronunciar cualquier palabra frente a él.


Ahora en cambio, Fluke lo veía como si entre ellos hubiera una mampara de cristal. Había aprendido a distanciarse de él, como primera medida.


Ohm Thitiwat, el legendario magnate griego, poseedor de un gran poder y una gran fortuna. Tenía una elegancia natural que aumentaba con el exquisito gusto en la elección de la ropa: zapatos de piel acabados a mano, o un fabuloso traje en tela de mohair y seda. Era un hombre por el que cualquiera se moriría, había pensado Fluke con la ingenuidad y excitación de los diecisiete años.

Y Ohm en efecto, era un atractivo hombre, seductor por donde se lo mirase. Un pelo grueso color ébano, la piel dorada, los ojos negros. Y lo sabía, le gustaba que así fuera, y se valía de ello cuando le venía bien. Una vez, aunque Fluke ya casi no lo recordaba, él había sido el blanco de esa energía sexual que irradiaba.


Pero luego todo había cambiado. Fluke entró en la sala.


La tensión flotaba en el ambiente. Los profundos ojos negros de Ohm lo miraron detenidamente.


— Tienes la boca muy roja, y corrido el brillo labial... – y los dedos de Ohm volaron hacia su boca. Luego frunció el ceño y le dijo — No tenemos mucho tiempo, así que voy a ser muy breve y directo. Nos vamos a París.


— ¿A... A París? – preguntó Fluke como un eco, más que sorprendido.


Pero Ohm ya había abierto la puerta, y le decía impaciente: — Vámonos.


— ¿Quieres que vaya contigo a París? ¿Yo? ¿Ahora mismo?


— Sí.


— ¿Pero... por qué?


— Un asunto relacionado con la herencia de tu padre.


Fluke estaba más que sorprendido, ya que no se imaginaba que pudiera haber algo pendiente con relación a la herencia de su padre.


A pesar de que Ohm no se había molestado en ir al funeral de su padre, había asumido con arrogancia la responsabilidad de dar instrucciones a sus abogados para liquidar todas sus propiedades. Mientras Fluke lloraba la muerte de su padre, sumido en la gran pérdida que significaba para él, e incapaz de ocuparse en ese momento de cuestiones materiales, Ohm había

vendido todos los bienes que tenía su padre, absolutamente todos.


Su hermosa casa, sus inversiones, sus exquisitos muebles y efectos personales habían sido convertidos en dinero en efectivo siguiendo las instrucciones de Ohm. No le había dejado a Fluke ni un solo recuerdo.


Su padre, Max Natouch, podría muy bien no haber existido, si sus bienes hubieran tenido que testificar sus sesenta y tantos años de vida en la tierra.


Fluke había quedado impresionado por la falta de sensibilidad de Ohm, pero cuando se había dado cuenta de ello ya era tarde para intervenir.

Como siempre, sus obedientes empleados habían cumplido sus órdenes eficientemente.


— ¿Algo que has pasado por alto?


— No. Algo que andaba buscando, finalmente lo he localizado – dijo Ohm con gravedad en el gesto —. Por lo menos es lo que creo. Y por tu propio bien, ruega que no me haya equivocado.


— ¿Por mi propio bien? No entiendo de qué me estabas hablando – dijo Fluke aterrado de la amenaza en su voz.


— Espero que no – dijo él dándose la vuelta.


Fluke fue hacia la escalera. Una mano fuerte lo frenó con un agarre férreo.


— ¿Adónde crees que vas?


— A cambiarme...– contestó Fluke mirando la mano que lo sujetaba, algo que le extrañaba, ya que Ohm no lo tocaba nunca.


— No hay tiempo para ello. El jet esta listo para despegar.


— ¿Regresaremos esta misma noche? No llevo nada de equipaje – exclamó Fluke mientras Ohm lo llevaba hacia fuera.


— Te las arreglaras sin él.


Luego, ya en la limusina, preguntó Fluke: — ¿Qué es lo que ocurre?


Ohm no le hizo ni caso y se dispuso a hablar por teléfono durante un buen rato en griego.


Fluke no entendía una palabra.


A su mente acudió el recuerdo del día de la boda, cuando Fluke intentando agradar a su nuevo marido le había dicho que intentaría aprender su lengua, y él le había dicho: — No pierdas el tiempo.


Ésa había sido la primera grieta que se había abierto en su mundo de fantasía. Antes de que se hubiera terminado el día, la grieta se había hecho más profunda, pero le había llevado algún tiempo de realidad el desvanecer por completo aquel mundo de fantasía que Fluke tanto ansiaba.


La situación con Ohm lo había desquiciado, pero sin embargo guardaba la compostura.


Había aprendido a disimular sus emociones delante de él, y ahora estaba sentado tranquilamente en el coche, con las manos sobre el regazo, como si en su interior no sintiera un temporal.


— ¿De qué se trata todo esto? – preguntó Fluke por segunda vez.


Otra vez no hubo respuesta en cambio solo hubo un silencio sepulcral.


— Creí que los asuntos de la herencia de mi padre ya estaban todos resueltos – insistió Fluke.


— ¿Estás seguro? – respondió Ohm con calma.


Algo en el tono de su voz le inquietó. Se volvió hacia él, y se encontró con una mirada de hielo. Tenía la sensación de que se avecinaba un

desastre, y el terror a enfrentarlo le provocaba un cierto mareo.


— Si al menos me explicaras. ¿Qué...?

– comenzó a decir Fluke.


— ¿Por qué tengo que darte yo explicaciones?


El desprecio de su contestación lo silenció por fin.


—Eres tan joven...Debes ser la secreta fantasía de todo hombre – le había dicho una vez hace mucho tiempo.


¿Quién iba a pensar que esas seductoras palabras habían sido pronunciadas por el mismo que lo había ignorado durante los últimos cinco años?


Sin embargo, Ohm había dicho eso la primera vez que se habían visto.


¿Por qué le había mentido? ¿Por qué? ¿Acaso había sido por sus tremendas ganas de conseguir las acciones?


Seguramente sí. Porque estaba claro que Fluke no había sido nunca la secreta fantasía de Ohm Thitiwat.


Él solo lo había usado, igual que su padre, que se había dejado llevar por la fortuna y el status de Ohm.


Apenado por sus pensamientos, Fluke miraba por la ventanilla. Echaba de menos a Alex. Alex, quien no había sabido siquiera quién era él la primera vez que se le había acercado. Alex, el primer hombre que lo había tratado como un ser humano con sentimientos y necesidades, y con opiniones propias.


Alex sólo lo quería a él. No trataba de usarlo.


En París le diría a Ohm que quería divorciarse. No quería arriesgarse a perder a Alex. Y estaba deseoso de vivir su propia vida, hambriento de la libertad que se dibujaba en el horizonte.


Ohm le había robado su libertad, los años de adolescencia, cuando Fluke tendría que haber estado saliendo con chicos, divirtiéndose y enamorándose.

¿Por qué no iba a tener derecho a añorar lo que nunca había tenido?


Sentado ya en el jet privado ojeó unas revistas, pero no dejó de notar que la azafata se apoyaba en el hombro de Ohm, como si fuera parte de un harén, y quisiera ganarse los favores del sultán.


La atractiva mujer trataba de seducirlo de provocarlo. Reconocía todos los síntomas. ¿Quién mejor que él para reconocerlos? Al fin y al cabo Fluke también había sido una víctima de Ohm. Pero ahora estaba lejos de él, y se sentía orgulloso de la distancia que había podido poner.


Ohm Thitiwat, era un hombre con un temperamento acorde con su origen griego, con un aspecto de estrella de cine, no se le movía un pelo, ni física ni emocionalmente. Era además un hombre despiadado, caprichoso, arrogante y perverso con sus enemigos o con aquellos que se le oponían.


Si él hubiese sido su esposo real, no se hubiera arriesgado a andar con otro hombre.


Una limusina los recogió en el aeropuerto de Charles de Gaulle, y los condujo por una ciudad atestada de coches.


Se bajó del vehículo.


Solo el orgullo le impedía preguntar nuevamente adónde iban, simplemente observaba.


Ohm se bajó también, y se dirigió al edificio más cercano. En la mano llevaba un maletín de ejecutivo. Y el edificio, por su apariencia, debía ser un banco.


Tres hombres los esperaban dentro.

Uno de ellos a quien Fluke reconoció como el representante de su padre, quiso hablar con Fluke, pero Ohm se lo impidió de manera poco caballerosa.


Siempre era así. Intolerante, grosero hacia quienes él consideraba seres inferiores a él. Como el hombre de mediana edad, con cara colorada y tensa, que los acompañaba.


Subieron al ascensor. ¿Acaso había una nueva oferta de acciones en su valiosa línea de barcos? ¿Cómo podía ser tan codicioso un hombre con toda la fortuna y el poderío que tenía Ohm? ¿Pero acaso no se había casado con él solo por codicia?


El representante de su padre puso una llave en su mano de sorpresivamente, y se dispuso a partir.


— Dámela a mí – dijo Ohm tenso.


Debía de ser la llave de una caja fuerte, propiedad de su padre. Por primera vez no hizo caso y se dirigió directamente hacia donde estaba el representante del banco, que ponía en ese momento una caja fuerte sobre una mesa, y luego abandonaba la habitación vacía.


— Fluke – protestó Ohm.


Fluke no quiso mirarlo. Pero dijo: — Si es de mi padre, es mío.


— Ten cuidado con lo que dices.


Sus palabras lo hicieron estremecer.


Lo miró y se sintió paralizado.

En el rostro de Ohm se adivinaba la agresión y la violencia a punto de estallar.


Fluke cejó en su intento, y súbitamente dejo la llave al lado de la caja.


— Si está en esta caja, puedes quedarte tranquilo. Pero si no está, puedes considerarte afortunado si llegas a ver el día de mañana.


No entendía a qué cosa se refería que pudiera estar en la caja. Un sudor frío se apoderó de él. Sus piernas se debilitaron. Sus ojos color zafiro lo miraron incrédulos. Pero Ohm no lo estaba mirando.


Estaba metiendo la llave en la caja, temblándole el pulso.


Fluke se lamió los labios secos en un gesto ansioso. Debía tratarse de algo más que acciones. Nunca había visto a Ohm perder el control de ese modo. Y ahora, fuese lo que fuese lo que estaba dentro de la caja, estaba frente a él.


La caja estaba llena de papeles.


Ohm comenzó a revolverlos, dejando de lado las fotos y cartas, que quedaron esparcidas por toda la mesa.

Estaba pálido, y su búsqueda se iba haciendo más desesperada a medida que avanzaba.


Fluke fijó la vista en un sobre grande dirigido a una persona de la que jamás había oído hablar. Ni siquiera reconocía la letra. Entonces vio una foto grande en la que se veía a hombres y mujeres en actividades obscenas. Sintió disgusto. No entendía por qué su padre guardaba algo como eso.


— ¿Qué es todo eso? – preguntó a Ohm, puesto que era evidente que él sabía bastante más que Fluke acerca de la caja y su contenido.


Ohm pasó la foto sin demostrar un ápice de asombro.


— ¿Qué es? – preguntó él repitiendo sus palabras con una mueca que simulaba una risa cínica —. ¡Es una caja de vidas destrozadas! Los secretos de otra gente. ¡Tu padre vivía a costa de sus víctimas y de su miedo, el muy cerdo!


Fluke se puso lívido, pero lo increpó:

— ¿Cómo te atreves a hablar así de mi padre?


Ohm no lo estaba escuchando. Seguía buscando entre los papeles como un

poseso.


— Qué me obligase a revolver entre esta basura es el último de sus insultos. ¡Yo, Ohm Thitiwat, ensuciándome las manos, porque no hay nadie en quien pueda confiar como para que hurgue entre esta colección de errores humanos! ¡Sus trofeos! ¡En lugar de tirarlos los ha conservado hasta el final, el muy cochino!


Fluke casi no se sostenía de pie.


No podía dar crédito al crimen que se le imputaba a su padre. Y en su incredulidad todo se le hacía confuso.


— ¿Qué estás diciendo? – la voz de Fluke sonó tan débil que apenas se oyó.


— ¿Estás sordo? – lo miró Ohm sin piedad —. ¿Por qué crees que me casé contigo? ¿Por tu bonita cara y tu educación de convento? ¿Por tu habilidad para actuar como un buen anfitrión y saber colocar adornos florales en la casa?


— Por las acciones... – alcanzó a pronunciar Fluke.


— ¡No había acciones no seas estupido! ¡Era todo mentira! ¡Ésa línea de barcos ni siquiera existió! – gritó Ohm con furia, sus palabras retumbando en la habitación.


— Me estás mintiendo... – contestó Fluke sin voz y a punto de desfallecer.


La atención de Ohm estaba puesta en el documento que tenía en ese momento en sus manos. De pronto, sin aviso alguno previo, dio un puñetazo sobre la mesa.


— ¡Es sólo una copia!


— ¿Una copia de qué?


— ¡Y éste es el fin!


Ohm parecía un león dispuesto a comérselo.


— El original te lo dio a ti, ¿no es verdad? ¿Te lo dio a ti para dejarte a salvo...?


— ¿Qué cosa me dio? – Fluke estaba en shock, casi no podía articular palabra.


— Tú sabes de qué estoy hablando. No te hagas el inocente – dijo Ohm yendo a un rincón de la habitación —. Si no está aquí, lo tienes que tener tú. Max no era ningún idiota. Y sabía que me

desharía de ti si caía en mis manos. Así que te lo dio a ti. Entonces, ¿dónde está?


— No se de que estas hablándome...¡Basta ya! ¡Déjame en paz! – gritó a pesar del terror que sentía.


— Si no me dices dónde está el certificado, soy capaz de cualquier cosa. ¡He vivido extorsionado durante cinco años para proteger a mi familia, y no pienso vivir así un día más!


Ohm había pronunciado por fin la palabra, «extorsionado».


No podía ser cierto.


Su padre no podía haberle hecho un chantaje. Fluke estaba a punto de desfallecer.


— Siempre me he preguntado por qué lo había hecho así... y que tú tuvieras que ser mi castigo de por vida – soltó Ohm como pensando en voz alta —. Pero te diré una cosa, precioso. Prefiero ir a la cárcel por estrangularte antes que cumplir esta otra sentencia.


Aterrado y asombrado, Fluke miraba la cara de Ohm, y finalmente, de manera misericordiosa, dejó de verlo, al mismo tiempo que Fluke se desvaneció.