Capítulo I: El maletín se abre
El espacio no tiene fronteras, pero las transacciones sí.
Un resplandor artificial, filtrado a través de la densa atmósfera carmesí, se proyectaba sobre una vasta estructura metálica. En el centro de aquella cámara geométricamente impecable, un trono monolítico se alzaba como un axioma inamovible en la ecuación del dominio. Sentado en él, una entidad de extremidades angulosas y piel translúcida observaba con quietud artificial al visitante que, sin invitación, había aparecido.
El Individuo —o el Contratante, como algunos lo llamaban en los registros más oscuros del cosmos— ajustó su corbata con la misma indiferencia con la que se reconfiguran las constantes universales. Frente a él, el Zhell, una entidad que había convertido la conquista en un refinado arte y el imperialismo eficiente en su religión, ladeó su cráneo ovoide con calculada arrogancia.
El aire en la sala era denso. La atmósfera vibraba con algo más, con la presencia de una entidad que no pertenecía a este espacio, a esta dimensión. Frente al Contratante, una silueta deformada por la refracción de la realidad se retorcía en patrones fractales. No tenía boca, pero hablaba.
—Por lo que me informaron, la transacción es simple —resonó la voz, como un sonido proveniente de múltiples direcciones—Un alma a cambio del Elemento 247.
El Contratante permaneció inmóvil, con su silueta delineada por la tenue luz del umbral interdimensional que parpadeaba tras él. Su traje impecable absorbía la luz de forma antinatural, como si la tela misma fuera un abismo de posibilidades.
—No es simple —su voz se deslizó con una cadencia precisa, medida, calculada—. Si lo fuera, cualquiera lo haría. Si cualquiera pudiera hacerlo, no estaríamos aquí. Y si no estuviéramos aquí, no habría un necesidad de un contrato sobre la mesa.
Giró el maletín con un gesto pausado, deslizándolo sobre la superficie metálica que separaba ambas existencias. Con un chasquido calculado, el cierre se liberó, revelando un único documento impreso en material que no pertenecía a ninguna era del tiempo humano.
—Por la simpleza de su forma, y por la capacidad que posee para alterar la estructura misma de lo real, es que el alma humana se convierte en un recurso valioso. No hay en la naturaleza de su especie uniformidad de pensamiento, ni rigidez en su percepción. Son impredecibles, y en esa oscilación caótica, en esa imperfección estructural, reside el poder que ustedes no terminan de comprender.
El Zhell entrecerró su único párpado translúcido. Su voz llegó como un retumbar áspero, desprovisto de emociones.
—¿Esto es necesario?
El Contratante asintió. Tomó el documento de su maletín y lo deslizó sobre la mesa entre ellos. Las líneas grabadas con una tinta oscura vibraban levemente, como si algo vivo se retorciera entre los trazos.
—Hay cuatro condiciones que rigen esta transacción, y cuatro consecuencias en caso de que se transgredan.
El Zhell no respondió, pero el parpadeo de su inmenso ojo carmesí indicaba interés.
El Contratante prosiguió:
—Primero: debe haber un borrado de memoria. Segundo: la mente humana no debe ser utilizada como almacenamiento de otra entidad. Tercero: el acceso a dimensiones no tridimensionales está estrictamente prohibido. Y cuarto: no pueden, bajo ninguna circunstancia, recordar su propósito en la existencia. Un humano despierto es un humano peligroso.
El Zhell observó el contrato.
—Acepto la primera y la cuarta. La segunda es innecesaria. La tercera, irrelevante.
El Contratante exhaló con la paciencia de quien ha visto innumerables repeticiones de un mismo error.
—No hay renegociación. Un acuerdo es absoluto o es inexistente. Las cláusulas son inamovibles.
Silencio.
El Zhell entrecerró su ojo carmesí una vez más, y su piel vibró con diminutas pulsaciones moradas.
—Si un contrato se rompe —continuó el Contratante, su tono descendiendo a un umbral más grave—, recuerde que hacer constantes las variables y viceversa, es mi especialidad.
Silencio.
Luego, un sonido, como un millón de uñas rasgando el tejido de la realidad, dio su brazo a torcer.
—Acepto.
Una firma apareció en el documento sin que ninguna mano lo tocara.
El Contratante tomó el extraño papel, lo deslizó de vuelta al maletín y lo cerró con la misma calma con la que lo había abierto.
—La transacción está cerrada. El alma será transferida al término del ciclo astronómico correspondiente. Espero, con la lógica que caracteriza a tu especie, que comprendas las implicaciones de este acuerdo.
Sin más palabras, el Contratante levantó una mano y un portal se abrió detrás de él. Una estructura geométrica perfecta, con un borde definido, una breve emisión de luz, pero intimidante. Dio un paso hacia la anomalía, pero antes de desaparecer, giró levemente el rostro como estudiando por una ultima vez a su cliente.
El portal se cerró. El Zhell, aún sentado en su trono, observó la nada con la mirada impasible de quien se cree intocable.
Pero el contrato había sido firmado. Y los contratos son absolutos.
La entidad Zhell se retorció. No por la transacción, sino por la sensación residual que quedaba en la sala. Una sensación de sentirse vigilado. Un vestigio de una presencia que no debería haber estado allí.
Algo que se parecía demasiado a una advertencia.




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