Capítulo 01
|Capítulo 01|
"Bienvenidos a Sheridan, tomen un número"
Tage
La puerta se abre dentro de un silencio tenue, mis pies descalzos salen y pisan el frío suelo de madera marrón que cubre todo el segundo piso.
El resto de la casa no se siente diferente a eso, la soledad reina en cada rincón y no hay señales de otro ser vivo que no sea yo mismo. Hay algo inquietante en el ambiente, mi piel se eriza con facilidad como si tuviese frío o una sensación de extrañeza, pero tal vez es el cambio de escenario luego de pasar dos días enteros en mi habitación es lo que me tiene tan susceptible al resto o es el gélido aire que recorre el interior del hogar. Ambas podrían ser correctas, quién sabe.
Pero de lo que estoy seguro es que, al señor Foley se le olvidó encender la calefacción otra vez.
Mis pasos me guían lejos del cuarto una vez que tomé la decisión de hacer algo útil que no sea estar recostado quejándome. Doy un fuerte cierre a la puerta luego de salir avisando a quienes están cerca que al fin abandoné mi escondite y trinchera improvisada, de aquel espacio que sirvió como contención contra los virus que me tuvieron postrado.
Con pies que se sienten pesados y un ánimo que está a punto de tocar el suelo que voy pisando, me dirijo hacia las escaleras para bajar escalón por escalón con la misma actitud deplorable.
Aún no me recupero del todo; me siento bastante miserable al dejarme vencer por una simple gripe. Culpo y responsabilizo a mi inexistente sistema inmunológico, pero prometo trabajar y solucionar eso cuando vuelva a mis actividades. He descuidado bastante mi salud debido a otros temas, pero esto no volverá a pasar, antes muerto.
Mi mano dominante sube hasta tocar mi cabello oscuro y revolverlo más de lo que ya está, baja por mi frente sudorosa hasta dar con mi mejilla roja y algo caliente, de verdad mi estado no es el mejor justo ahora: tengo los ojos adormecidos y un tanto hinchados por el mal descanso, la piel bastante pálida y un malestar que se refleja muy bien en mi apariencia física.
Si Johnny me viera así, sería el centro de sus burlas; llegaría al punto de convertirme en un meme en redes sociales. Qué miedo, realmente espero no verlo hoy.
Somnoliento y enfermo, bajo hasta la sala principal de la casa, ese lugar acogedor que es el punto de las reuniones familiares y donde, para mi sorpresa, no hay nadie a estas horas. Ese sutil dato hace que abra los ojos un poco más; al no entender la situación, podría jurar que escuché a alguien hablando desde aquí hace un momento y esa misma fue la razón por la que decidí bajar también.
La voz era similar a la de mi padre y tengo asuntos que hablar con este que ni la gripe me impedirá comunicar.
Pero, ¿dónde está el señor Foley? ¿Está en casa?
Un estornudo bastante fuerte se me escapa y resuena entre las paredes de la casa vacía. Odio esto, odio sentirme tan mal y no poder hacer nada al respecto, ningún medicamento funciona como debería y para hacerlo un poco más exagerado y dramático, siento que moriré a causa de esto.
Me limpio la nariz con el dorso de mi mano a pesar de que creo que es un acto bastante sucio pero no tengo más remedio, no tengo papeles o servilletas cerca.
Con los pies descalzos avanzo hasta cruzar la cocina con la esperanza de encontrar a mi padre allí tomando su típico e infaltable café de las mañanas, pero al cruzar el umbral sólo me encuentro con el mismo panorama anterior que había en la sala, o sea, nada.
Mi ceño se frunce al estar en una situación bastante extraña; me considero a mí mismo capaz de todo menos de alucinar. La gripe es fuerte, incluso estuve en cama por dos días debido a ella, pero no es motivo suficiente para oír cosas que realmente no existen o eso quiero creer. ¿Eso no es posible o sí?
Mis sentidos no podrían engañarme de esa manera; confío en mí mismo y esto me dice que había alguien aquí hace unos instantes; pude oír claramente la voz de una persona y sonidos que provenían de la sala, pero ahora que bajé a revisar no hay rastros de nada ni de nadie, como si hubiese sido un fantasma.
Volteo a mirar a mis alrededores bastante confundido; el entrecejo no se me dispersa y mucho menos se va la incertidumbre que la situación instaló en mí. Quiero buscar una razón lógica y explicar esto de una buena manera sin ponerme idiota en el intento, así que todas mis neuronas se ponen a trabajar queriendo darle una aclaración al tema.
Todo está limpio y en perfecto orden, no hay olores extras en el aire ni marcas en el suelo que puedan indicarme algo extraño. No hay nada fuera de lugar o cosas típicas que me den una respuesta, todo luce igual a como lo vi la noche anterior, o sea: como la casa de dos hombres que apenas y viven en ella.
De pronto el timbre de la casa suena, acaparando el silencioso ambiente. Llena cada rincón con su sonido y alerta hasta la más mínima fibra de mi cuerpo, causando una inesperada reacción que me hace saltar del susto. Mi mirada se dirige rápidamente hacia la entrada como si así pudiese saber quién fue el idiota que tocó el timbre. El haberme asustado por algo tan tonto me enoja un poco, así que sacudo la cabeza recuperando mi característica valentía y doy el primer paso queriendo aproximarme hacia allá. Pero al moverme, ante el mínimo esfuerzo, las luces de la casa se apagan, sumiéndome en la misma oscuridad total.
Mis defensas se activan avisándome de que algo obviamente raro está pasando, subo la guardia olvidándome de mi gripe por un instante y le doy mi completa atención a lo que sea que sucede.
Una sensación parecida a la paranoia intenta recorrerme el cuerpo al juntar ambos inesperados sucesos y todo se vuelve peor cuando la lluvia vuelve a comenzar llenando cada espacio vacio con su sonido en medio de esta oscuridad.
Paso saliva y me animo a continuar, soy un hombre valiente y esto no debería afectarme en lo más mínimo, pero ser sincero también es de hombres y debo admitir que mi corazón se paralizó por un momento hasta darme cuenta de que no estoy en una película.
Dirijo mis pasos hacia la salida principal, cruzando las oscuras habitaciones de la casa. Logro llegar a la puerta para rodear la perrilla fría con mi mano y, sin previo aviso, abro, dejando ante mí a la nada y la misma vista del vecindario de siempre.
El clima gélido llega y golpea mi rostro al salir al porche, de inmediato siento encima la humedad de la lluvia y el frío que trae consigo, cosa que me obliga a rodear mi torso con ambos brazos para progerme del ambiente. Salgo un poco más allá queriendo ver que sucede en los alrededores, la lluvia cae al suelo y me salpica los pies, pero eso es lo de menos ahora. Reviso con la mirada las zonas cercanas para intentar localizar al imbécil que tocó a mi puerta y que al parecer salió huyendo luego, pero no hay nadie ni nada cerca que pueda darme una pista.
Lo único que logro ver desde aquí es al resto de las casas siendo bañadas por la lluvia y con sus interiores completamente a oscuras siendo una copia de mi propia residencia. Eso me hace saber que la energía eléctrica no se cortó únicamente aquí, sino en todo el vecindario.
La lluvia junto a la falta de luz hace que todo se vea triste y muy gris, como si un filtro estuviese puesto sobre todo lo que se alcanza a ver.
Me pregunto qué estará pasando; esto no sucede demasiado seguido y menos en días lluviosos como este.
Suelto un largo suspiro que se convierte en vaho debido al clima frío. Volteo con las intenciones de regresar al interior de la casa, pero antes de poder hacerlo, algo llama mi atención, logrando que me detenga y vuelva a fruncir mis pobladas cejas.
Me acerco al timbre teniendo a la vista el pequeño papel pegado en él, estiro mi mano hasta tomarlo y traerlo más cerca de mí para examinarlo con más cuidado.
Es una simple hoja de papel amarillo, de esas notas que puedes usar para pegarlas en donde sea y que por lo general son muy útiles. No hay nada raro en ello pero sólo tiene un escrito encima, el número nueve que acapara el pequeño pedazo.
No tiene ningún significado a simple vista, no logro entender o darle una explicación a este detalle, pero definitivamente no hay que ser un genio para darse cuenta de que quien tocó el timbre es quien lo dejó aquí.
¿Será una especie de broma? Lo más probable es que sí, hay muchos niños traviesos en la zona que han hecho cosas incluso peores que una simple nota.
Malditos niños, espero encontrarme con ellos y poder darles una lección. Pueden molestar ancianos si eso quieren, pero no hay nada peor que elegir a un policía como víctima.
Guardo la nota en mi bolsillo para llevármela como evidencia, me acerco a la puerta, pero una vez más, antes de cruzarla y entrar, algo vuelve a retenerme.
—Ah, Tage —menciona la voz de mi padre.
Volteo nuevamente, encontrándome con este en la acera de casa usando su típico traje para lluvias transparente; debajo de este lleva el uniforme policial de color marrón oscuro y, gracias a este encuentro casual, me doy cuenta de que acaba de llegar a casa.
La lluvia lo moja de pies a cabeza y más ahí parado lejos del porche, pero al tener el impermeable puesto, nada le importa y puede pasearse a sus anchas. Tiene el rostro algo sorprendido al verme; seguro tampoco esperaba encontrarse conmigo aquí afuera cuando la última vez que me vio, la fiebre estaba por matarme.
—Papá, ¿acabas de volver? —mantengo los brazos cruzados mientras me acerco nuevamente; sé que hice una pregunta algo obvia, pero necesito su respuesta o los sucesos que me despertaron hace minutos atrás no tendrán explicación.
El hombre entra y se resguarda de la torrencial lluvia bajo el techo del porche, se quita la capucha del impermeable y remueve sus cabellos con las manos húmedas para al final mirarme directo a los ojos.
—Sí, tuvimos muchos problemas por culpa de la tormenta de anoche y al parecer aún no terminan. Estuve toda la noche fuera —responde a mi pregunta, dejándome incluso más confundido que cuando no tenía idea de nada. Si no era él, ¿entonces quién estaba en la sala? —¿Qué haces aquí afuera, Tage? ¿Te sientes mejor?
—Me siento un poco mejor... —Hago una pausa, intentando ordenar los sucesos antes de contarle; ni yo mismo entiendo muy bien qué es lo que pasó, pero no me voy a quedar callado con algo así. —Bajé porque escuché unos ruidos venir de la planta baja y pensé que eras tú. También tocaron el timbre de casa hace un momento pero cuando salí no había nadie, la luz también se fue y creo que afectó a todo el vecindario. Aunque mi mayor hipótesis es que la fiebre me hizo alucinar cosas.
—Y Tage —niega con la cabeza y sonríe de lado, divirtiéndose con mis palabras como siempre. —La tormenta causó daños en la red eléctrica del vecindario y los expertos intentan solucionarlo, por eso la energía de toda la zona tuvo que ser cortada momentáneamente. Patrullaremos los alrededores viendo si todos están bien o si necesitan ayuda; seguro no lo notaste, pero la tormenta fue tan fuerte que logró tirar varios árboles. Sólo pasé a ver si estabas bien; vuelve adentro y descansa. No me esperes temprano... —Vuelve a colocarse su equipo antilluvias y sale al jardín con las intenciones de marcharse nuevamente.
—¿Necesitas ayuda?—menciono deteniendo sus acciones, el hombre de cabello canoso gira a verme, me examina de arriba a abajo en busca de indicios que le hablen de mi estado actual. —Ya me siento bien y no quiero pasar otro día encerrado en casa. Déjame ayudar, somos pocos en el departamento y el vecindario es muy grande.
Mi padre parece dudarlo y su poca confianza en mi salud se siente algo ofensivo, no soy tan inútil. Sí, pasé dos días en cama por culpa de la gripe pero eso no significa que sea alguien débil.
—¿Estás seguro?—cuestiona, prestándome más atención a mí que al agua que le moja el rostro.
—completamente seguro, sólo haré mi patrullaje habitual no haré mucho esfuerzo. Así que tranquilo, estaré bien.
—Bien, ve a ponerte el uniforme y nos vamos.
—Ya vuelvo—menciono algo emocionado por al fin poder hacer algo más que no sea estar encerrado.
Corro a toda prisa al interior de la casa, vuelvo sobre mis pasos anteriores y subo las escaleras con un ánimo totalmente diferente con el que las bajé hace rato. Pongo atención para no descuidarme con los escalones y causar una inoportuna caída; llego al segundo piso escuchando cómo mis pasos descalzos resuenan en la madera y abro la puerta con prisa, regresando a mi habitación, pero no por los motivos de siempre, sino para buscar mi uniforme y largarme de aquí.
Odio estar encerrado; estos dos días fueron una tortura.
Me acerco al armario para abrir sus puertas de par en par; con la mirada recorro todas mis prendas hasta encontrar el mendigo uniforme idéntico al que mi padre usa. Lo tomo y lo llevo hasta mi cama para que descanse mientras me desvisto.
Mierda, la ciudad debe ser un caos según lo que mi padre dijo. Escuché la lluvia de anoche, pero no creí que fuese tan grave al nivel de dañar la red eléctrica y tirar árboles. Hay muchas zonas sensibles que podrían estar sufriendo a causa de ello, personas y hogares que necesitan atención, entiendo muy bien el porqué del patrullaje del departamento, comparto la preocupación de mis colegas ahora que mi mente se centra en el tema y a pesar de que quiero huir del encierro, también lo hago porque quiero ayudar.
Me quito la playera y la dejo caer al suelo, tomo la camisa marrón para ponérmela sin olvidar abrochar cada uno de sus botones, incluyendo los que tiene en las muñecas. Al terminar, procedo con los pantalones; me deshago de los de algodón que fueron mi fiel compañero en estos días de agonía y, cuando lo hago, el papel que guardé en sus bolsillos sale a la vista una vez más.
La nota con un número nueve cae al suelo a un lado de mí, me distrae por un instante al grado de congelar mis movimientos. Mi ceño se frunce como la primera vez que la vi; sé que en su momento le resté importancia, pero es algo muy extraño si le pones más atención. A pesar de que haya podido ser una broma hecha por niños, me intriga su significado. Si llego a atraparlos, lo primero que haré, aparte de reprenderlos, es saciar mi curiosidad al preguntar por qué el número nueve.
La tomo y la levanto del suelo para dejarla sobre mi escritorio. Me ocuparé de esto cuando termine con este asunto y sepa que las personas del vecindario se encuentran bien.
Despejo mi mente de los pensamientos tontos y sigo con lo mío, colocando el restante de mi uniforme. Si no me apresuro, papá es capaz de dejarme.
Doblo a la izquierda entrando a la Avenida Ridders, ese recorrido de casas antiguas que vienen desde el inicio de la fundación del pueblo y que de milagro aún no se han derrumbado sobre nosotros. Casi podría tomarse como la calle principal de la ciudad, pero la Avenida Dywen le gana solo porque es más grande y más transitada.
A un paso lento y con cuidado manejo por las calles; mi visión está puesta en cada detalle que alcanzo a ver, estando atento a los alrededores en busca de inconvenientes que pueda resolver.
Mientras que el vehículo policial avanza con seguridad y a velocidad mínima, observo los hogares a ambos lados de la calle, buscando cualquier cosa que necesite de mi ayuda. Daré mi mayor esfuerzo y haber estado dos días en casa sin hacer nada más que moquear y sentirme inservible me motivan aún más a buscar la chance más pequeña para reanudar mi deber como empleado público.
Casi llego al final de la calle cuando veo una situación bastante particular, sonrío a medias viendo una oportunidad y me dirijo hacia allá sin pensarlo.
Me acerco y paro el auto frente a la casa que oportunamente es la de mi mejor amigo, Johnny Kane.
El chico se encuentra de espaldas a la calle, con ambas manos en la cintura, imitando la característica pose de las embarazadas, mientras observa el patio trasero de su propio hogar. Noto que la puerta de madera que da al pasillo que lleva a ese lugar ni siquiera está y eso hace que frunza el ceño algo confundido.
Aparte de que la pose que tiene él me resulta algo graciosa, también me extraña al no saber qué está pasando y no puedo quedarme sin preguntar.
Toco la bocina llamando la atención de este; el tipo gira de inmediato, algo aturdido por el sonido, y su cara de sorpresa desaparece y es reemplazada por una gran diversión al darse cuenta de que se trata de mí, su mejor amigo.
A pasos rápidos se aproxima a mi encuentro, abandona su propiedad para pisar el asfalto negro de las calles mientras que yo bajo la ventanilla del lado del copiloto para poder hablar con él cómodamente.
Johnny se acerca y apoya los brazos sobre la ventana; si fuese por él, se hubiese metido por allí al auto tal cual salvaje, pero mantuvo la mayor parte de sí mismo afuera al verme con el uniforme de trabajo. Sonríe ampliamente como saludo; hace tiempo no me ve y sé que se preguntaba qué había sido de mí en estos días, no sé si por preocupación por alguien que conoce desde niño o por chismoso empedernido.
—¿Cómo estás, Johnny? —saludo primero; me acomodo sobre mi propio asiento sin soltar el volante. Uno nunca sabe qué podría pasar a continuación, así que bajar la guardia no es opción y menos para un policía.
—Hey, ¿dónde has estado, eh? Se me hizo raro no verte estos días —comenta el castaño frunciendo un poco el ceño. —Iba a ir a buscarte a tu casa hoy, pero se presentó un problema.
—Estuve enfermo. —Se me da por confesar; en cualquier momento lo sabrá de igual modo, así que es mejor decirlo ahora. Hiere mi orgullo, pero son cosas que a cualquiera le pasan y hay que aceptarlas. —Y aún lo estoy, apenas me estoy recuperando. Maldita gripe... —Murmuro aquello último y lo digo como si me dirigiera a mi peor enemigo sobre este mundo, un toque dramático pero necesario para poder expresarme correctamente.
—¿Enfermo, bromeas? ¿Desde cuándo te enfermas tú, idiota?
—Ya cállate —lo interrumpo antes de escuchar sus burlas sobre el asunto—. ¿De qué problema hablabas? ¿Pasó algo? —dirijo mis ojos nuevamente hacia el jardín trasero de mi mejor amigo, mientras que este también gira hacia la misma dirección, recordando lo sucedido en esa zona.
—Ah, sí, la tormenta de anoche tiró el viejo árbol del patio, ese donde alguna vez enterramos nuestros tesoros. ¿Te acuerdas? —Su sonrisa se ladea rememorando aquellos momentos de infancia que nos unen, desvía su atención nuevamente hacia el interior del auto, mirándome otra vez. —Es un gran lío allá atrás, no podemos usar las malditas motosierras para cortarlo porque la luz se fue y no se ve nada por el clima tan feo. ¿Sabes algo de eso?
—Papá dijo que fue un corte planeado para solucionar los daños en la red eléctrica que dejó la tormenta; no sé cuánto tiempo tarde la reparación. —Le hago saber la poca información que tengo al respecto; a decir verdad, a mí también me preocupa mucho eso. La noche fría no será agradable si la electricidad no regresa a las casas. —¿Necesitas ayuda?
—No, estamos bien —se niega a ello de inmediato—. No le veo sentido a que ayudes estando enfermo; al final te terminaremos ayudando nosotros.
—Idiota, deja de bromear con eso. —Lo dicho me resulta gracioso, fue un mal chiste, pero era lo esperado de Jonathan.
—Vamos, debes estar jugando, Tage. El invierno apenas está empezando y ya pescaste un resfriado—suelta una suave risa sin poder contenerse a ello; su cerebro funciona de una manera extraña que le hace creer que los policías no podemos enfermar. Ha sido así desde niño, por eso me he esforzado en evitarlo estos días.
—Cierra la boca, di un chiste más y te arrestaré. —Su actitud comienza a molestarme, pero no de una manera seria; solo es mi mejor amigo siendo él mismo y, si no soportara su pesada forma de ser, no seríamos una amistad tan unida.
—Oh, hablando de chistes y arrestar gente: los niños lo están haciendo de nuevo. —Recupera la postura seria con el cambio de tema. Niega con la cabeza desaprobando ese tipo de acciones y usa una voz mucho más gruesa, intentando ser intimidante al hablar—: Dejaron una maldita nota en mi buzón con un número, no sé qué significa y no es lo peor que he encontrado ahí dentro, pero estoy harto de sus bromas. Esos niños necesitan ser castigados y sus padres también por no cuidarlos; la semana pasada llenaron mi jardín de basura y hoy me pasa esto. Mocosos delincuentes, atrápalos de una vez, Tage.
Lo dicho por Johnny hace que se frunza mi ceño, no por el hecho de que él me haya dicho cómo debo hacer mi propio trabajo, sino por un dato específico entre todas las tonterías que acaba de soltar su boca.
Mi cuerpo actúa por inquietud, intento acercarme más al lado del copiloto a pesar de que el cinturón de seguridad me lo impide, pero quiero estar lo más cerca posible por si he escuchado mal.
—¿Un número dijiste? —pregunto, intentando ir directo al grano para saber más al respecto. Mi entrecejo no se separa y le presto toda mi atención al otro en espera de una respuesta clara.
—Eso dije: un número. Era un papel adhesivo amarillo con un único número, lo dejaron dentro del buzón y lo encontré al revisar la correspondencia... ¿Por qué? —Ahora es Johnny quien frunce el ceño; mi pregunta le resulta sospechosa.
—Me llegó una también. —Le digo, ambos hombres nos miramos a los ojos por un instante sin saber qué es lo que está pasando. —La encontré esta mañana pegada al timbre. ¿Cuál era tu número?
—El siete.
—El mío es el nueve. —Replico; desvío la mirada por un momento al resto de la calle, pensando en la situación que ahora tengo entre manos.
—Ya te lo dije, es una broma... Esos niños, espero, recen por no ser atrapados por mí.
Su mano le da un golpe al marco de la ventana, desquitando así su furia. Van muchas bromas hechas a su casa. Llega un momento en que cualquier detalle te detona en ira y Jonathan está a punto de llegar a su límite. Ha soportado cosas como la basura en su jardín, las ventanas rotas, el robo de las frutas del huerto de su familia y el baño en colorante rosa a su perro Lucky. Definitivamente, ha aguantado mucho y no tomó medidas antes porque sabía que se trataba de unos niños traviesos, pero ese fue su peor error: confiarse y no pedirme ayuda.
—Llegamos a la misma conclusión, ¿sabes? —agrego, luego del corto silencio. —Pero comienzo a dudar que sean simples niños. Si te hubiese pasado solo a ti, lo entendería, pero dejaron una en la casa del sheriff de la ciudad. ¿Por qué y para qué?
—Aumentaron su osadía —dice muy seguro de sí mismo; nada hará que cambie de opinión y culpará a esos bromistas de por vida. Es alguien bueno, pero rencoroso.
—Ya veremos, lo investigaré. Por lo pronto debo seguir con mi recorrido; si necesitas algo, me llamas, ¿okay?
—Por supuesto, nos vemos luego. —Johnny levanta la mano en son de despedida y da unos cuantos pasos hacia atrás para que pueda encender el motor con seguridad.
—¡Hola! ¿Cómo estás hoy, Tage?! —menciona el señor Kane saliendo del pasillo. Lo acompañan sus amigos, los cuales seguramente lo estaban ayudando a deshacerse del árbol caído.
—¡Buenos días, señor Kane! —le respondo con amabilidad.
Emprendo la marcha avanzando lentamente sobre la calle.
—¡Oigan, Tage estuvo enfermo! —Es un maldito inútil—escucho decir a Johnny mientras lo veo a través del espejo retrovisor del coche reunirse con los demás.
Por mi parte, sólo suspiro hondo y me resigno. Me apresura a salir de la Avenida para continuar con mi recorrido diario y evitar la pena que las palabras de mi amigo me traerán.
Mi siguiente parada es la zona comercial y un buen café cargado para sobrellevar la mañana.