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Más allá de la tormenta

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Sinopsis

Mientras la tormenta azota la solitaria ciudad, en el borde de la cornisa de un viejo rascacielos se encuentra una joven aferrándose al pavimento resbaladizo. Allí se debate entre el retorcido deseo de saltar al vacío o... morir en vida. La pérdida de su madre es el motivo que la ha llevado a tomar tal decisión. Sin embargo, una voz desconocida la reprende con un “Llegas tarde”... ¿Quién está detrás de ese misterioso reproche? ¿Podrá Alicia salvarse de la tormenta interna que amenaza su vida?

Genero:
Drama
Autor/a:
CPN
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
5.0 1 reseña
Clasificación por edades:
13+

No te dejes caer...

—No... No puedo seguir con esto —gritó Alicia con el rostro empapado por la lluvia. No obstante, las gotas que recorrían sus mejillas no solo provenían de aquella tormenta, sino que se entremezclaban con las lágrimas desesperadas que emanaban de sus ojos—. Lo he intentando todo, pero nada es suficiente —gimoteó dejándose llevar por la desesperanza. Las luces de neón difuminadas por la lluvia destacaban aún más la vivacidad de la ciudad, ajena a lo que estaba ocurriendo en la azotea de aquel viejo rascacielos—. Mi final, ha llegado —suspiró adelantando uno de sus pies hacia el borde de la cornisa. El otro, luchaba por no resbalar sobre la losa mojada... El instinto innato de supervivencia contra la desesperación de la razón.

—Llegas tarde —una voz suave y firme le reprochó la demora. La lluvia, que en lugar de amainar estaba arreciando, impidió que la joven pudiese descifrar quién era el sujeto que permanecía inmóvil en la esquina opuesta de la cornisa. Igual de empapado, igual de perdido, ¿tal vez?

—¿Quién...quién eres tú? —preguntó Alicia, al tiempo que retrocedía un pie y se alejaba del precipicio.

—¿Acaso importa? —sopesó la desconocida. En efecto, un matiz en su tono de voz le hizo confirmar que estaba errada y que se trataba de una mujer, pero ¿quién?

—Sí que importa... Me estás reprochando mi tardanza —insistió Alicia algo crispada. El estado de confusión que le había generado estaba desarmando sus planes. Y esa sensación se convirtió en irritación—. Da igual... Ni siquiera me conoces.

—¿Eso crees? —la encaró elevando la voz mientras se sentaba en el filo de la cornisa—. Mira eso —señaló la solitaria ciudad que debería estar abarrotada de gente si no fuese por la inclemencia del temporal que azotaba la noche—, ¿ves a alguien esperándote? Todos se han ido.

—¿Y por qué deberían esperarme? Llevo meses sola... No creo que alguien quiera acompañarme el día de mi muerte —se jactó Alicia, sincerándose con aquella desconocida.

—Por eso llegas tarde, deberías haberlo hecho hace mucho... Total, ¿para qué quieres seguir en este mundo? —elevó las manos como si la pregunta fuese dirigida a los espectadores fantasmas que contemplaban la escena, como si pudiesen apreciarlas en lo alto del rascacielos.

—¿Y tú? ¿para qué quieres seguir en este mundo? —repitió Alicia sus palabras. La intriga en aquella figura que apenas podía dilucidar a través de la cortina de agua, etérea y volátil, había logrado su objetivo: disuadirla de tirarse al vacío, por ahora... No, no, no... la estaba entreteniendo y aumentando esa agonía, como si se regocijase de sus actos—. ¿Por qué no saltas? Se supone que he llegado tarde, ¿no? Salta tú primero.

—Saltaré cuando tú lo hagas... Por eso mismo, porque no quiero seguir viviendo ni un segundo más. Así que, ¿a qué esperas? —bramó furiosa como si el destino de ella dependiese del desenlace de Alicia—. Da un paso al frente, ¿no venías a eso? ¡Morir es la mejor de las soluciones!

—Sí —titubeó, aclarándose la garganta como si con eso la chica fuese capaz de deshacer el nudo que le oprimía el pecho.

—Entonces no dudes... ¡Hazlo! ¡Salta, Alicia! ¡Vamos! —la animó sentada a la par que movía las piernas con un gesto infantil. Mientras tanto, la lluvia seguía su curso, mas un rayo estrepitoso la hizo alzar la vista al cielo. Como si su luminosidad pudiese vaticinar el futuro, la chica miró a aquella desconocida que la acababa de llamar por su nombre—. ¿De qué me conoces?

—La pregunta ofende. No siempre has estado sola, ¿sabes? —la mujer se levantó e incluso se atrevió a girar sobre su propio eje, danzando bajo el agua. ¿Acaso se estaba riendo de ella?

—¡Basta ya! ¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí? —la confrontó Alicia, casi al borde de la locura.

—Simple: quiero que mueras —afirmó con contundencia sin parar de dar vueltas.

—¿Por qué? —prosiguió buscándole la lógica a aquel sinsentido.

—Ya te lo he dicho, mereces dejar de sufrir. Llevas días pensándolo, incluso meses diría yo. Evaluando el costo y el beneficio de morir... ¿Recuerdas las tijeras de tu lapicero? ¿cómo luchabas contra ti misma para no agarrarlas y terminarlo todo de una vez? —murmuró la desconocida, ajena al caos interno que sus palabras estaban desatando en Alicia—. ¿Pensabas vivir por siempre en el país de las maravillas?

—¿Cómo... Cómo sabes eso? —cuestionó la joven, tapándose los oídos con las manos para acallar el descontrolado trueno. Tal acción no bastó para cesar la agitación emocional que sentía. La confusión estaba siendo opacada por el miedo. El temor a lo que aquella figura sobrehumana conocía.

—¿Aún sigues sin saber quién soy, Alicia? —soltó entre risas, las cuales le precedieron a otro trueno aún más sonoro que el anterior—. Ven, acércate, quizá si me ves resuelvas de una vez esa duda.

—No... No te muevas —le suplicó ella avanzando con lentitud hacia la desconocida. Su corazón latía taquicárdico y su agitaba respiración se acompasaba con los movimientos oscilantes de su pecho. ¿Quién era?... o mejor dicho, ¿qué era aquella silueta femenina que parecía ser conocedora de los pensamientos más profundos de la chica? ¿incluso de cómo su madre solía hacer referencia a su obra literaria favorita, compartiendo más que el nombre de su protagonista?

—¿Ya sabes quién soy? —clamó con sorna ante el asombro de la joven, que no parecía creer lo que veían sus ojos.

—Tú... Tú... —Alicia no encontró la palabra exacta para definir la identidad de la desconocida, o tal vez se negaba a decirlo en voz alta.

—Soy “tú”, Alicia, somos la misma persona —confirmó con una sonrisa estrambótica—. ¿Comprendes ya la situación? Estoy esperando a que saltes para seguir tus pasos... Mamá se fue, puede que esté al otro lado, pero lo que es seguro es que ya no volverá a estar en este mundo nunca más. “Alicia en el país de las maravillas”, así solía llamarte cuando te veía enfrascada jugando... ¿Sabes? Yo también la extraño —la joven se quedó absorta escuchando sus palabras, aquello rozaba lo fantástico. ¿Qué hacía hablando con su “yo”?

—No eres real, esto es imposible —se talló los ojos, limpiando la humedad que creía emborronar la realidad. Entonces, dirigió la mirada hacia los carteles luminosos que adornaban las tiendas locales, como si posar la vista en otro lado hiciese desaparecer a su otro “yo”.

—Sí lo soy —la lluvia comenzó a remitir, la intensidad del aguacero dio paso a un ligero chispeo—. Ya no puedo controlar tu tormenta interna, por más que lo intente no deja de llover. ¿No te das cuenta que ya no hay vuelta atrás?

—¿Qué? ¿Ahora te crees Zeus? —exhaló el aire que albergaba retenido en sus pulmones—. No puedo creer que esto me esté pasando, debo estar soñando —se pellizcó el brazo comprobando así que sentía el picor, lo que provocó un quejido como respuesta—. ¡Ay!

—Los fuertes vientos llevan azotando la ciudad semanas... La tormenta que acaba de caer, es una prueba de que el final está cerca. Es inevitable, y cuando antes lo entiendas, antes podremos acabar con esto —le explicó su otro “yo”, mientras la zarandeaba por los hombros en un intento desesperado por hacer que Alicia abandonase el estado de shock en el que se encontraba.

—¿Y si ya no quiero hacerlo? —cuestionó con la mirada perdida en algún punto remoto de la azotea—. Mamá ha muerto. Mi vida sin ella ya no tiene sentido. Estoy sola, pero tú misma lo has dicho: ¿y si no hay nada después de la muerte? ¿y si quitarme la vida tampoco sirve para estar junto a mamá? —se planteó Alicia, tratando de reflexionar sobre la descabellada idea que recorría su mente.

—Si no lo haces nunca lo sabrás... ¿Y si te reencuentras con ella en lo que quiera que exista en el más allá? —su otro “yo” no consiguió generar más que dudas en la chica, y la desesperación acabó por hacerla estallar—. ¡Deja de ser egoísta! ¡Yo también quiero ver a mamá! ¡Salta de una vez! —forcejeó con la verdadera Alicia, empujándola hasta el borde de la cornisa.

—¡No! ¡Suéltame! ¡Tú no decides lo que tengo que hacer! —exclamó intentando defenderse de ella misma. Pero su versión negativa parecía ser más valiente y más fuerte que ella. Su resiliencia la llevó a seguir luchando, haciendo que Alicia desistiera y resbalara por el pavimento mojado. Quedó agarrada del borde por una sola mano, aquel parecía ser su forzoso desenlace.

—¡Parad! —gritó otra voz femenina, apresurándose a sujetar el brazo de Alicia para evitar que cayese al vacío. Aquella mujer acabó tirando de su cuerpo hasta hacerla subir a una zona segura. Mientras la joven trataba de recuperar el aliento, una conversación paralela se establecía entre la que parecía ser su otra “yo”. Una más positiva, pudo deducir tras su pacífica intervención.

—¿Qué haces aquí? —le reprochó su “yo” negativa a su “yo” optimista—. No deberías estar aquí, ¡lo echarás todo a perder!

—Tú sí que has estado a punto de hacerlo... Aún no está todo perdido. ¡Mira! —señaló con alegría al cielo. Un arcoiris se erigía entre la tempestad. Aquel arco de colores no era más que un fenómeno meteorológico producido por el reflejo de los rayos del sol refractados sobre las gotas de agua. Si bien, iba más allá de la percepción óptica, aquello simbolizaba la esperanza.

—¡Eres la Alicia que aún vive en el país de las maravillas! ¡Despierta! ¡Este mundo dejó de ser maravilloso el día que mamá murió! —defendió su discurso acrecentando la lluvia, la cual se había disipado segundos antes al contemplar tan bello espectáculo aéreo. Un choque de realidades, contrapuestas como el día y la noche, se disputaba por alzarse con la victoria.

—La vida sigue, deja tu pesimismo... Yo también echo de menos a mamá, pero ¿crees que ella se sentiría orgullosa de que Alicia se quitase la vida arrojándose desde un rascacielos? —contraatacó la versión positiva. La discusión entre los dos polos opuestos no llegaría a buen puerto. Era imposible conseguir que una reinase sobre la otra, más sabiendo que la visión que cada una tenía sobre cómo afrontar la pérdida de la figura materna y superar el duelo era tan diferente. El equilibrio debía ser la clave.

—¿Podéis dejar de decidir mi vida? —al fin habló la verdadera Alicia, recalcando el determinante “mi”. Si ya era difícil lidiar consigo misma, aquella situación carente de toda lógica lo convertía en algo casi imposible.

—Solo quiero que entiendas que la decisión que pretendes tomar, o que te están obligando a tomar —miró de soslayo a su adversaria— no es la correcta. Esto es solo una fase del duelo. Todo comenzó con la negación de su fallecimiento, luego le sucedió la ira. Te sentías frustrada, impotente, culpable... Pero luego llegó la esperanza, la ilusión que se asemejaba al arco iris, a que nada cambiaría... Hasta que la realidad te golpeó con fuerza y caíste en una profunda depresión —explicó captando la atención de Alicia, que de nuevo se encontraba empapada bajo la amenazadora nube de la tristeza.

—¿Y qué? ¿acaso este dolor que siento en el pecho se irá algún día? —se lamentó llorando desconsoladamente. La carga emocional que había supuesto semejante tragedia, la soledad y la tristeza que sentía... Llevaba semanas inmersa en una espiral de desolación de la que parecía no poder salir.

—Lo hará, cuando llegue la fase de aceptación —concluyó su otro “yo” con determinación.

—¿De verdad piensas que aceptaré que mi madre ha muerto y jamás volveré a verla?—resopló Alicia dejándose caer sobre el suelo, arrastrada por la tormenta.

—Aceptarlo no significa olvidar a quien amamos, sino aprender a convivir con su ausencia. ¿Sabes lo que significa el arco iris? —le preguntó tomándola de la mano y elevando su barbilla para que contemplase el cielo—. Que el sol siempre vuelve a brillar, a pesar de la lluvia, de las tormentas...

—Pero... ¿si hace nada era de noche? —inquirió la joven que miraba perpleja a su alrededor. El sol brillaba irradiando una tenue pero potente luz que se colaba por cada recoveco de la ciudad. Sin apenas darse cuenta, la tormenta había cesado y el cambio de la noche al día había sido imperceptible. En un parpadeo la situación había cambiado drásticamente.

—Tú eres quien controla tus emociones, quien desata tempestades o hace brillar el sol —trató de reconfortarla con la mirada—. La tormenta no solo es una metáfora de la vida o la muerte, ni siquiera de la lucha interna, a veces también es una forma de liberación.

—Yo... Yo no soy capaz ni de controlar mi propio caos. Todo esto —dijo Alicia, señalando los charcos que aún persistían en el suelo de la azotea—, es obra de mi otro “yo” —a continuación, procedió a buscarla con la mirada—. ¿Dónde está?

—Tú también tienes el poder de hacerla desaparecer... Además, ¿quién necesita su negatividad cuando puedes vivir en el país de las maravillas, Alicia? —rió ante su ocurrencia. Aquella frase le recordaba tanto a su madre, que fue inevitable que una sonrisa pintara su rostro.

—¿Y ahora qué? —murmuró recuperando la lucidez de tiempos pasados. La incertidumbre de un futuro incierto ensombrecía sus ¿energías renovadas? Tal vez fuesen los rayos del sol, la vitamina D o la fase de aceptación. El nudo de su estómago parecía haber desaparecido, y la lágrima que ahora recorría su mejilla era más una muestra de añoranza que cualquier resquicio de melancolía.

—Ahora te toca decidir a ti —escuchó la voz resonando en el eco de su mente. Aquella ensoñación, tan real como fantástica, cambió completamente su vida. Incluso podría decirse que cambió su final... Un desenlace que iba más allá de la tormenta.

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Bien escrito

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Trama absorbente

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Buenos personajes

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Diálogos potentes

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Diálogos potentes

author

Me has emocionado. Es como una parábolas de esas que Jesús contaba para que todo el mundo entendiera su mensaje. Me llega en un momento bastante difícil de mi vida, aunque, gracias a Dios, mi madre sigue viviendo, aunque esté mayor y suele ser ella el pilar de mi cordura... Jo... Me has emocionado mucho. Es pura psicología. Chapó

un año
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