Propiedad de la bestia

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Summary

Desde el humo del primer copal, los dioses han tejido el destino de algunos entre sus dedos. A esos los llaman elegidos. Pero hay una verdad más antigua: cuando un dios decide dejar de ser leyenda y pisar otra vez la tierra de los vivos, no trae bendiciones. Trae colmillos. Trae sed. Trae un juicio que no se apela con ruegos, sino con sangre. Y a veces, ese dios elige una mujer para ser su mano. Esta es mi historia. No esperes un héroe. Espera el eco de un sacrificio.

Status
Complete
Chapters
33
Rating
5.0 2 reviews
Age Rating
18+

Capítulo 1 - Wolf's Bane

Llegamos a Berlín tres días atrás, después de un viaje en tren desde Praga que dejó mis huesos adoloridos y mi mente dispersa. Roxy, siempre obsesionada con la próxima experiencia “instagrameable”, había reservado un apartamento en Mitte que olía a café viejo y pintura fresca. Angie, la práctica, ya había organizado la agenda: museos, tiendas, y ahora, un bar clandestino del que solo Roxy tenía el contacto.

—Se llama Lycan —dijo Roxy, pasándonos el labial—. Dicen que es imposible entrar sin invitación, y que adentro sirven tragos que te hacen ver cosas.

—¿Ver cosas? —pregunté, cepillándome el cabello frente al espejo del baño sin tomar el labial. Mis ojos dorados me devolvieron la mirada, cansada.

—Sí, ya sabes… luces, sombras, cosas místicas, esa onda —respondió Angie—. Pero principalmente va gente con dinero. Y, según Roxy, algunos dicen que el dueño es… bueno, intimidante por lo menos.

No pregunté más. Después de semanas viajando, lo último que quería era otro lugar donde fingir que era solo una turista más. Pero eran las últimas dos noches, y a mis amigas les brillaban los ojos con esa curiosidad juvenil que yo ya no sentía desde hacía años.

El aire de la noche cortaba como una hoja de afeitar mientras caminábamos por el centro, y yo solo podía pensar en que mis vacaciones estaban a punto de expirar. No quería estar fuera. Quería el silencio de mi habitación, pero Roxy y Angie tenían una idea diferente de lo que significa “una última noche inolvidable”.

​—¡Vamos, Hannah! No seas una sombra toda la vida —me había gritado Roxy sobre el ruido del tráfico, arrastrándome literalmente del brazo.

El club “Lycan” se escondía entre las entrañas de callejones mugrientos. Roxy, una de mis amigas —influencer conocida por su canal “Bocados en 60 segundos”— había sido invitada días antes. Gracias a ella, teníamos acceso.

Entre paredes pintarrajeadas con graffiti viejo y el olor a lluvia ácida, dimos con una puerta de hierro negro sin letreros, junto a un contenedor de basura abarrotado de latas. Solo un grafiti con cabeza de lobo y el bajo sordo que se filtraba desde dentro confirmaban el lugar.

Roxy llamó: tres golpes, uno lento y dos rápidos.

La mirilla se abrió con un clic seco. Un ojo amarillo, de pupila elongada, nos escudriñó, me dio la primera señal de que este no era un club de moda cualquiera.

La puerta cedió con un quejido metálico, revelando una escalera de piedra que descendía hacia la penumbra. Al bajar las escaleras de piedra, el calor nos golpeó. Era un calor denso, cargado de madera de roble, whisky ahumado y un rastro metálico que mi instinto reconoció de inmediato: sangre seca.

El diseño era brutal. La luz venía de lámparas de queroseno y velas negras enclavadas en el suelo. Las paredes, de ladrillo desnudo, estaban marcadas con runas desvaídas y pinturas de lobos antiguos.

Al fondo, la barra: acero bruñido y madera recuperada de barcos nórdicos. Detrás, un hombre alto con una cicatriz que le partía la mejilla. Sus ojos reflejaban demasiada luz amarilla; sus manos mezclaban tragos con movimientos precisos, casi rituales.

Meseras de pelo blanco platino, vestidos negros ajustados y collares de colmillos se movían entre las mesas con una fluidez demasiado perfecta. Sonreían, servían, pero sus ojos no brillaban con calidez.

En el centro, la pista de baile vibraba bajo luces estroboscópicas. La música era una mezcla de industrial profundo y cantos nórdicos ancestrales, con un bajo que se sentía en los huesos.

Frente a ella, una zona VIP custodiada por dos hombres enormes de traje negro y mirada brillante.

Tomamos la mesa más alejada de esa zona y más cerca de la salida.

Pedimos “Wolf’s Bane” — una infusión de hierbas amargas, miel negra y hielo seco el hielo seco creaba una cascada de humo blanco sobre la madera vieja de la mesa. El primer sorbo fue una explosión. Sabía fuerte, extrañamente refrescante, como si estuviera bebiendo un bosque antiguo bajo la luna llena.

Mientras Roxy y Angie se perdían en la pista, dejándose llevar por los cantos nórdicos y el bajo industrial que hacía vibrar mis pulmones, me quedé sola un momento. Cerré los ojos, tratando de ignorar la sensación de ser observada. No lo sabía aún, pero en ese sótano lleno de lobos disfrazados de hombres, mi rastro ya había sido captado.

Mientras bailaba, noté cómo el humo de las velas negras se enroscaba en formas imposibles, como serpientes danzantes. Mis sentidos, siempre agudos, captaron un sonido bajo la música: un rumor de pisadas en la piedra que no coincidía con el ritmo, como si alguien caminara en círculos alrededor de la pista.

Roxy y Angie reían, ajenas. Para ellas, Lycan era solo otro bar temático. Para mí, cada detalle —las runas en las paredes, el modo en que el barman medía las bebidas con precisión de relojero funerario, el olor a tierra mojada bajo el whisky— encendía una alerta silenciosa en mi cuerpo.

Demasiado orden en el caos, pensé. Demasiado ritual en lo casual.

Una mesera de pelo blanco pasó cerca, y su perfume —ámbar y algo herbal, como hierbas que solo crecen en laderas altas— me hizo contener la respiración. No era un aroma europeo. Era familiar de un modo que no podía nombrar, y que preferí no examinar.

Volví a bailar, forzándome a soltar la tensión. Pero en el espejo detrás de la barra, por un segundo, creí ver reflejados no los cuerpos sudorosos de la pista, sino sombras alargadas con ojos brillantes.

Parpadeé.

Solo era el humo.

Solo era la noche.

El ambiente era… peligrosamente seductor.

Aún no lo sabía, pero esa noche, en las entrañas de Lycan, algo había comenzado a rastrearme.

Y yo, sin querer, ya había empezado a olfatear de vuelta.

Tal vez debería haber seguido mi instinto. Tal vez debería haber inventado una excusa y regresado al apartamento. Pero algo más profundo que la lógica —algo antiguo y terco que llevaba enterrado en las costillas— me mantuvo allí.

Después de todo, ¿qué podía salir mal en una última noche de fiesta?

La respuesta, claro, estaba esperando en las sombras, con ojos de plata y hambre de leyenda.

Pero esa es la parte que aún no sabía.