Sukuna One-shot

Sinopsis

《Contenido +18》

Genero:
Horror
Autor/a:
RiiinaWitch
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Sacrificio



Contenido: La historia se remonta en una isla donde residen tribus indígenas.

Sukuna vive oculto en lo más remoto de los bosques que inundan dicha isla, los indígenas establecieron la paz con él, ofreciéndole cada año a una mujer como sacrificio. Ese año Leya sería forzada a ser la siguiente.

Dato curioso: Al parecer Sukuna es un demonio que disfruta mucho más si se trata de matar a niños y mujeres, por eso estaba dudando entre hacer o no el one-shot.

Pero le echaremos imaginación y cambiaré las tuercas de modo que aquí además sentirá deseos sexuales hacia las mujeres.

Palabras:7043

AVISO: Solo se tratará de un único one-shot, por el momento no haré más de Sukuna porque se me amontona trabajo.

Por otra parte debido a la personalidad de Sukuna, su desagrado hacia los humanos y su extraño gusto por matar mujeres y niños... no he podido hacer una historia muy tierna que digamos, practicamente he narrado como Sukuna fuerza a la Oc, así que si no os gusta este tipo de contenido evitadlo.

Y sí, la prota se llama Leya, no ha sido muy ingenioso por mi parte pero es que no me apetecía pensar. XD

°•°•°•°•°•°•°•°•°•°•°•°•°•°•°•°•°•°•°•°

Había logrado asimilar cual era su destino.

Leya se mantenía en pie permitiendo que un par de mujeres alistasen correctamente su traje para el sacrificio, todo mientras sus ojos violetas permanecían fijos en un punto de la roca con la que estaba construida su casa, la cual vería por última vez.

En la lejanía continuaba oyendo los llantos de sus padres y su hermana pequeña, ninguno se esperaba que fuese ella precisamente el sacrificio de ese año.

Intentaba mantenerse relajada, pero internamente estaba temblando de puro terror.

No había visto a Sukuna jamás en toda su vida... solo los altos cargos, y preferían no hablar de ello por temor y respeto.

-¿Estás cómoda o necesitas que te ajuste un poco más la falda?

Leya sintió unas horribles ganas de abofetear a aquella mujer.

¿Se estaba burlando de ella acaso?

¿Qué más daba si se sentía cómoda o no con lo que llevaba puesto? Iba a morir en cuestión de horas, podía presentarse desnuda y no le importaría en lo más mínimo.

-Está bien.- Soltó sin contener ni por un momento la rabia en su mirada, que se clavaba en la chica, logrando intimidarla y que apartase sus ojos de ella rápidamente.

Leya siempre había querido irse de aquella isla y recorrer mundo por cuenta propia.

La veían como una maldición por el color de sus ojos, tan extraño y poco común.

La gente se llegaba a inventar incluso que con sus ojos podía hipnotizar y atraer a los hombres a su terreno, debido a que los tenía encandilados por su belleza.

Su piel morena y su pelo negro hacían que resaltasen cien veces más aquellos ojos debido a que el color violeta era bastante claro y contrastaba de manera bastante llamativa, siendo en lo primero que te fijabas cuando la mirabas.

-Bueno, ya está.- La otra mujer que se había encargado de arreglar la parte de arriba, se mostraba mucho más neutra y reacia a hablar con la muchacha, se notaba que quería acabar el trabajo rápido. Se alejó unos pasos hacia atrás para admirar su obra maestra.

La parte de arriba de la vestimenta consistía en varias telas rojizas de flores unidas por sus pétalos que solo cubrían sus pechos dejando al desnudo su abdomen, aunque quedaban varios huecos entre ellas dejando poco espacio a la imaginación, realzando aún más sus pechos. Algunas cadenas colgaban por los costados de su cuerpo, llegando a la altura de su cadera, conformada por un par de curvas bastante definidas. La falda era larga, hasta los tobillos, de un color rojo algo más claro que el de las flores que recubrían sus senos, las cuales se repetían alrededor de sus caderas haciendo función de cinturón.

-Y ahora el toque final.- Añadió la mujer, la cual parecía alegrar un poco su rostro. Quizás porque se sentía orgullosa de su creación, aunque tardaría poco en desaparecer junto al cuerpo de Leya.- Trae la máscara de cadenas Yia.

La muchacha más joven correteó por la casa desapareciendo a través de las cortinas coloridas que daban al salón donde debía hallarse su familia. Al poco tiempo regresó con la máscara. Consistía en una diadema que se colocaba alrededor de su cabeza, de ella colgaban pequeñas y finas cadenas que estaban adornadas con diminutas esferas envueltas de un color marrón avellana. A su vez la diadema estaba unida por los costados de su cabeza a otro conjunto de cadenas iguales que pasaban por el puente de su nariz, estas eran más largas por lo que cubrían el resto de su rostro de modo que lo único que quedaba completamente al descubierto eran sus llamativos ojos.

Cuando estuvo alistada le dieron un momento a solas con su familia.

Leya hacía lo posible por no derrumbarse delante de ellos, conteniendo sus lágrimas mientras se fundía en un abrazo familiar, el último de todos.

Su madre llenaba de caricias su larga melena negra, esa que tanto se demoraba en cepillar, llenándola de hermosos peinados que realzaban mil veces más la belleza de la muchacha. Quería quedarse con el recuerdo de aquellas delicadas manos perdiéndose en su pelo y esa voz dulce y risueña con la que le cantaba nanas cuando tan solo era una niña.

-Hija mía.- Sollozaba su padre, acunando ahora sus mejillas bajo aquellas cadenas.- Perdóname por no haberte dejado ser libre, no he sido un buen padre... mi princesa...

No era cierto. Su padre siempre había querido lo mejor para ella, y por el bien de la familia no podía mostrar su espíritu de libertad ante todos, y menos aún ante el gran jefe.

-No digas tonterías papá.- Soltó Leya con sus ojos brillantes por la horribles ganas que tenía de echarse a llorar.- Eres el mejor padre que he podido tener, y no pido más.- Guió sus manos hacia las de su padre, acariciandolas dulcemente con sus dedos pulgares mientras cerraba sus ojos.

El hombre, sin dejar de llorar unió su frente con la de su hija, sintiéndose impotente por no poder hacer nada para salvarla.

-No quiero que lloréis más por mí.- Miró hacia su otro costado, donde se encontraba su hermana, aferrándose a su cintura, sentía como humedecía su piel con sus lagrimitas. Por ello llevó una de sus manos a su cabeza, observando como la pequeña alzaba la mirada en el acto.- Como decía la abuela... cuando desaparecemos de este mundo vivimos en los recuerdos de la gente que nos ama, ahora iré a hacerle compañía, y os esperaremos allí.- Hizo una pausa, ya no podía aguantarse más, a pesar de que se mordisqueaba el labio inferior e intentaba que las lágrimas no se derramasen acabaron haciéndolo, y junto a ellas acabó liberando un débil sollozo mientras agachaba la cabeza.- Pero espero no veros por allí hasta dentro de muchos, muchos años.

-Pero es que yo no quiero que desaparezcas tan pronto.- Soltó la hermana entre sollozos para después pegar su mejilla de nuevo al cuerpo de su hermana mayor.

Los cuatro continuaron envueltos en aquel abrazo que ansiaban que fuese eterno, pero los guerreros de la tribu no tardaron demasiado en reclamar al nuevo sacrificio. Entre besos y llantos la familia se despidió, dejando ir a Leya, observándola mientras se alejaba, como si quisieran conservar la imagen de ella en sus mentes y recordarla siempre con vida.

(...)

Leya fue escoltada por dos de los guerreros y el líder de la tribu que permanecía serio y alerta en todo momento. Se notaba que el miedo atenazaba su cuerpo. Realmente si no se adentraban en los dominios de Sukuna a ellos no les ocurriría nada, pero al fin y al cabo era un demonio, siempre vivirían con el miedo y la tensión de que hiciera algo inesperado.

Cuando llegaron al inicio de sus dominios, los cuales permanecían marcados con cruces blancas plasmadas en los enormes troncos de dos árboles que parecían estar custodiando la entrada hacia el mismísimo infierno.

Leya miraba con temor hacia el lugar que nunca se le permitía explorar y que ahora tenía el “privilegio” de ver.

Agradecía que su padre siempre hubiera estado al tanto de ella, pues su espíritu de aventurera era más latente cuando tan solo era una niña, y en varias ocasiones intentó escapar hacia las profundidades del dominio de Sukuna para ver al demonio del que tanto se hablaba.

No sabía en qué estaba pensando a esa edad pero... ahora tenía cero ganas de traspasar la línea, aunque eso a los guerreros no les importaba, puesto que uno de ellos posó la base de la lanza contra la espalda de la muchacha, dándole un fuerte empujón hacia delante, de modo que cayó sobre sus manos con las que intentó hacer la caída menos dolorosa, pero se las acabó raspando en el proceso junto a sus rodillas, de modo que su cuerpo acabó desplomado en el suelo, situado entre los dos árboles.

Leya, entre bajos sollozos intentaba ponerse en pie, pero al alzar su mirada y ver una silueta acercarse hacia ella sus rodillas se pegaron al suelo completamente debido al miedo que atenazaba cada fibra de su ser. Solo tuvo fuerzas para voltearse y comprobar como los hombres que la escoltaron se arrodillaban en señal de respeto junto al líder, que se hallaba en medio, bastante más notorio debido a lo gordo que era.

Escuchaba los pasos cada vez más cerca, no quería mirar al frente de nuevo, de modo que al voltear su rostro poco a poco lo hizo con su mirada fija al suelo, hundiendo las yemas de sus dedos en la tierra de forma temblorosa, deseando que la tragase y la llevase lejos de allí.

Se sobresaltó cuando vio unos pies humanos delante de sus narices, a poca distancia de donde se encontraban sus manos, tragó saliva, sintiendo como su corazón latía de manera desbocada en su pecho. Estaba tan sumamente mareada y acongojada que no le extrañaría nada si en algún momento se desmallaba.

-Estabais tardando en traérmela.- Su voz era ronca y gruesa, y el tono tan seguro con el que pronunciaba las palabras era tan escalofriante que a Leya le entraban ganas de vomitar.

-Lo sentimos mucho gran Sukuna. Pero creedme, la espera merece la pena, es una de las mujeres más bellas y exóticas que tenemos. Comprobadlo.

-Alardeas demasiado, ¿no? Gordo.- el líder y los dos guerreros temblaban completamente rígidos en el sitio mientras intercambiaban miradas entre ellos.

-No os mentiría... enserio... Leya, alza la mirada... Vamos.

-Aquí las órdenes las doy yo, saco de grasa.- Soltó en un tono más elevado de voz, haciendo temblar a todos los presentes.

Leya se tensó aún más en cuanto Sukuna se acuclilló frente a ella, lo hizo de una forma tan rápida y brusca que a punto estuvo de apartarse, pero logró mantener la compostura por el bien de su familia.

Pensar en ellos le daba la suficiente fuerza para continuar.

-Alza la cabeza mujer, y no se te ocurra hacer que me repita.

Obedeció, su rostro se alzó poco a poco, de modo que ella también iba desvelándose a sí misma la imagen del demonio.

Su parte baja estaba cubierta por unos pantalones completamente negros y algo anchos, su abdomen estaba muy trabajado, si te atrevías a darle un puñetazo seguro que te acababas rompiendo la mano por lo duro que parecía. Pero había algo que llamaba su atención, y eran las marcas negras que decoraban su cuerpo, incluso en su rostro, que... sorprendentemente era humano y normal, a excepción de otro par de ojos que se hallaban a los costados de los suyos.

Su mirada era seria y desprendía aburrimiento a la vez que repulsión. Por ello Leya se temía lo peor, si no le gustaba a Sukuna las cosas irían fatal para su pueblo, pero... finalmente una horripilante sonrisa se extendió por su rostro, dejando ver unos colmillos bastante desarrollados. Aquello le puso los pelos de punta, incluso su mirada, llena de malas intenciones, desprendía psicopatía dura y pura.

-¿Pero qué tenemos aquí?- La tomó de las mejillas con brusquedad, pasando sus manos por debajo de las cadenas. Eran calientes al tacto, y sus largas uñas negras casi se clavaban sobre su piel.- Que ojos más curiosos...- Leya sintió como la máscara de cadenas se aflojaba y caía directamente sobre su regazo, de modo que su rostro quedó expuesto ante él.- Mmm... da gusto desenvolver este tipo de regalos.

Acarició el labio inferior de Leya con la uña de su dedo pulgar, bajando poco a poco hasta el inicio de sus senos.

No le gustaba nada la forma repulsiva con la que recorría su cuerpo, estaba muriéndose de ganas de volver a casa, pero siguió manteniéndose firme, haciendo lo posible por no mirarle a los ojos demasiado rato, debido al temor que le infundía.

-Os lo dije gran Sukuna. Es un buen ejemplar.

El demonio volvía a poner cara de repulsión de nuevo mientras sus ojos rojos se alzaban hacia el líder.

Apartó sus garras de Leya y se puso en pie lentamente, acercándose hacia los tres hombres a paso seguro bajo la atenta y temerosa mirada de Leya que no terminaba de entender la situación, y se notaba que ellos tampoco comprendían lo que pasaba.

Cuando Sukuna cruzó el límite para posicionarse a centímetros del líder este temblaba y abría sus ojos de par en par, como si se le fuesen a salir de las órbitas. Sukuna le superaba en altura con creces, por lo que para el pobre y asustadizo hombre imponía mucho más.

-¡BU!

Los tres dieron un salto hacia atrás, abrazándose mutuamente mientras emitían chillidos agudos.

Su intención era humillarles y asustarles desde un principio.

Soltó una sonora carcajada posicionando sus brazos en jarras, regocijándose ante su travesura.

-Bien, bien... parece que tu pueblo podrá vivir otro año más, espero que tengáis suerte para encontrar a alguien que supere a esta mujer.- Volvió a ponerse tan serio como al principio para seguidamente hacer un gesto con su mano.- Ahora fuera de mi vista.

Leya jamás pensó ver al respetado jefe de su tribu haciéndole reverencias a alguien, y mucho menos asustado.

Él y sus guerreros se alejaron rápidamente sin echar la vista atrás, parecía que querían correr pero se contenía para no transmitir una mala imagen.

Ansiaba que la llevasen con ellos lo más lejos posible de aquel horrible demonio, pero nada podía hacer... nada más que quedarse de rodillas esperando una orden por su parte o que la hiciera pedazos de una buena vez para acabar con toda la tensión que se había creado en el ambiente con la marcha de los hombres.

Leya se estremeció en cuanto Sukuna volvió a posar su atención en ella.

Presenció como los otros dos ojos restantes se cerraban, aquella imagen le perturbaba, aunque internamente estaba agradecida de que se viese como un humano y no como un monstruo deforme y babeante. Imagen que creó miles de veces en su cabeza.

-¿Es necesario que te diga que despegues el culo del suelo?

Como si sus palabras realizaran un fuerte efecto contra la muchacha se levantó rápidamente intentando mantenerse erguida y segura ante él, pero los temblores en algunos de los nervios de su cuerpo le jugaban malas pasadas.

Sukuna se aproximó pisando las cadenas que cubrieron su cara anteriormente.

Ahora estaba a centímetros de ella, y Leya ni siquiera se atrevía a mirarle directamente a la cara, manteniendo sus ojos cerrados y sus puños apretados al sentirle tan cerca.

-Oye...- La presencia de Sukuna estaba cada vez más cerca, sus labios rozaban su oreja, y eso hizo que Leya se encogiese en el sitio y respirase de manera temblorosa.- ¿Por qué no me miras a la cara?- Se cambió a la otra oreja, viendo en el proceso los párpados de Leya temblorosos, lo que le hizo sonreír como un condenado.- Ese tipo de cosas son una falta de respeto hacia mí... y no me gustaría tener que enfurecerme y acabar con tu vida antes de probar el sabor de una frutita tan madura como lo eres tú...- La tomó del cabello con brusquedad haciendo que al fin separase sus párpados al mismo tiempo en que un gemido de dolor escapaba de su boca.- Así que abre los ojos y atrevete a dirigirme la mirada, maldita humana.

Leya obedeció, sintiéndose pequeña ante aquel demonio de expresión asqueada, cuya mirada no hacía más que hundirla y hacerla sentir la peor de las miserias.

-Los humanos sois la especie más codiciosa y egoísta que existe en este mundo de mierda.- Tiró un poco más fuerte de su cabello, regodeándose de las lagrimillas que le saltaron a causa del dolor.- Mirate... estás aquí, siendo un sacrificio para un demonio al que temen y le hacen la pelota...- Unió su nariz con la de ella, esbozando una sonrisa sarcástica.- Joder, si es que solo le falta chuparme la polla mientras me recuerda lo grandioso que soy.- Se relamió los labios.- Todos dais asco... tch... incluso tu familia te habrá dejado ir sin dudarlo de lo acojonados que deben de estar.- Soltó una risita baja.

Con la sola mención de su familia algo se removió en el interior de Leya.

Sentía miedo, sí, pero la ira resurgía lentamente desde la boca de su estómago hasta su garganta como una llama que necesitaba expulsar desesperadamente.

-No te sientas especial.- Soltó con el ceño fruncido, observando como la sonrisa que delineaba los labios de Sukuna se desvanecía de su rostro.- Estaríamos en la misma situación con cualquier otro demonio que hubiese pisado esta isla, no eres especial.

No le gustó que mencionase a su familia como si la conociera.

Además, si iba a morir de todas formas... que más daba decirle a ese horrible y poderoso demonio lo que pensaba al respecto.

El silencio que le daba como respuesta no le gustaba ni un pelo, pero Leya no podía esperarse menos. Al fin y al cabo acababa de contradecirle y humillarle, y como no era para menos, Sukuna soltó su cabello para propinarle una fuerte bofetada, tanto que Leya cayó al suelo mientras emitía un agudo y corto grito con el que expresó su dolor.

Se llevó la mano a su mejilla rápidamente, notándola muy caliente y además húmeda.

Sí, le arañó en el proceso, provocando que finos senderos de sagre recorriesen su mejilla hasta llegar a su barbilla y caer al suelo, tiñendo parte de la poca hierba que había en esa zona de rojo.

Ni siquiera le dio tiempo a alzar la mirada, puesto que Sukuna la agarró de nuevo del pelo, tirando de él hacia arriba con violencia.

El dolor era tal que Leya chilló llevándose ambas manos a las muñecas de Sukuna, intentando poner fin a su agarre.

Sus ojos llorosos se enfocaron en su mirada furiosa, la cual no parecía encajar con la media sonrisa que formaban sus labios.

-Por supuesto que estaríais igual de indefensos... seguís siendo un trozo de carne sin gracia... pero créeme que te agradaría mucho más que esta isla estuviese custodiada por otro demonio y no por mí, se nota que no sabes nada. Voy a hacer que se te quiten las ganas de seguir soltando mierda por la boca.

La empujó hacia el frente provocando que diese un traspié, pero por suerte no llegó a caer al suelo y mantuvo el equilibrio.

Le dolía la cabeza por los tirones y el estrés de la situación. Quería desfallecer ahí mismo, pero sabía que quizás si le pedía que la matase se retrasaría solo para alargar su sufrimiento.

-Camina.- Notó como sus manos se estampaban contra su espalda, empujándola para alentarla a caminar, se pasó de fuerza y Leya acabó cayendo de rodillas al suelo.- Ponte en pie y espabila. Te voy a enseñar a respetar pedazo de zorra.- La empujó con su pie justo cuando intentaba volver a levantarse.

Parecía que aquel día iba a ser demasiado largo para ella.

(...)

Después de un rato caminando y recibiendo varios empujones por parte del demonio llegaron a un claro del bosque, iluminado por diversos rayos de luz que parecían combatir en una batalla contra la oscuridad que rodeaba el lugar, entre la que habían estado caminando durante todo el tiempo.

Se notaba que esa zona de la isla estaba dominada por un demonio, la luminosidad era tenue y todo parecía estar muerto a su alrededor, de momento ni siquiera había visto u oído a un solo pájaro, el silencio que reinaba era sepulcral y escalofriante, el ambiente te invitaba a caer en la desesperación.

En el centro del claro se hallaba una roca plana y circular con un símbolo en el centro que Leya desconocía.

Se trataba de una esfera envuelta en lo que parecían espinos.

No sabía que significaba eso ni qué haría exactamente con ella, pero lo que sí tenía claro es que no le esperaba nada bueno.

-¿Ves ese símbolo?- Como si supiese de su curiosidad, Sukuna posó ambas manos sobre los hombros de la muchacha mientras se asomaba por uno de sus costados, olisqueándola sin disimulo alguno mientras Leya cerraba sus ojos y apretaba sus labios, bastante incómoda con la situación.- Es la maldición que he puesto sobre este lugar.- Susurró en su oído.- Podía haberla extendido por toda esta puta isla, pero... me divierte demasiado atormentaros, sois tan inútiles.

-¿Cómo vas a matarme?

Leya quería ir directa al grano. Estaba cansada de escucharle hablar y hablar a pesar de que había alimentado su curiosidad, sería lo último que aprendería en todo lo que había vivido al fin y al cabo.

Se giró hacia él, atreviéndose a mirarle directamente a los ojos mientras inspiraba profundamente.

Sukuna sonreía de forma traviesa, sin dejar de recorrer su cuerpo con descaro.

-Voy a follarte hasta partirte por la mitad. Si no te mato a pollazos quizás te arranque la cabeza cuando me haya corrido en tu cuerpo.

Sus palabras eran tan repulsivas que Leya no pudo ocultar el asco que le produjeron, arrugando su nariz mientras fruncía sus labios, apartando la mirada para largar un pesado suspiro.

-Aunque sería una verdadera pena acabar con una humana tan agraciada...- Tomó su mentón para que sus rostros quedasen frente a frente, acercándose lo suficiente como para poder sacar su larga y puntiaguda lengua para lamer con profundo deleite la sangre que escapaba por su mejilla.- No sabía que existieran humanos tan exquisitos y bellos, algunos quizás sois demasiado para vuestra propia raza. Pero no eres tan inteligente como el resto que ha pasado por mis manos.- La soltó.- Eres la primera que se atreve a contradecirme y a faltarme al respeto... hay que estar loca para intentar quedar por encima del rey de los demonios.

Leya se mantuvo callada. No merecía la pena continuar manteniendo una conversación y menos con alguien como él.

-¿Te ha comido la lengua el gato?- Sukuna posó ambas manos sobre sus pechos muy repentinamente, eran grandes y redondos, apetecibles desde su punto de vista.

Los magreaba con maldad, sin perder de vista la expresión asqueada y entristecida que impregnaba el bello rostro de la muchacha.

Leya intentaba pensar en otra cosa, cerrar sus ojos y largarse a su mundo... eso era lo que necesitaba, pero sentir la mirada lujuriosa de aquel demonio junto a sus toqueteos no la ayudaba a abstraerse de la realidad.

Repentinamente, Sukuna agarró la tela del top por ambos lados y tiró de ella con fuerza, arrancándole un gemido de sorpresa a Leya.

Sus pechos rebotaron libres de su prisión, incluso sus pezones marrones estaban erizados, apuntando hacia Sukuna como si estuvieran intentando atraer su atención.

La sonrisa sádica que volvía a iluminar su rostro provocó que Leya se encogiese en el sitio, sobresaltándose en cuanto se acercó repentinamente para volver a lamer la sangre que emanaba de su mejilla con profundo deleite. El corazón de Leya iba a salírsele del pecho por el terror que estaba sintiendo, dejó que Sukuna posase sus manos de alargadas uñas alrededor de sus caderas, la acercó con brusquedad hacia su cuerpo de modo que pudo notar en su bajo vientre la creciente erección que se adivinaba bajo los pantalones desaliñados del demonio, cerró los ojos y alzó su rostro hacia el cielo, asqueada porque comenzó a sentir como su lánguida lengua descendía desde su cuello hasta sus pechos con prisas, de modo que su fuerte respiración era lo que se colaba por los oídos de la pobre chica.

Sukuna rodeó su pezón y lo sorbió entre sus finos labios como si pudiese mamar de él. La piel lisa y suave de Leya lo estaba enloqueciendo aún más, de modo que alternaba de un pecho a otro mientras sus dedos se introducían por los bordes de los laterales de la falda, arrancándola en menos que canta un gallo, provocando que Leya diese un saltito en el sitio por el susto.

-Mmm... dulce juventud.- Murmuró Sukuna parando un momento de degustar sus senos para acariciar con lentitud su plano abdomen.

Leya podía sentir como sus uñas se paseaban por su piel, temiendo que en cualquier momento se incrustasen en lo más honde de su cuerpo para sacarle algunos de sus órganos por puro disfrute de aquel sádico ser. Sukuna volvió a alzar sus orbes rojizos hacia el rostro de Leya, sonrió posicionando su rostro a la altura del de ella mientras sus manos se arrastraban hasta envolver sus pechos sorpresivamente y sin cuidado alguno, haciendo que gimiese de dolor. Pasó a rodear su cuerpo con sus brazos, la giró y la empujó hacia la roca aplanada, haciendo que la parte superior de su cuerpo quedase apoyada contra la misma mientras que sus pies permanecían pegados al suelo, ofreciéndole al demonio las espléndidas vistas de su tersa retaguardia.

El pánico se reflejaba en la mirada de Leya, que al sentir como era agarrada por ambas nalgas pegó su frente a la roca sin poder contener sus lágrimas.

Su tristeza salía a la luz de manera silenciosa, no quería que la viera de aquella forma tan humillante y lamentable, pero es que no podía contenerse. Iba a perder la virginidad con un ser horrible que después acabaría con su vida de la peor forma posible, aún le quedaba tanto por vivir y tanto por hacer... y todo se iba al garete por la presencia de aquel desgraciado en su isla.

Sintió como Sukuna se removía a su espalda, se estaba quitando la única prenda que cubría su cuerpo, y cuando lo hizo pegó su endurecido miembro entre las nalgas de la muchacha, encorvándose hasta que su pecho quedó apoyado en su estrecha y bonita espalda. Apartó su larga melena oscura hacia un lado para descubrir la mueca de tristeza que se dibujaba en sus delicados rasgos.

-Ow... no, no...- Decía en un falso tono amable mientras acunaba su mentón con una de sus manos.- No llores, dulzura.- Volvió a degustar la deliciosa sangre que seguía fluyendo por su mejilla, todo de forma más lenta y obscena que antes.- Mmm... que rica.

-Hazlo ya, por favor.- Musitó en un bajo y débil sollozo.

-¿Qué? ¿Tan rápido?- Leya abrió sus ojos de par en par y levantó la cabeza al sentir como dos de sus dedos se insertaban en su vagina, no fue demasiado agradable por el hecho de que sus uñas eran algo largas.- Me gusta saborear la comida.- Movía sus dedos como si se tratasen de torniquetes, girándolos en su interior mientras realizaba los movimiento de dentro hacia afuera sin prisa.

La dura respiración de él chocaba contra su oreja, podía sentir como su miembro seguía creciendo entre sus nalgas, dándole pequeños golpecitos que parecían querer avisarla de lo que se le venía encima.

Leya jamás había tenido nada incrustado en sus adentros y el hecho de que su cuerpo estuviese tan tenso por el horror que la recorría de pies a cabeza, hacía que le resultase algo molesto, y si eso le era incómodo no quería saber como sería sentir su miembro hundiéndose en ella.

Repentinamente Sukuna se despegó de su cuerpo, tardó poco en extraer sus dedos de ella y pasear su lengua por aquella zona que tanto ansiaba devorar.

Abría sus labios externos, arrastrando su lengua entre ellos, dando con su clítoris mientras manoseaba su trasero.

Le dio una fuerte cachetada a la nalga izquierda al mismo tiempo en que sus labios atrapaban aquel delicioso tesoro, lo sorbió y le dejó otra cachetada de regalo en la otra nalga, quería marcar su cuerpo, le gustaba como quedaban el cuerpo de las mujeres cuando las dañaba, y sobre todo escuchar sus quejidos, Leya se tensaba con cada cachetada y jadeaba adolorida.

Pero lo que estaba sintiendo en su zona baja por algún motivo le llenaba de un calor inexplicable que para nada era malo, más bien, le producía cierto placer, jamás se había realizado una autoexploración, ya que eso estaba mal visto en su cultura, y nunca pensó que la sensación fuese tan electrizante.

Sukuna tenía una gran habilidad con la lengua, los chasquidos que producía con su boca al impactar contra la feminidad hacían que el ambiente se tornase mucho más ardiente.

Volvió a insertar dos de sus dedos en el orficio, hasta el fondo, sin importarle la ligera presión que sintió al introducirlos y el quejido de dolor que emanó de sus labios.

-¡Aah! Joder.- Se quejó, volteand ligeramente su rostro hacia atrás, divisando unicamente una se sus manos posada en su trasero y algo de su pelo rosado.

-Vaya... es muy estrecho y caliente.- Comentó Sukuna dejando que su aliento chocase contra el hinchado clítoris que pedía a gritos más atención.- No quiero imaginarme como debe de ser meter mi polla en esta cosita... Te voy a dejar invalida.

-Ten piedad...- Leya no podía más, sus lágrimas no dejaban de resbalar por su rostro hasta impactar contra la roca.- Por favor... no quiero morir.- Sollozó.

Sukuna se quedó con la lengua fuera, a milimetros de su clítoris y con sus dedos aún insertados en ella.

Sonrió poco a poco y largó una baja carcajada mientras hacía girar sus dedos.

-Estás dejándome ver tu verdadero ser... Te estaba costando. Eres la mujer más orgullosa que he visto en mi vida.- Apretó el agarre contra una de sus nalgas, hundiendo sus uñas en ella.- Oh... vaya, vaya.- Sukuna extrajo lentamente sus dedos, apreciando la sangre que los rodeaba.- Con razón era tan estrecho. No te habían desflorado.- Soltó en tono burlón, poniéndose en pie mientras miraba con espectación la sangre de sus dedos y la que goteaba de su orificio, aunque no era demasiada.

El llanto de la chica se hacía cada vez más audible, Sukuna limpió la sangre de sus dedos contra la roca y seguidamente agarró a Leya del pelo y la despegó de la superficie para, sucesivamente, arrojarla al suelo.

Leya dio un gritito cuando impactó contea la hierba, se apoyó sobre las palmas de sus manos y se quedó cabizbaja, su cuerpo sufría ciertos espasmos con cada sollozo que soltaba.

Sukuna rodó los ojos con aburrimiento, volvió a agarrarla del cabello e hizo que mirase hacia él.

-¡Ah!

Leya llevó ambas manos a la de Sukuna por acto reflejo, pero sin hacer fuerza para apartarla.

Se quedó congelada y con sus ojos abiertos a más no poder al ver el miembro masculino frente a sus ojos.

Era largo y grueso, su glande ers de un color rojizo, tenía líquido preseminal a su alrededor, haciéndolo brillar. Leya tragó saliva con fuerza, tenía miedo, sabía que no sería delicado y que la dañaría en exceso, y más con lo que se cargaba.

Sukuna sonrió con orgullo, agarrando su polla con su mano libre y meneandola como un auténtico desvergonzado.

-¿Te gusta? Pareces sorprendida. ¿Es la primera que ven tus lindos ojos?

-No me hagas hacerlo, por favor...- Suplicaba de nuevo Leya.- Haré lo que me pidas pero no me hagas daño.

-¿Lo que te pida? ¿Y qué podrías darme? Yo no necesito nada, solo atormentar a los de tu especie.- Se relamió los labios y guió su miembro hacia su boca, introduciendole el glande rápidamente.- Ahora calla y chupa, zorra.- Empujó su polla con un fuerte movimiento de pelvis.

Leya abrió mucho más la boca, engullendo la mitad de ese miembro, pues el glande ya alcanzaba su campanilla y no podía con más.

Soltó un quejido y respiró con fuerza por la nariz, agarrando con una de sus manos lo que faltaba por introducirse.

Sukuna inició un movimiento de adelante a atrás sin prisa pero sin pausa, follandose la boca dela chica mientras echaba su cabeza hacia atrás y cerraba sus ojos, inmerso en el mejor de los placeres.

-Oooh... sí, joder... que bueno... ufff... que boquita más pequeña y caliente tienes... mmm... sí...

Su miembro salía hasta su glande, el cual se mantenía oculto todo el tiempo.

Leya babeaba demasiado, no podía evitarlo, apenas la dejaba respirar, de su labio inferior colgaba un hilillo se saliva.

Apretaba sus labios alrededor de su endurecida barra, frunciendo el ceño cada vez que sentía el glande impactar contra el fondo de su boca.

Cuando Sukuna se cansó extrajo su miembro muy lentamente, observando mientras se mordía el labio como los labios de la chica, suaves y tiernos, se arrastraban por su venosa polla, dejandola poco a poco al descubierto, su glande tardó mucho más en liberarlo, girandolo en círculos con su mano y sintiendo la lengua de Leya plana contra aquel capuchón rojizo.

-Ahm...- Cuando lo sacó por completo casi se corrió al ver los hilos de saliva colgando de su pene, el cual dio un pequeño brinco por la excitación.- Que zorra... eres una buena chupapollas.- Dijo con burla, ganandose una mirada suplicante.

-No me hagas esto.

Suplicó de nuevo, en el momento en que Sukuna la tomó y la sentó frente a él sobre la roca, abriendola completamente de piernas.

Disfrutaba con las suplicas y los lamentos de ella, apoyó sus manos sobre sus rodillas y acercó su boca a la de ella en un gesto juguetón.

-Me pregunto si la mejor tortura de todas sería preñarte. Es decir, una humana no podría dar a luz a un demonio, antes te abriría en canal, o te destrozaría este coño tan bonito que tienes.- Soltó mientras pasaba la palma de su mano por él, sin despegar sus ojos del color violeta tan poco común en los ojos humanos.

-No...- Leya negó repetidas veces con la cabeza.- Por fav... ¡Aaaahhh!- Echó su cabeza hacia atrás en cuanto sintió como Sukuna presionaba contra su vagina, logrando insertar su glande de una sola embestida.

-Uuufff... joder como me aprieta... aaahh... y es solo el inicio.- Su pecho ascendía y descendía con dureza, mientras su atención permanecía fija en la unión de ambos genitales.

Leya se apoyaba sobre las palmas de sus manos, estaba alterada y tan nerviosa que su vagina se cerraba, cosa que le provocaría mucho dolor, pues además era su primera vez, pero eso a Sukuna no le importaba.

Posó ambas manos en su trasero, la agarró con fuerza, incrustando de nuevo sus uñas en ella, y de una sola vez le introdujo la mitad haciendole gritar y llorar.

Sukuna gemía de excitación, metía y sacaba su miembro con lentitud, haciendo esfuerzo con su pelvis para ir metiendo más, cosa que estaba logrando, pues sus embestidas eran tan duras que movían el cuerpo entero de la chica y la tenía que agarrar para que no se le escapase.

Sukuna estaba en el septimo cielo, las paredes vaginales de Leya envolvían su pollla como nunca, estrujandola con dureza.

-Aaaahh...- Gimió Leya en cuanto los testículos de Sukuna chocaron contra sus nalgas. Estaba completamente dentro.

Por suerte para ella le dio un respiro, se quedó completamente inmóvil, observando con deleite la mueca de dolor de la pobre chica que estaba ya mucho más cerca de él, de manera que sentía su respiración contra su rostro.

Al abrir sus ojos vio de cerca aquella expresión maquiavélica, estaba aterrada, la iba a destrozar de cualquiera de las maneras, nada podía hacer para evitarlo.

-¿Que hago? No quiero romper esta joyita a pollazos pero a la vez me está tentando, y la idea de preñarte no es tan mala, la verdad es que es la mejor de las torturas, ¿no crees? ¿Te gustaría que te la regalase?- Echó su pelvis hacia atrás hasta que su glande fue lo único que quedaba dentro para posteriormente darle una fuerte embestida.

-¡Aaah! ¡No!- El golpe fue tal que parecía que la iba a romper por la mitad o que estiraría aún más su cavidad.- No...- Sollozó echando su cabeza hacia atrás.

-Imaginate... mi fruto formandose dentro de ti, comiendote poco a poco hasta que te consuma.- Otra embestida que sacudió su cuerpo.- Una hermosa manera de morir para una hermosa mujer.- Otra, otra, cada vez aceleraba más y su respiración también iba aumentando junto a los gritos de dolor de Leya.

Su pene la martilleaba con dureza, no le daba tregua ninguna.

Le dolía horrores y de nada servía llorar para que parse.

Sukina rodeó su cuello y la empujó hacia atrás hasta que la espalda de la chica quedó pegada a la superficie rocosa, se subió a la misma, colocándose de rodillas, posicionó las piernas de Leya sobre sus hombros y se colocó mejor, volvió a rodear su cuello y a embestirla con todas sus fuerzas, de modo que todo lo que retumbaba era el ruido de sus huevos impactando contra sus carnes.

-Ah... ah... ah...- Gemía entre gruñidos Sukuna, acariciando el labio inferior de la chica con su dedo pulgar para luego meterlo en su boca.- Joder...

Leya obedeció con desgana, envolviendo con sus carnosos labios aquel dedo, como si fuese un pene.

Miraba a Sukuna con ojos llorosos y este se iba a correr solo con ver esa mirada suplicante.

Los gemidos de Leya comenzaban a tornarse de manera diferente, seguía mostrando signos de dolor pero parecía que su intimidad estaba amoldandose a aquel miembro.

Sukuna resopló con fuerza hundiendo todo su mástil, notando como su glande chocaba contra el tope.

Extrajo el dedo de su boca y le apretó los pechos, tirando de sus pezones sin dejar de embestirla con fiereza.

-¡Ah, ah, ah! NO... BASTA.

-Tu boca dice una cosa... pero lo que estoy... ah... uf... lo que estoy notando aquí... mh... dice otra totalmente distinta.

Se abalanzó de nuevo sobre uno de sus pechos, lamiendo el derecho con ansías, adoraba la textura de aquella piel, tan suave y tersa...

Envolvía su pezón, lo besaba y paseaba su lengua plana por él, los chasquidos de su boca eran tan excitantes como el de sus testículos batiendo contra ella sin piedad.

Estaba llenando de saliva su pecho, ignorando los quejidos que emanaban de los labios de Leya, quien, rendida, se dejaba manejar como una muñeca a esas alturas.

Sukuna ascendió hasta sus labios, pegó su nariz a la de ella, su pelvis no dejaba de moverse ritmicamente y su trasero se contraía con cada movimiento.

Si cualquiera pudiera adentrarse en el bosque encontrarían una escena de lo más ordinaria.

Leya mantenía sus labios apretados en una fina línea y miraba ahora con enfado directamente a aquellos ojos rojos que la escrutaban divertidos.

-¿Qué pasa? ¿Ahora la princesa está de morros? Dicen que a las mujeres se les quita el cabreo con una buena follada... pero tú produces el efecto contrario.

Todo lo que salía por su boca no eran más que estupideces que Leya trataba de ignorar.

Tan solo se limitó a cerrar sus ojos y pensar en otra cosa para tratar de sufrir lo menos posible, aunque la dureza de las embestidas y los cosquilleos que le caudaban no la ayudaban a cumplir con su labor.

Repentinamente sintió como su boca era invadida por la de Sukuna.

Sus labios se movían sobre los de ella, mientras que Leya los dejaba quietos y abría sus ojos de par en par por la sorpresa.

Sentía aqulla lengua paseandose por la suya, ambas se entrelazaban en una danza asalvajada, pues Leya comenzo a dejarse llevar poco a poco, estando cada vez más fuera de sí.

Leya gimió contra la boca de Sukuna y este hacía lo mismo, sintiendo su miembro cada vez más hinchado y a punto de estallar.

-Preparate... porque voy a descargar toda mi leche en lo más hondo de tu ser... aaahh... mh... ah...

-Mh...- Leya giró la cabeza hacia un lado, mirando hacia un punto lejano del bosque en el que no veía nada en especial, pero sí se imaginaba huyendo entre los árboles, tratando de encontrar la salida a aquella pesadilla.

Sukuna siguió martilleando, tomó a Leya de la espalda, alzandola para sorpresa suya.

La alejó de la superficie rocosa y la tomó por sus nalgas, aún manteniendola ensartada.

Leya, sin tener donde sostenerse, no le quedó más remedio que apoyarse sobre sus hombros y mirarle directamente a la cara.

Sukuna se mordía el labio mientras apoyaba la planta de su pie contra la roca.

Sin aviso, comenzó a mover su pelvis de arriba a abajo a toda velocidad, su miembro se movía rápido de adentro hacia afuera, de modo que se podía divisar como la intimidad de Leya la apresaba.

Sukuna bufaba con cada encontronazo, se lanzaba a devorar sus pechos, mamando de ellos como un bebé.

-¡Aaaaahhhh!

Por primera vez en todo lo que llevaban Leya gimió se puro placer, aquella posición le favorecía más, sumado a las cachetadas que le daba de vez en cuando en su trasero.

Estaba desorientada de placer, rodeaba el cuello de Sukuna, apoyaba su frente contra la de él y resoplaba sintiendose diferente.

El instinto sexual fluía por su cuerpo.

-¡Dios! ¡Es demasiado estrecho! ¡Joder! ¡Oh! Mmmmh...

Sukuna movía su pelvis de arriba a abajo sin parar y Leya se mordía el labio para evitar gemie mientras se volteaba e intentaba mirar hacia abajo.

En ese momento justo los dos estallaron en un fuerte orgasmo acompañado de gritos incontrolable y el chapoteo de sus intimidades unidas.