Café y Cigarrillos
Tan voraces, tan dulcemente crueles.
Café y cigarrillos... esa mezcla perfecta hecha de humo, amargura y deseo. Una ceremonia sin nombre oficial, pero que siempre conservó el suyo: el ritual que me recordaba a él.
Le entregué mis suspiros y le confié las palabras que nacieron desde la herida. Esas que nadie escuchó y que, sin embargo, él supo leer en mis silencios. Hoy, su nombre es un eco sordo que habita en la penumbra de mis recuerdos y en ese rincón secreto de este corazón cansado que a veces olvida cómo latir.
Sus besos, sus caricias... eran mi refugio y mi condena. Vicio, necesidad y castigo. Eran tan adictivos como el último trago para el borracho, como la aguja para el adicto, como la hoja afilada para quien ya no teme sangrar porque hace rato dejó de doler.
Así era él. Así era amarlo.
Café y cigarrillos... juntos, envueltos en humo, me saben a su voz, a sus manos, a nuestras conversaciones a destiempo y a nuestro vacío existencial compartido.
Y entonces, pienso... tal vez —solo tal vez— no lo extraño a él. Tal vez lo único que busco es un café amargo y un cigarrillo encendido para no sentir el hueco de su ausencia mortífera.
Café y cigarrillos. Ambos arden con la misma intensidad con la que alguna vez lo amé.








