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Como Copos de Nieve

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Sinopsis

¿Quieren una historia sobre un cadáver envenenado en una cabaña aislada? Felicidades, acaban de encontrar una. Pero antes de que saquen sus pipas y capuchas de detective, les advierto: esto no es «Diez negritos» con filtro de Instagram. Aquí la nieve no es “escénica”. Los personajes no tienen nombres “misteriosos” como «Lord Blackwood», sino «Mei-Ling» y «Mateo» (sí, como el apóstol). El guión es simple: catorce desconocidos, tu típica tormenta que corta la electricidad y la dignidad, y un escritor bloqueado —o sea, yo— que odia los clichés tanto como los necesita para pagar su hipoteca. ¿El giro moderno? La «dama del jade» que guarda su iPhone como si fuera el Santo Grial, el niño que tiene un juguete roto que sabe más de todos que su psicólogo, y el único que “resuelve” el crimen, que es un cadete de policía que confunde el ADN con las siglas de un grupo de K-pop. Sí, hay veneno. Sí, hay mentiras. Y sí, todos son culpables de algo… aunque solo dos lo sean de asesinato. ¿La gran pregunta? Si la justicia existe o es solo un final feliz que nos inventamos para no vomitar antes de dormir. Yo solo soy el narrador. El tipo que les guiña un ojo mientras les sirve un vino barato en una copa de “esto ya lo leí”. Pero ojo: hasta el vino más cutre emborracha. Si buscan moralejas, compren un libro de autoayuda. Aquí hay caos puro y autocríticas. Gracias por leer.

Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Prefacio

¿No les resulta irónico? Soy Kael Hernández, escritor profesional de crímenes imaginarios, y sin embargo, aquella noche me vi atrapado en una escena que parecía arrancada de las páginas de mis propios manuscritos. La clase de trama que habría tachado de “demasiado obvia” si la hubiera leído en un borrador. Pero la realidad, como siempre, tiene una habilidad perversa para burlarse de los que creemos dominar sus reglas.

Permítanme empezar de nuevo.

Me dedico a escribir novelas de misterio. Del tipo donde cadáveres aparecen en bibliotecas con todas sus puertas y ventanas cerradas o donde viudas enigmáticas guardan dagas ensangrentadas tras sus falsas sonrisas.

Lo mío son los culpables bien pensados, las pistas que pasan delante del lector sin que este se percate.

En ese entonces llevaba dos años de bloqueo creativo que me habían convertido en una broma entre editores. “El autor que asesinó su propia carrera”, decía un titular cruel que aún me escuece como papel de lija en una herida abierta.

Fue en enero de 2024 —sí, el año importa—, cuando Toronto se ahogaba bajo una nevada tan espesa que los semáforos parecían luciérnagas parpafeando a través de una niebla, que mi primo Mateo apareció con su «solución». “Un retiro en Peawanuk: nieve, silencio y cero distracciones”. Lo que no dijo —ni él ni yo lo sabíamos aún— era que también sería el escenario perfecto para un asesinato.

El minibús esperaba en una calle secundaria, su escape emitiendo jadeos de vapor en el aire helado como un dragón asmático. Mateo, alto y descuidado como un perro callejero en plena temporada de lluvia, me dio una palmada en la espalda que resonó más como una condena que un saludo. 

—Sube, primo. Esto te sacará del hoyo en el que te encuentras.

Dudé. No por el frío —aunque mis dedos entumecidos se aferraban al manuscrito fallido que llevaba bajo el brazo—, sino por el grupo que ya ocupaba los asientos: rostros extraños, algunos con miradas huidizas, otros con sonrisas tensas. Gente que, sin saberlo, pronto serían fichas, peones en un juego de ajedrez mortal.

Antes de subir, me volví hacia la ciudad. Los rascacielos se alzaban como tumbas de cristal bajo el cielo gris, parecía una escena de tu típica película distópica. Respiré hondo, el aire era tan helado que parecía rasgar mi nariz. Lo que sentí en ese entonces no era nostalgia. Era presentimiento. O tal vez solo el ego de un escritor desesperado, rogando que el universo le regalara una historia digna de ser contada, sólo para que mi plegaria fuese aceptada, algo de lo que hasta día de hoy, me arrepiento de que sucediera.

Capítulos
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