Introducción
Aunque Gudrun era exigente, en las clases con Kristoff no se garantizaba que fueras a conservar alguna de tus extremidades... O los dos ojos.
Todavía recuerdo el tajo sangrando a borbotones que casi mató a Sigurd, mi amado hermano mayor. Recuerdo a la Völva tratando de salvar su vida. A mis padres intentando contentar a Odín y sus Valquirias para que retrasara su ida al Valhalla.
Aquello sirvió para que Sigurd no volviese a bajar la guardia ni a confiar en su oponente. Kristoff nos enseñó una lección muy valiosa que tardaremos toda una vida en olvidar: Incluso tu mejor amigo será tu peor enemigo en el campo de batalla.
Mi padre le confió nuestro adiestramiento y él se lo tomó tan enserio como el de sus propios hijos.
―Te toca, hermanita―habló Sigmund palmeando mi trasero sacándome de mis pensamientos.
Antes de que pudiera reaccionar el resto de los guerreros ya se estaban riendo a mandíbula batiente. Sigmund no se esperó mi reacción instintiva ni que su rostro acabara estampándose contra el suelo a toda velocidad.
―No se toca―sonreí con dulzura y le di un beso de disculpa. Luego me encaminé hacia el círculo con Kristoff.
El hersir de mi padre aguardaba con el fornido torso al descubierto brillando por la delicada pátina de sudor. Tenía cicatrices de diversos tamaños diseminados por aquí y allí. Enormes tatuajes cubrían buena parte de sus brazos, pecho, espalda y cuello.
Abrí mucho los ojos al escuchar la hoja de la espada cortando el aire. De manera instintiva alcé el escudo, decorado con delicadas runas, para protegerme.
―¿Has olvidado la lección que me vi obligado a enseñarle a tu hermano, feil? ―Replicó con su profunda voz de trueno.
Pero, yo que ya había pasado al ataque aproveché que había bajado la guardia de forma breve y lo arrollé derribándolo con mi pesado escudo.
―Me parece que la has olvidado tú, hersir―dije subida a su cuerpo a horcajadas con el escudo entre los dos.
El experimentado guerrero me derribó valiéndose de sus largas piernas haciendo que besara el suelo con dureza. Se puso justo detrás de mí con el anhelado objeto de la fantasía presionando entre mis nalgas cubiertas por el lino de los pantalones. Con una de sus manos apresó mis muñecas tirando de ellas hacia delante. Con su mano libre alzó mi barbilla pegando mi mejilla contra la suya, protegida por su espesa barba rubia con mechones rojizos.
―Eres muy buena guerrera, Hildur. Tienes más pelotas que tus dos hermanos juntos pero, aún te tienes que curtir así que deja la puta soberbia a un lado, niña―la manera en que lo dijo hizo que me hirviera la sangre, y no porque usara un tono lascivo, cosa que no hizo, sino por su tono malditamente condescendiente―. Ahora mismo estás a mi completa disposición―me habló tras ordenar a los guerreros que nos dejaran solos―. Podría bajar tus pantalones e introducir mi martillo en ti, niña. ¿Qué coño harías para impedirlo?
La sola idea de alguien que no fuera él doblegándome de esa manera sin que yo lo pudiera evitar hizo que por primera vez en la vida sintiera un miedo casi paralizante. Kristoff, cuyo martillo se había endurecido un poco por mi continuo forcejeo, aflojo un poco su agarre. Moví la cabeza dejando libre mi mentón y le propiné un fuerte mordisco en la mano. Luego lancé un cabezazo hacia atrás buscando su rostro. Sin embargo, como él ya había previsto aquel movimiento, lo esquivó y me hizo girar al mismo tiempo. Sentir a Kristoff entre mis muslos presionando contra mi centro de placer no me dejaba pensar con claridad. Además, seguía sujetando con firmeza mis muñecas.
―El único consejo que te puedo dar si te ves en una situación similar―dijo mirándome con dolor―. Es que no presentes batalla.
―¿Qué coño dices? ―Repliqué y volví a moverme con violencia sin poder moverlo ni un ápice―. ¿Estás aconsejando que me deje ultrajar?
―Vive para luchar otro día, escudera―respondió con calma―. No puedes vengar a tus ancestros si estás muerta por tu maldita arrogancia.
Nos miramos largo rato. Él seguramente esperaba que intentara rebatir su argumento. En un principio lo iba a hacer pero, por más vueltas que le di al asunto no pude encontrar nada que volcara la situación a mi favor. Si me veía en algo similar ya me podía dar por jodida.
Kristoff se levantó y tiró de mí con tanta fuerza que me tambaleé. Acabé refugiándome en su fornido pecho aspirando su aroma. Sin pensármelo siquiera lo besé. Aunque Rosta y él seguían casados la relación entre los dos estaba completamente muerta desde el día que ella le contó la aventura que tuvo con el extraño guerrero que vivió en nuestra comunidad un tiempo. El niño que ambos criaron nació poco después de la partida del guerrero. Kristoff jamás le reprochó nada, ni en público ni en privado. Nunca la miró mal. Nunca le faltó al respeto en modo alguno. Simplemente dejaron de compartir lecho. Él estableció su hogar, tras la boda de mi padres con Kajsa, en la Casa Comunal.
Mi lengua se abrió paso en su boca buscando la suya con decisión. Él me apretó contra su cálido cuerpo. Lo sentí endurecerse nuevamente contra mi vientre. Entonces paró.
―Será mejor que te vayas a casa, niña―replicó con brusquedad.
Pero, a mis casi veinte años, hacía mucho que ya no era una niña. Legalmente había dejado de serlo en cuanto menstrué. Eso era lo normal en un mundo en el que la esperanza de vida de una mujer raramente pasaba de los cuarenta años.
―¿Qué te pasa, vikingo? ―Lo reté―. ¿Te da miedo una mujer de verdad?
―Yo ya tuve una y me enseñó que no hay mujer leal salvo mis jarlskonas―me espetó sin mirarme―. Vete con tus padres. No pienso joder a mi jarl para satisfacer el capricho de su maldita mocosa.
Decir que seguía dolido era quedarse cortos. Kristoff seguía roto por el dolor. Y, el alegre guerrero que habíamos conocido hacía tiempo que había muerto por la traición.
Me di la vuelta para regresar al clan pero decidí que era mejor idea invadir su intimidad. Así que lo seguí a una distancia más que prudencial hasta el lugar en el que él se perdía para aislarse del mundo. Comenzó a hacerlo cuando el embarazo de Rosta se hizo evidente y ella le contó la infidelidad.
Desde mi escondite le vi desnudarse y meterse en la terma. El agua templada hizo su trabajo ayudándole a relajarse. En un momento dado echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos con la cara hacia el cielo.
Observé con muda fascinación como su enorme mano se perdía entre las aguas transparentes y no tuve que esperar para saber lo que hacía. Pasado un buen rato Kristoff estalló con un solo nombre en sus labios.
―Hildur―dijo para mi sorpresa.
Giré en redondo y regresé sin hacer ruidos. La gloriosa visión de la punta de su martillo de un rosa fuerte asomando y escupiendo su semilla sería algo que me acompañaría para siempre.
―¿Dónde coño te has metido?
Mi padre estaba serio, y no como otras veces que hacía como que lo estaba para que le diera muchos besos.
Estaba cabreado por algo.
Y, no era muy buena idea enfadar a un jarl con fama de berserker.
―Perdona, padre―dije y deposité un beso en su mejilla―. Ni siquiera me di cuenta de la puesta del sol.
―¿Dónde coño está Kristoff? ―Preguntó cuando terminé de entrar en el salón comunal.
Sentí la cara al rojo vivo.
Tuve que controlarme ante las curiosas miradas de mi madre, Kajsa, Rosta y Ragga, mi medio hermana.
―Me ordenó volver tras acabar el entrenamiento―repuse con sinceridad―. No sé dónde pueda estar.
Bueno, sí que lo sabía pero no le iba a decir a mis padres, hermana o a su mujer que le había visto haciéndole "cosas" a su martillo y derramando su semilla mientras pronunciaba mi nombre.
Me eché a un lado al sentir las yemas de los dedos presionar mi antebrazo.
―Estoy aquí, mi jarl―respondió el aludido haciendo que sintiera cosas en zonas poco acostumbradas a sentirlas―. Una de las esclavas me la estaba chupando y...―soltó haciendo que soltara una arcada.
―Contén tu lengua delante de mi hija―le advirtió.
―¿Ocurre algo? ―Preguntó al ver a Rosta en la casa comunal―. ¿Pasa algo con los chicos?
Puse los ojos en blanco al recordar a Torsten, aquel chico que rescataron del clan del Tuerto y al que criaron como si fuera suyo. A mi mente volvieron las veces que él me había pedido que fuera su esposa. Para mí era tan hermano como Sigurd o Sigmund.
―No pasa nada, Kristoff―ella habló con calma. Con el tiempo Rosta también le había superado por completo―. Vine para estar un rato con Bestla y Kajsa. Torsten y Björn están bien.
―De acuerdo―respondió y siguió de largo hacia el caldero del hidromiel.
Mi padre se reunión con él, mis hermanos, sus hijos y Gudrun.
Sentí las miradas interrogantes mientras comía con calma.
―¿Qué? ―Miré a mi madre.
―Torsten...―Comenzó a decir cuando la corté.
―¡NO! ―Grité furiosa estampando mi jarra de madera contra la mesa y poniéndome en pie―. ¡NO ME VOY A CASAR! ―Mi padre me miró con sorpresa dejando de lado su enfado. Todos me miraban con sorpresa salvo Kristoff―. Mi puto destino es ser una escudera e instalar a dos jarls en sus respectivos tronos en Northumbria. Eso es lo que pienso hacer. Torsten, te quiero. Sin embargo, para mí eres como un hermano. Mi corazón no te puede ver de otra manera. Lo siento.
Salí de la Casa Comunal enfadada y me encaminé hacia la bahía hasta la orilla más apartada. Cerré los ojos. Sentí la llamada de mi destino casi al mismo tiempo que el fuerte brazo rodeando mi cintura.
―¿A qué juegas? ―Pregunté a Kristoff sin abrir los ojos. Habría reconocido su aroma a kilómetros de distancia, como los tiburones olían la sangre en el mar.
Él apartó mi larga trenza y besó mi cuello con torpeza. Como si no recordara cómo se hacía.
―No juego a nada. Es por lo que has dicho, peque. Tú tienes un destino que cumplir. El mío ya casi se ha cumplido. Además, yo... No puedo romperle el corazón a mi propio hijo. Él...
―Dime que no me quieres y te juro que lo comprenderé, Kristoff―Le pedí encarándolo.
El rudo hersir se quedó en silencio. Lo volví a besar sabiendo que él sentía lo mismo que yo. Nos besamos sin las excusas del jarl o su hijo. Nos besamos hasta que nos faltó el aliento. Agarré su mano y la introduje en mis pantalones de lino. Kristoff me miraba mientras hurgaba en mi palpitante intimidad. Sacó los dedos embadurnados en mi almíbar. Pasé la lengua por estos saboreándome. Me besó nuevamente como solo un auténtico hombre podía hacerlo. Mis pezones estaban tan duros que amenazaban con rasgar las telas que los cubrían. Su duro martillo apretaba contra mi vientre. Estaba tan caliente como la forja del metal.
Solté un gritito al notar el aire azotando mi intimidad. Kristoff acababa de rasgar la tela para exponerme.
―Abre las piernas, escudera. Deja que beba de ti.
Me tuve que sujetar a sus fuertes hombros para no caer presa del extremo placer que me brindaba. Eché la cara atrás conteniendo el gemido cuando sus dedos invadieron mi cueva. Bombeaban dentro de mí a tiempo que su pulgar rozaba con experiencia mi nudo de placer.
Lo tenía que estar soñando. Tenía que haberme caído y dado un golpe en la cabeza. Aquello no podía ser real.
―Dentro, escudera―susurró con pasión jugando con su lengua en mi oreja―. Quiero morirme muy dentro de ti. Quiero que muerdas mi brazo mientras martilleo tu interior. Que tu rico hidromiel se derrame sobre mi cara mientras te corres gritando mi nombre. Quiero follarte tan duro que ni recuerdes el nombre de tus antepasados.
―Kristoff―susurré mientras me corría con sus dedos dentro de mí―. Quiero tu martillo―gimoteé―. Aquí y ahora. Lo necesito.
Él se puso en pie y se colocó detrás de mí. vi cómo descendían sus pantalones, sin que se los llegara a quitar, liberando su martillo. Entró con tanta fuerza que me dejó sin respiración y convirtió en realidad lo que yo tomaba por una loca fantasía. Sujetó una de mis muñecas y tiró de mi larga trenza mientras su pubis chocaba repetidamente contra mi trasero con unas penetraciones tan brutales como demenciales. Y embistió tan fuerte que creía que me rompía. El orgasmo fue tan bestia que noté el agua manando de mí.
Me sentí abochornada creyendo que me había orinado encima de él. Kristoff simplemente sonreía con arrogante satisfacción mientras me arrodillaba ante él a tiempo que notaba su cálida simiente haciendo blanco en mi rostro.
―Esto era lo que querías, escudera―dijo subiéndose los pantalones―. Ahora sí que te puedes ir a cumplir tu destino sin echar la vista atrás. Esto no ha pasado.
En aquel momento sentí algo romperse en mi interior y congelarse mientras él se alejaba dejándome a solas y totalmente vulnerable.








