Tormenta || Kookmin

Sinopsis

Tras una ruptura dolorosa, Jimin se hunde… pero no por mucho tiempo. Jungkook, su mejor amigo, está allí para consolarlo, y un beso inesperado lo cambia todo. Movido por sentimientos que lleva años escondiendo, Jungkook le propone ser “amigos con beneficios”, disfrazando su amor como algo casual. Lo que empieza como un acuerdo sin promesas se convierte en una historia marcada por peluches, tormentas emocionales y un deseo imposible de contener. Porque cuando amas a una tormenta, no basta con resistirla: tienes que aprender a vivir dentro de ella.

Genero:
Romance
Autor/a:
MakoDieEremitin
Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
5.0 3 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 8 — Esto no es una cita.

Jungkook llevó su mano hasta allí, con delicadeza. Acarició primero por encima, apenas un roce que encendió un jadeo suave en los labios de Jimin. Sus dedos comenzaron a dibujar círculos sobre la entrepierna hasta que Jimin arqueó las caderas en un movimiento involuntario.

Jimin no lo miraba directamente, pero sus ojos entrecerrados, su respiración agitada y ese leve temblor en los dedos que se aferraban a la colcha, hablaban por él. Jungkook sonrió, satisfecho, conmovido.

Con movimientos lentos y seguros, desabrochó el vaquero de Jimin, bajó la cremallera con un sonido que pareció amplificarse en la habitación.

Jimin contuvo la respiración cuando la mano de Jungkook entró en su ropa interior, los dedos cálidos, seguros, envolviéndolo con una firmeza que lo hizo arquearse levemente.

—Jungkook… —susurró, el nombre convertido en un gemido cuando el otro comenzó a moverse, lento al principio, explorando su reacción, ajustando la presión según los jadeos que le arrancaba a Jimin.

Entonces lo liberó del todo y lo sostuvo la delicadeza.

Comenzó a acariciarlo despacio, con ritmo constante, cuidando cada gesto. Jimin llevó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos, dejando que las sensaciones lo envolvieran. Se sentía seguro, protegido, y eso le permitía entregarse sin miedo.

Cada movimiento de Jungkook era una lección de control: lento al principio, midiendo su respuesta, acelerando gradualmente cuando los jadeos se volvían más urgentes.

Llevado por un impulso tímido pero valiente, Jimin llevó su propia mano hacia la entrepierna de Jungkook. La tensión bajo el vaquero era evidente, hasta intimidante, y al tocarlo por encima de los vaqueros, se le aceleró el pulso. Era más de lo que esperaba, y por un segundo dudó si estaría a la altura.

Pero luego recordó las palabras de Jungkook. No había que demostrar nada. Solo estar. Solo sentir. Así que se atrevió a imitar sus movimientos. Con algo de torpeza al principio, pero cada vez con más confianza.

Jungkook soltó un suspiro ahogado cuando sintió su mano. Le miró de reojo y se dejó hacer, mordiéndose el labio. Aquello que estaban compartiendo tenía un sabor distinto a todo lo que había vivido antes.

No era solo deseo, no era solo química. Era una danza íntima entre dos almas que se conocían de memoria, que llevaban años rozándose sin tocarse del todo. Era la culminación de miradas retenidas, de abrazos demasiado largos, de silencios cargados de significado.

—¿Seguro? —preguntó, la voz más áspera de lo que pretendía—. No tienes que hacerlo si no quieres, bebé.

Jimin sintió un vuelco en el pecho al escuchar ese apodo. Tan cariñoso, tan peligrosamente romántico. Le acarició el alma con ternura. Aún así, asintió en silencio, con los ojos fijos en los de Jungkook, como si en esa mirada buscara confirmación, aprobación, la certeza de que lo estaba haciendo bien… de que él era suficiente.

Y con esa confirmación, Jimin también lo liberó de su ropa interior. Y, al ver por primera vez lo que hasta entonces solo había imaginado, abrió grande los ojos.

Jungkook soltó una risa baja, cargada de orgullo masculino pero también de ternura.

—¿No te avisé que usaba talla grande? —bromeó, distrayéndolo con un beso en la clavícula. Logrando calmar los nervios de su amado con sus tonterías.

Y por fin, piel contra piel, Jimin lo tomó con timidez, lo que hizo que a Jungkook se le nublara la vista.

—Dios… —murmuró, los párpados pesados, la respiración entrecortada cuando Jimin comenzó a imitar su movimiento, lento, torpe al principio, pero con una entrega que lo dejó sin aliento—. Así…

Jungkook jadeó contra su cuello, los dientes clavándose levemente en la piel cuando Jimin, ganando confianza, repitió el movimiento que más le había gustado recibir.

—Ah… Jimin.

El aire se llenó de sonidos: los jadeos entrecortados de Jimin, los gruñidos bajos de Jungkook, el roce de piel contra piel, de tela arrugándose bajo cuerpos que ya no podían estarse quietos.

Jungkook, perdido en la sensación, aceleró el ritmo de su mano, los dedos húmedos ahora, la piel de Jimin ardiendo bajo su tacto.

Era extraño. Jungkook había estado con otras personas, había tenido otras manos en él, pero ninguna se había sentido así. Como si Jimin no solo estuviera tocando su cuerpo, sino algo más profundo. Algo que nadie más había alcanzado.

Sentía el corazón golpeándole las costillas como si quisiera escapar. Había soñado con esto demasiadas veces como para no saber que la realidad lo superaba con creces.

Porque éste Jimin, el de los labios entreabiertos, ojos entornados por el placer, respondiendo a cada movimiento con esos sonidos que le cortaban la respiración, era suyo de un modo que ninguna etiqueta de “amigos con beneficios” podría capturar.

Jimin, por su parte, se sentía como si estuviera descubriendo un nuevo idioma. La piel de Jungkook bajo sus dedos era caliente, suave pero firme, y cada gemido que le arrancaba era una victoria pequeña, íntima.

Jimin sonrió, un gesto pequeño pero genuino, y por primera vez en mucho tiempo, no pensó en si lo estaba haciendo bien o mal. Solo sintió. El ritmo de Jungkook en su entrepierna, el sonido de su respiración acelerada, el modo en que sus músculos se tensaban bajo su toque.

Y mientras se tocaban así, tan cerca, tan cómplices, Jungkook pensó que no había nada más hermoso que ver a Jimin así: libre, con los ojos cerrados, el ceño fruncido de placer, los labios entreabiertos. Le besó la mejilla, despacio, sin necesidad de palabras. Era un “estoy aquí”, un “todo está bien”, un “no hay nada en ti que me decepcione”.

Jimin abrió los ojos justo entonces y lo miró con una expresión que no supo poner en palabras, pero que Jungkook entendió: seguirían aprendiendo juntos, sin máscaras, sin miedos. Porque a veces, el amor no necesita nombres ni etiquetas para florecer. Solo necesita confianza, cuidado y la voluntad de quedarse.

El aire en la habitación parecía haberse espesado con cada suspiro, cada caricia que trazaba caminos invisibles sobre pieles sudorosas. Jungkook se inclinó sobre Jimin con una adoración que trascendía lo carnal, sus labios rozando los del otro no con la urgencia de antes, sino con paciencia, sabiendo que tiene todo el tiempo del mundo.

Ese beso era un lenguaje nuevo entre ellos, un vocabulario íntimo donde cada roce de lengua decía “confía en mí“, cada mordisco suave susurraba “estoy aquí“, cada respiración prometía “no te dejaré caer”.

—¿Esto está bien? —preguntó Jungkook al separarse apenas un centímetro, su voz un rumor grave que hacía vibrar a Jimin desde el esternón hasta las rodillas.

La respuesta de Jimin fue una sonrisa que iluminó su rostro como el alba tras una noche tormentosa.

En ese instante, entre el deseo y la ternura, ambos comprendieron que habían cruzado un umbral del que no habría retorno. Las manos que se reencontraron sobre pieles calientes ya no pertenecían a simples amigos, sino a cómplices de un secreto demasiado dulce.

El vaivén de sus cuerpos adquirió entonces un ritmo hipnótico. Jungkook aceleró el ritmo justo cuando los ojos del otro se perdían en ese éxtasis que precede al abismo.

Y Jimin cerró su mano con más firmeza, el pulgar rozando la punta sensible de Jungkook en un movimiento que le hizo perder el ritmo de la respiración.

—Joder, Jimin… —gruñó, enterrando el rostro en su cuello mientras las caderas empujaban instintivamente hacia esa mano.

Era demasiado y no suficiente. Demasiado porque cada segundo que pasaba amenazaba con derrumbar la farsa de indiferencia que Jungkook mantenía. No suficiente porque quería más, todo, el alma de Jimin desnuda junto a su cuerpo.

Pero por ahora, esto bastaba. Las manos sincronizadas, los jadeos convertidos en un idioma privado, la certeza de que, al menos en este momento, eran todo el uno para el otro.

—Jungkook... —el nombre escapó de los labios de Jimin como una súplica, como una oración, como el último vestigio de coherencia antes del naufragio.

Y Jungkook respondió al llamado con una sonrisa que era promesa y desafío a la vez.

No hubo necesidad de palabras cuando el cuerpo de Jimin se arqueó en un espasmo de placer puro, cuando el mundo se redujo a ese punto de contacto donde todo era fuego y éxtasis. Soltando una serie de gemidos entrecortados que escapaban de su garganta, que encendieron aún más a Jungkook.

Lo notable no fue el orgasmo en sí, sino cómo Jungkook lo sostuvo a través de él, prolongando las sacudidas con movimientos calculados que hacían llorar a Jimin de pura sobresaturación sensorial.

Pero la verdadera revelación llegó cuando Jimin tomó las riendas del placer de Jungkook. Sus dedos pronto encontraron el ritmo perfecto, guiados por los gruñidos ahogados y los empujones involuntarios de caderas que delataban lo bien que lo estaba haciendo.

Ver a Jungkook perder el control fue un privilegio que Jimin atesoraría en el museo secreto de sus recuerdos más preciados, esos ojos oscuros nublados por el deseo, esa boca entreabierta que murmuraba su nombre como un mantra, esos músculos tensos bajo su piel dorada.

Cuando el orgasmo finalmente lo alcanzó, fue con un grito ahogado pero intenso, su cuerpo convulsionando como si le hubieran aplicado una descarga eléctrica.

Cuando el éxtasis los soltó finalmente, quedaron tendidos uno junto al otro como náufragos en la orilla de un nuevo continente, las respiraciones agitadas sincronizándose gradualmente, las manos buscando contacto aunque fuera mínimo, un dedo enredado aquí, un tobillo rozando allá.

Aquello, para Jungkook, fue simplemente la perfección. Un instante tan sutil como poderoso, que le hizo pensar, por primera vez sin miedo, sin dudas, que quizá, solo quizá, estaba un poco más cerca del corazón de Jimin.