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Cuervo de Dos Dabezas: El Falso Leproso

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Sinopsis

Edward aprendió a los quince años que, a veces, la única forma de salvar a los demás es mancharse las manos de sangre. Después de matar a su propia familia para liberar a su pueblo, huye al Caribe y se convierte en un pirata con mente militar. Pero la libertad tiene un precio. El liderazgo, las riquezas y el poder pondrán a prueba el hombre que juró no parecerse jamás a su padre. Mientras la violencia comienza a transformarlo, Edward deberá decidir si quiere convertirse en un monstruo... o seguir siendo un hombre. Porque en el Caribe, nadie sale del mar siendo la misma persona.

Genero:
Adventure/Drama
Autor/a:
Desiré
Estado:
Completado
Capítulos:
27
Rating
5.0 1 reseña
Clasificación por edades:
18+

Venganza

1708. Cassis, Francia.

Soy Edward Aramis Deveraux, segundo hijo del marquesado de Cassis.

La perla negra entre perlas blancas. Un defecto, según mi familia.

Vivo aprisionado en una mansión blanca y ostentosa sobre el acantilado, elevándose por encima de las humildes casas de los plebeyos bajo el sol de la mañana.

Desde que tengo memoria, he debido respetar códigos: de comportamiento, modales y vestimenta. Me avergüenza observarme en el espejo vistiendo trajes de mangas amplias y bordados en oro. Pero, al contemplar mi tez trigueña y mi cabello negro, no puedo evitar sentirme asfixiado. No tengo culpa de haber nacido así.

Mis padres discuten a diario tras las puertas cerradas sobre si soy producto de una infidelidad. Ni siquiera intentan disimular; siempre terminan a los gritos.

Todo porque ellos son de tez blanca y yo no. Al menos heredé los ojos verdes de mi madre; eso me da la seguridad de que sí soy su hijo.

Hablando de los Deveraux, mi hermano mayor, Robert d'Athos, heredero del marquesado, es un maldito pesado. No tiene otra ocupación que hacer mi vida imposible. Sus gritos, cachetadas y golpes suelen dejarme llorando contra las sábanas.

Al día siguiente, las fundas apestan a sangre seca.

Suelo notar el arrepentimiento en su expresión, pero es demasiado cobarde para admitir sus errores. Jamás le he escuchado una disculpa, aunque tuviera el culo lleno de brasas. Algo que he hecho, por cierto, al dejar brasas rojas donde suele sentarse.

Y por el lado de mi padre, ni hablar. Es un vago bueno para nada. Casi todo el marquesado quiere rebelarse en su contra por su desinterés y pésima toma de decisiones.

Tengo quince años, pero sé que, si continúa cobrando impuestos tan altos sin ofrecer nada a cambio —los molinos y las atalayas se caen a pedazos—, tarde o temprano acabaremos en la horca.

Según Robert, todo está en orden, necesitamos tiempo, pero hay que ser tan idiota como él para creer que las acciones no tienen consecuencias.

Quizás sea yo quien deba actuar.

Los milagros se hacen, no se esperan.

No tardó demasiado. Lo que todos llevaban años advirtiendo terminó ocurriendo: Cassis estalló en una guerra civil.

Arrojaron piedras contra las ventanas, volcaron comercios, puertos y presas en señal de protesta. Logramos sobrevivir porque los soldados contuvieron a la multitud, pero mi padre se mantuvo en su posición como marqués.

Y para peor, no ha querido mejorar. Sí continúa de esa manera, acabaremos muertos.

Frente al público prometió que Cassis renacería de las ruinas y que todo sería mejor de ahora en adelante, pero nadie le creyó. Tampoco podía hacerse mucho al respecto; el respaldo de la corona seguía protegiéndolo.

— ⚜ ❦ ⚜ —

Una vez intenté hacerlo entrar en razón.

Me estampó la cara contra el escritorio, al borde de arrancar mi cabello de la nuca y me marcó la espalda con un hierro candente. Dijo que yo era un niño insolente que no entendía nada de la vida y que le habría gustado arrojarme a la multitud para calmarla.

Estaba sobrio cuando lo dijo. Ebrio es peor.

Ahora tengo una cicatriz en forma de cuervo con las alas abiertas. Es el animal del blasón Deveraux y arde en mi piel como un recordatorio constante de su yugo de hierro sobre mí.

— ⚜ ❦ ⚜ —

No puedo escapar. Siempre están vigilándome, mi padre y mi hermano, actuando constantemente en mi contra.

Hubo una vez que me estrelló una botella en la cabeza porque no había vino en la licorería, o cuando Robert casi me ahogaba en las heces de los caballos porque ensucié su traje con un poco de tinta, por accidente.

Mi madre ignora esas actitudes. Repite que ambos siempre están cansados por sus deberes constantes y defiende que son los hombres más inteligentes de la región, sonriendo de forma falsa y forzada, como si temiera decir algo incorrecto.

¿Cómo puede justificar la violencia? Un simple título de heredero no vuelve valiosa a una persona tan miserable como mi hermano.

Ella, al menos, suele acariciar mis rizos y sostener mi rostro entre sus manos para sonreírme, raras veces. Pero no parece verme a mí, sino a mis rasgos, por ende, a quien los heredé.

Fue más que suficiente para convencerme de que jamás sería un verdadero Deveraux.

Harto de mi familia, los tratos y que el botellazo en la cabeza me provoca inmensas jaquecas, decidí apartarlos de mi camino.

Y de paso, beneficiar al pueblo con sus ausencias. Sus muertes.

Una noche, me colé fuera de la mansión justo cuando mi padre había salido a Versalles para una reunión importante.

Mi intención fue viajar a la leprosería: una aldea aislada, barricada con láminas y muros de piedra, donde mantienen a los enfermos apartados del exterior. Supe de ella por las constantes noticias sobre las pestes que ha castigado al país durante siglos.

Traje conmigo una nota escrita: “Si quieren un pequeño trabajo a cambio de oro, los veré afuera. Ahora”. La doblé en forma de flecha y la arrojé por encima de los muros: no había guardias; aunque los enfermos pudieran salir, nadie querría tenerlos cerca.

Me mantuve a una distancia considerable, recargado en un árbol y esperando de brazos cruzados.

Al cabo de un rato, cinco leprosos cruzaron el portón de madera podrida, cautelosos.

Les saludé con las manos en alto para que me notaran y alcé las monedas del bolsillo, para que vieran que no mentía

—¡Oigan! ¡Se las daré si me ayudan! —grité desde la lejanía.

—¿No eres el hijo del marqués Deveraux? ¿Qué quieres? —preguntó uno de los leprosos con evidente desconfianza.

—¡Quiero que contagien a mi hermano mayor! Les concederé el acceso a mi mansión —indiqué sin acercarme.

Se sorprendieron tanto que hasta las grietas de sus mejillas parecieron abrirse un poco más.

Era lógico.

¿Quién desearía que su propio hermano terminara enfermo de una cosa tan diabólica como la lepra? Yo siempre creí que bastaba un simple roce para contraerla.

Pero por unas cuantas monedas de oro aceptaron sin hacer preguntas.

De regreso en los jardines de la mansión, me quité los zapatos de hebillas plateadas y los lancé por el costado de la casa para que golpearan el empedrado.

El ruido bastó para distraer a los soldados, quienes seguramente pensaron que el mocoso —yo— había vuelto a escaparse. Con eso despejaron el tramo central.

Abrí el portón usando la llave con extremo cuidado para que las bisagras no rechinaran. Mantuve a los enfermos varios metros detrás de mí mientras avanzábamos; el mármol helado ennegrecía poco a poco las calcetas blancas de mis pies

—Sean silenciosos. No despierten a nadie —susurré.

Todos asintieron.

Los guié hacia el interior caminando despacio

—La habitación de mi hermano está en el segundo piso, la primera puerta. De todos modos, ronca como un animal —ordené—. Cuando terminen, los esperaré aquí y les entregaré las monedas.

—¿Y qué hacemos con los marqueses?

—Tengo otros planes.

Me alejé mientras ellos subían la gran escalera entre murmullos y risas contenidas.

Al cabo de unos minutos —según el reloj de pared— regresaron intentando contener las carcajadas. Las palmas les brillaban de humedad y se limpiaban las comisuras de los labios entre ellos.

Deslicé las monedas por el suelo.

Las recogieron sin perder tiempo y desaparecieron por la ventana lateral, dejando tras de sí un rastro de suciedad, barro y sangre

—Gracias —murmuré con una leve sonrisa.

Los escuché perderse entre los arbustos.

Después, con una vara larga y un trapo atado en la punta, limpié cualquier resto de barro, pus, tierra y sangre que hubieran dejado sobre el suelo y los picaportes.

Por la mañana, desayuné junto con mi familia completa en el gran comedor, con aparente normalidad, mi padre había regresado tarde y se le notaba en las ojeras.

Mi hermano masticaba su desayuno con bastante ruido y mis padres no le llamaban la atención por eso; como es costumbre. Yo tengo que mantener los codos abajo, espalda recta y elegir los cubiertos de plata correctos, o me golpean en el antebrazo

—Desperté con el camisón lleno de suciedad, la boca me sabe a pus —se quejó Robert—. Mis gárgaras salieron oscuras.

Me dio un retortijón en el estómago por el asco, oculté la arcada al toser, pero a su vez, quería reírme. Contuve la sonrisa mientras masticaba

—Bien que conoces el sabor de las porquerías —comenté, riendo entre dientes—. ¿Acaso limpias los viñedos con la lengua?

Robert, presionando su mandíbula con fuerza y las cejas fruncidas, me arrojó un tenedor a la cabeza; lo esquivé al ladearla

—Deben ser duendes —explicó mi madre desinteresada, sin apartar la mirada del plato lleno, extremidades bajo la mesa.

—Esos son cuentos de hadas, mujer. Historias tontas —añadió mi padre, tragando trufas, igual a un estúpido cerdo.

—Son más reales los duendes que tu promesa de mejorar Cassis —interrumpí, ladeando los ojos con disgusto—. Los granjeros no pueden pagar los impuestos, la costa carece de defensas y los carpinteros no van a trabajar con el estómago vacío.

La cara de mi padre se puso roja del enojo, tan roja como una cereza a punto de estallar por la ira. Azotó ambas manos en la mesa y se fue del comedor lleno de furia.

Yo reía mientras disfrutaba mis legumbres. Robert apartó la mirada, negándose a admitir que me salí con la mía; creo que imaginé ver una sonrisa orgullosa en sus labios.

En unas semanas, mi hermano fue incapaz de levantarse de la cama a causa de una fiebre y una tos implacables. Según explicó el médico, le habían aparecido llagas en la lengua, la garganta y el paladar, ocasionadas por fluidos invasivos que agravaron rápidamente su estado. No hubo manera de recuperarlo.

¿Acaso los leprosos le escupieron dentro de la boca? Entonces no fue la lepra en sí.

Los sirvientes dejaron de administrarle las medicinas por temor a contagiarse y terminar igual. Murió al mes siguiente, con los primeros sarpullidos extendiéndose por los labios y el cuello, inconsciente por el calor abrasador que consumía su cuerpo.

Ahora fue él quien recibió una marca de fuego.

Durante el funeral, sin embargo, una gran lástima me hundió el pecho por su partida. A pesar de la horrenda persona en la que se había convertido, no siempre fue así; alguna vez fuimos amigos.

Mi madre solía decir que él me enseñó a hablar y a caminar Que le gustaba hacerme reír cuando era pequeño.

Yo ya no recordaba nada de eso.

Ambos nos llevábamos nueve años de diferencia.

¿Habrá cambiado su actitud por la sospecha de que yo sea un hijo bastardo?

Conocer todo el contexto creó en mi corazón un nudo constante de culpabilidad, cada día y cada noche que no podía pensar en otra cosa que en mi acción. Su ausencia me está pesando en la mente, el vacío en su hogar es difícil de aceptar. Pero siempre lo evadí, aferrándome a que no era mi problema que se hubiera convertido en un verdadero cabronazo.

El odio de mi padre aumentó desde que Robert murió.

Por ejemplo, me obligó a estudiar historia, geografía, navegación y algo de naturalismo, pero yo no podía incumplir las largas horas de lectura o ni cometer errores en mis apuntes; de lo contrario, me castigaba con una escuadra contra mis dedos y labios, que acababan sangrando y enrojecidos por días.

Además, solía regresar borracho cada noche, sin la peluca aristócrata, quejándose por perder a su único, legitimo y directo heredero.

Entraba a mi habitación pateando la puerta, con tal de acercarse a mí, dormido, para jalarme el cabello, gritarme groserías apestando a alcohol y golpearme con sus puños o el primer objeto que tuviera a la mano.

Ya no podía dormir en paz; tenía que estar despierto en todo momento con una daga en la mano, apuntando a la puerta, preparado por si quería entrar otra vez y que esto fuera peor.

Por eso, quería que él tuviera una muerte silenciosa y horrenda, para no levantar sospechas.

Mi plan, estuve paseando por las calles de mi modesto y humilde pueblo buscando ratas, por días, ya que podían tener garrapatas que portaran la peor enfermedad que casi acaba con Europa, la Peste.

Estuve días indagando porque era difícil encontrar a estos animales debido a la presencia de los gatos, pero mi suerte se iluminó cuando vi una panadería que tenía un cartel anunciando que cerrarán por días debido a una plaga.

Sería descubierto si me ofreciera a limpiar, así que me escabullí una noche en que mi padre se encontraba dormido, rodeado de botellas en el salón principal.

Aaparentaba una oportunidad perfecta para escapar y alejarme de ellos para siempre, pero Cassis estaría condenada con la presencia del marqués. Los plebeyos no tienen la culpa de su violento carácter y nuestro asunto familiar.

Y él sería capaz de buscarme por todo el país. Si me llegara a atrapar, me ejecutaría.

Entré a la panadería a través de la ventana trasera, colocándome un pañuelo que cubriera mi boca y nariz, además de usar guantes de cuero gruesos; no quería ensuciarme. Con un trincho fui recolectando una por una en una canasta de mimbre. La mayoría tenían garrapatas, tan grandes y llenas de sangre que se distinguían a simple vista.

Cuando reuní unas siete, atravesé varias con el trincho y me las llevé a casa.

El siguiente paso fue soltar algunas en el cuarto de baño, donde los sirvientes encontrarían las heces y verían a las ratas correteando. Mientras ellos se distraían intentando atraparlas, oculté las muertas entre las capas de cobertores, cerca de la almohada de mi padre.

Pasaron varios meses antes de que mi padre mostrara secuelas graves. Al principio no sufrió más que ronchas y picaduras en el cuello y las axilas.

La rata, podrida hasta los huesos, fue descubierta apenas unos días después de su fallecimiento.

Y lo peor, peor fue el destino de mi madre. Se contagió mientras cuidaba a mi padre y compartía su lecho.

Yo nunca quise que acabaras así.

Pero la Peste no tiene cura, y no tuve más remedio que aceptar su inevitable muerte.

Las lágrimas se desbordaron al verla en la cama, tan calma y con una aparente muerte pacífica, pálida y por fin descansando. Su apariencia delicada apenas afectada por picaduras en los labios y las manos.

Al menos, ella se había despedido de mí en su lecho de muerte, pero ni siquiera se atrevía a acariciar mi mejilla por temor a traspasarme su malestar. Pero en su mirada, veía mis ojos cansados a través de ella.

Le dejé crisantemos blancos en su tumba, como una disculpa y un despido.

Así, a mis diecisiete años, quedé huérfano. Me convertí en el último Deveraux, dueño de mi mansión y marqués de Cassis.

Podía disfrutar de un ambiente de silencio absoluto, paz y serenidad. Comer a solas sin cubiertos golpeándome, y dormir plácidamente, sin la necesidad de tener un cuchillo en la mano con que defenderme.

No obstante, ese vacío fue más cruel que la violencia.

Un día, mientras almorzaba con la mente tranquila, los recuerdos de mis acciones comenzaron a abrumarme.

¿Yo? ¿Un adolescente cometiendo tales actos atroces?

Tuve muchísimo tiempo para arrepentirme y no convertirme en el jinete de la plaga, pero nada me había doblegado.

Fue horrible lo que hice para vengarme, y eso me hacía sentir como un monstruo.

El pueblo y mis sirvientes sospechan que fui el responsable, ya que soy el único que resultó sano e ileso cuando mi familia fue devastada por las peores enfermedades. Pero sin pruebas sólidas, seguía siendo inocente y yo, no había confesado nada en todo esté tiempo.

Masticaba mi almuerzo con dificultad debido a las espinas de remordimiento en mi garganta. Mi corazón afligido por la decepción hacia mí mismo.

No voy a justificar lo que me hicieron, pero me volví peor que ellos.

Me pregunto si mi hermano, quien alguna vez fue mi guía, había cambiado su actitud; si alguna vez me habría amado... u odiado para siempre.

Los sirvientes, al verme así, no dudaron en abrazarme para darme consuelo, masajeando mi espalda y cabello. Una leve sonrisa de apoyo que me ancló a este momento

—No es tu culpa —murmuraron con empatía.

Claro que lo es, pero no tengo el valor para admitirlo.

Ese sentimiento me carcome el alma y no tengo a nadie con quien compartirlo.

Por lo menos, tuve una opción: ir a la iglesia, el doble de ostentosa que mi mansión. Le pedí al padre que quería confesar mis pecados, sintiéndome como un cordero perdido. Aceptó con amabilidad y me llevó al confesionario.

Nos separaba una rejilla, por donde podía ver parte de su rostro. Yo tenía los ojos bien abiertos, indagando los huequitos para asegurarme si podía ver el otro lado con claridad.

Él aclaró la garganta, intentando que dejara de inquietarme.

Enderecé la postura, respiré hondo y le conté todo lo que había hecho, añadiendo cómo me trataba mi familia, y que yo solo quería lo mejor para el pueblo, pero se negaban a escucharme

—Dios mío —exclamó, visiblemente impactado.

Debió ser una historia tan fuerte, que hasta un padre profanó el nombre de Dios en vano

—Lo sé, soy consciente de que me espera el castigo del infierno cuando fallezca —susurré, decaído, enterrando mis uñas en la ropa, consciente de mi mi marca del cuervo.

—No, hijo —interrumpió con gentileza—. Debo ser imparcial. Dios es el único que juzga. Tus métodos fueron viles, y cargarás con ellos el resto de tu vida. Pero también fuiste un niño maltratado por quienes debían protegerte. No permitas que ese dolor defina quién serás a partir de ahora. Busca un propósito digno y aférrate a él.

—Gracias, padre —abrí la puerta del confesionario al instante, con un peso menos que soportar.

Recorrí el camino de tierra que abarca el barranco de la iglesia al pueblo, con vista al océano. Me detuve con las manos en la cintura, observando la costa y el mar.

El puerto atascado de barcos de guerra, algunos atracados y otros navegando mae abierto, trabajando al mediodía a pesar del intenso calor.

Recordé las palabras del padre sobre tener un objetivo claro y lleno de luz en mi vida. Solo se me ocurrió una cosa al ver el océano y los navíos: las defensas marítimas de Francia, la Marine Royale.

Pero mi verdadera meta sería la piratería. Si la corona no pudo hacer nada por Cassis mientras mi padre seguía con vida, dudo que ahora moviera un solo dedo por nosotros. Era un camino eficaz... demasiado inconsciente para cualquier persona sensata.

De por sí estoy acostumbrado a sus historias... a esa vida llena de aventuras y saqueos que suele ocultar pasados como el mío, plagados de dolor y heridas abiertas.

El padre dijo que ya tengo la conciencia manchada de sangre, aunque haya sido en defensa propia. ¿Qué diferencia hay entre mis acciones y las de un pirata?

Ya que me encontraba en el camino del pecador, podría conseguir riquezas de manera rápida y sencilla, con el objetivo de ayudar a Cassis de la única forma que me quedaba, ahora que cargaba con la imagen de asesino inculpado.

Hacer una diferencia notable y eficaz en mi hogar natal… y por donde quiera que vaya.

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Bien escrito

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Trama absorbente

1

Trama absorbente

Buenos personajes

2

Buenos personajes

Diálogos potentes

2

Diálogos potentes

author

Empieza muy muy muy fuerte. De los que llevo mirados en la plataforma creo que es el más de mi rollo..

un año
2
author

la historia te atrapa bastante

4 meses
1

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