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Cuando florezca tu nombre

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Sinopsis

Después de la lluvia, todo florece distinto. Diana vive entre silencios, recetas y palabras que nunca se atreve a decir. De día atiende su restaurante; de noche escribe bajo el seudónimo “Pluma”, intentando entender lo que siente. Pero cuando Elisa llega a su vida —con su voz tranquila y su forma de mirar como si el mundo aún valiera la pena— algo empieza a cambiar. Entre lluvias, encuentros y pequeños gestos, Diana descubrirá que el amor no siempre irrumpe… a veces crece despacio, como una flor que duda en abrirse. Porque amar también es aprender a mostrarse, incluso cuando da miedo. No todas las tormentas destruyen: algunas enseñan a vivir.

Genero:
Romance
Autor/a:
HistoriasGL
Estado:
Completado
Capítulos:
33
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1: Rostro de Piedra

El sol apenas se asomaba entre los árboles del jardín que cruzaba la cuadra principal del pueblo, y yo ya estaba despierta. A veces pienso que los primeros rayos son los más honestos: no perdonan nada, revelan cada sombra, cada arruga de la calle, cada grieta del tiempo. Me asomé por el ventanal de mi restaurante y vi cómo el viento movía las hojas de los robles y jacarandas. El aroma del pan que había horneado la noche anterior se mezclaba con el de la tierra húmeda y las flores; un perfume que me era más familiar que las voces de la gente que empezaba a caminar por la cuadra.

El jardín parecía un pequeño universo detenido. Un hilo de piedra dibujaba senderos que guiaba a la gente de un lado a otro, y los bancos de madera, gastados por el sol y por tantas manos, esperaban silenciosos a quienes no encontraban prisa en sus pasos. Yo los miraba desde mi ventana, con la sensaciónde que alguien me había colocado detrás de un cristal, observando la vida sin que nadie pudiera verme a mí. Me gusta pensar que esa distancia me protege, aunque a veces siento que es un escudo demasiado grueso, uno que me impide tocar lo que me llama la atención, o lo que me duele.

Encendí las luces de la terraza y barrí un par de hojas caídas antes de abrir la puerta principal. El frío de la mañana entró conmigo, y el aire olía a tierra mojada y a pan recién horneado. En mi restaurante, cada detalle era mío: los manteles, la colocación de las tazas, el brillo del mostrador. El mundo exterior podía ser ruidoso y caótico, pero dentro de estas paredes, todo tenía un orden que yo entendía. El olor del café recién molido se mezclaba con el del dulce de luche que había preparado, y por un instante, cerré los ojos solo para memorizar esa calma.

Abrí la puerta, y el bullicio del jarcín me golpeó con suavidad. Los puestos de comida se alzaban a ambos lados de la cuadra, y sus aromas se mezclaban en una danza que parecía esperar mi aprobación. La gente empezaba a llegar: una madre arrastraba a su hijo de la mano, un grupo de adolescentes corrían entre árboles, y algunos ancianos se sentaban a observar, comentando con sus voces bajas y arrastradas, llenas de historia.

Nunca me miraban a mí. Para ellos, yo era solo la mujer del restaurante con la expresión rígida.

Lo aceptaba.

—Buenos días —dije, más para mí misma que para alguien.

El silencio fue mi respuesta. Como siempre.

Me acomodé detrás del mostrador, acomodando las tazas y los platitos. Cada cuchara, revisé que los pasteles no tuvieran grietas. La perfeción en los objetos me tranquiliza. La perfección en la vida, en cambio, es imposible. Y aun así, seguía intentando, como si la rutina pudera llenar ese vacío que nadie me pedía que llenara.

Mientras ponía la ultima rebanada de pastel en la vitrina, escuche el sonido de pasos aacercándose desde la entrada del jardín. No levante la mirada. Siempre me gusta que los visitantes lleguen primero a mis ojos, y no yo a los suyos. Los pasos se detuvieron frente a la terraza. Podía oír el roce de la tela de sus ropas, un murmullo de conversación que se apagó con la distancia. No era nadie importante; ningún cliente fijo ni vecino que me conociera lo suficiente. Solo otro rostro entre tantos. Lo observé sin querer, mientras abría la puerta y dejaba entrar el aroma del mundo exterior.

El sol había subido un poco más y pintaba de dorado los bordes de los árboles. Los pájaros cantaban dispersos entre las ramas, y un par de mariposas se movían torpemente entre las flores. La ciudad parecía lejana, irrelevante. Aquí, entre este jardín y las paredes, yo dictaba las reglas del tiempo. Sin embargo, cada día, al mirar a través del ventanal, sentía una punzada que no sabía nombrar: la sensación de que algo, o alguien, podía atravesar mi escudo de silencio.

Serví un café y un pastel a una pareja que entró casi al mismo tiempo, y los observé mientras se sentaban cerca de la ventana. Sus risas eran suaves, casi tímidas, y sus miradas se cruzaban con curiosidad. Me pregunté qué verían ellos en mi rostro, si alguna vez se detendrían a pensar que mi silencio no era frialdad, sino la única forma que tengo de existir en este lugar sin que me lastime.

Mi mirada volvió al jardín. Un viento lijero agitó las ramas de los árboles, y la luz filtrada por las hojas dibujó sombras sobre el adoquín. A veces sentía que las sombras me hablaban, que me contaban secretos que nadie más podría entender. Me pregunté si el mundo siempre seria así: lleno de vida que pasa mientras yo permanezco igual, como una estatua que observa todo sin participar.

Horneé un nuevo lote de panes, y el aroma cálido lleno la terraza. La gente comenzó a pasar más cerca, y el murmullo se hizo más constante. Sin embargo, yo seguía asislada, concentrada en el ritmo de mis manos y el calor de mis hornos. Cerré los ojos un instante y respiré profundo. A veces pienso que mi refugio es demasiado perfecto, demasiado controlado, y que afuera, en el jardín, hay un tipo de vida que me da miedo. No por peligrosa, sino por desconocida.

La tarde llegó lentamente. La luz se volvió más dorada, los colores del jardín se intensificaron, y los puestos de comida empezaron a preparar sus últimos platillos. Observé cómo las sombras se alargaban sobre el adoquín, y por un momento, sentí que el mundo podía detenerse, y yo con él. Me quedé un rato así, escuchando el viento entre los árboles y el murmullo de la gente, sin pensar en nada en concreto, solo sintiendo.

Cuando la plaza se llenó de voces y risas, pensé que tal vez había algo en mí que deseaba formar parte de ese ruido, aunque no sabía cómo. Tal vez, algún día, alguien atravesaría la distancia entre el jardín y mi ventanal, y mi rostro dejaría de ser un muro. Por ahora, observaba y escribía en mi memoria, cada gesto, cada aroma, cada pequeño movimiento que el mundo me ofrecía, guardándolo como un secreto que solo yo podía entender.

El sol comenzó a caer, y las luces del jardín se encendieron. Los puestos de comida brillaban suavemente, y la gente seguía pasando, ahora más tranquila, disfrutando del fresco que venía con la tarde. Cerré la puerta del restaurante por un instante, apoyé las manos sobre la madera fría del mostrador, y me permití un suspiro que nadie escuchó. La rutina había terminado por hoy, pero la senasación de que algo podía cambiar estaba allí, latente, como un secreto guardado entre las sombras de los árboles.

Y así termine mi día, con la sensación de que mi mundo estaba completo y vacío al mismo tiempo. Que mis paredes me protegían, lleno de vida y luz, era un espejo de lo que yo no me atrevía ser. Una estatua entre la gente, observando, esperando.

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