Los Peterson por Luli en Inkitt
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LOS PETERSON

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Sinopsis

Decididos a descubrir los secretos qué se esconden detrás de su apellido, cuatro chicos se ven obligados a viajar a Inglaterra en busca de respuestas que los ayuden a entender el actuar de sus padres, quienes le guardan un gran rencor a su abuelo debido a una tragedia ocurrida en el pasado. Sin imaginar que al desempolvar esos recuerdos terminarían descubriendo otros aún más intrigantes, involucrando así a una chica que podría estar atada a ellos de alguna forma...

Genero:
Drama/Mystery
Autor/a:
Luli
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

PRÓLOGO


Inglaterra

Unos años atrás...


—¡Suéltame! me lastimas.


El estruendo de los truenos se mezclaba con los agudos gritos y lloriqueo de la mujer que trataba de librarse del fuerte agarre del hombre que la mantenía cautiva en sus manos.


—Ni siquiera pienses que podrás librarte de mi, no dejaré que los veas—gruñia el hombre mientras la sujetaba aún más fuerte por las muñecas.


—¡Son mis hijos! No dejaré que te salgas con la tuya—el agarre qué tenía sobre ella quemaba. Tan solo unos minutos atrás había golpeado a su esposo en el rostro para tratar de llegar a la habitación de sus hijos, lo que causó qué, este la tomara por la fuerza impidiéndole el paso en medio del pasillo. Sin embargo, la mujer no había logrado nada más que dejarle un pequeño rasguño en la mejilla, en cambio, él estaba dejando marcas por todos sus brazos.


—Qué te claro, yo siempre me salgo con la mía, eso fue algo que supiste desde que aceptaste casarte conmigo y aún así, has permanecido a mi lado por muchos años—no había forma de que la mujer logrará safarse de forma fácil, ya que el esposo la superaba por fuerza y altura. Si intentaba golpearlo de nuevo era probable que ella recibiera el golpe de vuelta.


—Si, y no sabes cuánto me arrepiento. Nunca pude amarte como te lo he hecho creer, no importa todo lo que has hecho para complacerme y que me quedará a tu lado, jamás me hiciste sentir una mujer de verdad—cada palabra escupida con rabia y desprecio endurecia el rostro del hombre aún más. Por fin una de sus muñecas fue liberada y paso a sentirse inmóvil cuando la mano que la liberó sujeto con brusquedad su rostro.


—¿Una mujer de verdad dices? Mi amor, ambos nos hemos estado utilizando mutuamente. Te creía más lista, en serio.


—Entonces, dejame ir, de nada te sirve retenerme—dudaba qué en verdad lo hiciera.


—¿Y dejar que me humilles de la peor manera con ese plan absurdo tuyo? De esta casa saldrás solo de mi brazo, o muerta—amenazó cortando la distancia entre ambos, juntando sus labios sobre los de ella en un intento de beso, lo cual sólo resultó algo tosco.


La mujer no pudo soportar más y con pequeñas lagrimas brotando de sus ojos mordió con impotencia los labios contrarios para separarlos de ella.


—Te odio—con todas las fuerzas que tuvo empujó a su esposo unos centímetros de ella. Desesperada, y con el corazón agitado su vista se topo en el florero detrás de él.


—Maldita, si es así como te gusta jugar, te voy a enseñar como hacerlo bien—los latidos de la mujer aumentaron cuando vio como las venas del hombre sobresalían tensado la mandíbula.


<<Si no actuó ahora, puede que no vuelva a tener el valor nunca>> fue lo único que pensó antes de pasar junto a él para tomar el florero entre sus manos y arrojarselo a la cabeza. Pronto vio como el líquido rojo brotaba desde su cabellera al mismo tiempo que pedazos de cristales caían al suelo.


Al ver a su esposo ahí tirado entro en pánico, pero cuando noto como este comenzaba a moverse tratando de levantarse, salió corriendo hacia las escaleras. Bajo tan rápido antes de que el hombre la alcanzara de nuevo, si eso llegaba a pasar sabría que se las pagaría con lágrimas de sangre pues conocia muy bien a su esposo y sabía que John Peterson era capaz de todo.


Al llegar a la planta baja de forma agitada busco rápidamente el lugar donde había dejado las llaves de su auto. Antes del forsejeo la mujer acababa de llegar de una reunión de negocios y lo primero que hizo al entrar a casa fue deshacerse de su abrigo y de sus llaves, pero al estar ya dentro noto que su esposo ya hacía sentado en la sala, esperando por ella. La pelea comenzó y había llegado hasta ese punto.


Al percatarse qué ningún trabajador de servicio había aparecido durante toda la discusión supuso qué su esposo se encargo de que no hubiera nadie en casa que pudiera ayudarla.


—John, maldito hijo de...—se detuvo en seco al encontrar las llaves en uno de los muebles, corrió hacia el vestíbulo para descolgar su abrigo y cuando tomó el pomo de la puerta esta no abrió. La llave, maldita sea tendría que subir de nuevo y revisar si guardaba la llave consigo mismo. No, esa es una pésima idea ¿qué tal si ya se ha puesto de pie? Seguro que la mataría.


Tendría que buscar otra opción. Una copia, eso es, sabía que la ama de llaves dejaba siempre una copia de ellas en la cocina, lo más seguro es que John no supiera de eso ya que según él las copias de las llaves siempre permanecían en el despacho. Llena de pánico al imaginar que su esposo bajaría en cualquier momento se movió sigilosamente por la cocina y busco en cada cajón hasta hallarlas. Aprovechando que se encontraba allí supuso qué lo mejor sería salir por la puerta de servicio, si John se había recuperado ya lo más probable es que la estuviese esperando el la sala.


Quizo tomar junto con las llaves algo con que defenderse, pero al buscar en el cajón de los cuchillos no encontró ninguno. Al parecer John había planeado todo perfectamente. Sabía que si algo se salía de control lo primero que haría ella sería matarlo. Sin perder más el tiempo abrió la puerta y salió hacia donde se encontraba el auto estacionado, corrió bajo la fuerte lluvia y con el destello de los relámpagos ni siquiera pensó en detenerse llenando sus elegantes y caros tacones de lodo.

Quiso encender el vehículo sin hacer ruido pero fue imposible, seguramente John ya se habia dado cuenta. Retrocedió para salir de ahí fácilmente y cuando estuvo a punto de dar la vuelta las luces del auto dejaron ver a la persona frente a ella.


No lo podía creer, su corazón latía demasiado rápido por la adrenalina y en su mente solo habitada el miedo. Trato de cerrar todas las puertas del auto pero el hombre era demasiado rápido. Cuando su esposo logro entrar al auto la mujer no pudo reaccionar, el hombre la jalo del cabello y la obligó a verlo.


—Eres una perra desgraciada, baja ahora mismo sino quieres que te mate aquí—el rostro de él estaba lleno de pequeñas gotas por la lluvia; su mejilla comenzaba a verse morada por el golpe que le había dado y desde su cabello ya casi no había rastro de sangre debido al agua, en su labio se visualizaba de un tono rojizo la mordida qué le había hecho y sus ojos, esos ojos que un día la vieron con admiración hoy solo desprendían desprecio y odio.


John estaba hecho un demonio.


En su mente solo se proyectaba como único escenario su muerte, por eso al salir del transe en el que había entrado decidió pisar el acelerador sin importarle nada más, tomo el volante con ambas manos y comenzó a conducir derrumbando el portón qué mantenía encerrada la gran mansión y salió hacia la carretera qué llevaba al pueblo ignorando las palabras de su esposo.


—¡Detén el maldito auto! Ambos terminaremos muertos por tu estúpida insolencia—le recriminó sujetando con más fuerza su agarre sobre ella


—Prometimos estar juntos hasta la muerte, cariño. ¿Lo olvidas?—la mujer siguió pisando el acelerador, el auto seguia moviéndose de un lado a otro por la carretera mojada y la lluvia apenas dejaba ver el camino por el que hiban. Dejando de ver hacia el frente, el hombre se percató de una luz que se aproximaba del otro lado, justo donde se encontraba su esposa. Soltando por fin su agarre ella quizo tratar de jalar el volante.


—Da la vuelta de inmediato—no quiso sonar preocupado, pero tampoco estaba listo para lo que fuese a pasar si no regresaban.


—Bajate del auto, deja que me vaya y te aseguro que jamás volverás a saber de mí—propuso la mujer frenando en medio de la carretera.


—No dejaré que te largues. ¡¡Rápido, da la maldita vuelta sino quieres morir!!—gritaba furioso, más bien algo desesperado porque la mujer no obedeciese su orden. Como si las palabras que estaba por recriminarle se quedaran en el aire, en lo último que se fijo fue la gran luz segadora cerca de ellos.


El auto quedo volcado por el golpe del camión, ellos seguían sujetos a los asientos sin poder moverse.


—Li..lian...


No hubo respuesta, la mujer a su lado goteba sangre desde su cabellera rubia, el rostro tan delicado qué poseía estaba lleno de rasguños. Ella había sido quien recibió el golpe más fuerte, por su parte el hombre solo había quedado inmóvil, sin poder bajar a pedir ayuda. Él también tenía rasguños, pero no le importo mucho.


Ver a la persona con la que planeo estar por el resto de su vida en ese estado le quemaba por dentro, después de todo era la madre de sus hijos, la mujer que un día lo cautivo por su belleza e inteligencia.


Su esposa.


No se lamentaba todo lo que había pasado antes, pero una lagrima cayendo por su rostro fue el único acto de sentimiento qué pudo demostrar hacia ella.


Su mente bloqueaba las voces que escuchaba a lo lejos. Minutos después luces rojas y azules comenzaban a  iluminarlos y poco a poco sus ojos comenzaban a cerrarse hasta perder la conciencia.


Los paramédicos habían sido llamados por el conductor contrario y al encontrarse cerca del hospital habían llegado lo antes posible con esperanzas de que estuvieran vivos.


—¡¡Aún hay pulso!! traigan la camilla. ¡Rápido!



Veamos en qué términa esta historia...

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