El precio del doncel | KOOKMIN

Sinopsis

JIMIN: Es el doncel que sueña con el cuento de hadas. Tildado de "insignificante" y "pálido", solo anhela un amor puro que no se compre. Cuando la familia más rica de Seúl le ofrece un cheque para que se case con su heredero, su respuesta es un rotundo: NO. Jimin solo se casará por amor verdadero. JUNGKOOK: Es el heredero magnate. Hermoso, frío y con una vida marcada por el exceso. A sus veintisiete años, es obligado a un matrimonio de conveniencia para asegurar su herencia. Su única misión es convencer a ese doncel ingenuo de firmar el contrato, a cambio de lo que sea... menos su corazón. Él quiere AMOR. Él solo quiere SALIR. ¿Podrá el dinero comprar un alma que solo sueña con romance? ⚠️ ADVERTENCIA DE AUTORA: Esta historia contiene escenas explícitas, lenguaje fuerte, consumo de alcohol y situaciones dramáticas +18. Se recomienda discreción. ¡OJO! Esta obra está protegida por derechos de autor. Queda estrictamente prohibida su copia, adaptación, traducción o reproducción sin mi previo y expreso consentimiento.

Estado:
En proceso
Capítulos:
5
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capitulo 01

Pov de Jimin

Un nuevo día, los mismos susurros.

La sala de conferencias, que por un milagro de la matrícula servía como aula para nuestra clase de contabilidad, olía a papel viejo y a desinterés estudiantil.

Yo estaba en mi lugar habitual, el último asiento de la fila, casi fusionado con la pared. Con el cuaderno de bocetos abierto sobre el pupitre, me sumergí en mi único refugio: el dibujo.

Estaba acostumbrado. Crecí sabiendo que no encajaba. "Feo", "rarito", "demasiado pálido para ser un doncel normal", eran solo el soundtrack de mi existencia.

Pero la verdad es que, más que dolerme, me daba una paz extraña. La gente no se acercaba, y a mí me gustaba la tranquilidad de mi soledad.

Era el único lugar donde podía ser Park Jimin sin ser juzgado.

Mis dedos trazaban una línea familiar. Desde pequeño, solo dibujaba una cosa: un hombre. Alto, con hombros anchos, una silueta elegante, pero siempre, siempre, sin rostro.

Era mi Príncipe Azul, la fantasía de cuento de hadas que me negaba a abandonar. Soñaba con casarme por amor, como en las películas de Disney que mi abuela me dejaba ver.

Un amor tan grande que haría estallar el mundo, que me vería por lo que era y no por lo que la gente decía.

Dejé de dibujar al sentir el escozor de la realidad.

¿Algún día mi vida cambiará?

La pregunta flotaba en el aire frío del aula. No. No creo. Eso solo pasa en las novelas que leo a escondidas.

Soy un doncel insignificante, un estudiante de beca que trabaja en una tienda de arte.

¿Por qué alguien poderoso o notable se fijaría en mí?

Estoy destinado a llevar esta vida simple, a cuidar de mi abuela y, probablemente, a terminar solo.

Levanté la vista. La luz de la mañana se filtraba por la ventana, iluminando a la persona que era mi antítesis: Kim Taehyung.

Un doncel, también. Pero uno que parecía tallado por los dioses. Precioso, con una aura magnética, riendo con un grupo de amigos. Todos morían por su atención.

Me encantaría ser él, pensé, con una punzada de envidia honesta. Su vida se veía tan fácil. A él lo aplaudían, lo halagaban.

A mí, me miraban feo, con odio disfrazado de desprecio, y me humillaban. No, definitivamente, nunca sería así de lindo, ni sabría lo que se siente ser amado y tener a alguien que moriría por ti.

El timbre sonó, violento, y mis compañeros salieron casi corriendo. Guardé mis cosas, acomodé mis anticuados lentes de montura fina y me levanté.

Mientras leía un informe para la siguiente clase, caminé hacia la puerta y, por mi torpeza habitual, choqué contra una pared sólida.

Al mirar, era Taehyung.

—Joder, fíjate por dónde caminas—dijo con el ceño fruncido, su voz más profunda y grave de lo que esperaba.

Me puse nervioso, la vergüenza me calentó las mejillas. Negué con la cabeza, buscando desesperadamente las palabras.

—Perdón... perdón, no fue mi intención, mil disculpas —dije, tartamudeando, esperando el insulto o la mirada de asco.

Taehyung, sin embargo, soltó una risita suave y me sonrió. La expresión en su rostro cambió por completo.

—Estaba jugando, relájate, solo ten más cuidado la próxima —Su sonrisa, era francamente contagiosa.

Le devolví una sonrisa temblorosa. Me asusté, sí, pero me alivié: al menos él no era como las demás personas.

—Sí... sí, solo estaba distraído —respondí, sintiéndome estúpido por haber chocado con él.

Me dedicó una última sonrisa amable, una que contrastaba con su fama de chico inalcanzable, y se dio la vuelta para salir del salón.

Mi corazón latía a mil por hora. No era mala persona. Al menos, no me gané un insulto por mi torpeza o por mi cara.

Caminé por los pasillos, sintiendo el peso de las miradas de burla de siempre.

Me coloqué mis audífonos de inmediato, dejando que la música amortiguara los murmullos y los cuchicheos. Siempre era lo mismo.

Salí de la universidad con destino a mi segundo hogar, la Tienda de Arte "El Lienzo Feliz".

El "Lienzo Feliz" no tenía nada de feliz, al menos para mí. Era un lugar pequeño, polvoriento, pero lleno del olor a pintura, trementina y arcilla, mi aroma favorito en el mundo.

Trabajaba medio tiempo allí, suficiente para llevar los gastos de la casa, los medicamentos de mi abuela y apenas para comprarme algo.

A las cinco en punto, mi jefe, el señor Choi, llegó. Un hombre en sus cincuenta, con una sonrisa demasiado viscosa para mi gusto y unos ojos que siempre parecían mirarme por debajo de los lentes.

—Jiminie, llegaste puntual, qué sorpresa —dijo con esa voz que me hacía apretar los dientes. Me llamaba "Jiminie" solo él, y nunca me gustó.

—Buenas tardes, señor Choi —respondí, concentrándome en reacomodar los estantes de acuarelas.

La tarde transcurrió lenta. Atendí a un par de artistas viejos que me daban consejos sobre mis dibujos y a un grupo de adolescentes ruidosos que solo compraron un puñado de lápices.

Justo cuando estaba por cerrar, sentí su presencia a mi lado.

—Te veo muy concentrado —murmuró el señor Choi, y noté cómo su mano se posaba de forma casual, demasiado casual, sobre mi hombro, apretando un poco.

Me tensé inmediatamente.

—Solo revisaba el inventario, señor Choi —dije, moviéndome sutilmente para que su mano cayera.

Él pareció no notarlo, o quizás sí, y me sonrió de forma extraña, con la mirada fija en mi rostro.

—Un buen trabajador... y tan bonito. Tienes un aire tan delicado, Jiminie.

Sentí náuseas. No era la primera vez que hacía comentarios incómodos, pero yo siempre fingía ignorancia.

Era un hombre mayor, solo un halago incómodo.

Me necesito, me necesito, me necesito.

—Gracias, señor. ¿Podemos ir con la caja? Ya es hora de mi pago.

El señor Choi se dirigió a la caja con lentitud exasperante. Abrió el cajón, contó los billetes y me entregó un fajo.

—Aquí tienes, Jiminie. Tu pago por la semana.

Lo tomé, pero al contarlo discretamente, fruncí el ceño. Faltaba una cantidad considerable.

—Señor Choi... disculpe, pero falta la paga de un día y medio.

Él se enderezó, su sonrisa desapareció, reemplazada por una expresión severa.

—Ah, sí, por el retraso de media hora del martes y ese error de contabilidad que tuviste con el cliente de la semana pasada. Descuento por ineficiencia, Jiminie.

—Pero... pero el error fue mínimo, y le prometí reponerlo con horas extra, no descontarlo...

—¿Te vas a quejar, Jimin? —Su voz se volvió un susurro amenazante. Me miró fijamente, con el mismo brillo inquietante en sus ojos.

—Mire, sé lo difícil que es encontrar trabajo ahora. Tienes a tu abuela, ¿verdad? Un doncel tan... frágil como tú. Si no te gusta cómo manejo las cosas, puedo conseguir a alguien mañana mismo. Hay muchos chicos que venderían su alma por un puesto aquí. ¿Te atreves a decirme que no necesitas este trabajo?

El aire se me fue de los pulmones. Era una amenaza clara. Si me botaba, no tenía otra fuente de ingresos tan rápido.

—No... No, señor Choi. Lo entiendo. Disculpe la queja —dije, sintiéndome humillado y pequeño. Apreté los billetes en mi mano.

—Así me gusta —Me dio una palmada en la espalda, esta vez sin el tono de morbo, solo de dominio. —Vete a casa, Jiminie. Y mañana te quiero aquí a la hora exacta.

Salí de la tienda sintiendo el cuerpo pesado y la indignación quemándome por dentro. No podía llorar, pero la rabia por la injusticia me dolía. La necesidad siempre ganaba.

Caminé las tres cuadras hasta la pizzería favorita de la abuela. Compré la porción más grande de pepperoni, el olor a queso y salsa de tomate era el único bálsamo que conocía.

Al llegar a nuestra pequeña casa, la luz de la sala estaba encendida. Apenas abrí la puerta, el aroma a chocolate caliente me recibió.

—¡Jimin, mi niño! —Mi abuela, con su cabello gris recogido en un moño, se levantó de su sillón con dificultad.

Me envolvió en un abrazo cálido que me hizo olvidar, por un instante, al señor Choi y a la universidad.

—Hola, abuela. Mira, te traje tu favorita.

—¡Oh, qué maravilla! Eres tan bueno conmigo. Ven, siéntate. Te hice chocolate caliente para el frío de la noche.

Nos sentamos en la mesa de la cocina. Ella me miró con sus ojos dulces, buscando algo en mi rostro.

—¿Cómo te fue, corazón? ¿Mucho trabajo?

—Como siempre, abuela. Vendí mucho material de pintura.

—Me alegra —Ella me sirvió una taza humeante. —¿Y los medicamentos?

——Los tengo aquí. No te preocupes por nada. Tú solo come tu pizza, ¿sí?

Ella sonrió y tomó un sorbo de chocolate, y en ese momento, por mí, todo el dinero robado y la humillación valieron la pena.

Después de cenar y poner a mi abuela a descansar, me arrastré hasta mi pequeña habitación.

Me encerré, dejé los lentes sobre la mesita de noche y me desplomé en la cama, exhausto.

Mirando el techo oscuro, las palabras de mi jefe, las burlas de mis compañeros y la sonrisa de Taehyung se mezclaron en un revoltijo amargo.

Soy una persona insignificante.

Mi vida era una rutina de sacrificio y escasez.

Probablemente moriría virgen, sin haber experimentado ese amor de película.

La idea de un príncipe azul era una mentira, una fantasía infantil que me había negado a soltar.

Cerré los ojos, obligando a mi mente a dibujar el rostro de mi hombre perfecto. El que vendría a mi rescate, no con dinero, sino con la promesa de una vida entera.

Mi príncipe. Mi amor.

Sería alto, protector, con una sonrisa sincera y ojos que solo me vieran a mí, ignorando mi torpeza, mi pobreza y el ridículo que hacía la gente de mi apariencia.

No sería como Jungkook (mi crush) , el heredero de Jeon Industries, cuyos retratos estaban en cada revista: arrogante, inaccesible, hermoso de forma casi dolorosa, pero frío.

Él era el tipo de hombre que se casaba por poder, no por amor.

Mi príncipe sería diferente.

Con ese pensamiento, el último hilo de esperanza en mi alma, me hundí en un sueño profundo y sin sueños.

Mañana tendría que levantarme de nuevo, enfrentar la universidad, la burla y el morbo de mi jefe.

Y mi corazón seguiría esperando, tontamente, el día en que la vida cambiara.


Pov de Jungkook

El techo de mi habitación era una obra de arte, literalmente. Un mural encargado a un artista italiano que me costó más de lo que la mayoría de la gente ganaría en una década.

Brillaba, era lujoso, inútil. Un símbolo perfecto de mi vida.

La opulencia era mi aire, mi jaula de oro. Mi realidad era un constante desfile de pieles caras, autos que superaban la velocidad del sonido y, por supuesto, gente que gravitaba a mi alrededor con una sonrisa pegajosa.

El hombre más codiciado de Seúl, el heredero de Jeon Industries. Me lo habían dicho tanto que la frase había perdido todo significado.

Soy Jeon Jungkook. El "Top" indiscutible, el hombre que no tenía que pedir dos veces. ¿Mi vida? Una cómoda y lujosa pista de baile.

Mis verdaderas pasiones eran las fiestas privadas, el whisky añejo que quemaba la garganta, el sexo fugaz que aliviaba el aburrimiento, y esa perversión suave de ver a la gente hacer cualquier cosa por estar cerca de mí.

Estaba acostado en mi cama, sintiendo el peso de la seda egipcia sobre mi piel. Eran las ocho de la noche. Tenía dos opciones:

La fiesta en la mansión de Jackson Wang, una bacanal decadente que prometía ser el escape perfecto.

La cena obligatoria con mis padres en esa sala comedor que parecía un museo.

La segunda opción era un ejercicio de farsa familiar que me desgastaba el alma. Decidí que un rápido show de cortesía evitaría un sermón telefónico, y después, la libertad.

Me levanté, y bajé. El silencio en la casa era denso, sofocante.

Al llegar al vasto comedor, mis padres ya estaban en la cabecera de la mesa de caoba, cenando un plato que seguramente costaba más que la renta del mes de medio Seúl. El aire estaba extrañamente quieto.

No había la habitual tensión palpable sobre mis últimas inversiones o escándalos menores.

—Buenas noches —saludé, acercándome a mi asiento con pereza.

—Jungkook, pensé que no te dignarías a bajar —Mi madre, la señora Jeon, con su habitual tono cortante, apenas levantó la vista de su plato.

Mi padre, el presidente Jeon, asintió, su rostro inexpresivo.

Me senté y comencé a comer en silencio. La falta de reproches o comentarios sobre mi vida desenfrenada era tan inusual que me hizo sentir incómodo.

Al terminar de comer, mi madre dejó los cubiertos con un sonido metálico. Me miró, y su mirada fue la de una ejecutiva cerrando un trato, no la de una madre.

—Jungkook, tu padre y yo tenemos que hablar seriamente contigo.

—Si es sobre el club nocturno de la semana pasada, ya dije que me encargo de...

—No es sobre eso —me interrumpió mi padre, con una voz profunda que imponía respeto en el board de Jeon Industries y terror en mi infancia. —Es sobre tu futuro.

Mi madre tomó la palabra, como siempre lo hacía al hablar de temas importantes.

—Tienes veintisiete años. Eres un descontrolado, un asiduo a los tabloides y, francamente, una vergüenza para el nombre Jeon. Hemos tolerado tu estilo de vida hasta ahora, pero la herencia no espera. Necesitas ser un verdadero heredero.

Mi corazón se encogió con irritación. La herencia. Siempre la maldita herencia.

—¿Y qué esperan que haga? ¿Que me inscriba en un monasterio? —pregunté con sarcasmo.

—Que te cases —dijo mi madre, la palabra sonando como un veredicto. —Por ley y tradición de la familia, no recibirás control total de Jeon Industries hasta que demuestres madurez y estabilidad. Y eso significa matrimonio. Un matrimonio estable, ejemplar, que le dé tranquilidad a la junta.

Mi padre se cruzó de brazos. —Tu madre tiene razón. No queremos que nuestro legado termine en manos de un playboy sin rumbo. Cásate. Demuestra que puedes mantener una relación seria. Es la única vía.

La rabia me golpeó el pecho. La maldita jaula se estaba cerrando. Mi vida de excesos era mi forma de rebelarme contra su control, y ahora querían controlarme hasta en mi vida íntima.

—¡No me interesa esa herencia! —Grité, golpeando la mesa sin querer, haciendo temblar los vasos. —¡Si la quieren tanto, quédense con ella! ¡Yo solo quiero mi vida! No voy a casarme con una farsa y ser el "esposo ejemplar" de nadie. Soy demasiado joven.

Mi madre suspiró, como si mi arrebato fuera el de un niño malcriado.

—No tienes opción, Jungkook. Mañana mismo contactaremos a la familia Park. Hemos visto a un doncel, el hijo del viejo Park. Él es... adecuado.

—¿"Adecuado"? ¿Con quién voy a casarme? ¿Con el primer tonto que camine y sea "adecuado" para la junta?

—Con quien te lo ordenamos —espetó mi padre, con voz final. —Es por el bien del apellido.

Me levanté de la mesa de golpe, la silla raspando el suelo. La conversación había terminado. Sabía que no había forma de ganar.

Cuando mis padres usaban el tono de "el bien del apellido", la negociación había terminado.

—Me voy —anuncié, sin despedirme.

Caminé a grandes zancadas hacia la puerta principal. Cada paso resonaba con una furia sorda. Matrimonio. Un contrato.

Y con alguien que nunca iba a amar. Un rostro que tendría que tolerar en la mesa del desayuno, una persona que se interpondría en mi libertad.

Llegué al garaje y me metí en mi deportivo negro. El motor rugió al encender, un sonido salvaje que ahogó mis pensamientos.

Puse el auto en marcha, apretando el volante con tanta fuerza que mis nudillos se pusieron blancos.

Odio esto. Odio esta vida. Odio ser el Príncipe al que obligan a casarse con cualquiera.

Apreté el acelerador. La velocidad era mi droga, mi escape. Necesitaba que el viento lavara esta frustración.

Quince minutos después, llegué a la mansión de Jackson Wang. El caos era un bálsamo.

Las luces de neón parpadeaban, la música electrónica retumbaba en el suelo y una marea de cuerpos bailaba frenéticamente.

Entré en la casa y, al instante, el peso del "apellido Jeon" se sintió más ligero.

Aquí, yo era solo Jungkook, el que traía el mejor alcohol y la mejor diversión.

Jackson, mi amigo y cómplice en la mayoría de mis deslices, se acercó con dos vasos de cristal en la mano.

—¡Kook! Tienes cara de funeral corporativo. ¿El viejo te sermoneó otra vez?

Tomé el vaso de un trago, sintiendo el whisky quemarme la boca.

—Peor. Me están obligando a casarme, Jackson. Es el ultimátum para la herencia.

Jackson abrió los ojos, luego soltó una carcajada incrédula.

—¡No me jodas! ¿Matrimonio arreglado? ¿En pleno siglo veintiuno? ¿Y quién es la desafortunada, o el afortunado?

—No sé, Jackson. Algún doncel "adecuado" para calmar a la junta, según mi madre.

—Mira el lado positivo: tendrás un adorno bonito en la casa que puedes ignorar cuando te dé la gana. ¿O planeas ponerte en plan "esposo fiel"? —Jackson sonrió con picardía.

—Jamás. Es un contrato. Nada más.

Me dirigí a la barra para pedir otro trago. La pista estaba saturada. Sentí las miradas. Eran casi siempre las mismas: mezcla de deseo, ambición y curiosidad.

Mis ojos recorrieron el salón. Varias chicas de la alta sociedad y algunos donceles demasiado maquillados me miraban fijamente, con los ojos llenos de promesa.

Matrimonio. La palabra seguía rechinando en mi mente. Sería un infierno.

Pero al ver a esa marea de gente, al sentir el pulso de la fiesta, una idea se formó. Si me van a obligar a casarme con una farsa, no significa que tenga que cambiar.

El matrimonio sería un trámite, y mi vida seguiría siendo mía.

Quizás hoy podría divertirme un rato. Olvidar la mierda del contrato con una persona que, seguramente, sería tan aburrida y ambiciosa como todas.

Hoy no pensaría en el doncel. Hoy solo sería Jeon Jungkook, el rey de su propia perversión.

Me llevé el vaso a los labios, mis ojos fijos en las chicas que se acercaban.

Un matrimonio arreglado con alguien a quien nunca amaría... eso no significaba que no pudiera disfrutar de la noche.

La noche apenas comenzaba.