Análisis de una mente enamorada.

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

He pasado por tantas decepciones amorosas que realmente me pregunto si siquiera el amor es para mi, ¿Algún día conseguiré tener ese ser amado que este conmigo hasta el fin de mis dias, o mi destino es solo tener aventuras cortas?,contraté a una psicóloga personal para ello,sin saber que ella seria la respuesta a mi pregunta y aquella que cumpliría mi amor anhelado.

Genero:
Romance
Autor/a:
Kalleatu
Estado:
Completado
Capítulos:
16
Rating
4.0 1 reseña
Clasificación por edades:
18+

Rompiendo el cascarón.

—Y en otras noticias, la canción ″Parte de mi corazón″se ha vuelto tendencia mundial, siendo reproducida en escenarios, musicales y dispositivos de todo el país. Expertos aseguran que podría tratarse de la mejor obra audiovisual de los últimos tiempos. ¿Cuál es su opinión al respecto, señorita Mellarma?

—No me gusta atribuirme todo el crédito, pero cuando lo haces todo tú sola tampoco es que puedas ser demasiado modesta —respondió con una sonrisa—. Agradezco a mi equipo de bailarines y, si puedo decirle algo al público, además de darles las gracias, es que sigan estudiando, fórmense como profesionales y no desilusionen a sus padres.

El murmullo de los comentarios continuaba de fondo, mezclándose con el parpadeo constante de la televisión que iluminaba la pared. Desde debajo de las sábanas, una figura comenzó a moverse; la fémina terminó incorporándose, apartando la almohada que tenía sobre el rostro y girando la cabeza para mirar directamente la pantalla.

—Sí, claro, si tan solo fueras así de amable en la vida real, no te vería como una cretina.

Murmuró con esa voz espesa y cansada cargadas de sarcásmo.

—Ay mierda ¿otra vez me quedé dormida? ¿Qué hora es?

Aún con el cuerpo pesado por el sueño, empezó a tantear el piso con sus pies desnudos, tratando de encontrar sus pantuflas. Se calzó las pantuflas de conejo y levantó la mirada para ver el reloj. La hora la golpeó como una cachetada de despertar.

─ ¡Chucha, son casi las tres de la tarde!

Ella no llevaba más que un short azul oscuro que le cubría los muslos y una camisa gris holgada. Caminó hasta la ventana y la abrió con cuidado, lo justo para que un hilo de luz se filtrara en la habitación. Por un instante, su rostro quedó al descubierto: piel clara y tersa, ojos color miel que habrían sido encantadores de no ser por las marcadas ojeras, y una cabellera castaña oscura completamente despeinada, tan indomable como la de un león recién despertado.

Sin darle más importancia, dio media vuelta y salió rumbo a la ducha. Al regresar, ya con ropa más presentable, se sentó frente a su computadora, acomodándola junto a su tableta gráfica. Comenzó a mover el ratón, revisando varios mensajes privados, hasta detenerse en uno en particular. Ahí fue cuando su jornada de trabajo daría inicio. Algo que se interrumpió cuando alguien tocó la puerta.

Con resignación y pereza terminó levantandose para asi atender a la puerta, encontrándose de lleno con un tren de una persona totalmente distinta a ella.

Se inclinó para tomar el lápiz digital, pero justo cuando estaba por comenzar, el sonido del timbre la interrumpió. Resignada, se levantó de la silla y fue a atender.

— ¡Amera! Cuánto tiempo. Sin verte... ¿Qué te trae por aquí?─Respondió con gran emoción.

—Muchas cosas, como saber si tu lugar sigue pareciendo una madriguera, o simplemente saber si sigues viva. Nena, no respondes mis mensajes, si no hasta la maldita madrugada; no todos somos murciélagos como tú.─Comentó sarcásticamente Amera.


Amera comenzó a caminar, pasando con cuidado a la habitación de ese pequeño y personal apartamento. Cada paso quitaba con disgusto una que otra caja de pizza tirada, botellas y latas de bebidas energéticas, era un milagro que ese lugar no estuviese lleno de plagas. Esta tomó asiento sobre la cama mientras su compañera se sentaba en su silla de trabajo una vez más.

—Lo siento, en serio, es que el trabajo me quita demasiado tiempo. Una sola comisión me tuvo despierta toda la noche.─Sonrió mirándola sobre su hombro.

—Ajá.. ¿Ya sabes qué es lo que te acaba de llegar, no es así?

Amera levantó entre sus dedos aquel temeroso papel, la artista bajó sus cejas y tragó saliva, sus hombros se encogieron como quien le demuestra que ahora es una adulta responsable que debe de pagar impuestos. apoyó el codo sobre el escritorio antes de dejar caer una de sus mejillas en su mano. Con un suspiro de pereza y tristeza susurró:

—Ah... Cielos.

La tableta se encendió por la cercanía dejando ver un poco de su trabajo, Amera no comprendió a la primera por lo que se levantó para ponerse tras su amiga. Miró abajo, encontrándose con el curioso dibujo.

—Adorable, ¿pero por qué el pollo tiene un pene tan enorme y por qué se está cogiendo a una gorda? Es desagradable.─Amera rió levantando una de sus cejas ante el curioso diseño.

—¡Ya deja de ver! Y... N-.. No tengo ni idea, así lo pide el cliente, así que yo solo tengo que obedecer, ya sabes.─No dudó en cubrir la tableta con una de sus manos.

—¡Bwahaja!. ¿Y qué, acaso vas a dibujar a alguien cagando unicornios con tal de que te den un buen dinero? Digo, cuatrocientos dólares son cuatrocientos ─juguetona Amera empezó con un suave masaje sobre los hombros contrarios.—Jaj, sigo diciendo que la gente es estúpida, ¿treinta dólares por un dibujo sin color? En fin, que la gente se gaste todo su dinero en ti, ¡en la gran Leanna!

—Gracias... ¿Por el cumplido?

Leanna tomó asiento mientras giraba los ojos con gesto confundido. Algo de música sonaba de fondo desde uno de los parlantes, ayudándola a concentrarse. Todo transcurría con normalidad: Leanna terminaba su dibujo mientras Amera hablaba por teléfono. Sin embargo, el constante tecleo despertó la curiosidad de Leanna, quien se impulsó con las ruedas de su silla hasta quedar a un lado de su compañera.

—Entonces ¿Estás conociendo a algún chico? ¿Quizás alguno en especial? ¿Alguien que yo ya conozca? —titubeó—. D-digo, no es por ser descarada, pero nunca te he visto con un hombre —Leanna rió en voz baja, avergonzada.

Amera bajó su teléfono, levantó la mirada, fria.

—Leanna, ¿estás intentando decirme que soy lesbiana? —respondió Amera con total estoicismo.

—¿¡Qué!? Ah… yo… —Leanna se puso nerviosa al instante, tratando de encontrar una solución rápida.

Aquella frialdad se fue, reemplazada por una sonrisa confiada.

—Porque sí, lo soy —continuó Amera, sonriendo—. Me gustan las chicas, bastante. Nunca he estado con un chico. ¿Y tú? ¿Ya conociste a algún chico o incluso a alguna chica? ¿O eres de esas locas que se miran al espejo y dicen que son asexuales solo porque no tienen suerte con nadie?

—Bueno… no lo sé —Leanna se encogió de hombros—. No es como que tenga demasiado tiempo para salir. Además, casi no lo hago: pido todo a domicilio, tengo mi consola… entonces, ¿para qué quisiera conocer a alguien?

—Hablas como un maldito japonés destinado a morir virgen.

Leanna soltó una carcajada silenciosa, aunque en el fondo sabía que Amera tenía algo de razón.

—Escucha, tengo una cita esta noche. Voy a una discoteca y, ya que tienes tantos “planes”, ¿qué te parece venir? Vamos, será divertido —propuso.

—No lo sé, Amera… —Leanna suspiró, decaída—. No tengo amigas. ¿Y si te vas y me dejas sola? Además, no sé bailar ni hablar con nadie…

—Ese es justamente el punto de las discotecas, tonta: hablar, salir y despejarse —respondió Amera—. No te preocupes, estaré contigo todo lo que pueda… aunque si tengo que irme a Bacaolandia, tendrás que perdonarme —añadió mientras apagaba su teléfono.

—¿Bacao-qué? ¿Qué demonios es eso?

Amera se levantó y se plantó frente a ella. Alzó los dedos, los colocó a los lados de sus labios y sacó la lengua, comenzando a lamer de forma exagerada. Leanna estalló en risas, cubriéndose el rostro.

—¡Ñhwam lhwah, ah sí, qué rico oh, qué delicia! —Amera exageró aún más, acercándose peligrosamente al rostro de Leanna.

—¡Ay, Dios, Amera, ya basta, qué asco! —rió—. Aléjate de mí, eres desagradable… ¡Está bien, iré contigo!

Tras reír un poco más, Leanna terminó asintiendo con la cabeza.

—¡Sii! Créeme, te va a encantar.

Amera abrazó con fuerza a su amiga. Leanna dudó un segundo, pero al final Amera no aceptaría un no, la desición ya estaba tomada y no habría vuelta atrás. Dos horas después, el caos de la “madriguera” de Leanna quedaba atrás.

El apartamento de Amera era otra historia: olía a ambientador de piña y todo estaba en un orden insultante. Leanna caminaba por la habitación, hasta que encontró una caja de jugo sobre la mesa. No preguntó; simplemente clavó la pajilla y empezó a beber.

—Oye, Leanna ¿de casualidad viste mi jugo detox? Apenas lo bebes, te hace orinar.

Ante la pregunta, Leanna frunció el ceño con una preocupación inmediata. Bajó lentamente la pajilla, dejó la caja sobre la mesa y, sin decir palabra, se giró para asomarse por la ventana, escupiendo el jugo que aún tenía en la boca.

—Muy bien, corazón —dijo Amera, frotándose las manos mientras sostenía el maquillaje—. Vamos a quitarte ese aspecto de lesbiana cuya novia fue arrebatada por un hombre. Pongámonos ¡radiantes, ¡porque esta noche dejarás de ser una niña!

—Pero tengo más de veinte. —protestó Leanna, con una insultante inocencia.

—Siéntate.

Leanna obedeció. Frente al espejo, todo comenzó a sentirse distinto. El reflejo mostraba aún a la misma chica cansada… pero por poco tiempo.

Primero, las brochas: suaves toques que iban y venían, como pinceladas rápidas de un cuadro en proceso. El corrector borrando poco a poco aquellas ojeras profundas que parecían marcas de un mapache. La piel cobrando un tono más uniforme, más vivo. Un leve brillo en los pómulos. Nada exagerado. Natural pero distinto.

Amera acercándose con una sonrisa concentrada, entre sus manos con guantes se encontraba ese color rosa que tanto había soñado en sus mayores fantasías, para todos lo consideraban ridículo pero Leanna lo amaba.

El cabello de Leanna siendo tratado mechón por mechón. El color apagado desapareciendo, transformándose lentamente en aquel tono rosado que tantas veces había imaginado, pero nunca se había atrevido a pedir.

Rímel.Pestañas levantándose.Un parpadeo lento. Amera dio un último paso atrás y sonrió satisfecha.

—¡Y aquí estás!—Amera giró el asiento con un gesto dramático, permitiéndole enfrentarse a su reflejo.

Leanna se quedó sin aliento. El espejo le devolvía la imagen de una desconocida. Sus ojeras habían desaparecido bajo una capa de maquillaje impecable que dejaba su piel como porcelana. Sus pestañas, ahora largas y curvas, enmarcaban sus ojos miel de una forma que nunca creyó posible. Pero lo más impactante era su cabello: una cascada de un suave rosa algodón de azúcar que cambiaba por completo su energía.

—Dios... ¿¡E-En serio esa soy yo!?

Balbuceó, estirando una mano para tocar el vidrio, como si temiera que el reflejo fuera a desvanecerse. Al acabar de maquillarse, era el momento de la acción.


La puerta del coche fue abierta por uno de los hombres; una delgada y hermosa pierna blanca cubierta con unas mallas bajó, y el tacón sobre el suelo para así salir con gran belleza y glamour. Amera usaba un vestido negro corto y provocador, pero sin dejar ese tono elegante. Leanna usaba un traje más apropiado, una ropa más tapada, un cuello de tortuga, unos jeans azules junto con unos zapatos casuales; era momento de entrar y así fue.

Al pasar la guardia los ojos de Leanna fueron recibidos con aquella luz de distintos colores reposando sobre su rostro, en un patrón distintivo. La música de fondo solo animaba el ambiente más de lo que debería; cada paso se sentía como si estuviera en una dimensión completamente alterna a la suya. Caminaba como un astronauta que recién descubre un planeta nuevo. Sus ojos vacilaban de lado a lado, encontrándose con todo tipo de cosas: mujeres bailando, una que otra con pareja y, como era de esperarse, una que otra coqueteándose mutuamente, sin contar aquellas afortunadas que se iban a las habitaciones privadas.

—Owh, ¿no es adorable? ¿ Quién es esta cachorrita?─Comentó entre risas la recién llegada, analizando de arriba a abajo a Leanna.


—¡Hola, un gusto!, me llamo Leanna. (¿Acaba de llamarme perra?)─Pensó algo ofendida.

—Jaja, seguramente estés pensando si te he llamado perra, ¿verdad?─La chica preguntó sin dejar de bailar.

—¡¿Qué!? ¡Noo... Jaja... ¡Cómo piensas eso!─Tratando de ahuyentar esa idea Leanna negó con la cabeza moviendo sus manos de lado a lado, pese a que era muy obvio.

La mujer rió con sus labios cerrados.

─ En fin, soy Alexa y soy la cita de tu mejor amiga... ¡Y ahí viene mi hermosa reina!

Alexa avanzó hacia ella con los brazos abiertos, y Amera no dudó en recibirla con un abrazo fuerte y cálido, de esos que se vuelven pegajosos en apenas unos segundos. Alexa inclinó el rostro con lentitud, separando ligeramente los labios teñidos de rojo; Amera hizo lo mismo. Leanna observaba con atención cómo la distancia entre ambas se desvanecía, segundo a segundo, hasta que finalmente sus labios se encontraron, la sensación de ver aquello era tan..Extraña, no le producía asco, pero tampoco atracción, era como un curioso morbo.

La música, las luces, la gente: nada importaba. Su atención quedó atrapada en el movimiento preciso de los labios de su mejor amiga, en la forma natural en que se acoplaban con los de aquella desconocida, en el vaivén casi hipnótico de sus lenguas. Incluso podía imaginar los latidos acelerados, la mezcla de emociones que se cruzaban entre ambas, una intensidad que fue disminuyendo lentamente conforme el beso llegaba a su fin.

—Lamento mucho la interrupción, Leanna. Espero que no te haya incomodado —dijo Alexa con cierta timidez, sin soltar las manos de Amera—. Es que Amera y yo… hemos estado saliendo desde hace un tiempo.

—En fin, ya ha sido demasiado de nosotras —intervino Amera con naturalidad—. ¿Qué te parece si nos consigues unos tragos, corazón? —Luego fijó la mirada en Leanna—. ¿Qué vas a beber tú?

—No lo se, supongo que quiero un vaso de agua —respondió Leanna, con total inocencia.

—¿Agua? —Amera soltó una carcajada—. ¿No es una ternurita hecha persona? —dijo, dándole un codazo cómplice a Alexa.

—Ve por un whisky para ambas —susurró Amera—. Y consígele un jugo de frutas a ella, que no sea muy cargado; nunca ha bebido.

—Como ordene, Su Majestad —respondió Alexa con una exagerada reverencia antes de alejarse.

Amera volvió a girarse hacia Leanna.

—En fin ¿recuerdas cuando te dije que te enseñaría a bailar? Pues este es el lugar.

Amera abrió sus brazos, como si mostrara un escenario mágico.

—¿¡Qué hacemos en una discoteca gay!? —preguntó Leanna, mirando a su alrededor con incredulidad.

—Entiéndelo, corazón, los gays saben moverse —respondió Amera mientras balanceaba las caderas—. ¿Alguna vez has visto a una lesbiana o a un gay sentados en una fiesta? Este es el mejor sitio para aprender.

—Eso es un prejuicio y un cliché social, no por ser…

Antes de que pudiera terminar la frase, Amera sacó una pañoleta con los colores de la bandera y se cubrió la boca con ella. Acto seguido, se dejó llevar por la música, fundiéndose con el ambiente: movimientos limpios, seguros, casi profesionales, una danza impecable que dejó a Leanna completamente callada.

—¡Y eso que solo es la pañoleta! —dijo Amera bajándola—. Imagínate con el combo completo.

—Wow, ¡malditos estándares sociales que nos hacen sentir inútiles por no encajar en ellos, por más absurdos que sean! —murmuró Leanna en voz alta.

—A ver, nena, primero deja de hablar como si estuvieras leyendo el diccionario —replicó Amera frunciendo el ceño.

—Pero si lo hago, es divertido—respondió Leanna en voz baja, manteniendo una pícara sonrisa.

—Con razón soy tu única amiga —suspiró Amera.

—¿Señoritas? Sus bebidas —anunció Alexa al regresar—. ¡Por una gran noche! ¡Y por la salida del clóset de Leanna!

—¡Sí!

Gritó Leanna por encima de la música, aunque por dentro se preguntaba: ¿Qué demonios significa eso del clóset? El cristal de las copas chocó con un tintineo que se perdió entre los bajos de la música. Leanna bebió su jugo de un trago, sintiendo el azúcar y el frío bajar por su garganta, sin saber que esa noche apenas estaba comenzando a descontrolarse.