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La luz en la oscuridad

Sinopsis

Tras perder a sus padres en un accidente, Denki queda bajo custodia de los Bakugou, su vida siempre fue una mentira, su novio Shinso le daba todo lo necesario, pero a la vez se sentía atado, no había amor, o solo un poco. Hasta que conoce a Eijiro Kirishima, pero, todo se vuelve un caos.

Genero:
Drama
Autor/a:
Izukat
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Uno

La lluvia caía con suavidad sobre los techos del templo, dejando un murmullo constante que acompañaba el silencio pesado del velorio. El aire olía a flores marchitas y a incienso, una mezcla dulce y amarga que se adhería a la piel como el recuerdo mismo de la pérdida. Las velas titilaban frente a dos ataúdes idénticos, oscuros y relucientes, reflejando el rostro de un muchacho que no podía apartar la mirada.

Denki permanecía inmóvil, con los ojos fijos en aquellas cajas que encerraban todo lo que alguna vez fue su hogar. Apenas tenía quince años, y ya la vida le había arrebatado lo que más amaba. Su madre, siempre tan risueña, tan cálida; su padre, silencioso pero protector... ambos habían partido en un accidente que nadie supo explicar del todo.

En un instante, su mundo se había reducido a un vacío insondable.

Alrededor, las voces se deslizaban en murmullos.

—Pobrecillo, tan joven...

—¿Y ahora con quién se quedará?

—Dicen que no tiene más familia cercana...

Denki los oía, aunque fingía no hacerlo. Esas palabras se clavaban como alfileres, repitiéndole la cruel verdad: estaba solo. Las condolencias, las lágrimas ajenas, el peso de las miradas llenas de lástima... todo le resultaba insoportable. Sus manos entrelazadas, temblaban apenas, y en su pecho se abría una grieta que no sabía cómo cerrar.

Entonces, la puerta del templo se abrió y una corriente de aire frío recorrió el lugar. Todos se giraron. Una mujer rubia, de porte firme pero con el rostro visiblemente conmovido, entró acompañada de un hombre alto y de un chico de cabello cenizo, casi dorado bajo la luz tenue. La mujer avanzó sin dudar, con paso decidido, aunque sus ojos brillaban por las lágrimas contenidas.

Era Mitsuki Bakugo.

Denki levantó la vista apenas, reconociendo aquel rostro por las fotos que su madre guardaba en los álbumes familiares. Su madre y Mitsuki habían sido inseparables en su juventud, amigas que se consideraban hermanas. La presencia de la mujer, tan familiar y tan firme, despertó en él una chispa tenue de consuelo.

Mitsuki se acercó sin decir palabra, y cuando estuvo frente a él, lo rodeó con los brazos. El abrazo fue cálido, humano, sin las formalidades incómodas de los desconocidos.

—Todo estará bien, Denki —susurró ella, con una voz ronca de tristeza—. Te lo prometo.

El muchacho no supo qué responder. Las lágrimas que había estado conteniendo comenzaron a deslizarse por sus mejillas sin control. Apretó el puño en la tela del abrigo de Mitsuki, aferrándose a esa promesa como si fuera un salvavidas en medio del naufragio.

—Llegué tarde porque estuve arreglando los papeles —continuó ella en voz baja, acariciándole el cabello con ternura—. Tu madre quería que, si algo pasaba, yo cuidara de ti. Así que... te vendrás conmigo, ¿de acuerdo?

Denki parpadeó, sorprendido. No esperaba que alguien quisiera hacerse cargo de él. Sintió una mezcla de alivio y miedo.

—¿Con... usted? —preguntó con un hilo de voz.

—Conmigo —confirmó ella con una sonrisa triste—. Con mi familia.

Detrás de Mitsuki, el hombre —Masaru Bakugo— asintió con gentileza, dándole a Denki una mirada serena, llena de comprensión. Pero el que más llamó su atención fue el chico que se mantenía un poco más atrás, con las manos en los bolsillos y el ceño fruncido.

Katsuki Bakugo, de su misma edad.

Denki lo observó de reojo, curioso, aunque enseguida bajó la vista. Había algo en aquella mirada intensa, en el gesto duro del muchacho, que le provocó un ligero temor. No parecía muy contento con la situación. Aun así, Denki pensó que no podía culparlo.

Él mismo apenas entendía lo que estaba ocurriendo; había perdido a sus padres, y de pronto debía empezar de nuevo, en otra casa, con una nueva familia.

El resto del velorio transcurrió envuelto en murmullos y despedidas. Mitsuki se mantuvo a su lado todo el tiempo, respondiendo con firmeza las preguntas de los presentes, firmando documentos, asegurando que Denki estaría bajo su custodia legal.

Al caer la tarde, cuando el templo comenzó a vaciarse, Denki miró una última vez las cajas. Supo, con una punzada de dolor, que esa sería la última vez que vería a sus padres, aunque el recuerdo de ellos jamás lo abandonaría.

Esa noche, mientras el auto de los Bakugo se alejaba del cementerio, Denki se permitió cerrar los ojos. El motor vibraba suavemente y, por primera vez en días, se sintió a salvo. No feliz, no tranquilo... pero a salvo.

Pasaron los meses. La vida en casa de los Bakugo fue un cambio abrupto, pero necesario. Mitsuki era exigente y cariñosa a su manera: no toleraba la autocompasión, pero tampoco dejaba que Denki se sintiera invisible. Masaru, con su voz serena, equilibraba el temperamento de su esposa, y pronto Denki comenzó a sentirse parte de algo que, aunque distinto, podía llamar familia.

Con Katsuki, sin embargo, las cosas no fueron tan sencillas.

El chico era temperamental, competitivo, de carácter fuerte. Al principio apenas se dirigían la palabra. Katsuki lo ignoraba o le lanzaba miradas desafiantes, como si estuviera evaluando su presencia. Denki, por su parte, hacía lo posible por no molestarlo. Compartían la misma escuela, incluso algunos cursos, y aunque Mitsuki intentaba que ambos se llevaran bien, la convivencia era complicada.

Aun así, con el tiempo, aprendieron a tolerarse. No se hicieron amigos, pero el roce diario suavizó las tensiones. Katsuki, aunque gruñón, comenzó a tratarlo con un respeto silencioso; Denki, siempre amable, aprendió a leer las emociones detrás de los gestos bruscos de su nuevo "hermano".

Cuando Denki cumplió diecisiete, ya habían pasado casi dos años desde aquel día en el templo. La tristeza no desapareció, pero se había transformado en una parte silenciosa de su historia.

Y fue entonces, un día cualquiera, cuando Eijiro Kirishima tocó la puerta de los Bakugo.

El cielo estaba despejado, y el aire de la tarde olía a hojas secas y a otoño. Eijiro sostenía en la mano una carpeta con apuntes y un pequeño cuaderno.

Había faltado Katsuki a la escuela, y como su amigo más cercano, el profesor le había encargado que le llevara las notas de clase. Hasta ese momento, en todos los años de amistad, jamás había visitado su casa.

Había oído rumores de cómo vivía la familia Bakugo, de la madre explosiva y del carácter de Katsuki, pero nada más. Cuando el maestro le dio la dirección, Eijiro sintió una curiosidad que no supo explicar.

Caminó hasta la puerta y tocó el timbre. Escuchó pasos acercarse desde el interior.

La puerta se abrió lentamente, y Eijiro quedó sin palabras.

Quien le abrió no era Katsuki, sino un chico de cabello rubio despeinado, con mechones que caían sobre sus ojos dorados. Vestía una camiseta sencilla y un pantalón deportivo, pero había en él una elegancia natural, una luz que lo hacía parecer irreal.

Eijiro no lo sabía, pero esa visión marcaría algo en él. Por un momento, pensó que se había equivocado de dirección.

—¿Eh... esto...? —intentó hablar, pero las palabras se le quedaron atoradas.

Denki lo observó con curiosidad, ladeando la cabeza. Su expresión era amable, aunque había en sus ojos un rastro de timidez.

—¿Buscas a Bakugo? —preguntó con suavidad.

Eijiro asintió sin poder apartar la mirada.

—S-sí... —balbuceó—. Soy Kirishima... vine a traerle los apuntes.

Denki sonrió levemente, y el gesto bastó para que Eijiro sintiera un cosquilleo extraño en el pecho.

—Pasa, está arriba —dijo, abriendo más la puerta—. Ahora lo llamo.

El pelirrojo entró con torpeza, cuidando de no tropezar con nada. Mientras Denki se alejaba por el pasillo para avisarle a Katsuki, Eijiro lo siguió con la mirada, fascinado sin entender por qué.

Había algo en ese chico: una mezcla de serenidad y melancolía, una luz suave que contrastaba con la energía explosiva de Bakugo.

Cuando Katsuki bajó, gruñendo por haber sido interrumpido, Eijiro intentó centrarse en su tarea. Le entregó los apuntes, pero su mente seguía atrapada en otra imagen: la del chico que le había abierto la puerta, con esa sonrisa triste que parecía esconder un mundo entero detrás.

Esa noche, cuando regresó a su casa, Eijiro no dejó de pensar en él. No sabía quién era ni por qué vivía allí. Ahora, sin embargo, sentía una curiosidad ardiente, una necesidad de saber más de ese chico.

Mientras miraba por la ventana, con la luna colgando sobre los tejados, pensó en cómo la vida estaba llena de encuentros fortuitos que cambiaban todo sin aviso.

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