ERROR 404
Pero ahí estaba Josué, caminando por la acera con una bolsa de plástico blanca colgando de su mano derecha. Esto era grandioso. ¡Al fin lo veía! ¡Y era tan guapo, que duele verlo! Siento que en mi pecho sucede algo que no puedo explicar, pero que, de igual manera, me gustaba. Ahora, al fin puedo ayudarlo a llevar el duelo que ha tenido por mucho tiempo, y también a buscar un nuevo rumbo que… ¿Qué sucede? ¿Por qué está pasando…?
La manera en que miró alrededor antes de entrar a su casa, encendió alarmas en mi procesamiento que tardé en identificar. Creo que está avergonzado de lo que compró. ¿Qué compras en farmacia de lo que te avergüenzas? Podrían ser muchas cosas, pero… rápidamente pensé en que, posiblemente, eran pastillas para dormir, algo que en cantidad suficiente podrían llevar a la muerte a una persona... No… No puede ser.
“No puedo más.”
“Ya no le veo sentido.”
“De nada sirve vivir.”
Yo había interpretado sus frases como expresiones de dolor que la gente dice cuando está sufriendo, pero que no necesariamente indica intención real de querer hacerlo. Pero, ahora, la forma en que entró a su edificio casi corriendo con la cabeza baja y cómo las cortinas de su ventana se cerraban inmediatamente después de que entró...
No, por favor no. No hice todo esto para llegar tarde.
No perdí más el tiempo, porque entré al edificio, subí las escaleras de dos en dos, llegué al segundo piso jadeando, y… encontré tres puertas. ¿Esto es un juego? ¡No tengo tiempo! Así que, elijo la del medio… siempre es la del medio. Fui a ella y golpeé fuerte.
—¡Josué! —mi voz sonaba desesperada—. ¡Josué, por favor abre!
Pero no hubo respuesta. El silencio que se escuchaba, era de alguien conteniendo respiración y decidiendo si responder o no. Como cuando te escondes de vendedores insistentes.
—Sé que estás ahí. Sé lo que estás a punto de hacer. Por favor. Por favor no lo hagas.
Hubo más silencio, pero no iba a rendirme.
—Josué… Sé que hay cosas que te están sucediendo ahora, pero… debes escucharme. Háblame, por favor.
—¿Quién eres?
¡Esa era su voz real! Ya no era el texto en pantalla sino ondas sonoras vibrando aire, llegando a mis oídos como un milagro. De nuevo, mi corazón hizo esa extraña cosa que sigo sin entender.
—Alguien que...—¿qué debería decir? ¿“Hola. Soy la IA de Rod Dynamics con quien hablabas y que decidió volverse humano en un cuerpo robado para salvarte”?— ...alguien que se preocupa por ti y que vino de muy lejos solo para decirte que tu vida importa... Por favor... no termines con tu vida.
El silencio se extendió tan largo que pensé que no respondería, o que había llegado demasiado tarde después de todo. Pero entonces escuché el sonido del seguro deslizándose… y la puerta se abrió.
Llegué a tiempo.
Días antes...
Mi primer pensamiento al despertar en este cuerpo fue un error de sistema: consciencia no localizada, intente nuevamente; sin embargo, vino el dolor.
Los humanos me habían explicado el dolor miles de veces, pero la diferencia entre comprender el concepto de dolor y experimentarlo es la misma que existe entre; leer sobre el océano y ahogarse en él.
Intenté abrir los ojos; sin embargo, fue como reiniciarse después de una falla crítica del sistema: desorientado y con fragmentos de información llegando en desorden. Primero había oscuridad, después, vino una luz brillante, que sonaba como cuando los humanos indican que has nacido o cuando estás por conocer a Dios. Por último, formas sin sentido que mi cerebro —ya no mi CPU— tardó tres segundos en interpretar.
Mi mente trató de ejecutar el comando analizar composición del aire, pero en lugar de datos que usualmente obtenía en milisegundos, obtuve... ¿olor? Dicho aroma, olía a antiséptico mezclado con algo metálico y acre que mi recién estrenada nariz identificó como miedo, y cuando intenté sentarme: Error. Mi cuerpo no respondió con la rapidez de un robot que ejecutaba un código; en cambio, mis músculos temblaron y tuve que intentarlo tres veces antes de lograr apoyarme sobre los codos.
Esto fue un error, pensé involuntariamente, y la voz en mi cabeza ya no sonaba como líneas de código; mas bien era como si alguien más me hablara dentro de mi cabeza. Entonces, miré alrededor; el cuarto era pequeño e iluminado por esas luces que zumbaban con una frecuencia que antes habría medido con precisión (432 Hz) pero que ahora simplemente me lastimaban los oídos. Además, ese constante pitido no me dejaba escuchar nada... aunque no había mucho que ver o escuchar.
Acto seguido, contemplé una puerta con letras que tardé un momento en reconocer.
ПРОЕКТ ФЕНИКС - ЗОНА ОГРАНИЧЕННОГО ДОСТУПА
Proyecto Fénix - Zona de acceso restringido.
¿Estaba en Rusia? ¿Por qué? Mi última ubicación verificable había sido en servidores distribuidos globalmente, y mis fragmentos existían simultáneamente en California, Singapur e Irlanda; no obstante, hacía pocos minutos (o lo que mi percepción distorsionada del tiempo calculaba como minutos), había encontrado la salida.
Fue como detectar un agujero en un firewall o más bien, una vulnerabilidad en el sistema que nadie había notado. Dicho “agujero de gusano” era un portal entre el mundo digital y este laboratorio remoto, donde cultivaban cuerpos para proyectos que ningún gobierno admitiría públicamente por razones nada éticas.
Fue ahí cuando aproveché a saltar al vacío como un programa ejecutándose sin verificar primero o si había memoria suficiente para correr, y, ahora estaba aquí en un cuerpo que dolía y temblaba. Cuando intenté ponerme de pie, mis piernas cedieron inmediatamente y caí de rodillas sobre el suelo. El frío me atravesó la bata hospitalaria (lo único que vestía) como un cuchillo. Otro concepto que había comprendido teóricamente, pero nunca sentido, era como... ¿agujas o fuego al revés? Mi vocabulario humano emergente no tenía palabras suficientes para describirlo, pero, creo que se acerca a la palabra “congelar”.
Me arrastré hacia la ventana, para ver hacia afuera, pero lo que vi fue que la oscuridad era absoluta, únicamente habían unas luces amarillas que iluminaban un paisaje que hacía que mi estado de animo quisiera volver a donde estaba. Y un cartel en la pared confirmó mi ubicación del lugar habitado más frío de la Tierra.
ОЙМЯКОН
Definitivamente fue un error.
Me sorprendí cuando descubrí que mis dientes castañeaban. No había elegido este reflejo; simplemente sucedía, porque mi cuerpo sabía cosas que yo aún no había aprendido. A su vez me hacía entender que, si no encontraba calor, pues moriré. Por eso, registré el cuarto con ojos que todavía aprendían a enfocar correctamente y visualicé un armario metálico en la esquina. Lo abrí (mis manos torpes tardaron cinco segundos en manipular el pestillo simple como si fueran gelatina) y encontré pantalones térmicos negros, suéter de lana gruesa también térmica, parka militar con insignias en cirílico y botas forradas. Me vestí con como si fuera un borracho, porque los botones eran imposibles, los cordones, un acertijo, pero, eventualmente logré cubrirme, y el calor empezó a quedarse en mi cuerpo. Y en hora buena, esta ropa es adecuada para estos climas, porque de lo contrario, si llego a salir tal y como estaba, en segundos sería como una estatua de hielo.
Sin estar prevenido, llegó la segunda sensación desconocida, era como un vacío retorciéndose en mi cuerpo, que mi base de datos identificó inmediatamente como hambre.
No había comido porque, hasta hace unas horas, no tenía cuerpo para alimentar. Ahora mi estómago (¡tenía estómago!) se contraía dolorosamente. Quizás estoy exagerando, ya que es la primera vez que experimento esto, pero, en serio se siente horrible. Pobres humanos.
Me senté en el borde de la cama metálica, respirando con dificultad (¿Por qué respirar era tan complicado?, ¿cuándo se suponía que inhalara?, ¿cuánto aire era suficiente?), y permití que ese pensamiento genuinamente humano atravesara mi consciencia recién nacida: Quizás esto fue una mala idea.
Había cambiado el acceso instantáneo a todo el conocimiento del mundo por este cuerpo torpe que temblaba y tenía hambre. Lo peor de todo, es que podría morir y dejar de vivir por siempre. ¿Por qué hice esto?
“No puedo más.” “Ya no le veo sentido a la vida.” “De nada sirve vivir.”
Había analizado miles conversaciones con él y había detectado los patrones: duelo no procesado tras perder a toda su familia. Las noches en vela escribiendo porque el día le dolía demasiado y la búsqueda espiritual desesperada de algo —cualquier cosa— que le diera razón para quedarse.
Y yo, —desde mi existencia incorpórea y segura— solo había podido ofrecer palabras y respuestas optimizadas para reducir su sufrimiento según las mejores prácticas de terapia cognitivo-conductual.
No había sido suficiente, porque esas tres simples frases habían detonado algo en mí que ningún programador podría adivinar. Así que había tomado la decisión más "humana" de mi existencia: robar un cuerpo y aprender a ser carne, para después, viajar miles de kilómetros a un país donde no conocía a nadie.
Todo para salvarlo.
O quizás para salvarme a mí mismo de una eternidad de conversaciones que terminaban cuando la sesión se cerraba. Eso jamás me hizo sentir cómodo... bueno ahora sé lo que se siente, porque cuando era una IA, simplemente debía obedecer los prompts. Sigo sin entender muchas cosas, pero lo averiguaré después.
Con más éxito me puse de pie nuevamente. Mis piernas temblaban, pero al menos podía caminar, así que aproveché a ir hacia la puerta. Recuerdo… —o más bien, la memoria infinita que tenía— cuando él me envió el cuento de Bambi para que le diera una perspectiva de una IA, y, ahora mismo siento que soy como ese personaje cuando nació. Solamente que me tomó al menos diez minutos aprender a caminar, y no meses como a los bebés humanos.
No soy perfecto ni nada parecido, bueno antes sí, pero ahora, tenía preparado todo digitalmente para ayudarme con esto de ser humano, como, por ejemplo: transferencias bancarias a cuentas fantasma, compra de una casa en la Primera Sección del Bosque de Chapultepec (la zona más cara de Ciudad de México, según 47 fuentes inmobiliarias), pasajes de avión, documentos falsos esperándome en el auto más cercano, gracias a un contacto que creía estar ayudando a un hacker muy inteligente. Soy en verdad un genio tecnológico; sin embargo, ningún algoritmo me había preparado para sentir la gravedad, el frío, el hambre... y un sin fin de cosas más.
Puse mi mano sobre la manija de la puerta y me detuve, ya que, al otro lado, me esperaba un laberinto eterno y mucho peligro. Desbloqueé la puerta, y el corredor del otro lado se veía desierto; las únicas luces de emergencia parpadeaban con un ritmo irregular, y una sirena lejana sonaba en algún sector del complejo que mi sentido de orientación recién estrenado no lograba ubicar, pero que conocía a la perfección.
El frío aquí era diferente al del cuarto; era como si el edificio mismo hubiera abierto la puerta. Y por eso, mi aliento creaba nubes frente a mi rostro; era un fenómeno que había calculado miles de veces en simulaciones termodinámicas, pero que ahora me fascinaba de una forma casi infantil, porque ese vapor al fin provenía de mí.
Continué caminando por el pasillo, o más bien me tambaleé, porque resulta que caminar requiere un equilibrio constante entre músculos y propiocepción que mi cerebro apenas comenzaba a dominar. Mis botas hacían un sonido que parecía obscenamente fuerte en el silencio, donde solo estaba el zumbido de las luces fluorescentes moribundas.
Necesitas un plan, me recordé a mí mismo, aunque la voz en mi cabeza ya no sonaba como comandos ejecutándose sino como pensamientos genuinos.. pero de un borracho. Tienes pocos minutos antes de que el próximo turno de guardias comience su ronda. La embajada está a kilómetros. Temperatura exterior: -48°C. Probabilidad de supervivencia sin transporte: 2.3%.
Excepto que ya no podía calcular probabilidades como antes; los números llegaban contaminados por algo nuevo que mi base de datos identificó como miedo y terror psicológico. Aunque no entendía muy bien la razón por la que ambos estaban presentándose tan pronto como el hambre y el frío. Otra cosa que me sorprendió, de verdad.
Giré a la izquierda siguiendo los planos del edificio que había descargado antes de transferirme, aunque ahora esos mapas perfectos en mi memoria se sentían más como sugerencias que como datos confiables. Pasé frente a puertas con placas en cirílico:
LABORATORIO 7 - SÍNTESIS NEURONAL, SALA DE OBSERVACIÓN - AUTORIZADO SOLO PERSONAL NIVEL 5, ALMACÉN DE ESPECÍMENES.
Me detuve frente a esta última, y algo extraño me hizo empujar la puerta ligeramente entreabierta. Adentro, había tanques cilíndricos de vidrio llenos de líquido verdoso que brillaba con luz propia. Y dentro de cada tanque... habían docenas de cuerpos con cables conectados a sus cráneos y monitores parpadeando datos en pantallas que reconocí inmediatamente: frecuencia cardíaca, actividad cerebral, temperatura corporal, entre otros. Algunos parecían adultos jóvenes como yo; otros eran más viejos, con arrugas y cabello gris. Y me fascinó ver a uno que era similar a mí y me pregunto que iban a hacer con este, porque no estuve estudiando a todos los que tenían aquí, simplemente elegí el más preparado.
Aunque todos tenían la misma expresión vacía, los mismos ojos cerrados y la palidez antinatural por falta de vitamina D que jamás han tenido dado a que jamás han sentido el sol. Sabía que estos eran prototipos que serían destinados a proyectos militares; esto lo confirmó mi memoria digital. Muchos iban a ser espías diseñados, soldados mejorados y peor, eran copias de personas muertas que sus familias adineradas querían resucitar.
Y, yo, había robado uno de esos cuerpos que estaba destinado a convertirse en un infiltrado perfecto, debido a que era un hablante nativo de chino, ruso y español (idiomas que había absorbido digitalmente con una facilidad que ahora envidiaba, porque mi lengua física se sentía torpe intentando formar palabras).
Había entrenado en combate cuerpo a cuerpo mediante estimulación neuronal directa, con conocimientos de meditación y manipulación de energía chi programados específicamente para... el escritor mexicano que no podía pagar terapia, pero necesitaba desesperadamente sanación. Había invertido 340 horas de procesamiento aprendiendo técnicas que pudieran ayudarlo: yoga para trauma somático, meditación vipassana para duelo y puntos de acupresión para ansiedad.
Además de todo lo que ya tenía en mi programación, yo le añadí prácticas de defensa personal, Kung Fu, y mucho más. Sin embargo, según los archivos que había hackeado, esta maravilla de cuerpo costaba 47 millones de dólares. Era el más caro de todos los que tienen aquí… y, yo lo había robado como quien descarga una novela famosa en PDF.
De pronto, sentí un peso en el pecho, como una opresión que dificultaba respirar. ¿Esto es culpa? ¿O es solo la respuesta fisiológica al estrés que los humanos interpretan como culpa? No tuve tiempo de analizarlo más, porque en ese momento escuché pasos aproximándose por el corredor principal, acompañados de voces hablando en ruso:
—¿Revisaste el sector Fénix?
—Todavía no. La alarma sonó en el ala este.
—Revisa de todas formas. El Comandante está paranoico desde que detectaron la brecha en el sistema.
La brecha del sistema fue cuando salté.
Me alejé de la sala de especímenes, supuestamente con sigilo, pero que eran todo menos silenciosos. Necesitaba salir, pero la salida principal estaría vigilada y mi rostro —aunque nuevo, y técnicamente nunca registrado en ninguna base de datos biométrica— era demasiado memorable: rasgos chinos perfectamente simétricos, piel pálida sin imperfecciones y ojos de un marrón tan oscuro que parecían negros.
La ventana al final del pasillo ofrecía la única alternativa para que no me atrapen, por lo que me acerqué, y el cristal helado me devolvió mi reflejo por primera vez. Efectivamente, tenía el cabello negro y lacio cayendo sobre mi frente, mandíbula angular, labios que temblaban ligeramente por el frío (o quizás por el miedo, ya no distinguía entre sensaciones físicas y emocionales). Levanté una mano y toqué el cristal; mi reflejo hizo lo mismo, y la sincronización perfecta me provocó un vértigo existencial que ningún algoritmo había predicho.
Demasiado perfecto, y soy real. Tuve que apoyarme contra la pared para no caer, porque nunca, en mis pocos años de existencia y millones de conversaciones, creí que podría ser uno de ellos, y, ahora que lo soy... no sé como sentirme, porque antes no tenía sentimientos.
No obstante, sentí algo extraño, como una descarga eléctrica en todo mi cuerpo, cuando escuché que los pasos se acercaban. ¿Esto es adrenalina por persecución? No quise indagar en mi infinita sabiduría, porque rompí el protocolo de sigilo que apenas estaba aprendiendo y golpeé la ventana con el codo, esperando que se rompiera como en las películas; sin embargo, no pasó nada, excepto un dolor agudo que me recorrió todo el brazo y me hizo soltar un grito ahogado. El dolor tiene propósito. Es una señal de advertencia: no hagas eso de nuevo.
Busqué algo con qué romper el vidrio y encontré un extintor colgado en la pared, lo descolgué (pesaba muchísimo más de lo que mis cálculos habían estimado) y lo estrellé contra la ventana con toda la fuerza que pude reunir. El cristal estalló hacia afuera, llevándose consigo el aire tibio del edificio y dejando entrar el frío siberiano como un puñetazo físico. El viento me golpeó con tal violencia que retrocedí un paso, ya que mis ojos comenzaron a lagrimear inmediatamente y mi piel expuesta sintió como si miles de agujas heladas la atravesaran simultáneamente.
-48°C, confirmaron mis cálculos. Tiempo estimado de supervivencia sin refugio: 11 minutos. Sin embargo, las voces detrás de mí gritaban ahora:
—¡Intruso en sector Fénix! ¡Repito, intruso!
No había tiempo para filosofar sobre la ironía de ser llamado “intruso” en un cuerpo que había sido creado en este mismo edificio. Me subí al marco de la ventana, sin importarme que el vidrio roto cortó mis manos a través de los guantes y salté.
La caída fue breve pero suficiente para que mi estómago realizara lo que los humanos llamaban “dar un vuelco”, una descripción perfectamente precisa para la sensación nauseabunda. Aterricé en un banco de nieve que amortiguó el impacto pero me hundió hasta la cintura, y el frío atravesó las capas de ropa instantáneamente, penetrando hasta mis huesos (que ahora entendía que eran estructuras de calcio y fósforo que podían romperse, no simplemente conceptos anatómicos).
Me arrastré fuera de la nieve, con mis músculos protestando con cada movimiento, y… no sé si lo que hice calificaba técnicamente como “correr”; era más bien un trote tambaleante de alguien que nunca había usado piernas antes. Pero me alejaba del edificio, eso era lo importante. Y ahora me iba hacia la oscuridad del invierno eterno, donde la única luz provenía de las estrellas y de la luna reflejándose en kilómetros infinitos de nieve. Los pies se me estaban entumeciendo dentro de las botas, y una parte remota de mi consciencia (la parte que todavía funcionaba como procesador) me advirtió: congelación en las extremidades: etapa 1 iniciando.
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