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​Siete Señales y un Milagro

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Sinopsis

En la universidad, el éxito se mide en notas y el valor en utilidad. Para Nasya, el cansancio es una medalla de honor y la higiene descuidada es la prueba de su esfuerzo. Por eso, cuando la chica "invisible" que se sienta a su lado empieza a transformarse durante la semana final de exámenes, Nasya solo siente desprecio. Lo que empezó como un lunes de llanto desesperado en un rincón, se convierte en una metamorfosis que Nasya interpreta como un insulto. Un día son uñas de colores, al otro es tecnología de lujo, comida gourmet y, finalmente, un vestido de gala coronado por una tiara de cristales en medio del salón mugriento. Mientras todos se dejan comprar por sus regalos y su extraña generosidad, Nasya la juzga como una narcisista desesperada por atención. Pero en esta historia de luces y sombras, nadie se detuvo a preguntar su nombre. Nadie vio que cada color era una frecuencia de despedida y cada regalo, un hilo cortado con la vida. "Siete Señales y un Milagro" es un viaje a través del espectro del dolor humano y la ceguera social. Es la historia de Lucía, la chica que trajo la luz a un salón de desconocidos, y de Nasya (cuyo nombre significa "Milagro"), el milagro que nunca llegó a tiempo. Porque a veces, la señal más brillante es la que anuncia que la oscuridad está a punto de ganar.

Genero:
Drama
Autor/a:
M.T. Zeven
Estado:
Completado
Capítulos:
9
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1: 🔴Rojo (Ira y Llanto)

El lunes no comenzó con el sol, sino con el zumbido eléctrico de la alarma a las 4:30 AM y el sabor amargo del café recalentado. Para Nasya, la semana de exámenes finales era una zona de guerra donde la única baja permitida era el sueño. Mientras caminaba hacia la facultad, el mundo le parecía una película mal editada; veía rostros desencajados y escuchaba murmullos de artículos legales y fórmulas matemáticas, pero nada penetraba su armadura de apatía.

Necesitaba aprobar. No por excelencia, sino por inercia. Su mente era un archivo saturado donde ya no cabía ni un gramo de empatía. El aire en los pasillos estaba viciado, cargado de ozono de las fotocopiadoras que escupían resúmenes de último minuto. Nasya apretaba las correas de su mochila, sintiendo que el peso de los libros le anclaba los hombros. En ese momento, si alguien se hubiera desplomado frente a ella, probablemente solo habría sentido molestia por el obstáculo en su camino. Estaba anestesiada por la urgencia.

El salón 4-B era una olla a presión. Nasya llegó tres minutos tarde, lo suficiente para que la marea de estudiantes ya hubiera reclamado casi cada centímetro de madera y metal. Buscó con desesperación hasta que divisó un hueco al fondo, junto a la ventana empañada. Se abrió paso entre las bancas, pidiendo disculpas automáticas que nadie escuchaba.

Al sentarse, la realidad le dio un golpe de costado. A su izquierda, “ella” ya estaba allí. No sabía su nombre, nunca lo había necesitado. Pero lo que vio la hizo detenerse un segundo antes de sacar sus plumas: un llanto que no era un grito, sino un hipido rítmico, una vibración constante que sacudía los hombros de la desconocida.

Sin embargo, lo que más irritó a Nasya fue el contraste. La chica tenía el rostro oculto entre sus brazos sobre la mesa, pero su cabello caía hacia los lados como una cascada perfecta.

Era una melena negra, larga, impecablemente lacia. Se veía tan limpia y brillante que parecía irreal en aquel salón polvoriento. Nasya sintió una punzada de envidia irracional; ella misma no se había lavado el cabello en dos días por estudiar, y ver esa perfección estética junto a un quiebre emocional le pareció un insulto. Decidió que, si la chica tenía energía para cuidar su cabello así, su llanto no podía ser tan grave. Nasya se puso los audífonos, aunque no había música, solo para marcar una frontera de silencio.

El profesor entró con el fajo de hojas amarillentas. El silencio que siguió no fue de paz, sino de terror. Nasya sintió el sudor frío en la nuca. Cuando la hoja cayó sobre su pupitre, el mundo exterior desapareció. Pregunta uno, concepto de derecho real; pregunta dos...

Pero el sonido persistía. Incluso a través de los audífonos apagados, escuchaba el click de las lágrimas golpeando la madera. La chica a su lado no estaba contestando. Tenía la hoja en blanco frente a ella, pero sus manos, ocultas bajo esa cortina de cabello negro, no se movían para escribir. Nasya la miró de reojo. Una gota de agua salada resbaló por un mechón de seda azabache y aterrizó justo en el borde del examen de Nasya.

Nasya apretó los dientes. Movió su hoja bruscamente hacia la derecha, alejándola de la “zona de humedad”. “No ahora”, pensó con furia. “Llora en el baño, llora en tu casa, pero no me desconcentres”. Para Nasya, el dolor ajeno era una interrupción, un ruido blanco que amenazaba su promedio. Se obligó a leer la pregunta tres, ignorando el hecho de que la persona a su lado se estaba ahogando en un mar transparente a plena luz del día.

Al sonar el timbre, la tensión se rompió en un estruendo de sillas arrastradas. Nasya entregó su hoja con las manos temblorosas. Al volver a su lugar para recoger su mochila, vio a Javier, uno de los chicos que siempre buscaba favores, acercarse a su fila.

Javier no miró a la chica a los ojos; nadie lo hacía. Se limitó a dar un golpecito en la mesa, cerca del brazo de la desconocida.

—Oye —dijo Javier con una sonrisa casual—, ¿vas a subir el resumen de la materia de mañana al grupo? El de hoy estuvo increíble, nos salvaste la vida a todos.

La chica no levantó la cabeza. Solo hubo un leve movimiento de ese cabello negro, un asentimiento casi imperceptible. Javier se dio por satisfecho y se alejó riendo con otros amigos. Nasya observó la escena mientras guardaba sus cosas. Le pareció curioso que la “salvadora” de todos fuera alguien que ni siquiera podía salvarse de un ataque de llanto en público. Pero no dijo nada. No era su asunto. Si ella era la herramienta del salón, Nasya solo era una usuaria más.

—¡Nasya! —gritó alguien desde la puerta.

Ella levantó la vista. Era una de sus compañeras de estudio.

—¡Vaya, parece un milagro que no te hayas quedado dormida después de lo de anoche! ¿Tienes el formulario? Pásamelo antes de que nos vayamos a la biblioteca.

Nasya forzó una sonrisa y buscó el papel. En ese instante, su mirada se cruzó por un segundo con el hueco que dejaba el cabello de la chica al moverse. Vio una fracción de su piel: pálida, tensa. Sintió que su propio nombre, Nasya, vibraba en el aire con una ironía que aún no alcanzaba a comprender. Se sentía pequeña, incapaz de ofrecer nada que no fuera un formulario o un apunte. Miró a la chica una última vez antes de salir. Por un breve momento, el impulso de preguntar “¿Estás bien?” subió por su garganta, pero el hambre y la visión de la biblioteca llena la hicieron retroceder. Cerró la puerta del salón tras de sí.

Nasya bajó las escaleras hacia la salida principal. El lunes estaba muriendo en un atardecer naranja y gris. Al cruzar el patio, vio a la chica de nuevo. Estaba sentada en una jardinera, de espaldas a la multitud que salía. El sol golpeaba su cabello, haciéndolo brillar como si estuviera pulido. Se veía tan estática, tan compuesta, que el llanto de hacía una hora parecía un sueño febril.

Nasya suspiró, ajustándose la mochila. “Si tiene tiempo para arreglarse el cabello así, mañana estará mejor”, se dijo a sí misma. Era una mentira cómoda, un bálsamo para la conciencia de alguien que solo quería llegar a casa a dormir. Se puso los audífonos, esta vez con música a todo volumen, ahogando cualquier eco de un llanto que, aunque ya no escuchaba, sabía que seguía ahí. El lunes había terminado. Solo faltaban siete días.



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