Prólogo El Descenso de la Obsidiana
La noche sobre la selva Valdiviana no era oscura, era una masa sólida de humedad y lodo que asfixiaba a los pulmones. Entre los alerces milenarios, la niebla se arrastraba como un animal herido, pero el silencio se rompió cuando el cielo se rasgó. No fue un estallido tecnológico; fue un sonido orgánico, un crujido de membranas cósmicas rompiéndose.
La vaina del transporte del Voroes golpeó el suelo de la precordillera con la violencia de un martillazo divino. El impacto no generó fuego, sino una onda de choque que desintegró a un grupo de jabalíes que dormitaban cerca. Sus cuerpos estallaron en una lluvia de esquirlas óseas y puré de vísceras, que decoró los troncos de los árboles como una pintura macabra.
La vaina se abrió con un sonido similar al de una costra gigante, siendo arrancada de una herida infectada. De su interior, emergió el Voroes.
Su armadura de obsidiana orgánica goteaba un fluido viscoso y amniótico que si se daba al tocar el musgo. La superficie de su cuerpo era un negro tan absoluto que parecía un agujero en la realidad. No tenía ojos, ni nariz, ni boca; sólo un rostro liso, una máscara de vacío que albergaba una mente de una frialdad matemática.
El Voroes se puso de pie, sus articulaciones crujiendo como ramas secas. En el centro de su cráneo, un núcleo pulsante de energía negativa procesaba el entorno. No veía colores. Veía la arquitectura del dolor.
Su visión escaneaba el bosque detectando los haces eléctricos que recorrían los nervios de cada criatura viviente a kilómetros a la redonda.
—Basura tecnológica... -Vibró en su frecuencia interna al detectar un rastro electromagnético a lo lejos.
Sus pensamientos eran un torrente de odio hacia los cazadores de Cráneos. Esos seres con sus estúpidos camuflajes de luz, sus lanzas de metal forjado. Para el Voroes, ellos eran niños jugando a la guerra con juguetes brillantes. Él recordaba su propio rito de iniciación: los sacerdotes de su raza le habían abierto el torso con sierras de hueso, exponiendo su médula espinal mientras él permanecía consciente.
Le habían quemado los receptores de dolor uno a uno, cauterizando su sistema nervioso hasta que la agonía se convirtió en éxtasis. Un Voroes podía ser desmembrado vivo. Sus tripas podían colgar de sus muslos como guirnaldas sangrientas y él seguiría cazando, impulsado por una voluntad de hierro y una ausencia total de sufrimiento.
A unos metros, un puma herido por el impacto inicial intentaba arrastrarse soltando un gemido gutural. El Voroes se movió con una velocidad antinatural, sus pies de tres dedos hundiéndose en el barro. Sin un ápice de piedad, hundió sus garras de obsidiana en el lomo del felino.
El sonido fue un festín de texturas: El cuero rompiéndose el músculo, separándose del hueso. Con una precisión quirúrgica, el alienígena hundió sus dedos en la columna vertebral del animal. No buscaba la carne, buscaba el sistema nervioso central. Tiró con fuerza y el nervio óptico y la médula del puma salieron de la cavidad ósea con un chasquido húmedo colgando como un látigo blanquecino y brillante bajo la luz de la Luna.
El Voroes abrió una hendidura en su pecho, un esfínter de carne negra y depositó los nervios a un vibrantes en su interior. Los consumió no por hambre, sino por dominio. La sangre del puma caliente y espesa salpicó su rostro liso, escurriendo por la obsidiana como aceite sobre vidrio.
Se giró hacia el norte. Sus sensores detectaron un grupo de humanos: una patrulla de guardabosques, o quizás simples y bienes, con la mala suerte de existir. Podía verse un nervio centrales brillando en la distancia como bombillas listas para ser apagadas.
—Tierra de nadie -Pensó el Voroes, mientras su armadura se tensaba. —Tierra mía.
El alienígena se fundió con la niebla valdiviana, dejando atrás un rastro de mierda, sangre y árboles astillados.
La cacería ancestral no había hecho más que empezar y esta vez el depredador no buscaba trofeos de hueso, buscaba la esencia misma de la vida que corre por los nervios de los condenados.








