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El pacto de embarazo adolescente

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Sinopsis

Lizette siempre fue controladora, incapaz de dejar que nada ni nadie se le escape de las manos. Por eso, cuando su relación se viene abajo, un embarazo no planeado le parece una bendición, una segunda oportunidad para ella y Paul. Sin embargo, es posible que él no sea el padre, pues Santiago, el compañero de clase silencioso y confiable que la ha admirado en secreto desde la infancia, podría estar más ligado a su futuro de lo que Lizette jamás imaginó. Mientras tanto, sus dos amigas deciden seguir sus pasos: Jocelyn lo hace por amor, eligiendo llevar para siempre una parte de su novio moribundo; Melannie, en cambio, ve el embarazo como un arma, una forma de vengarse de la madrastra que le arrebató a su padre y, al mismo tiempo, evitar ser desplazada. Cada una tiene su razón, su sueño sobre lo que esta decisión les traerá. Pero los sueños rara vez coinciden con la realidad, y el camino que elegirán es mucho más severo, y mucho menos indulgente, de lo que imaginaron.

Genero:
Drama
Autor/a:
Ana Banana
Estado:
Completado
Capítulos:
30
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Lizette

La imagen del hombre dormido junto a ella, aquél no tenía una sola preocupación en el mundo, le provocaba un deleite como ningún otro.

Tuvo sus dudas sobre hacer esto. Su madre se lo advirtió varias veces, pero cuando llegó el momento, Lizette no pudo decirle que no a nada que él le pidiera. Y ahora se alegraba de no haberlo hecho.

Paul se removió y abrió sus grandes ojos, que se iluminaron en cuanto se posaron en Lizette. Eso le sacó un rubor involuntario, y reaccionó llevándose una mano a la mejilla de él para acariciarlo.

—Ahora que hemos dado este paso tan importante —dijo ella—, no puedo esperar para dar el siguiente.

Paul soltó una risa. —Siempre corriendo, ¿eh?

—Así me conociste, y así me quedaré. ¿Algún problema? —dijo, alzando una ceja de forma juguetona.

—Ninguno —respondió Paul acercándose a Lizette, cambiando sus posiciones hasta quedar sobre ella, para luego esparcir besos por su rostro.

Definitivamente no quería que ese momento terminara.

Pero como todo lo bueno en el mundo, terminó. Él la acompañó a pie hasta su casa. Se despidieron en la puerta, a pesar de la insistente invitación de Lizette para que entrara y saludara a su madre, quien estaba tan encantada con él como ella.

Cuando él se marchó, Lizette entró a casa y encontró a su madre esperándola en el pasillo, vestida solo con un camisón, su cabello oscuro recogido en una trenza lateral y una sonrisa más radiante que nunca.

Ansiosa, tomó a su hija del brazo y la arrastró al sofá, pidiéndole que le contara todo con lujo de detalle.

Lizette suspiró con satisfacción y se dejó caer en el sofá, desvelando todo sobre esa nueva experiencia. De verdad sentía que era una persona nueva, como si un velo protector que siempre la cubrió se hubiera levantado, permitiéndole ver más allá de lo que solía ver, un mundo entero esperándola para explorarlo.

Su madre la siguió presionando para que contara más, especialmente sobre cómo la trató Paul. En ocasiones se puso demasiado insistente, y Lizette tuvo que calmarla con una risa, contándole que el trato de Paul había sido el de un caballero, tomándola como lo que más apreciaba en el mundo.

Pero ella siempre encontraba algo que criticar en él.

Cuando Lizette le contó los planes que habían hecho para su futuro durante su íntimo y tranquilo momento —sobre casarse justo después de graduarse de la universidad—su madre se desconcertó.

—¿Por qué quiere esperar tanto? Serían, ¿qué? ¿Siete años más?

—Serían cinco —corrigió Lizette—, y… bueno, él quiere que nos casemos fuera de esta ciudad, cuando ambos tengamos trabajo y podamos costearnos la boda de nuestros sueños.

Su madre alzó una ceja.

—¿Y qué otros planes ha hecho contigo?

—¿A qué te refieres?

—¿Cuándo abrirán una cuenta bancaria? ¿Será una cuenta compartida? ¿Dónde van a vivir? ¿Cómo piensa mantenerte? Y lo más importante, ¿alguna decisión que involucre la palabra con “H”?

Lizette hizo un gesto tranquilizador con las manos.

—Mamá, tenemos todo el tiempo del mundo para preocuparnos por eso. Apenas estamos entrando al décimo grado. Dijo que no hay prisa, que dejemos que las cosas fluyan de manera natural.

Su madre se tensó al escuchar esas palabras. Su expresión dejó de ser indiferente y pasó a ser de preocupación.

—Tu padre me dijo exactamente lo mismo cuando empezamos a salir.

Lizette abrió la boca para protestar, ofendida por la comparación, pero su madre continuó:

—De hecho, no me sorprendería que pronto empiece a tratarte con frialdad, considerando su estatus social y económico… y el hecho de que ya le entregaste lo único que te daba poder sobre él.

¿Otra vez con esto? ¡Se supone que ya lo había superado!

Con los años, Lizette entendió las razones detrás de la actitud neurótica de su madre. A veces, sus consejos tenían algo de sabiduría, pero siempre nacían de una visión amarga y pesimista del mundo. Por eso, los tomaba con pinzas.

Era simple: solo tenía que ser precavida cuando surgiera una nueva experiencia. Sería una tontería privarse de los placeres de la vida solo porque su madre tuvo una mala experiencia.

Pero si había algo en lo que su madre era experta, era en meterse en su cabeza y hacerla dudar de sí misma. Claro, ese era el trabajo de toda madre en este mundo entrópico, pero en esto no.

—No le entregué ningún poder —dijo Lizette—. En esta relación no hay poder. Yo lo amo y él me ama. Paul no va a perder interés en mí después de tantos años juntos.

—¿Y crees que eso es suficiente para sus padres? —preguntó ella—. Las pocas veces que he hablado con ellos me bastaron para notar la falta total de amor entre ellos. Su matrimonio fue claramente por conveniencia, y estoy segura de que están esperando a que Paul termine contigo para presentarle a una novia—una futura esposa—que ellos aprueben.

Era innegable la verdad en esas palabras. Estaba escrito en la forma en que los padres de Paul la trataban cada vez que los visitaba: hablándole con una formalidad exagerada, frunciendo el ceño cuando se emocionaba demasiado, sin reír jamás con su sentido del humor, solo arqueando una ceja y diciendo que no entendían sus chistes.

También la corregían constantemente en la mesa. No importaba lo que hiciera, nunca era suficiente para ellos.

Era una situación difícil, pero Paul no era como sus padres.

—Él va a luchar por nosotros contra quien sea. Me lo ha dicho muchas veces: no quiere a nadie más que a mí.

Su madre siguió viéndola con escepticismo.

—Ay, Liz… Subestimas lo fácil que es para los hombres engañarnos solo para conseguir su premio. Ellos no respetan la sacralidad de la sexualidad como nosotras. Ningún hombre, y menos a su edad, quiere estar con una sola mujer toda su vida. Va a querer probar otros labios, otras… cosas. Y un día te lo dirá descaradamente, te dirá que “solo fue placer físico” y que tú eres la única a la que realmente ama.

—¡Mamá, deja de pensar así de Paul! ¡Es una persona honesta! Que a ti te hayan visto la cara de tonta no significa que a mí también!

Por un momento, Lizette temió haberse pasado de la raya. Se preparó para la inminente reprimenda.

Pero, en su lugar, su madre la abrazó.

—Mi amor —murmuró en su oído—, lo único que quiero en este mundo es que seas feliz. Solo te pido que tengas cuidado.

El corazón de Lizette empezó a latir más rápido. Pero no como con Paul, sino de una forma distinta… como si estuviera llorando por ayuda.

Desde que despertó su atracción por los chicos, Lizette se prometió a sí misma que nunca saldría con un hombre como su padre y, afortunadamente, Paul era todo lo contrario, a pesar de las reservas de su madre cuando lo presentó como su primer novio.

Después de unos meses de relación, Paul impresionó a su madre con varios regalos, lo que la hizo admitir que quizá su hija tenía razón sobre él y, así, le dio su completa y absoluta bendición.

La posición acomodada de Paul probablemente influyó en su opinión. En una ocasión, su madre le dijo:

—Al menos te enamoraste de alguien que te dará la vida que mereces. Eso es todo lo que quiero para ti.

—No te preocupes, mamá, la tendré —respondió Lizette, dándole una palmadita en los hombros.

Con esa sensación de plenitud, Lizette se fue a dormir, enviándole a Paul un mensaje fugaz para agradecerle con cariño por aquel momento especial. Él le respondió con la misma energía.

Todo estaba bien.

Al día siguiente, en cuanto llegó a la escuela, Lizette buscó a Jo y Melannie en su rincón habitual, donde se reunían entre clases para contarles sobre su experiencia con Paul.

De las tres, Jo fue la más emocionada; gritó y saltó junto a Lizette, apretándole las manos con entusiasmo.

Pero Melannie, siendo como era, replicó la indiferencia de su madre. Frunció el ceño y mantuvo los brazos cruzados durante toda la historia.

—No entiendo por qué le dan tanta importancia a perder su virginidad con alguien —dijo, interrumpiendo la pequeña celebración entre las dos amigas—. Es lo mismo que conducir por primera vez, solo es especial por la anticipación de años.

—¡Eso no es cierto! —exclamó Jo, horrorizada—. Es una de las cosas más hermosas que puedes experimentar en este mundo. Nunca lo olvidas. Y si es con la persona que más amas…

Justo al decir eso, Jo se calló. Toda la luz desapareció de su expresión, y ni Lizette ni Melannie tuvieron que adivinar la razón: una vez más, Jo se había recordado a sí misma la lamentable situación en la que se encontraba con Seth.

Lizette frunció el ceño hacia Melannie, dejándole claro lo hiriente que había sido su comentario, pero Melannie simplemente blanqueó los ojos.

Al ver que Jo bajó la cabeza y empezó a temblar, Lizette le tomó las manos de nuevo.

—Bueno, bueno —dijo Lizette—, no estamos hablando de eso; estamos hablando de cosas hermosas.

Y, como si nada hubiera pasado, el rostro de Jo se iluminó otra vez mientras volvía a centrar su atención en Lizette.

—¡Tienes razón, Lizzie! ¿Y cómo fue?

—Me llevó al cielo —respondió Lizette, bailando en medio de su ensoñación—. Cada cosa que hacía era mejor que la anterior.

—Oh —Melannie dijo con sorna—, así que tiene experiencia, ¿eh? Qué curioso.

Lizette entrecerró los ojos.

—No empieces, Melannie.

—Oh, vamos —insistió Melannie—. Solo digo que, en mi experiencia, los chicos vírgenes dejan mucho que desear cuando es su primera vez.

Jo soltó una carcajada ante el comentario.

—Bueno, es evidente que su novio ha investigado a fondo qué hace sentir bien a una mujer.

Pero Melannie chasqueó la lengua y miró hacia otro lado.

—Por favor, no importa cuánto investiguen ni cuánto “material gráfico” consuman, necesitan experimentar físicamente para volverse expertos. Y ustedes llevan dos años y medio saliendo.

—Tres, en realidad —corrigió Lizette, cruzando los brazos.

Melannie soltó una risa que sacó de quicio a Lizette, obligándola a contenerse para no estirar la mano y despeinar esos ricitos rubios.

Si no fuera porque la familia de Melannie tenía una amistad cercana con la de Paul, además de que la primera pagaba la mayoría de sus almuerzos, Lizette ya le habría dejado algunos buenos moretones en la cara.

—Tú ya sabes lo que quieres —continuó Melannie—. Piensas en tu futuro. Paul ni siquiera puede planear más allá de hoy, mucho menos preocuparse por las consecuencias a largo plazo. Tal vez te ha estado engañando todo este tiempo. Digo, ¿qué chico de quince años querría esperar tres años? Especialmente con todas las oportunidades que tiene en su equipo de fútbol americano, con las porristas, en sus eventos especiales, en sus vacaciones…

Una expresión preocupada apareció en el rostro de Jo, y permaneció en silencio. Lizette se quedó callada, con una mirada peligrosa.

—¿Te ha dicho algo? ¿O todo eso de “solo veo a Paul como un amigo” era mentira?

Melannie se puso seria de nuevo.

—Ya te lo dije, no me importa un carajo ni él ni sus padres. Pero estoy obligada a interactuar con ellos mucho más de lo que quisiera, así que noto detalles sobre él. Y por lo mismo, tengo derecho a señalar sus defectos todo lo que se me dé la gana.

Vaya… ¿cómo podía alguien ser tan cruel incluso cuando intentaba consolar? Melannie parecía disfrutar poniendo a prueba los límites de Lizette. Por un momento, realmente consideró darle una lección.

Pero justo a tiempo, sonó la campana y las tres se dirigieron a sus respectivas clases. Jo no dijo nada más y solo sonrió, aliviada de que el asunto no escalara.

Después de que la sensación de ardor en su estómago se calmara durante la primera clase del día, Lizette volvió a sonreír, negándose a caer en escenarios estúpidos en su cabeza. Estaba rodeada de personas que querían ver lo peor en los demás porque no podían concebir la idea de dos almas que simplemente estaban destinadas a estar juntas.

Lizette se aferró a ese consejo propio tanto como pudo, pero llegó un punto en el que no fue suficiente, porque con el paso de las semanas, sintió un cambio en el trato de su novio.

Los únicos momentos en los que Paul accedía a verla eran aquellos en los que Lizette le ofrecía su cuerpo de nuevo, lo cual pronto se convirtió en una ocurrencia casi diaria.

A veces se sentía sucia, pero lo ignoraba. Eso no se convertiría en la norma, por supuesto. Paul solo estaba emocionado por repetir la experiencia después de hacerlo por primera vez. Solo tenía que disfrutar esos momentos con él—no era difícil, después de todo, Paul sabía exactamente qué la hacía sentir bien—y con el tiempo, todo volvería a la normalidad.

Pero no fue así.

Ahora, no solo Paul dejó de llevarla a los lugares que le gustaban, sino que ni siquiera le compraba regalos, excepto por una rosa que le daba al final de clases, justo antes de ir a ese mismo lugar a hacer lo mismo de siempre.

Parte de ella ya extrañaba aquella etapa de su relación en la que todo era nuevo y emocionante, cuando él la llevaba a parques, centros comerciales y restaurantes. El lugar nunca importó realmente, siempre que ella lo tuviera cerca, asegurándole que ella es y siempre sería la única y más importante mujer en su vida.

Así que, cuando llegó el siguiente fin de semana, decidió reavivar esa chispa inicial.

Después de que terminó la escuela, Lizette buscó a Paul en la salida y lo encontró hablando a lo lejos con sus amigos, a quienes parecía dispuesto a seguir.

—Hey, justo te estaba buscando —dijo Paul, apenas apartando la mirada de su grupo.

—Yo también —respondió ella con un tono dulce—. Hoy me siento nostálgica, ¿sabes? Estaba pensando… ¿qué te parece si vamos a comprar algo de comer y vemos una película en el mismo lugar donde tuvimos nuestra primera cita?

—Oh, me encantaría —dijo él—, pero ya tengo planes para hoy.

Esa frase la alertó, despertando un leve pero peligroso malestar en su pecho.

—¿Planes para qué?

—Voy a reunirme con mis amigos para practicar para el próximo partido, y después iremos a un karaoke.

—Tú… no me dijiste nada de eso. ¿Cuál es la ocasión especial?

—Tendremos un partido importante el próximo mes.

—¿Y prefieres celebrarlo con ellos en lugar de conmigo? ¿Qué pasó con nuestra tradición para estos eventos importantes?

—Esto es diferente, me invitaron.

Un nuevo enfado empezó a crecer dentro de Lizette. Los amigos de Paul siempre encontraban la manera de apartarlo de ella.

De mala gana, Lizette aceptó que tenía que compartir a Paul con sus padres; al fin y al cabo, eran los responsables de haberle regalado a ese hombre en primer lugar.

Pero, ¿con sus amigos? Esos que se aferraban a él para aprovecharse de su compañía sin darle nada a cambio…

Al principio, no le preocupó demasiado. No era algo en lo que ella tuviera que intervenir.

Pero ahora que su relación había alcanzado un nuevo nivel, un nivel que los ataba hasta el final de sus días, las cosas tenían que cambiar.

No significaba que tuviera que luchar demasiado para lograrlo.

—Qué pena… —dijo Lizette, alzando un poco la voz y deslizando un dedo por el pecho de Paul—. Me hubiera encantado pasar este día contigo.

Sabía que cada vez que hacía esa voz seductora, Paul no podría resistirse y terminaría rogándole que lo acompañara.

O al menos, el Paul del que ella se había enamorado.

—Lo sé, pero será otro día, ¿de acuerdo? —dijo él, antes de darle un beso en la mejilla y salir corriendo para alcanzar a sus amigos.

En ese momento, Lizette se quedó sin palabras, incapaz de formar un solo pensamiento coherente. Su mente se nubló mientras veía cómo el hombre de su vida desaparecía de su vista, escurriéndose de entre sus dedos.

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