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Sueños Traspapelados

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Sinopsis

Roberto, diecisiete años, estudiante del Instituto Nacional, descubre que las lecciones más importantes no están en clase, sino en los libros prohibidos. En su búsqueda de Así habló Zaratustra, enfrenta la censura, la burocracia y sus propios límites. Sueños Traspapelados es una historia de curiosidad, rebeldía y el poder secreto de las ideas

Estado:
Completa
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

Sueños Traspapelados

Tenía diecisiete años y, como institutano, estaba acostumbrado a la disciplina y al rigor académico del Instituto Nacional. Pero había algo que no se aprendía en clase ni se practicaba en el patio: la libertad de leer lo que quisieras. Y aquel día, mi curiosidad me llevó a buscar un libro que mi tío había mencionado: Así habló Zaratustra, de Nietzsche. Según él, contenía la clave para entender algunas de las preguntas más profundas de la vida, incluso aquellas que las clases de religión preferían no abordar.

El problema era que el libro no estaba en la biblioteca del colegio. Mi única opción era la Biblioteca Nacional, cerca del cerro Santa Lucía. Llegar no era difícil; conseguir el libro, sí.

Primero había que buscar la ficha entre las enormes gavetas metálicas del primer piso. Cada tarjeta tenía un número de referencia. Una vez la encontrabas, tocaba copiar esos números a mano en un papelito y subir la imponente escalera de mármol al segundo piso, a la sala de lectura. Allí te esperaba una cola interminable de estudiantes y lectores de todas las edades, cada uno con su hoja de números en la mano, listo para entregar su solicitud al bibliotecario.

Cuando por fin llegaba tu turno, entregabas el papel, el bibliotecario te pedía la cédula y luego te daba un número de llamada, el que debías escuchar. La espera podía durar más de una hora; la frustración, casi segura.

A veces oías tu número seguido de “traspapelado”, que significaba que el libro estaba perdido, deteriorado o simplemente no disponible. Otras veces oías “en circulación”, que quería decir que otro lector tenía el ejemplar en la sala y te tocaba esperar. Pero de vez en cuando llamaban tu número sin añadir nada: podías acercarte al mesón y retirar el libro de inmediato. Cada pequeño avance era un triunfo; cada retroceso, una agonía y un golpe seco a la paciencia.

Cuando finalmente anunciaron mi número, el bibliotecario me hizo una seña para acercarme y bajó la voz, algo muy inusual. Me dijo que Así habló Zaratustra estaba, de hecho, disponible… pero que no podía entregármelo. El padre Sebastián Lira, sacerdote de alto rango ligado estrechamente al régimen, había dado órdenes estrictas: ningún estudiante en uniforme—ya fuera de un colegio privado o público, religioso o laico—tenía permitido leer ese libro.

Le expliqué que podía salir, quitarme la chaqueta y la camisa del uniforme y volver de inmediato; debajo llevaba una polo gris normal. Él negó con la cabeza y dijo: “Demasiado tarde. Ya estás fichado por hoy. Vuelve mañana con ropa de calle y sin afeitarte; a ver si te ves un poco más crecido.” Tenía diecisiete años y todavía no necesitaba afeitarme, pero no había manera de convencerlo.

Al bajar las gradas, fuera de la biblioteca, me topé con Eduardo Andrés Irrazábal, también del Instituto. Compartíamos varias clases de ciencias y, cuando niños, habíamos jugado juntos en la misma defensa del equipo de fútbol. Pensé que era mi última oportunidad del día: como él no llevaba uniforme, le conté lo ocurrido y le pedí que solicitara el libro por mí.

—¿Y qué libro es? —preguntó, desconfiado—. Si está tan prohibido, mejor no me metas en líos. —Nada grave —le dije—. Es solo filosofía… de un filósofo alemán.—¿Filósofo alemán? —respondió, dando un paso atrás—. Olvídalo. En mi casa tienen a todos los escritores alemanes en la lista negra, especialmente a los filósofos; empezando por el mismísimo Karl Marx. No me arriesgo. Nos vemos el lunes.

Al día siguiente, sábado, decidí ir temprano a la Biblioteca Nacional. Me puse un terno para parecer mayor y, justo al salir de casa, mi madre me miró extrañada. —Roberto, estás confundido con los días —me dijo—. Mañana es la misa del domingo; hoy no necesitas ir de terno. Como tu padre está fuera de Santiago, ahora tú eres el hombre de la casa y eliges si vamos a la de las ocho o a la de las once.

Le di un beso y me fui directo a la biblioteca. El mismo bibliotecario del día anterior pareció reconocerme, a pesar del traje gris. Cuando le entregué la ficha de referencia, me dijo que el libro había sido solicitado más temprano y estaba “en circulación”. Podía esperar, si quería. Luego, con una sonrisa burlona, añadió:—A menos que tengas algo más emocionante que hacer un sábado por la mañana.

Esperé casi dos horas —una eternidad— hasta que finalmente anunciaron mi número: el 288. Me acerqué al mesón lleno de esperanza, pero el bibliotecario me recibió con un rostro frío y severo, como quien está a punto de dar una mala noticia.—Lamentablemente, hubo un error en el estado del libro —dijo—. Así habló Zaratustra no está en circulación… está traspapelado. Y para que quede claro —añadió, enderezándose con autoridad—: si llegara a aparecer, solo podrás solicitarlo con autorización escrita del inspector general de tu colegio. ¿Eres el institutano de ayer, verdad? Entonces la autorización tendrá que venir del inspector general Hugo Fuentes.

Me quedé mudo un instante. Pregunté si una carta del profesor Ernesto Sánchez, de Literatura, con quien tenía buena relación, podría servir. Negó con la cabeza.—No. En este caso, mis instrucciones son muy claras: debe venir solo del inspector general, Hugo Fuentes.

Con el estómago apretado y una profunda frustración, abandoné el edificio.

Aquel día aprendí que un libro podía ser declarado peligroso antes de que hubiera leído una sola página.

Me fui a casa sin Nietzsche. Fue una pequeña derrota, pero también una muestra del mundo en que vivíamos: un mundo donde hasta la curiosidad podía volverse peligrosa.

Solo nos quedaba susurrar nuestros sueños en secreto, esperando que aquella larga noche de silencio y miedo terminara por fin.

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