Grieta En La Colmena por Rossefernandez en Inkitt
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Grieta en la Colmena

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Sinopsis

Grieta en la Colmena reúne historias donde la naturaleza humana, errática e impredecible, deja al descubierto las ranuras de las sociedades que intentan organizarla.

Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Control

Julio contempla la noche citadina desde la calidez de su sala. Él y Alice rozan sus pies bajo la mesita mientras beben un aromático té humeante. 

Aparta la mirada de la ventana un segundo para admirar la paz en el rostro de su novia, cuando un grito lo llama desde afuera.

Un cuerpo desmembrado todavía palpita en el suelo mientras un lobo bípedo lo devora a dentelladas. Julio se paraliza, incapaz de apartar los ojos de la escena.

El crujido de huesos parte la noche. En la calle todos gritan.

Algunos corren; otros se desgarran la piel y emergen como bestias.

Los gritos se esparcen dentro de las casas.

Un padre aún abraza a su hija cuando ella le arranca la yugular. Una madre que acuna a sus mellizos los comienza a devorar. La abuela abre sus fauces para exterminar a su descendencia.

Algunas familias son devoradas enteras. Otras, irrumpen juntas en la calle, convertidas en manada de caza.

Julio cierra las cortinas, como si la tela pudiera protegerlo del caos exterior.

Pero ya es tarde.

Un rugido leve vibra a su espalda. Alice lo mira con un hilo de baba que resbala por sus dientes recién asomados. Su rostro se vuelve peludo y sus dedos se alargan en garras.

—Alice… —susurra él.

La respuesta es un zarpazo. Las tazas se estrellan contra el suelo, derramando el té. Otro zarpazo rasga el aire y las cortinas se parten en jirones. Alice se lanza hacia él y los colmillos chocan contra el vidrio, a un palmo de su cuello.

Sin pensarlo corre hacia la puerta.

El frío de la noche cala en sus pies descalzos. Los gritos lo envuelven. El olor a hierro caliente se cuela por sus fosas nasales. No tiene tiempo de procesar el entorno. El rugido detrás de él le advierte que no está a salvo.

Corre atravesando el jardín, pero una fuerza brutal lo derriba de espaldas contra el pavimento.

—¡Alice… amor… soy yo! —grita como puede.

El lobo abre las fauces. El aliento caliente se condensa en el aire. Lo último que siente es el crujido de los colmillos cerrándose en su rostro.

Cada mañana, Julio despierta con las sábanas empapadas de sudor. Su cuerpo tiembla, agotado, como si hubiera corrido un maratón. Suspira largo para llenar sus pulmones. Las ojeras en su rostro son la huella del mismo sueño.

Alice ya lo espera en la cocina. Ha regresado de su caminata y prepara el desayuno con calma. Café dulce y tostadas para él, ella en cambio, se sirve su jugo verde y un filete a punto medio.

—Deberías ver un médico que te recete pastillas para dormir... te mueves demasiado en las noches. —murmura llevándose un corte sangrante a la boca.

Él ve cómo la sangre se desliza por el plato.

—Ya veré cuándo. Tengo que irme.

—Ajá —responde ella sin apartar la vista del teléfono —Encarga comida para la tarde. Hoy voy al spa con las muchachas.

Julio casi nunca usa su coche para ir a trabajar. A esa hora quedaría atascado en el tráfico y él es una persona puntual. El metro no es mejor, pero al menos llega temprano. Descubrió que el ciego de la entrada ve mejor que nadie. El ciego sabe que Julio lo sabe, y aun así le pide una moneda. Y aun así, Julio se la deja. Esta vez cambia de vagón; no está de ánimo para cruzar saludos con el colega de corbata, que no pierde oportunidad de arrimarse a las jóvenes estudiantes.

Ya no lucha.

Ahora solo fluye con la horda humana que lo arrastra a la superficie y lo deja a pocas cuadras de donde trabaja.

Hace mucho tiempo, también soñaba con un aumento. Creía que así podría respirar mejor. Ahora, el peso del aumento lo trae más agobiado.

—¡Eh, Julio! —lo interrumpe su superior, luciendo un bronceado perfecto —¿Qué tal el fin de semana? Mucha fiesta, ¿eh? —señala las ojeras como si fueran un premio.

—Este viernes es la junta con los accionistas, pero no me da tiempo a revisar los documentos porque tengo… algunas reuniones. ¿Puedes echarles un ojo? Le digo a Nancy que te ayude. Están en mi oficina; si falta alguna firma… tú puedes ponerla, con tu toque de pintor, ¿verdad?

Le palmea el hombro hasta estremecerlo y se va cargando una cesta de palos de golf.

—¡Gracias, eres el mejor! —remata antes de perderse en el pasillo.

Julio mira hacia el escritorio de Nancy. Está hundida entre los papeles, con el gesto apagado y una foto de sus pequeños frente a ella. Es una buena mujer, pero con hijos enfermizos que no le dan chance de pensar en otra cosa.

Como era de esperar, Nancy recoge sus cosas antes de tiempo y sale de la oficina con esa mirada cansada de quien no tiene elección. Él la ve marcharse desde la montaña de documentos que lo sepulta, dejándole apenas espacio para respirar. Cada tanto, una risa áspera retumba en la sala común, más parecida a un gruñido que a una carcajada, y Julio se sacude del entresueño con la certeza de que el lobo está frente a él.

Al final del día, rechaza la invitación de sus compañeros.

Tiene asuntos pendientes.

Con la espalda rígida y las ojeras cada vez más hondas, Julio está tumbado frente al escritorio del doctor. Otra vez cuenta la pesadilla, describe cada detalle y responde las mismas preguntas.

Ninguno de los dos se mira… el especialista ojea su libreta y Julio observa la nada.

—¿Puede describir lo que siente al despertar?

—…

—¿Ha intentado luchar en el sueño?

—No.

—¿Ha tenido pensamientos violentos hacia alguien cercano?

—…

—¿Recuerda algún momento feliz en su vida?

—…

—¿Hay algún aspecto de su vida que le gustaría cambiar?

El bolígrafo se desliza sobre el papel.

—¿Toma sus medicamentos a diario?

—Sí.

En la recepción, Julio paga su factura, esta vez más alta.

—Cambiamos sus medicamentos. Ahora se sentirá mejor. —le sonríe amablemente la recepcionista.

Julio está sentado en la sala de su casa, con una taza de té caliente en las manos mientras contempla a su novia. Ella alza la vista, pero él desconoce ese rostro.

Un grito lo llama desde afuera. Nancy está esparcida en la carretera; unos colmillos la desgarran como si fuera papel.

El rugido en su espalda le avisa que Alice lo va a atacar. Escapa. Afuera, la ciudad está en caos. El peso brutal del lobo lo tumba en el asfalto.

Julio despierta con las sábanas mojadas. Alice lo espera con la mesa preparada.

Algo frío le toca los pies al borde de la cama. Una bola de pelos blancos lo olisquea meneando la cola.

—Te iba a decir anoche, pero estabas dormido —entra su novia al cuarto y carga al canino que empieza a ladrar.

—Así tendremos alegría en el hogar. ¿Verdad bebé? —le dice al perrito dejando que le lama la cara.

—El desayuno está en la mesa. Este pequeño y yo nos vamos al médico.

Desayuna solo. La mesa no tiene orden; está atestada de comida, ropa y accesorios caninos.

Otra vez Nancy se va temprano. Tiene bolsas en los ojos y más maquillaje de lo normal. Su jefe ni siquiera aparece y él tiene que terminar el trabajo. En el salón común todos ríen, las computadoras están apagadas y conversan entre ellos.

El teléfono suena con una notificación del banco. Una compra en una tienda de mascotas. Otra mordida en su cuenta. Julio se reclina en el sillón y da un suspiro largo. Cierra los ojos un segundo, como si eso pausara el mundo.

Está en un bar con sus compañeros, como castigo por haberlos rechazado el otro día. No paran de ordenar tragos y platos solo para devorar con los ojos el cuerpo de la joven mesera.

Julio los ve cómo ríen, cómo miran, los anillos en sus dedos. Más allá de sus nombres y sus especulaciones, no sabe nada de ellos. Ellos saben menos de él. El hielo de su vaso está derretido, sobre el mismo trago aguado, una mano ajena sirve más alcohol y lo obliga a tomar.

En la pantalla del local corre un comercial. Un hombre firme, seguro y feliz lo mira. Sonríe de una manera que él desea.

“En el mundo existen las ovejas, los lobos… y los Alpha. ¿Tú quieres ser un Alpha?”

Toca el bote de pastillas en su bolsillo. El medicamento apaga el ruido en su cabeza, pero no lo deja ser él.

El hombre de la pantalla lo empieza a seguir. En el metro, la oficina, la calle. Siempre la misma pose segura, siempre la misma sonrisa confiada. A veces siente que le habla directamente.

¿Tú quieres ser un Alpha? —le dice viéndolo a los ojos.

Antes de dormir, recuerda la pregunta del médico frente al espejo.

¿Hay algún aspecto de su vida que le gustaría cambiar?

Imita la pose, la sonrisa. Analiza la imagen hasta que siente envidia de su propio reflejo. Con los labios apretados, salpica el espejo de agua y apaga la luz.

Julio está en la sala de su casa contemplando la noche citadina.

El grito estalla en algún lugar. Esta vez no hay sobresalto. Alice está a punto de transformarse, pero él no busca la salida. Está decidido a hacerle frente. El lobo ataca con las garras, él esquiva. Las tazas de té se quiebran en el suelo. El líquido mancha la alfombra. Otro zarpazo. El cuadro de aniversario se desgarra. El forcejeo rompe la ventana y caen enredados en el jardín. En algún lado Nancy grita por su vida mientras es desmembrada. Julio está debajo del lobo sin poder escapar. La boca se abre. El hilillo de baba cae en su cara. El lobo se lanza sobre su cuello. La mordida es interceptada por el antebrazo. La sangre se derrama. Los cuerpos ruedan. Julio queda sobre la bestia. Está en ventaja. Entonces lo estrangula. El lobo lucha, rasga sus hombros. Julio aprieta con fuerza. Los gritos de la noche se cuelan en su cabeza. Sirenas, ladridos, lo llaman. El lobo araña. Julio aprieta aún más. Está en control. Es un Macho Alpha.

Unas manos lo derriban contra el suelo. Julio se sacude aturdido entre destellos rojos y azules. La imagen del lobo se desvanece.

Alice yace tendida sobre la cama con los ojos desorbitados, el cuerpo inerte. El teléfono en su mano mantiene la llamada de emergencia en línea. La bola blanca ladra frenética. La habitación está llena de policías.

—¡Alice! —grita.

—Silencio —los oficiales lo esposan.

—Queda detenido por homicidio en primer grado. Todo lo que diga será usado en su contra.

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