Recuento de daños.
Lullaby:
Aún agitaba la mano despidiendo al convoy con nuestros invitados. Miré por encima de mi hombro y suspiré pesadamente. Los operarios corrían de un lado al otro restaurando la madera, blanqueando la piedra o levantando las estatuas de los padres de los reyes Mapogo, la gran coalición West Street.
Miré al frente de nuevo forzando una sonrisa que se transformaba en risilla histérica a tiempo que el pesado brazo aterrizaba sobre mis hombros.
—No podrás negar que ha sido toda una experiencia, ¿verdad?
La burlona voz junto a mí pertenecía al príncipe Sikio. Puse los ojos en blanco y bufé.
—Tengo mucho trabajo, Alteza. Si me permite...
Las carcajadas del Mosquetero me acompañaron buena parte del trayecto.
Entré en la fortaleza, sede del gobierno de Sabi Sands, y me dirigí al salón del trono. Era un único desastre, pero, repartido por todas partes. Como si una escaramuza se hubiera ido trasladando de lugar en lugar y fuera, precisamente, dicho salón el que se llevara la peor parte.
Tuve que respirar profundamente para no ponerme a gritar como una loca. Para alguien del personal estaba totalmente prohibido levantarle la voz a alguien de la familia real, cualquier tipo de contacto físico y, no digamos, ya la agresión física.
Tenía unas ganas locas de disparar dardos tranquilizantes contra los reyes Mapogos por el desastre de la fiesta de Navidad de la que aún, varios días después, no se habían recuperado. El rey Skorro estaba desmayado sobre lo que había sido la mesa de aperitivos con todos estos repartidos por el suelo. Los reyes Shaka y Terence estaban cara contra cara junto al rey Rasta, quien se encontraba "patas arriba". Al menos los reyes Makhulu y Gideon se habían desmayado en los tronos con cierto estilo.
—Estaría bien ver qué pasa si ahora mismo les riegas con una manguera, ¿no?
—La verdad es que me estoy planteando dispararles dardos tranquilizantes y mandarlos a su reserva, doctor Richardson. Sería divertido verles con sus chicos.
El zoólogo sonrió marcando unas ligeras arrugas a los laterales de sus ojos.
—Meg y mis chicas estarían encantadas... Los chicos, no tanto. Leones fuertes, de melena negra... Eso es un desafío muy serio. Quizás Bobcat se divertiría, pero, siguen siendo seis guerreros y bastante curtidos. Además, no es buena idea sedar a alguien con una borrachera tan tremenda como la que llevan...—el célebre zoólogo se interrumpió en cuanto notamos el movimiento.
El rey Makhulu se puso en pie a tiempo que abría los ojos. Se estiró mostrando su gran envergadura. Se rascó con calma la barba y miró a sus hermanos.
—Arriba—ordenó con pastosa voz ronca.
Los demás Mapogos volvieron a la vida con aquel simple comando casi susurrado.
El doctor Richardson sonrió a mi lado y estrechó la gran mano que le ofrecía el rey principal.
Los Mapogos nos rodearon discretamente. Juro que en aquel momento sentí mucho miedo. Los reyes impresionaban lo suyo.
—Os agradezco la fiesta, majestad. Ha sido una gran experiencia vital.
—Por decirlo educadamente. Nadie lanza piedras ni huevos contra su propia fachada—murmuré entre dientes recordando a los operarios restaurándolo todo.
—Gracias por venir. Es la primera vez que organizamos una fiesta navideña.
—Bueno... fiesta, lo que se dice fiesta... Con la mosca cojonera riñéndonos como si fuéramos cachorros—terció el rey Terence.
Me puse colorada al momento.
El rey guerrero me miró y sonrió indulgente. Fue la primera vez que lo hizo.
—Tengo que volver a la reserva. Los chicos deben echarme de menos.
—Esperamos verle en la fiesta de Fin de Año—dijo el rey Makhulu y me temblaron las rodillas.
—Pero, ¿pensáis hacer otra? —Hablé con voz estrangulada.
—Por supuesto, Lullaby. Hay que despedir el año a lo grande—intervino el rey Gideon con una gran sonrisa.
—De acuerdo. Nos veremos para la siguiente—se despidió el doctor Richardson y se unió al contingente que abandonó el palacio.
La verdad que visto lo visto no tenía muchas esperanzas de que sobreviviéramos al Año Nuevo si teníamos en cuenta cómo habíamos pasado la Navidad.